Todo en el Museo Nacional de Escultura desemboca en el arte renacentista y barroco y en los grandes maestros de la Escuela Castellana. Y a ese destino principal de la colección permanente se llega por caminos diversos. También el del arte contemporáneo, en constante diálogo con los fondos que se muestran en sus sedes del Colegio de San Gregorio, el palacio de Villena y la Casa del Sol de Valladolid, gracias a la línea de exposiciones temporales, que pueden poner frente a frente a autores como Gregorio Fernández o Juan de Juni con creadores de vanguardia.El MNE mantiene desde hace tiempo esa mirada al pasado para rastrear la influencia de los grandes nombres de su colección en los artistas de siglos posteriores y ofrecer otras miradas complementarias más o menos actuales. Marcó un hito en ese itinerario la convivencia entre las esculturas de Baltasar Lobo y las réplicas del antiguo Museo Nacional de Reproducciones Artísticas en la Casa del Sol, una propuesta lanzada en 2018 bajo el lema ‘Un moderno entre los clásicos’, en la etapa de María Bolaños en la dirección. Las treinta y cinco obras del artista zamorano reunidas ilustraban el proceso creativo desde el taller, con piezas en algunos casos inacabadas en mármol o aun en yeso, antes de fundirse en bronce.La exposición de Baltasar Lobo en la colección de reproducciones clásicas marcó un hito en la línea expositivaLa tónica se mantiene con el actual director del museo, Alejandro Nuevo Gómez, como demuestran las exposiciones del último año y, especialmente, la concebida para conmemorar el centenario de Eduardo Chillida. El palacio de Villena recibió más de medio centenar de piezas del artista vasco, desde obras en papel a sus grandes esculturas, para ofrecer el contrapunto entre el arte de los siglos XVI y XVII y la producción del escultor del XX, a su modo influida por la espiritualidad. El relato se extendía al interior de San Gregorio y al exterior, donde se sitúa su homenaje al poeta Jorge Guillén ‘Lo profundo es el aire’. Antes, como había ocurrido con Baltasar Lobo, la colección de reproducciones artísticas de la Casa del Sol había servido de marco a la reivindicación de otro escultor del siglo XX, el almeriense Juan Haro. Sus representaciones figurativas se confrontaron con la estatuaria grecorromana en un recorrido a la búsqueda de contrastes. Hasta este mes de marzo se prolongó una exposición posterior que cerraba la programación del año pasado, de nuevo en el palacio de Villena: ‘Ladylike. Disciplinamiento, belleza y violencia’, de la artista Elo Vega, a partir de su investigación sobre la relación entre la estatuaria clásica y la iconografía publicitaria y las revistas para mujeres en la representación del cuerpo femenino. La selección de quince piezas estuvo presidida por la instalación ‘Rape Scene’, creada ex profeso para el espacio, un «mural barroco» inspirado en ‘El rapto de las sabinas’ compuesto por vídeos, carteles, fotografías y vinilos, entre otros materiales.Ajedrez del escultor Néstor Basterretxea en la exposición ‘Formas dormidas’ R. ORTEGAEl recorrido por la colección permanente en el Colegio de San Gregorio lleva estos días –hasta el día 21 junio– a la muestra titulada ‘Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura’, comisariada por Humberto Blanco. Instalada en el Rincón Rojo, que desde 2017 acoge «exposiciones cápsula», su relato expositivo comienza en el espacio previo, entre grandes obras de Gregorio Fernández, como el conjunto escultórico de la Sexta Angustia y la talla de Santa Teresa de Jesús, está señalada como parte de la temporal. La cartela justifica el motivo: la mística abulense es la patrona de los ajedrecistas desde 1944; en ‘Camino de perfección’ aludió al juego de tablero, en lo que se ha interpretado como una metáfora de la vida contemplativa. La exposición invita a imaginar que la pluma que sostiene la santa es una reina para el «jaque místico» mencionado por ella.De los artesanos persas a DuchampYa en el Rincón Rojo se ahonda en la relación entre ajedrez y escultura con una selección de obras variopintas, que abarcan desde la artesanía persa hasta las vanguardias, desde piezas creadas en los siglos X y XI hasta un alfil (‘Le fou’) de Man Ray. La muestra se nutre de aportaciones de prestigiosas colecciones internacionales, como fotografías de Lucia Moholy llegadas desde el Bröhan Museum de Berlín o el diseño de Man Ray para un conjunto de ajedrez conservado en el Metropolitan de Nueva York. La pasión