13 de marzo de 1976. Había transcurrido casi año y medio desde que falleciera Francisco Franco y la vorágine aún estaba instalada en las calles de toda España; el franquismo había quedado atrás, pero el «miedo» a alzar la voz seguía presente ante las posibles represalias –según relatan quienes vivieron esa época–. No por ello, los vecinos renunciaban a organizarse. Ya pasó en Vitoria días antes, donde murieron cinco trabajadores durante unas protestas por las mejoras laborales. No obstante, en un barrio obrero de Madrid decidieron tomar la delantera y gestionar por la vía legal lo que estaban dispuestos a hacer «de todos modos». Buscaban arreglar sus calles. En concreto la carretera de Canillas, «la única salida, el único escape» que tenían para ir hacia Madrid y que suponía para los conductores adentrarse en un camino farragoso en el que sortear hasta 272 baches. Era estrecha y con arboleda e impedía que pudieran pasar los coches. Además, estaba destrozada porque los camiones y las grúas lo habían hecho imposible de transitar. «La carretera era un suplicio, no sabíamos a que hora íbamos a llegar a los trabajos, estaba muy abandonada y estropeada». Así fue como Marta Hidalgo, vecina de Hortaleza y líder de la asociación de Amas de casa, tomo la voz de la movilización de los vecinos. Y, con ello, consiguió la primera autorización de una manifestación tras la dictadura. «Creía que me iban a detener, pero al final me felicitaron», recuerda a sus 81 años.No las tenía todas consigo. De hecho, fue toda una «sorpresa» que le concedieran la autorización. Fue una semana antes de que convocaran a sus vecinos en las calles para exigir una carretera en condiciones. «Tenía cierto miedo, pero lo disimulaba. Pues todavía era arriesgado pelear en la calle porque había represión. No imaginábamos que nos lo fueran a permitir». Para ello contó con colaboración. Primero, del abogado Luis Javier Benavides que le ayudó a redactar el permiso y, segundo, con el ingenio y visibilidad del humorista gráfico Forges. Ante el encargo de tener que dibujar una viñeta para estos vecinos, el dibujante Antonio Fraguas quiso comprobar el estado de la calle a bordo de un seiscientos. Este acabó clavado en un agujero y asistido por una grúa. Así surgió la idea de crear pegatinas con una viñeta en la que se leyera el logo de ‘carretera de Canillas, 200 baches por milla’ aunque luego resultasen ser más. Los vecinos portan un cartel reivindicativo en la manifestación de 1976; en las imágenes inferiores, la carretera de Canillas con notorios baches y una viñeta del dibujante Forges en la que pide una solución. FravmMarta y su marido iban encabezando la manifestación. Sin pretensión alguna de alcanzar grandes cifra, fueron recorriendo las calles y con ello sumando adeptos. Mientras, la convocante iba vigilando de cerca a dos «falangistas que iban en la manifestación para evitar cualquier problema». La manifestación concluyó en lo que hoy en día es la boca de metro Esperanza. «Me subí al balcón de una vivienda, y pedí ayuntamientos democráticos». Tras ello, pidió disolver pacíficamente la protesta. No obstante, días después recibió una citación del Gobernador Civil de Madrid, Juan José Rosón. «Creía que era porque le habían chivado que me excedí más de la cuenta. Pensé: lo mismo no vuelvo a casa». La vecina acudió «temblando» a la reunión. Pero la sorpresa fue «mayúscula» cuando supo que el objetivo de la citación era para ensalzarla. «Me dijo que había querido conocerme para felicitarme porque fue ordenada. Fue él quien me dijo que habían participado 700 personas. No sabía como reaccionar, cómo ordenar eso en mi cabeza. De estar pensando que me iban detener a que me estuvieran felicitando».En el 50 aniversario de aquel altercado, tanto Marta como su marido Ángel tildan de éxito la convocatoria. «Transcurrió tranquila desde el principio al final». Otros participantes corroboran su versión: «Fue pacífica y multitudinaria», sostiene Santiago, sobre su experiencia