Proyecta una seguridad que ya quisiéramos muchos de nosotros. No se anda con rodeos y nos comparte su historia. De nacionalidad colombiana, se casó con tan sólo dieciocho años. Decidió, junto a su marido –quien debía resolver asuntos administrativos–, trasladarse a España tres años más tarde. Ya instalados, ambos comenzaron a trabajar en una conocida cadena de hamburguesas, donde entablaron relación con una mujer a la que, con el tiempo, acogieron en su vivienda. La estabilidad duró poco. La relación se quebró tras una infidelidad por parte de él, que precipitó la ruptura. Fue entonces cuando Paula supo que se encontraba encinta . Tras dos semanas marcadas por la incertidumbre, la joven, que contaba con veintiún años en aquel entonces, tomó la decisión de seguir adelante con el embarazo y, «después de un largo proceso», registrar al menor únicamente con sus apellidos, al desentenderse el padre de cualquier responsabilidad. De vuelta en su país de origen, se encontró con nuevas dificultades: su hijo no podía acceder a la nacionalidad colombiana, por lo que decidió regresar a España, donde Paula ya no conservaba su residencia –la normativa exige tres años de matrimonio, con al menos uno de ellos vivido en el país–. «Nos separamos seis meses antes de alcanzar ese requisito», sostiene. Sin familia, sin documentación, sin opción de empleo y con un recién nacido. No le quedaba otra opción que recurrir a los servicios sociales. «Existen recursos para madres solteras. Vamos a solicitar una plaza», le indicaron. Y así fue como comenzó el proceso para acceder al centro maternal Residencia Norte, un recurso de carácter educativo y formativo, que atiende a mujeres de hasta treinta años de edad, incluyendo menores –con o sin medida de protección–, con la autorización previa de sus representantes legales. Es desde este espacio, en uno de los seis «pisos de consolidación» con los que cuenta el centro, donde Paula comparte con este diario su experiencia.Noticia relacionada general No No Psicólogos a domicilio para que personas con trastornos recuperen su autonomía en casa Enia GómezEs en este centro residencial donde Paula y su hijo Kylie, de dos años, llevan viviendo durante los últimos cinco meses. Como norma general, el tiempo máximo de estancia es de un año. Comparten piso con Awa, Aya y Michelle, todas de nacionalidad africana, y sus respectivos hijos. «Esta última proviene de Benín y cuenta con protección internacional», señala Milagros Fernández, directora del centro, como ejemplo de perfiles que se encuentran en el complejo residencial. Como se ha mencionado anteriormente, el recurso, creado en 1983, acoge a madres de hasta treinta años en situación de vulnerabilidad social, incluyendo a menores de edad. «En estos momentos, nuestra residente más pequeña tiene quince años y dos hijos», indica Fernández. El centro dispone de un total de 64 plazas y se organiza en dos alas –«como dos portales, A y B»–, cada una con cuatro pisos: uno de acogida, donde las madres permanecen unos dos meses para adaptarse a las normativas, y tres de consolidación. Son sencillos, sobrios, amplios y luminosos. Cada unidad dispone de cocina y salón, y cada residente cuenta con habitación y cuarto de baño propio. La de Paula, austera, alberga dos camas de noventa, una pequeña estantería, fotografías colgadas de la pared y juguetes varios. En la imagen de arriba, Paula, de 25 años, en su piso de consolidación en el centro maternal Residencia Norte. En las imágenes de abajo, un par de cuidadoras se hacen cargo en la guardería de varios menores. Belén DíazMediante intervenciones individuales y grupales, con itinerarios y programas, Residencia Norte procura de manera progresiva la estabilidad y la mejora de calidad de vida tanto de las madres como de sus hijos a cargo. «Se trabaja con cada mujer de manera personalizada a través de un proyecto educativo consensuado con la misma, destinado a dotarla de las herramientas necesarias para una vida autónoma . En dichos centros, se fomenta también el aprendizaje con respecto a la maternidad y se propicia la adquisición de hábitos dirigidos a su plena integración», explican. «El objetivo es que aprendamos habilidades maternales, a cuidar de nuestros hijos con autonomía», coincide Paula. «Nos acompañan y corrigen cuando es necesario, lo cual es fundamental para una madre primeriza y soltera». La principal norma del centro es que las madres sean capaces de convivir para no generar conflictos. «No se trata de imponer la normativa estrictamente, ya que todas vienen voluntariamente. No obstante, admitimos que se discuta y, en muchos casos, se negocia. Hay determinadas cosas en las que somos flexibles», explica Isabel Fernández, educadora del centro, presente en la conversación. Muchas de las chicas, indica, provienen de situaciones muy complicadas : algunas llegan amenazadas de muerte, otras son víctimas de violencia de género. Por ello, los educadores enseñan valores para la convivencia y estrategias para prevenir conflictos: «Cada una llega de un país con su propia realidad, todas complicadas. Trabajamos la empatía, enseñamos a respetar el espacio de los demás y a que se relacionen de forma consciente».