por el tablero de otros artistas queda reflejada en una imagen que capta a Max Ernst y Dorothea Tanning en plena partida. También en los testimonios sobre la fascinación de Marcel Duchamp por el juego de trebejos —llegó a competir profesionalmente y diseñó uno de bolsillo para poder practicar en cualquier lugar—; fue «el gran alquimista que propicia el encuentro definitivo entre arte y ajedrez», apunta uno de los textos de la muestra. Organizó, además, una colectiva en Nueva York, ‘The Imagery of Chess’ (1944), en la que participó el surrealista Ernst con diseños de piezas que ilustran el cartel de ‘Formas dormidas’.La imagen de Santa Teresa de Gregorio Fernández da paso al Rincón Rojo, donde se ahonda en la relación entre ajedrez y esculturaEl cercano Museo Patio Herreriano cede a la muestra un óleo sobre lienzo de Manolo Millares, ‘Aborigen 1’, que desde el surrealismo abstracto echa mano de símbolos como un pequeño damero y triángulos blancos, «ambos motivos evidencian las profundas raíces conceptuales que los vinculan a antiquísimos juegos como son el ajedrez y las tablas». El centro del Rincón Rojo se reserva para un conjunto de Néstor Basterretxea de los años sesenta en madera de caoba y roble, del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El fundador del Equipo 57 construyó sobre el tablero una especie de «extraña ciudad mutante e imprevisible», con pequeñas esculturas de volúmenes arquitectónicos.Piezas históricas y leonesasEsas creaciones del pasado siglo encuentran su sitio entre las piezas de algunos de los ajedreces más antiguos que se conservan en España y en Europa: las de San Salvador de Celanova o de San Rosendo, procedentes del Museo de la Catedral de Orense, de cristal de roca y del siglo X; las de la colegiata de San Pere de Àger, fabricadas en el siglo XI del mismo material y conservadas en el Museu de Lleida, y los trebejos que adornan el arca relicario de San Felices, del monasterio riojano de San Millán de Yuso, también de esa centuria. El cuarto juego histórico, el considerado el más antiguo de España, procede de la comarca leonesa del Bierzo. Son los conocidos como bolos de san Genadio, del siglo X. Sus «formas arcaicas» y la «remota ubicación» —la iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba, en Peñalba de Santiago, en el recóndito Valle del Silencio— se interpretan como «indicios claros de la temprana difusión del ajedrez en la península ibérica».Otra pieza singular procedente de León, de su Museo Provincial, es el tablero de juegos de los condes de Luna, hecho de madera de nogal tallada y taraceada en un taller mudéjar, en la segunda mitad del siglo XV. Su reverso, visible en un espejo, es un segundo tablero para el juego de dados. «Juntas, todas estas piezas desafían al espectador de hoy a sumergirse en las inmensidades de un juego que siempre ha sido más que un juego», concluye la carta de presentación de ‘Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura’. Todo en el Museo Nacional de Escultura desemboca en el arte renacentista y barroco y en los grandes maestros de la Escuela Castellana. Y a ese destino principal de la colección permanente se llega por caminos diversos. También el del arte contemporáneo, en constante diálogo con los fondos que se muestran en sus sedes del Colegio de San Gregorio, el palacio de Villena y la Casa del Sol de Valladolid, gracias a la línea de exposiciones temporales, que pueden poner frente a frente a autores como Gregorio Fernández o Juan de Juni con creadores de vanguardia.El MNE mantiene desde hace tiempo esa mirada al pasado para rastrear la influencia de los grandes nombres de su colección en los artistas de siglos posteriores y ofrecer otras miradas complementarias más o menos actuales. Marcó un hito en ese itinerario la convivencia entre las esculturas de Baltasar Lobo y las réplicas del antiguo Museo Nacional de Reproducciones Artísticas en la Casa del Sol, una propuesta lanzada en 2018 bajo el lema ‘Un moderno entre los clásicos’, en la etapa de María Bolaños en la dirección. Las treinta y cinco obras del artista zamorano reunidas ilustraban el proceso creativo desde el taller, con piezas en algunos casos inacabadas en mármol o aun en yeso, antes de fundirse en bronce.La exposición de Baltasar Lobo en la colección de reproducciones clásicas marcó un hito en la línea expositivaLa tónica se mantiene con el actual director del museo, Alejandro Nuevo Gómez, como demuestran las exposiciones del último año