con 17 años. No obstante los hay que, en mayor o menor medida, sí describen ciertos altercados. La Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (Fravm) recoge el testimonio de Paco Caño, histórico dirigente vecinal del barrio de Villa Rosa, que llegó a presidir, recordaba que hubo problemas cuando la manifestación pasó por delante de la Academia de la Policía Armada, ubicada también en la Carretera de Canillas. «Al llegar allí nos encontramos con la Gestapo», ironizaba Caño, que falleció en 2016. «Fuimos a buscar al concejal del distrito a su despacho. Le dijimos: te vienes con nosotros o nos encerramos aquí y no sale nadie. Y se vino para calmar a los policías, aunque cuando llegamos ya habían sacudido a dos señoras mayores». Según este vecinos, tras el conato de carga, la manifestación continuó sin más incidentes.La manifestación acogió a 700 personas. Los vecinos han tomado conciencia de su relevancia con el paso del tiempoOtros, en cambio, hablan de «fuertes palizas» por parte de «los grises». Dos mujeres, entonces de siete y 16 años, aseguran que en esa misma manifestación presenciaron cargas policiales. Pese a la edad, y a las múltiples protestas ilegales que se sucedían entonces, estas mujeres que se conocen 50 años después en el encuentro con ABC, comparten un testimonio similar de aquella manifestación.Rosa, de ahora 57 años, acudió de la mano de su madre a la protesta legal. Recorrió la carretera de Canillas con normalidad hasta que, a la altura del numero 56, en el punto que corta con la calle Gomeznarro, comenzaron a llegar furgones de antidisturbios. Según los recuerdos de esa niña de siete años, los manifestantes aplaudían ante la sospecha de que se retiraban. Por lo contrario, según la versión de Rosa, se bajaron de los vehículos y «empezaron a pegar a diestro y siniestro». En su caso, tomó deprisa la calle Andrés Obispo para buscar cobijo. «Iba corriendo con mi madre y nos vio una señora que tenía un puesto de periódicos; nos llamó para que nos metiéramos dentro. Yo recuerdo estar tirada en el suelo y llorando».En su caso, Esther no vio directamente las cargas porque –asegura– se encontraba en la cola de la protesta. Ella fue sobre todo para vigilar a su padre al que «se le calentaba la boca» debido a la tensión política del momento. Así, esta adolescente de 16 años acudió con sus padres a exigir mejoras para la carretera. Pero, según estaban en la manifestación, escucharon cómo la gente de adelante empezó a aplaudir mucho y, después, cómo empezaron a correr. «Ese día no me enteré de lo que había pasado, pero después supimos que la policía había hecho amagos de que se retiraba y cuando la gente comenzó a aplaudir, se disparó el tema. No se qué pudo desencadenarlo», sostiene ahora a sus 66 años, agradecida de que fueran atrasados y su padre no participara de los altercados.Fueran los participantes o quienes heredaran la voz de barrio en su segunda generación, todos coinciden en que fue un episodio bastante anónimo y que hasta ellos mismos le han cobrado relevancia conforme han transcurrido los años. La propia Esther ensalza la importancia de que fuera su barrio el primero en lograr una autorización oficial. «Significó mucho; fue bastante importante y bueno». No obstante, no acaba de entender por qué es tan «desconocido» hasta para los propios madrileños. «Hay cosas que ahora se están viviendo más que cuando pasaron».Ni siquiera la propia Hidalgo tomó conciencia en aquel año de lo que había supuesto su iniciativa. «La he ido tomando después en ese momento no me pareció nada del otro mundo, a pesar de que estábamos muy sorprendidos de que nos hubieran autorizado».«Al cabo del tiempo, cuando empiezo a pensar en el atrevimiento de haberme presentado a solicitarlo, entiendo su gran importancia». En todo caso, para ella, medio centenar de años después, lo importante sigue siendo que le arreglaran los baches. «Fue un alivio que se plantaran a tapar los agujeros tan rápido». 