Demasiados indicios invitan a pensar que el feminismo institucional pierde fuelle y, con él, su día estrella. La manifestación, que algún día fue festiva celebración de la emancipación de la mujer y acabó convertida en griterío revanchista y llorón, alcanzaba en 2018 y 2019 un llamativo momento de eclosión. En España, la confluencia del internacional MeToo y el hipermediatizado caso de la Manada consiguieron, no solo un nuevo despertar feminista, sino que incluso Podemos instrumentalizase el sentir general e introdujese el término en su programa electoral (anteriormente no había una sola mención) o cambiara su nombre a un mucho más inclusivo y femenino «Unidas Podemos» tras formar coalición con Izquierda Unida. Desde entonces, la cosa ha decaído en pocos años. La manifestación ha visto descender la asistencia en un 90%, poco más de 30.000 asistentes este año (a un partido en el Bernabéu acuden unas 80.000 personas). Y ni siquiera puede culpar al mal tiempo este año. Por el camino, no solo se han quedado decenas de miles de asistentes, sino también simpatías (el apoyo entre los jóvenes ha caído a su nivel más bajo en los últimos años), relevancia (ya no copa las portadas ni abre los informativos) y hegemonía (las voces disidentes son cada vez más y en más espacios). En estos años, el movimiento se fragmentaba hasta el punto de manifestarse dividido en dos marchas distintas, con diferente recorrido y lema. También este año que, además, se convocaba por la mañana, como si se tratase de una carrera popular o un mercadillo medieval. Algo diferente que hacer antes de comer fuera con la familia un domingo cualquiera. Pero quizá lo más llamativo sea la creciente necesidad de asimilar otras causas justas, las de moda del momento, al motivo primigenio por el que se marcha este día. Como si ya no fuese suficiente invocar la igualdad o el fin de la violencia machista para que un número aceptable de mujeres se ponga detrás de una pancarta en el centro de una ciudad. Así, ahora el 8M reivindica a la mujer y la igualdad, sí, y denuncia un machismo estructural, pero también es antirracista, antifascista, anticapitalista, anticolonialista, está con Palestina, es proabortista, prodisidencias sexuales, reclama una vivienda digna, la sanidad y la educación pública. Y la paz en el mundo. Porque, este año, además, tocaba el «no a la guerra». Solo faltaban los therians. Y la ministra de Igualdad, que estaba en Valladolid. Demasiados indicios invitan a pensar que el feminismo institucional pierde fuelle y, con él, su día estrella. La manifestación, que algún día fue festiva celebración de la emancipación de la mujer y acabó convertida en griterío revanchista y llorón, alcanzaba en 2018 y 2019 un llamativo momento de eclosión. En España, la confluencia del internacional MeToo y el hipermediatizado caso de la Manada consiguieron, no solo un nuevo despertar feminista, sino que incluso Podemos instrumentalizase el sentir general e introdujese el término en su programa electoral (anteriormente no había una sola mención) o cambiara su nombre a un mucho más inclusivo y femenino «Unidas Podemos» tras formar coalición con Izquierda Unida. Desde entonces, la cosa ha decaído en pocos años. La manifestación ha visto descender la asistencia en un 90%, poco más de 30.000 asistentes este año (a un partido en el Bernabéu acuden unas 80.000 personas). Y ni siquiera puede culpar al mal tiempo este año. Por el camino, no solo se han quedado decenas de miles de asistentes, sino también simpatías (el apoyo entre los jóvenes ha caído a su nivel más bajo en los últimos años), relevancia (ya no copa las portadas ni abre los informativos) y hegemonía (las voces disidentes son cada vez más y en más espacios). En estos años, el movimiento se fragmentaba hasta el punto de manifestarse dividido en dos marchas distintas, con diferente recorrido y lema. También este año que, además, se convocaba por la mañana, como si se tratase de una carrera popular o un mercadillo medieval. Algo diferente que hacer antes de comer fuera con la familia un domingo cualquiera. Pero quizá lo más llamativo sea la creciente necesidad de asimilar otras causas justas, las de moda del momento, al motivo primigenio por el que se marcha este día. Como si ya no fuese suficiente invocar la igualdad o el fin de la violencia machista para que un número aceptable de mujeres se ponga detrás de una pancarta en el centro de una ciudad. Así, ahora el 8M reivindica a la mujer y la igualdad, sí, y denuncia un machismo estructural, pero también es antirracista, antifascista, anticapitalista, anticolonialista, está con Palestina, es proabortista, prodisidencias sexuales, reclama una vivienda digna, la sanidad y la educación pública. Y la paz en el mundo. Porque, este año, además, tocaba el «no a la guerra». Solo faltaban los therians. Y la ministra de Igualdad, que estaba en Valladolid. Demasiados indicios invitan a pensar que el feminismo institucional pierde fuelle y, con él, su día estrella. La manifestación, que algún día fue festiva celebración de la emancipación de la mujer y acabó convertida en griterío revanchista y llorón, alcanzaba en 2018 y 2019 un llamativo momento de eclosión. En España, la confluencia del internacional MeToo y el hipermediatizado caso de la Manada consiguieron, no solo un nuevo despertar feminista, sino que incluso Podemos instrumentalizase el sentir general e introdujese el término en su programa electoral (anteriormente no había una sola mención) o cambiara su nombre a un mucho más inclusivo y femenino «Unidas Podemos» tras formar coalición con Izquierda Unida. Desde entonces, la cosa ha decaído en pocos años. La manifestación ha visto descender la asistencia en un 90%, poco más de 30.000 asistentes este año (a un partido en el Bernabéu acuden unas 80.000 personas). Y ni siquiera puede culpar al mal tiempo este año. Por el camino, no solo se han quedado decenas de miles de asistentes, sino también simpatías (el apoyo entre los jóvenes ha caído a su nivel más bajo en los últimos años), relevancia (ya no copa las portadas ni abre los informativos) y hegemonía (las voces disidentes son cada vez más y en más espacios). En estos años, el movimiento se fragmentaba hasta el punto de manifestarse dividido en dos marchas distintas, con diferente recorrido y lema. También este año que, además, se convocaba por la mañana, como si se tratase de una carrera popular o un mercadillo medieval. Algo diferente que hacer antes de comer fuera con la familia un domingo cualquiera. Pero quizá lo más llamativo sea la creciente necesidad de asimilar otras causas justas, las de moda del momento, al motivo primigenio por el que se marcha este día. Como si ya no fuese suficiente invocar la igualdad o el fin de la violencia machista para que un número aceptable de mujeres se ponga detrás de una pancarta en el centro de una ciudad. Así, ahora el 8M reivindica a la mujer y la igualdad, sí, y denuncia un machismo estructural, pero también es antirracista, antifascista, anticapitalista, anticolonialista, está con Palestina, es proabortista, prodisidencias sexuales, reclama una vivienda digna, la sanidad y la educación pública. Y la paz en el mundo. Porque, este año, además, tocaba el «no a la guerra». Solo faltaban los therians. Y la ministra de Igualdad, que estaba en Valladolid. RSS de noticias de sociedad
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