«El objetivo es que aprendamos habilidades maternales, a cuidar de nuestros hijos con autonomía»Asimismo, sostienen que en ocasiones llegan chicas muy disruptivas, «ellas mismas terminan yéndose porque ven que aquí no tienen cabida». Paula asegura que lo que más ha aprendido en estos cinco meses es «a interesarme por los sentimientos de la otra persona para poder comprenderla, a que la responsabilidad afectiva también se trabaja». Tras centrarse durante mucho tiempo en sí misma y en sus problemas, reconoce que ahora valora más a los demás. Además, asegura: «He aprendido mucho de la cultura y de la forma de ver la vida de mis compañeras».El trabajo de los educadores del centro es constante: están pendientes las veinticuatro horas del día, turnándose para atender a las madres. Además de enseñar habilidades y valores esenciales para la vida cotidiana, su labor es clave en situaciones de emergencia. Por ejemplo, cuando una residente se pone de parto o un niño enferma repentinamente y debe ser llevado a urgencias. «Hace muchos años vivimos una situación trágica: un niño falleció de muerte súbita durante la noche», recuerda la directora. Con guardería para niños de hasta tres añosUno de los atractivos de este complejo residencial es que cuenta con una guardería, abierta de 7.45 a 16.45 horas. Aquí, las madres pueden dejar a sus hijos cuando tienen que acudir al instituto o a su puesto de trabajo. Aquellas mayores de edad que aún no cuentan con un empleo, disponen de un horario reducido de 10.00 a 12.00 horas, ya que el plan del centro «no está diseñado para sustituir el trabajo de las madres», explican desde la dirección. Las clases están divididas en cuatro pequeñas salas: desde una con cunas para recién nacidos hasta otra para niños de hasta tres años. En el momento de la visita de este periódico, siete niños se encuentran en la sala principal y cuatro bebés en la contigua. Nos explican que durante estas horas no se permite la entrada de las madres, para que los niños se habitúen a estar solos y, al mismo tiempo, para que ellas mismas aprendan a confiar en que sus hijos se encuentran en un entorno seguro.Madrid destina más de un millón de euros en centros maternales A finales de febrero, el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid autorizó una inversión de 518.000 euros, entre el 1 de abril de 2026 y el 31 de marzo de 2027, para la gestión de una residencia destinada a mujeres gestantes o con hijos menores de seis años que se encuentren en situación de vulnerabilidad. Este recurso maternal, gestionado por la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, ofrece a las usuarias y sus hijos una atención integral y les proporciona alojamiento, manutención, apoyo psicológico y un proyecto de intervención individualizado para lograr su reinserción social y laboral y una mayor autonomía económica. Sólo en 2025 este dispositivo atendió a 52 personas. Además, el Gobierno regional abrirá este año el primer piso de gestión pública destinado a menores embarazadas sin apoyo familiar, que contará con ocho habitaciones, recientemente reformadas, y una inversión de 670.000 euros.«¿Qué expectativas tenías antes de entrar aquí?», se le pregunta a Paula mientras baja a recoger a Kylie de la guardería. «Yo temblaba. Les contaba a mis amigos: «¿Será que saldré de Guatemala para entrar en Guatepeor?» Mi miedo era el ajetreo constante de personas y la convivencia diaria con ellas. Lloraba todas las noches, faltando apenas un mes para entrar a vivir. Pero al pisar el centro, todo cambió. Me sentí acogida, respetada». Cuando Paula se aleja, directora y educadora coinciden: «Era una chica muy seria cuando llegó. Ahora es confiada, risueña, resolutiva». Al despedirnos, una joven con maleta cruza la entrada de Residencia Norte. Proyecta una seguridad que ya quisiéramos muchos de nosotros. No se anda con rodeos y nos comparte su historia. De nacionalidad colombiana, se casó con tan sólo dieciocho años. Decidió, junto a su marido –quien debía resolver asuntos administrativos–, trasladarse a España tres años más tarde. Ya instalados, ambos comenzaron a trabajar en una conocida cadena de hamburguesas, donde entablaron relación con una mujer a la que, con el tiempo, acogieron en su vivienda. La estabilidad duró poco. La relación se quebró tras una infidelidad por parte de él, que precipitó la ruptura. Fue entonces cuando Paula supo que se encontraba encinta . Tras dos semanas marcadas por la incertidumbre, la joven, que contaba con veintiún años en aquel entonces, tomó la decisión de seguir adelante con el embarazo y, «después de un largo proceso», registrar al menor únicamente con sus apellidos, al desentenderse el padre de cualquier responsabilidad. De vuelta en su país de origen, se encontró con nuevas dificultades: su hijo no podía acceder a la