13 de marzo de 1976. Había transcurrido casi año y medio desde que falleciera Francisco Franco y la vorágine aún estaba instalada en las calles de toda España; el franquismo había quedado atrás, pero el «miedo» a alzar la voz seguía presente ante las posibles represalias –según relatan quienes vivieron esa época–. No por ello, los vecinos renunciaban a organizarse. Ya pasó en Vitoria días antes, donde murieron cinco trabajadores durante unas protestas por las mejoras laborales. No obstante, en un barrio obrero de Madrid decidieron tomar la delantera y gestionar por la vía legal lo que estaban dispuestos a hacer «de todos modos». Buscaban arreglar sus calles. En concreto la carretera de Canillas, «la única salida, el único escape» que tenían para ir hacia Madrid y que suponía para los conductores adentrarse en un camino farragoso en el que sortear hasta 272 baches. Era estrecha y con arboleda e impedía que pudieran pasar los coches. Además, estaba destrozada porque los camiones y las grúas lo habían hecho imposible de transitar. «La carretera era un suplicio, no sabíamos a que hora íbamos a llegar a los trabajos, estaba muy abandonada y estropeada». Así fue como Marta Hidalgo, vecina de Hortaleza y líder de la asociación de Amas de casa, tomo la voz de la movilización de los vecinos. Y, con ello, consiguió la primera autorización de una manifestación tras la dictadura. «Creía que me iban a detener, pero al final me felicitaron», recuerda a sus 81 años.No las tenía todas consigo. De hecho, fue toda una «sorpresa» que le concedieran la autorización. Fue una semana antes de que convocaran a sus vecinos en las calles para exigir una carretera en condiciones. «Tenía cierto miedo, pero lo disimulaba. Pues todavía era arriesgado pelear en la calle porque había represión. No imaginábamos que nos lo fueran a permitir». Para ello contó con colaboración. Primero, del abogado Luis Javier Benavides que le ayudó a redactar el permiso y, segundo, con el ingenio y visibilidad del humorista gráfico Forges. Ante el encargo de tener que dibujar una viñeta para estos vecinos, el dibujante Antonio Fraguas quiso comprobar el estado de la calle a bordo de un seiscientos. Este acabó clavado en un agujero y asistido por una grúa. Así surgió la idea de crear pegatinas con una viñeta en la que se leyera el logo de ‘carretera de Canillas, 200 baches por milla’ aunque luego resultasen ser más. Los vecinos portan un cartel reivindicativo en la manifestación de 1976; en las imágenes inferiores, la carretera de Canillas con notorios baches y una viñeta del dibujante Forges en la que pide una solución. FravmMarta y su marido iban encabezando la manifestación. Sin pretensión alguna de alcanzar grandes cifra, fueron recorriendo las calles y con ello sumando adeptos. Mientras, la convocante iba vigilando de cerca a dos «falangistas que iban en la manifestación para evitar cualquier problema». La manifestación concluyó en lo que hoy en día es la boca de metro Esperanza. «Me subí al balcón de una vivienda, y pedí ayuntamientos democráticos». Tras ello, pidió disolver pacíficamente la protesta. No obstante, días después recibió una citación del Gobernador Civil de Madrid, Juan José Rosón. «Creía que era porque le habían chivado que me excedí más de la cuenta. Pensé: lo mismo no vuelvo a casa». La vecina acudió «temblando» a la reunión. Pero la sorpresa fue «mayúscula» cuando supo que el objetivo de la citación era para ensalzarla. «Me dijo que había querido conocerme para felicitarme porque fue ordenada. Fue él quien me dijo que habían participado 700 personas. No sabía como reaccionar, cómo ordenar eso en mi cabeza. De estar pensando que me iban detener a que me estuvieran felicitando».En el 50 aniversario de aquel altercado, tanto Marta como su marido Ángel tildan de éxito la convocatoria. «Transcurrió tranquila desde el principio al final». Otros participantes corroboran su versión: «Fue pacífica y multitudinaria», sostiene Santiago, sobre su experiencia con 17 años. No obstante