y, especialmente, la concebida para conmemorar el centenario de Eduardo Chillida. El palacio de Villena recibió más de medio centenar de piezas del artista vasco, desde obras en papel a sus grandes esculturas, para ofrecer el contrapunto entre el arte de los siglos XVI y XVII y la producción del escultor del XX, a su modo influida por la espiritualidad. El relato se extendía al interior de San Gregorio y al exterior, donde se sitúa su homenaje al poeta Jorge Guillén ‘Lo profundo es el aire’. Antes, como había ocurrido con Baltasar Lobo, la colección de reproducciones artísticas de la Casa del Sol había servido de marco a la reivindicación de otro escultor del siglo XX, el almeriense Juan Haro. Sus representaciones figurativas se confrontaron con la estatuaria grecorromana en un recorrido a la búsqueda de contrastes. Hasta este mes de marzo se prolongó una exposición posterior que cerraba la programación del año pasado, de nuevo en el palacio de Villena: ‘Ladylike. Disciplinamiento, belleza y violencia’, de la artista Elo Vega, a partir de su investigación sobre la relación entre la estatuaria clásica y la iconografía publicitaria y las revistas para mujeres en la representación del cuerpo femenino. La selección de quince piezas estuvo presidida por la instalación ‘Rape Scene’, creada ex profeso para el espacio, un «mural barroco» inspirado en ‘El rapto de las sabinas’ compuesto por vídeos, carteles, fotografías y vinilos, entre otros materiales.Ajedrez del escultor Néstor Basterretxea en la exposición ‘Formas dormidas’ R. ORTEGAEl recorrido por la colección permanente en el Colegio de San Gregorio lleva estos días –hasta el día 21 junio– a la muestra titulada ‘Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura’, comisariada por Humberto Blanco. Instalada en el Rincón Rojo, que desde 2017 acoge «exposiciones cápsula», su relato expositivo comienza en el espacio previo, entre grandes obras de Gregorio Fernández, como el conjunto escultórico de la Sexta Angustia y la talla de Santa Teresa de Jesús, está señalada como parte de la temporal. La cartela justifica el motivo: la mística abulense es la patrona de los ajedrecistas desde 1944; en ‘Camino de perfección’ aludió al juego de tablero, en lo que se ha interpretado como una metáfora de la vida contemplativa. La exposición invita a imaginar que la pluma que sostiene la santa es una reina para el «jaque místico» mencionado por ella.De los artesanos persas a DuchampYa en el Rincón Rojo se ahonda en la relación entre ajedrez y escultura con una selección de obras variopintas, que abarcan desde la artesanía persa hasta las vanguardias, desde piezas creadas en los siglos X y XI hasta un alfil (‘Le fou’) de Man Ray. La muestra se nutre de aportaciones de prestigiosas colecciones internacionales, como fotografías de Lucia Moholy llegadas desde el Bröhan Museum de Berlín o el diseño de Man Ray para un conjunto de ajedrez conservado en el Metropolitan de Nueva York. La pasión por el tablero de otros artistas queda reflejada en una imagen que capta a Max Ernst y Dorothea Tanning en plena partida. También en los testimonios sobre la fascinación de Marcel Duchamp por el juego de trebejos —llegó a competir profesionalmente y diseñó uno de bolsillo para poder practicar en cualquier lugar—; fue «el gran alquimista que propicia el encuentro definitivo entre arte y ajedrez», apunta uno de los textos de la muestra. Organizó, además, una colectiva en Nueva York, ‘The Imagery of Chess’ (1944), en la que participó el surrealista Ernst con diseños de piezas que ilustran el cartel de ‘Formas dormidas’.La imagen de Santa Teresa de Gregorio Fernández da paso al Rincón Rojo, donde se ahonda en la relación entre ajedrez y esculturaEl cercano Museo Patio Herreriano cede a la muestra un óleo sobre lienzo de Manolo Millares, ‘Aborigen 1’, que desde el surrealismo abstracto echa mano de símbolos como un pequeño damero y triángulos blancos, «ambos motivos evidencian las profundas raíces conceptuales que los vinculan a antiquísimos juegos como son el ajedrez y las tablas». El centro del Rincón Rojo se reserva para un conjunto de Néstor Basterretxea de los años sesenta en madera de caoba y roble, del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El fundador del Equipo 57 construyó sobre el tablero una especie de «extraña ciudad mutante e imprevisible», con pequeñas esculturas de volúmenes arquitectónicos.Piezas históricas y leonesasEsas creaciones del pasado siglo encuentran su