Uno pasea por Madrid y se da cuenta de la cantidad de modos que existen para caminar en la ciudad. Los madrileños se distinguen por varios motivos, pero el principal es que un gato no camina por la ciudad, sino que camina la ciudad. Parece rozar el suelo, pero sucede que, con un gesto casi imperceptible, es el suelo quien roza sus pies. Baila sobre la acera, pivota el cuerpo al son de una prisa controlada que no termina de llegar nunca. El madrileño, más que andar, se desliza; más que pasear, se adueña del paisaje cruzando de lado a lado el cuadro con una soltura fina y directa, como si esquivara todo tipo de transeúntes, turistas, colas y puntos donde se hacen selfis.El madrileño, cuando anda, vuela, porque todo aquí se hace rápido, excepto si no eres madrileño. Los hombros forman una coreografía precisa, los brazos se balancean con la justa armonía y la cintura permanece firme, ajena al bullicio, como si no le incumbiera el movimiento del resto del cuerpo. Nunca lleva bolsas —y si las lleva, parecen no pesarle— ni ocupa las manos más de lo estrictamente necesario: un café, un móvil, una prisa. Se fija en todo, pero no termina de detenerse en nada, porque el madrileño camina corriendo y corre caminando; y en esa contradicción perfecta se encierra toda su filosofía urbana. Hay en él una especie de urgencia educada, una impaciencia con modales. No empuja, sino sortea. No se para jamás; se suspende un segundo y continúa. Domina el arte de atravesar grupos como quien abre una cortina invisible. Y si tropieza —cosa rara en el gato— no se disculpa con palabras, sino con un leve gesto de barbilla, que equivale en el castellano capitalino a una tesis doctoral sobre el perdón y los buenos modales. El paseante forastero, en cambio, se delata enseguida. Se detiene donde no debe, duda en los cruces, levanta la vista hacia los edificios como si buscara una explicación que nadie le ha prometido. Camina con propósito, pero sin estilo. El madrileño lo detecta a dos manzanas de distancia y lo rodea con la naturalidad de quien evita una farola. Incluso en la duda, el madrileño no duda: finge saber adónde va, que es una forma muy digna de no saberlo.Noticia relacionada general No No Valdemarín, un asombro de Madrid Alfonso J. UssíaHay también distintas especies dentro del género. Está el madrileño de Gran Vía, que avanza como si siempre llegara tarde a algo importante, aunque luego se siente una hora a mirar escaparates. Está el del barrio, más pausado, pero no menos firme, que camina con la seguridad de quien pisa terreno propio. Y está el de domingo, irreconocible, que pasea despacio como si estuviera de visita en su propia ciudad, traicionando por unas horas su naturaleza y quizá también su tristeza. Porque en Madrid no se anda: se interpreta. Por eso, cada paso es una declaración de intenciones, cada giro una negociación con el tiempo. Y, al final, cuando uno cree haber aprendido el secreto, descubre que no era cuestión de velocidad ni de dirección, sino de actitud. Una mezcla precisa y perfecta de prisa y desdén, de urgencia y costumbre, que hace que el madrileño no vaya a ningún sitio y, sin embargo, siempre llegue antes porque en el fondo no puede evitar hacerlo de otra forma. No se trata simplemente de andar, sino de hacerlo con la seguridad de que nunca se termina de llegar. Y esa es posiblemente la clave más importante del madrileño que pasea. Porque si las maneras de andar de un madrileño son la música sobre las calles, el final de la canción nunca llega porque siempre se puede seguir hacia cualquier parte.Ramón Gómez de la Serna decía que «el paseo es la forma de pensar en voz baja» y el genial Josep Pla, que «caminar es una forma de leer el mundo». Moverse, andar, caminar, vivir la ciudad… Todo se hace de una u otra forma, pero siempre con esta misma tónica tan llevadera, entre la prisa y la pena, entre la curiosidad y la sorpresa. A mí me pasa como al soberbio Jardiel Poncela, que decía que «el madrileño no anda: se desplaza con intención». Y creo que no hay manera más acertada de moverse por estas calles de Madrid. Salgan a la calle. Caminen, anden o paseen. Pero si se cruzan con alguien que parece levitar sobre el suelo, no tengan duda: es un madrileño tratando de sobrevivir. Uno pasea por Madrid y se