los hay que, en mayor o menor medida, sí describen ciertos altercados. La Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (Fravm) recoge el testimonio de Paco Caño, histórico dirigente vecinal del barrio de Villa Rosa, que llegó a presidir, recordaba que hubo problemas cuando la manifestación pasó por delante de la Academia de la Policía Armada, ubicada también en la Carretera de Canillas. «Al llegar allí nos encontramos con la Gestapo», ironizaba Caño, que falleció en 2016. «Fuimos a buscar al concejal del distrito a su despacho. Le dijimos: te vienes con nosotros o nos encerramos aquí y no sale nadie. Y se vino para calmar a los policías, aunque cuando llegamos ya habían sacudido a dos señoras mayores». Según este vecinos, tras el conato de carga, la manifestación continuó sin más incidentes.La manifestación acogió a 700 personas. Los vecinos han tomado conciencia de su relevancia con el paso del tiempoOtros, en cambio, hablan de «fuertes palizas» por parte de «los grises». Dos mujeres, entonces de siete y 16 años, aseguran que en esa misma manifestación presenciaron cargas policiales. Pese a la edad, y a las múltiples protestas ilegales que se sucedían entonces, estas mujeres que se conocen 50 años después en el encuentro con ABC, comparten un testimonio similar de aquella manifestación.Rosa, de ahora 57 años, acudió de la mano de su madre a la protesta legal. Recorrió la carretera de Canillas con normalidad hasta que, a la altura del numero 56, en el punto que corta con la calle Gomeznarro, comenzaron a llegar furgones de antidisturbios. Según los recuerdos de esa niña de siete años, los manifestantes aplaudían ante la sospecha de que se retiraban. Por lo contrario, según la versión de Rosa, se bajaron de los vehículos y «empezaron a pegar a diestro y siniestro». En su caso, tomó deprisa la calle Andrés Obispo para buscar cobijo. «Iba corriendo con mi madre y nos vio una señora que tenía un puesto de periódicos; nos llamó para que nos metiéramos dentro. Yo recuerdo estar tirada en el suelo y llorando».En su caso, Esther no vio directamente las cargas porque –asegura– se encontraba en la cola de la protesta. Ella fue sobre todo para vigilar a su padre al que «se le calentaba la boca» debido a la tensión política del momento. Así, esta adolescente de 16 años acudió con sus padres a exigir mejoras para la carretera. Pero, según estaban en la manifestación, escucharon cómo la gente de adelante empezó a aplaudir mucho y, después, cómo empezaron a correr. «Ese día no me enteré de lo que había pasado, pero después supimos que la policía había hecho amagos de que se retiraba y cuando la gente comenzó a aplaudir, se disparó el tema. No se qué pudo desencadenarlo», sostiene ahora a sus 66 años, agradecida de que fueran atrasados y su padre no participara de los altercados.Fueran los participantes o quienes heredaran la voz de barrio en su segunda generación, todos coinciden en que fue un episodio bastante anónimo y que hasta ellos mismos le han cobrado relevancia conforme han transcurrido los años. La propia Esther ensalza la importancia de que fuera su barrio el primero en lograr una autorización oficial. «Significó mucho; fue bastante importante y bueno». No obstante, no acaba de entender por qué es tan «desconocido» hasta para los propios madrileños. «Hay cosas que ahora se están viviendo más que cuando pasaron».Ni siquiera la propia Hidalgo tomó conciencia en aquel año de lo que había supuesto su iniciativa. «La he ido tomando después en ese momento no me pareció nada del otro mundo, a pesar de que estábamos muy sorprendidos de que nos hubieran autorizado».«Al cabo del tiempo, cuando empiezo a pensar en el atrevimiento de haberme presentado a solicitarlo, entiendo su gran importancia». En todo caso, para ella, medio centenar de años después, lo importante sigue siendo que le arreglaran los baches. «Fue un alivio que se plantaran a tapar los agujeros tan rápido». 