sitio entre las piezas de algunos de los ajedreces más antiguos que se conservan en España y en Europa: las de San Salvador de Celanova o de San Rosendo, procedentes del Museo de la Catedral de Orense, de cristal de roca y del siglo X; las de la colegiata de San Pere de Àger, fabricadas en el siglo XI del mismo material y conservadas en el Museu de Lleida, y los trebejos que adornan el arca relicario de San Felices, del monasterio riojano de San Millán de Yuso, también de esa centuria. El cuarto juego histórico, el considerado el más antiguo de España, procede de la comarca leonesa del Bierzo. Son los conocidos como bolos de san Genadio, del siglo X. Sus «formas arcaicas» y la «remota ubicación» —la iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba, en Peñalba de Santiago, en el recóndito Valle del Silencio— se interpretan como «indicios claros de la temprana difusión del ajedrez en la península ibérica».Otra pieza singular procedente de León, de su Museo Provincial, es el tablero de juegos de los condes de Luna, hecho de madera de nogal tallada y taraceada en un taller mudéjar, en la segunda mitad del siglo XV. Su reverso, visible en un espejo, es un segundo tablero para el juego de dados. «Juntas, todas estas piezas desafían al espectador de hoy a sumergirse en las inmensidades de un juego que siempre ha sido más que un juego», concluye la carta de presentación de ‘Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura’. Todo en el Museo Nacional de Escultura desemboca en el arte renacentista y barroco y en los grandes maestros de la Escuela Castellana. Y a ese destino principal de la colección permanente se llega por caminos diversos. También el del arte contemporáneo, en constante diálogo con los fondos que se muestran en sus sedes del Colegio de San Gregorio, el palacio de Villena y la Casa del Sol de Valladolid, gracias a la línea de exposiciones temporales, que pueden poner frente a frente a autores como Gregorio Fernández o Juan de Juni con creadores de vanguardia.El MNE mantiene desde hace tiempo esa mirada al pasado para rastrear la influencia de los grandes nombres de su colección en los artistas de siglos posteriores y ofrecer otras miradas complementarias más o menos actuales. Marcó un hito en ese itinerario la convivencia entre las esculturas de Baltasar Lobo y las réplicas del antiguo Museo Nacional de Reproducciones Artísticas en la Casa del Sol, una propuesta lanzada en 2018 bajo el lema ‘Un moderno entre los clásicos’, en la etapa de María Bolaños en la dirección. Las treinta y cinco obras del artista zamorano reunidas ilustraban el proceso creativo desde el taller, con piezas en algunos casos inacabadas en mármol o aun en yeso, antes de fundirse en bronce.La exposición de Baltasar Lobo en la colección de reproducciones clásicas marcó un hito en la línea expositivaLa tónica se mantiene con el actual director del museo, Alejandro Nuevo Gómez, como demuestran las exposiciones del último año y, especialmente, la concebida para conmemorar el centenario de Eduardo Chillida. El palacio de Villena recibió más de medio centenar de piezas del artista vasco, desde obras en papel a sus grandes esculturas, para ofrecer el contrapunto entre el arte de los siglos XVI y XVII y la producción del escultor del XX, a su modo influida por la espiritualidad. El relato se extendía al interior de San Gregorio y al exterior, donde se sitúa su homenaje al poeta Jorge Guillén ‘Lo profundo es el aire’. Antes, como había ocurrido con Baltasar Lobo, la colección de reproducciones artísticas de la Casa del Sol había servido de marco a la reivindicación de otro escultor del siglo XX, el almeriense Juan Haro. Sus representaciones figurativas se confrontaron con la estatuaria grecorromana en un recorrido a la búsqueda de contrastes. Hasta este mes de marzo se prolongó una exposición posterior que cerraba la programación del año pasado, de nuevo en el palacio de Villena: ‘Ladylike. Disciplinamiento, belleza y violencia’, de la artista Elo Vega, a partir de su investigación sobre la relación entre la estatuaria clásica y la iconografía publicitaria y las revistas para mujeres en la representación del cuerpo femenino. La selección de quince piezas estuvo presidida por la instalación ‘Rape Scene’, creada ex profeso para el espacio, un «mural barroco» inspirado en ‘El rapto de las sabinas’ compuesto por vídeos, carteles, fotografías y vinilos, entre otros materiales.Ajedrez del escultor Néstor Basterretxea en la