nacionalidad colombiana, por lo que decidió regresar a España, donde Paula ya no conservaba su residencia –la normativa exige tres años de matrimonio, con al menos uno de ellos vivido en el país–. «Nos separamos seis meses antes de alcanzar ese requisito», sostiene. Sin familia, sin documentación, sin opción de empleo y con un recién nacido. No le quedaba otra opción que recurrir a los servicios sociales. «Existen recursos para madres solteras. Vamos a solicitar una plaza», le indicaron. Y así fue como comenzó el proceso para acceder al centro maternal Residencia Norte, un recurso de carácter educativo y formativo, que atiende a mujeres de hasta treinta años de edad, incluyendo menores –con o sin medida de protección–, con la autorización previa de sus representantes legales. Es desde este espacio, en uno de los seis «pisos de consolidación» con los que cuenta el centro, donde Paula comparte con este diario su experiencia.Noticia relacionada general No No Psicólogos a domicilio para que personas con trastornos recuperen su autonomía en casa Enia GómezEs en este centro residencial donde Paula y su hijo Kylie, de dos años, llevan viviendo durante los últimos cinco meses. Como norma general, el tiempo máximo de estancia es de un año. Comparten piso con Awa, Aya y Michelle, todas de nacionalidad africana, y sus respectivos hijos. «Esta última proviene de Benín y cuenta con protección internacional», señala Milagros Fernández, directora del centro, como ejemplo de perfiles que se encuentran en el complejo residencial. Como se ha mencionado anteriormente, el recurso, creado en 1983, acoge a madres de hasta treinta años en situación de vulnerabilidad social, incluyendo a menores de edad. «En estos momentos, nuestra residente más pequeña tiene quince años y dos hijos», indica Fernández. El centro dispone de un total de 64 plazas y se organiza en dos alas –«como dos portales, A y B»–, cada una con cuatro pisos: uno de acogida, donde las madres permanecen unos dos meses para adaptarse a las normativas, y tres de consolidación. Son sencillos, sobrios, amplios y luminosos. Cada unidad dispone de cocina y salón, y cada residente cuenta con habitación y cuarto de baño propio. La de Paula, austera, alberga dos camas de noventa, una pequeña estantería, fotografías colgadas de la pared y juguetes varios. En la imagen de arriba, Paula, de 25 años, en su piso de consolidación en el centro maternal Residencia Norte. En las imágenes de abajo, un par de cuidadoras se hacen cargo en la guardería de varios menores. Belén DíazMediante intervenciones individuales y grupales, con itinerarios y programas, Residencia Norte procura de manera progresiva la estabilidad y la mejora de calidad de vida tanto de las madres como de sus hijos a cargo. «Se trabaja con cada mujer de manera personalizada a través de un proyecto educativo consensuado con la misma, destinado a dotarla de las herramientas necesarias para una vida autónoma . En dichos centros, se fomenta también el aprendizaje con respecto a la maternidad y se propicia la adquisición de hábitos dirigidos a su plena integración», explican. «El objetivo es que aprendamos habilidades maternales, a cuidar de nuestros hijos con autonomía», coincide Paula. «Nos acompañan y corrigen cuando es necesario, lo cual es fundamental para una madre primeriza y soltera». La principal norma del centro es que las madres sean capaces de convivir para no generar conflictos. «No se trata de imponer la normativa estrictamente, ya que todas vienen voluntariamente. No obstante, admitimos que se discuta y, en muchos casos, se negocia. Hay determinadas cosas en las que somos flexibles», explica Isabel Fernández, educadora del centro, presente en la conversación. Muchas de las chicas, indica, provienen de situaciones muy complicadas : algunas llegan amenazadas de muerte, otras son víctimas de violencia de género. Por ello, los educadores enseñan valores para la convivencia y estrategias para prevenir conflictos: «Cada una llega de un país con su propia realidad, todas complicadas. Trabajamos la empatía, enseñamos a respetar el espacio de los demás y a que se relacionen de forma consciente».«El objetivo es que aprendamos habilidades maternales, a cuidar de nuestros hijos con autonomía»Asimismo, sostienen que en ocasiones llegan chicas muy disruptivas, «ellas mismas terminan yéndose porque ven que aquí no tienen cabida». Paula asegura que lo que más ha aprendido en estos cinco meses es «a interesarme por los sentimientos de la otra persona para poder comprenderla, a que la responsabilidad afectiva también se trabaja». Tras centrarse durante mucho tiempo en sí misma y en sus problemas, reconoce que ahora valora más a los demás. Además, asegura: «He aprendido mucho de la cultura y de la forma de ver la vida de mis compañeras».El trabajo de los educadores del centro es constante: están pendientes las veinticuatro horas del día, turnándose para atender a las madres. Además de enseñar habilidades y valores esenciales para la vida