13 de marzo de 1976. Había transcurrido casi año y medio desde que falleciera Francisco Franco y la vorágine aún estaba instalada en las calles de toda España; el franquismo había quedado atrás, pero el «miedo» a alzar la voz seguía presente ante las posibles represalias –según relatan quienes vivieron esa época–. No por ello, los vecinos renunciaban a organizarse. Ya pasó en Vitoria días antes, donde murieron cinco trabajadores durante unas protestas por las mejoras laborales. No obstante, en un barrio obrero de Madrid decidieron tomar la delantera y gestionar por la vía legal lo que estaban dispuestos a hacer «de todos modos». Buscaban arreglar sus calles. En concreto la carretera de Canillas, «la única salida, el único escape» que tenían para ir hacia Madrid y que suponía para los conductores adentrarse en un camino farragoso en el que sortear hasta 272 baches. Era estrecha y con arboleda e impedía que pudieran pasar los coches. Además, estaba destrozada porque los camiones y las grúas lo habían hecho imposible de transitar. «La carretera era un suplicio, no sabíamos a que hora íbamos a llegar a los trabajos, estaba muy abandonada y estropeada». Así fue como Marta Hidalgo, vecina de Hortaleza y líder de la asociación de Amas de casa, tomo la voz de la movilización de los vecinos. Y, con ello, consiguió la primera autorización de una manifestación tras la dictadura. «Creía que me iban a detener, pero al final me felicitaron», recuerda a sus 81 años.No las tenía todas consigo. De hecho, fue toda una «sorpresa» que le concedieran la autorización. Fue una semana antes de que convocaran a sus vecinos en las calles para exigir una carretera en condiciones. «Tenía cierto miedo, pero lo disimulaba. Pues todavía era arriesgado pelear en la calle porque había represión. No imaginábamos que nos lo fueran a permitir». Para ello contó con colaboración. Primero, del abogado Luis Javier Benavides que le ayudó a redactar el permiso y, segundo, con el ingenio y visibilidad del humorista gráfico Forges. Ante el encargo de tener que dibujar una viñeta para estos vecinos, el dibujante Antonio Fraguas quiso comprobar el estado de la calle a bordo de un seiscientos. Este acabó clavado en un agujero y asistido por una grúa. Así surgió la idea de crear pegatinas con una viñeta en la que se leyera el logo de ‘carretera de Canillas, 200 baches por milla’ aunque luego resultasen ser más. Los vecinos portan un cartel reivindicativo en la manifestación de 1976; en las imágenes inferiores, la carretera de Canillas con notorios baches y una viñeta del dibujante Forges en la que pide una solución. FravmMarta y su marido iban encabezando la manifestación. Sin pretensión alguna de alcanzar grandes cifra, fueron recorriendo las calles y con ello sumando adeptos. Mientras, la convocante iba vigilando de cerca a dos «falangistas que iban en la manifestación para evitar cualquier problema». La manifestación concluyó en lo que hoy en día es la boca de metro Esperanza. «Me subí al balcón de una vivienda, y pedí ayuntamientos democráticos». Tras ello, pidió disolver pacíficamente la protesta. No obstante, días después recibió una citación del Gobernador Civil de Madrid, Juan José Rosón. «Creía que era porque le habían chivado que me excedí más de la cuenta. Pensé: lo mismo no vuelvo a casa». La vecina acudió «temblando» a la reunión. Pero la sorpresa fue «mayúscula» cuando supo que el objetivo de la citación era para ensalzarla. «Me dijo que había querido conocerme para felicitarme porque fue ordenada. Fue él quien me dijo que habían participado 700 personas. No sabía como reaccionar, cómo ordenar eso en mi cabeza. De estar pensando que me iban detener a que me estuvieran felicitando».En el 50 aniversario de aquel altercado, tanto Marta como su marido Ángel tildan de éxito la convocatoria. «Transcurrió tranquila desde el principio al final». Otros participantes corroboran su versión: «Fue pacífica y multitudinaria», sostiene Santiago, sobre su experiencia con 17 años. No obstante los hay que, en mayor o