da cuenta de la cantidad de modos que existen para caminar en la ciudad. Los madrileños se distinguen por varios motivos, pero el principal es que un gato no camina por la ciudad, sino que camina la ciudad. Parece rozar el suelo, pero sucede que, con un gesto casi imperceptible, es el suelo quien roza sus pies. Baila sobre la acera, pivota el cuerpo al son de una prisa controlada que no termina de llegar nunca. El madrileño, más que andar, se desliza; más que pasear, se adueña del paisaje cruzando de lado a lado el cuadro con una soltura fina y directa, como si esquivara todo tipo de transeúntes, turistas, colas y puntos donde se hacen selfis.El madrileño, cuando anda, vuela, porque todo aquí se hace rápido, excepto si no eres madrileño. Los hombros forman una coreografía precisa, los brazos se balancean con la justa armonía y la cintura permanece firme, ajena al bullicio, como si no le incumbiera el movimiento del resto del cuerpo. Nunca lleva bolsas —y si las lleva, parecen no pesarle— ni ocupa las manos más de lo estrictamente necesario: un café, un móvil, una prisa. Se fija en todo, pero no termina de detenerse en nada, porque el madrileño camina corriendo y corre caminando; y en esa contradicción perfecta se encierra toda su filosofía urbana. Hay en él una especie de urgencia educada, una impaciencia con modales. No empuja, sino sortea. No se para jamás; se suspende un segundo y continúa. Domina el arte de atravesar grupos como quien abre una cortina invisible. Y si tropieza —cosa rara en el gato— no se disculpa con palabras, sino con un leve gesto de barbilla, que equivale en el castellano capitalino a una tesis doctoral sobre el perdón y los buenos modales. El paseante forastero, en cambio, se delata enseguida. Se detiene donde no debe, duda en los cruces, levanta la vista hacia los edificios como si buscara una explicación que nadie le ha prometido. Camina con propósito, pero sin estilo. El madrileño lo detecta a dos manzanas de distancia y lo rodea con la naturalidad de quien evita una farola. Incluso en la duda, el madrileño no duda: finge saber adónde va, que es una forma muy digna de no saberlo.Noticia relacionada general No No Valdemarín, un asombro de Madrid Alfonso J. UssíaHay también distintas especies dentro del género. Está el madrileño de Gran Vía, que avanza como si siempre llegara tarde a algo importante, aunque luego se siente una hora a mirar escaparates. Está el del barrio, más pausado, pero no menos firme, que camina con la seguridad de quien pisa terreno propio. Y está el de domingo, irreconocible, que pasea despacio como si estuviera de visita en su propia ciudad, traicionando por unas horas su naturaleza y quizá también su tristeza. Porque en Madrid no se anda: se interpreta. Por eso, cada paso es una declaración de intenciones, cada giro una negociación con el tiempo. Y, al final, cuando uno cree haber aprendido el secreto, descubre que no era cuestión de velocidad ni de dirección, sino de actitud. Una mezcla precisa y perfecta de prisa y desdén, de urgencia y costumbre, que hace que el madrileño no vaya a ningún sitio y, sin embargo, siempre llegue antes porque en el fondo no puede evitar hacerlo de otra forma. No se trata simplemente de andar, sino de hacerlo con la seguridad de que nunca se termina de llegar. Y esa es posiblemente la clave más importante del madrileño que pasea. Porque si las maneras de andar de un madrileño son la música sobre las calles, el final de la canción nunca llega porque siempre se puede seguir hacia cualquier parte.Ramón Gómez de la Serna decía que «el paseo es la forma de pensar en voz baja» y el genial Josep Pla, que «caminar es una forma de leer el mundo». Moverse, andar, caminar, vivir la ciudad… Todo se hace de una u otra forma, pero siempre con esta misma tónica tan llevadera, entre la prisa y la pena, entre la curiosidad y la sorpresa. A mí me pasa como al soberbio Jardiel Poncela, que decía que «el madrileño no anda: se desplaza con intención». Y creo que no hay manera más acertada de moverse por estas calles de Madrid. Salgan a la calle. Caminen, anden o paseen. Pero si se cruzan con alguien que parece levitar sobre el suelo, no tengan duda: es un madrileño tratando de sobrevivir. Uno pasea por Madrid y se da cuenta de la cantidad de