exposición ‘Formas dormidas’ R. ORTEGAEl recorrido por la colección permanente en el Colegio de San Gregorio lleva estos días –hasta el día 21 junio– a la muestra titulada ‘Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura’, comisariada por Humberto Blanco. Instalada en el Rincón Rojo, que desde 2017 acoge «exposiciones cápsula», su relato expositivo comienza en el espacio previo, entre grandes obras de Gregorio Fernández, como el conjunto escultórico de la Sexta Angustia y la talla de Santa Teresa de Jesús, está señalada como parte de la temporal. La cartela justifica el motivo: la mística abulense es la patrona de los ajedrecistas desde 1944; en ‘Camino de perfección’ aludió al juego de tablero, en lo que se ha interpretado como una metáfora de la vida contemplativa. La exposición invita a imaginar que la pluma que sostiene la santa es una reina para el «jaque místico» mencionado por ella.De los artesanos persas a DuchampYa en el Rincón Rojo se ahonda en la relación entre ajedrez y escultura con una selección de obras variopintas, que abarcan desde la artesanía persa hasta las vanguardias, desde piezas creadas en los siglos X y XI hasta un alfil (‘Le fou’) de Man Ray. La muestra se nutre de aportaciones de prestigiosas colecciones internacionales, como fotografías de Lucia Moholy llegadas desde el Bröhan Museum de Berlín o el diseño de Man Ray para un conjunto de ajedrez conservado en el Metropolitan de Nueva York. La pasión por el tablero de otros artistas queda reflejada en una imagen que capta a Max Ernst y Dorothea Tanning en plena partida. También en los testimonios sobre la fascinación de Marcel Duchamp por el juego de trebejos —llegó a competir profesionalmente y diseñó uno de bolsillo para poder practicar en cualquier lugar—; fue «el gran alquimista que propicia el encuentro definitivo entre arte y ajedrez», apunta uno de los textos de la muestra. Organizó, además, una colectiva en Nueva York, ‘The Imagery of Chess’ (1944), en la que participó el surrealista Ernst con diseños de piezas que ilustran el cartel de ‘Formas dormidas’.La imagen de Santa Teresa de Gregorio Fernández da paso al Rincón Rojo, donde se ahonda en la relación entre ajedrez y esculturaEl cercano Museo Patio Herreriano cede a la muestra un óleo sobre lienzo de Manolo Millares, ‘Aborigen 1’, que desde el surrealismo abstracto echa mano de símbolos como un pequeño damero y triángulos blancos, «ambos motivos evidencian las profundas raíces conceptuales que los vinculan a antiquísimos juegos como son el ajedrez y las tablas». El centro del Rincón Rojo se reserva para un conjunto de Néstor Basterretxea de los años sesenta en madera de caoba y roble, del Museo de Bellas Artes de Bilbao. El fundador del Equipo 57 construyó sobre el tablero una especie de «extraña ciudad mutante e imprevisible», con pequeñas esculturas de volúmenes arquitectónicos.Piezas históricas y leonesasEsas creaciones del pasado siglo encuentran su sitio entre las piezas de algunos de los ajedreces más antiguos que se conservan en España y en Europa: las de San Salvador de Celanova o de San Rosendo, procedentes del Museo de la Catedral de Orense, de cristal de roca y del siglo X; las de la colegiata de San Pere de Àger, fabricadas en el siglo XI del mismo material y conservadas en el Museu de Lleida, y los trebejos que adornan el arca relicario de San Felices, del monasterio riojano de San Millán de Yuso, también de esa centuria. El cuarto juego histórico, el considerado el más antiguo de España, procede de la comarca leonesa del Bierzo. Son los conocidos como bolos de san Genadio, del siglo X. Sus «formas arcaicas» y la «remota ubicación» —la iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba, en Peñalba de Santiago, en el recóndito Valle del Silencio— se interpretan como «indicios claros de la temprana difusión del ajedrez en la península ibérica».Otra pieza singular procedente de León, de su Museo Provincial, es el tablero de juegos de los condes de Luna, hecho de madera de nogal tallada y taraceada en un taller mudéjar, en la segunda mitad del siglo XV. Su reverso, visible en un espejo, es un segundo tablero para el juego de dados. «Juntas, todas estas piezas desafían al espectador de hoy a sumergirse en las inmensidades de un juego que siempre ha sido más que un juego», concluye la carta de presentación de ‘Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura’. RSS de noticias de espana
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