menor medida, sí describen ciertos altercados. La Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (Fravm) recoge el testimonio de Paco Caño, histórico dirigente vecinal del barrio de Villa Rosa, que llegó a presidir, recordaba que hubo problemas cuando la manifestación pasó por delante de la Academia de la Policía Armada, ubicada también en la Carretera de Canillas. «Al llegar allí nos encontramos con la Gestapo», ironizaba Caño, que falleció en 2016. «Fuimos a buscar al concejal del distrito a su despacho. Le dijimos: te vienes con nosotros o nos encerramos aquí y no sale nadie. Y se vino para calmar a los policías, aunque cuando llegamos ya habían sacudido a dos señoras mayores». Según este vecinos, tras el conato de carga, la manifestación continuó sin más incidentes.La manifestación acogió a 700 personas. Los vecinos han tomado conciencia de su relevancia con el paso del tiempoOtros, en cambio, hablan de «fuertes palizas» por parte de «los grises». Dos mujeres, entonces de siete y 16 años, aseguran que en esa misma manifestación presenciaron cargas policiales. Pese a la edad, y a las múltiples protestas ilegales que se sucedían entonces, estas mujeres que se conocen 50 años después en el encuentro con ABC, comparten un testimonio similar de aquella manifestación.Rosa, de ahora 57 años, acudió de la mano de su madre a la protesta legal. Recorrió la carretera de Canillas con normalidad hasta que, a la altura del numero 56, en el punto que corta con la calle Gomeznarro, comenzaron a llegar furgones de antidisturbios. Según los recuerdos de esa niña de siete años, los manifestantes aplaudían ante la sospecha de que se retiraban. Por lo contrario, según la versión de Rosa, se bajaron de los vehículos y «empezaron a pegar a diestro y siniestro». En su caso, tomó deprisa la calle Andrés Obispo para buscar cobijo. «Iba corriendo con mi madre y nos vio una señora que tenía un puesto de periódicos; nos llamó para que nos metiéramos dentro. Yo recuerdo estar tirada en el suelo y llorando».En su caso, Esther no vio directamente las cargas porque –asegura– se encontraba en la cola de la protesta. Ella fue sobre todo para vigilar a su padre al que «se le calentaba la boca» debido a la tensión política del momento. Así, esta adolescente de 16 años acudió con sus padres a exigir mejoras para la carretera. Pero, según estaban en la manifestación, escucharon cómo la gente de adelante empezó a aplaudir mucho y, después, cómo empezaron a correr. «Ese día no me enteré de lo que había pasado, pero después supimos que la policía había hecho amagos de que se retiraba y cuando la gente comenzó a aplaudir, se disparó el tema. No se qué pudo desencadenarlo», sostiene ahora a sus 66 años, agradecida de que fueran atrasados y su padre no participara de los altercados.Fueran los participantes o quienes heredaran la voz de barrio en su segunda generación, todos coinciden en que fue un episodio bastante anónimo y que hasta ellos mismos le han cobrado relevancia conforme han transcurrido los años. La propia Esther ensalza la importancia de que fuera su barrio el primero en lograr una autorización oficial. «Significó mucho; fue bastante importante y bueno». No obstante, no acaba de entender por qué es tan «desconocido» hasta para los propios madrileños. «Hay cosas que ahora se están viviendo más que cuando pasaron».Ni siquiera la propia Hidalgo tomó conciencia en aquel año de lo que había supuesto su iniciativa. «La he ido tomando después en ese momento no me pareció nada del otro mundo, a pesar de que estábamos muy sorprendidos de que nos hubieran autorizado».«Al cabo del tiempo, cuando empiezo a pensar en el atrevimiento de haberme presentado a solicitarlo, entiendo su gran importancia». En todo caso, para ella, medio centenar de años después, lo importante sigue siendo que le arreglaran los baches. «Fue un alivio que se plantaran a tapar los agujeros tan rápido». RSS de noticias de espana
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