modos que existen para caminar en la ciudad. Los madrileños se distinguen por varios motivos, pero el principal es que un gato no camina por la ciudad, sino que camina la ciudad. Parece rozar el suelo, pero sucede que, con un gesto casi imperceptible, es el suelo quien roza sus pies. Baila sobre la acera, pivota el cuerpo al son de una prisa controlada que no termina de llegar nunca. El madrileño, más que andar, se desliza; más que pasear, se adueña del paisaje cruzando de lado a lado el cuadro con una soltura fina y directa, como si esquivara todo tipo de transeúntes, turistas, colas y puntos donde se hacen selfis.El madrileño, cuando anda, vuela, porque todo aquí se hace rápido, excepto si no eres madrileño. Los hombros forman una coreografía precisa, los brazos se balancean con la justa armonía y la cintura permanece firme, ajena al bullicio, como si no le incumbiera el movimiento del resto del cuerpo. Nunca lleva bolsas —y si las lleva, parecen no pesarle— ni ocupa las manos más de lo estrictamente necesario: un café, un móvil, una prisa. Se fija en todo, pero no termina de detenerse en nada, porque el madrileño camina corriendo y corre caminando; y en esa contradicción perfecta se encierra toda su filosofía urbana. Hay en él una especie de urgencia educada, una impaciencia con modales. No empuja, sino sortea. No se para jamás; se suspende un segundo y continúa. Domina el arte de atravesar grupos como quien abre una cortina invisible. Y si tropieza —cosa rara en el gato— no se disculpa con palabras, sino con un leve gesto de barbilla, que equivale en el castellano capitalino a una tesis doctoral sobre el perdón y los buenos modales. El paseante forastero, en cambio, se delata enseguida. Se detiene donde no debe, duda en los cruces, levanta la vista hacia los edificios como si buscara una explicación que nadie le ha prometido. Camina con propósito, pero sin estilo. El madrileño lo detecta a dos manzanas de distancia y lo rodea con la naturalidad de quien evita una farola. Incluso en la duda, el madrileño no duda: finge saber adónde va, que es una forma muy digna de no saberlo.Noticia relacionada general No No Valdemarín, un asombro de Madrid Alfonso J. UssíaHay también distintas especies dentro del género. Está el madrileño de Gran Vía, que avanza como si siempre llegara tarde a algo importante, aunque luego se siente una hora a mirar escaparates. Está el del barrio, más pausado, pero no menos firme, que camina con la seguridad de quien pisa terreno propio. Y está el de domingo, irreconocible, que pasea despacio como si estuviera de visita en su propia ciudad, traicionando por unas horas su naturaleza y quizá también su tristeza. Porque en Madrid no se anda: se interpreta. Por eso, cada paso es una declaración de intenciones, cada giro una negociación con el tiempo. Y, al final, cuando uno cree haber aprendido el secreto, descubre que no era cuestión de velocidad ni de dirección, sino de actitud. Una mezcla precisa y perfecta de prisa y desdén, de urgencia y costumbre, que hace que el madrileño no vaya a ningún sitio y, sin embargo, siempre llegue antes porque en el fondo no puede evitar hacerlo de otra forma. No se trata simplemente de andar, sino de hacerlo con la seguridad de que nunca se termina de llegar. Y esa es posiblemente la clave más importante del madrileño que pasea. Porque si las maneras de andar de un madrileño son la música sobre las calles, el final de la canción nunca llega porque siempre se puede seguir hacia cualquier parte.Ramón Gómez de la Serna decía que «el paseo es la forma de pensar en voz baja» y el genial Josep Pla, que «caminar es una forma de leer el mundo». Moverse, andar, caminar, vivir la ciudad… Todo se hace de una u otra forma, pero siempre con esta misma tónica tan llevadera, entre la prisa y la pena, entre la curiosidad y la sorpresa. A mí me pasa como al soberbio Jardiel Poncela, que decía que «el madrileño no anda: se desplaza con intención». Y creo que no hay manera más acertada de moverse por estas calles de Madrid. Salgan a la calle. Caminen, anden o paseen. Pero si se cruzan con alguien que parece levitar sobre el suelo, no tengan duda: es un madrileño tratando de sobrevivir. RSS de noticias de espana
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