cotidiana, su labor es clave en situaciones de emergencia. Por ejemplo, cuando una residente se pone de parto o un niño enferma repentinamente y debe ser llevado a urgencias. «Hace muchos años vivimos una situación trágica: un niño falleció de muerte súbita durante la noche», recuerda la directora. Con guardería para niños de hasta tres añosUno de los atractivos de este complejo residencial es que cuenta con una guardería, abierta de 7.45 a 16.45 horas. Aquí, las madres pueden dejar a sus hijos cuando tienen que acudir al instituto o a su puesto de trabajo. Aquellas mayores de edad que aún no cuentan con un empleo, disponen de un horario reducido de 10.00 a 12.00 horas, ya que el plan del centro «no está diseñado para sustituir el trabajo de las madres», explican desde la dirección. Las clases están divididas en cuatro pequeñas salas: desde una con cunas para recién nacidos hasta otra para niños de hasta tres años. En el momento de la visita de este periódico, siete niños se encuentran en la sala principal y cuatro bebés en la contigua. Nos explican que durante estas horas no se permite la entrada de las madres, para que los niños se habitúen a estar solos y, al mismo tiempo, para que ellas mismas aprendan a confiar en que sus hijos se encuentran en un entorno seguro.Madrid destina más de un millón de euros en centros maternales A finales de febrero, el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid autorizó una inversión de 518.000 euros, entre el 1 de abril de 2026 y el 31 de marzo de 2027, para la gestión de una residencia destinada a mujeres gestantes o con hijos menores de seis años que se encuentren en situación de vulnerabilidad. Este recurso maternal, gestionado por la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, ofrece a las usuarias y sus hijos una atención integral y les proporciona alojamiento, manutención, apoyo psicológico y un proyecto de intervención individualizado para lograr su reinserción social y laboral y una mayor autonomía económica. Sólo en 2025 este dispositivo atendió a 52 personas. Además, el Gobierno regional abrirá este año el primer piso de gestión pública destinado a menores embarazadas sin apoyo familiar, que contará con ocho habitaciones, recientemente reformadas, y una inversión de 670.000 euros.«¿Qué expectativas tenías antes de entrar aquí?», se le pregunta a Paula mientras baja a recoger a Kylie de la guardería. «Yo temblaba. Les contaba a mis amigos: «¿Será que saldré de Guatemala para entrar en Guatepeor?» Mi miedo era el ajetreo constante de personas y la convivencia diaria con ellas. Lloraba todas las noches, faltando apenas un mes para entrar a vivir. Pero al pisar el centro, todo cambió. Me sentí acogida, respetada». Cuando Paula se aleja, directora y educadora coinciden: «Era una chica muy seria cuando llegó. Ahora es confiada, risueña, resolutiva». Al despedirnos, una joven con maleta cruza la entrada de Residencia Norte. Proyecta una seguridad que ya quisiéramos muchos de nosotros. No se anda con rodeos y nos comparte su historia. De nacionalidad colombiana, se casó con tan sólo dieciocho años. Decidió, junto a su marido –quien debía resolver asuntos administrativos–, trasladarse a España tres años más tarde. Ya instalados, ambos comenzaron a trabajar en una conocida cadena de hamburguesas, donde entablaron relación con una mujer a la que, con el tiempo, acogieron en su vivienda. La estabilidad duró poco. La relación se quebró tras una infidelidad por parte de él, que precipitó la ruptura. Fue entonces cuando Paula supo que se encontraba encinta . Tras dos semanas marcadas por la incertidumbre, la joven, que contaba con veintiún años en aquel entonces, tomó la decisión de seguir adelante con el embarazo y, «después de un largo proceso», registrar al menor únicamente con sus apellidos, al desentenderse el padre de cualquier responsabilidad. De vuelta en su país de origen, se encontró con nuevas dificultades: su hijo no podía acceder a la nacionalidad colombiana, por lo que decidió regresar a España, donde Paula ya no conservaba su residencia –la normativa exige tres años de matrimonio, con al menos uno de ellos vivido en el país–. «Nos separamos seis meses antes de alcanzar ese requisito», sostiene. Sin familia, sin documentación, sin opción de empleo y con un recién nacido. No le quedaba otra opción que recurrir a los servicios sociales. «Existen recursos para madres solteras. Vamos a solicitar una plaza», le indicaron. Y así fue como comenzó el proceso para acceder al centro maternal Residencia Norte, un recurso de carácter educativo y formativo, que atiende a mujeres de hasta treinta años de edad, incluyendo menores –con o sin medida de protección–, con la autorización previa de sus representantes legales. Es desde este espacio, en uno de los seis «pisos de consolidación» con los que cuenta el centro, donde Paula comparte con este diario su experiencia.Noticia relacionada general No No Psicólogos a domicilio para que personas con trastornos recuperen su autonomía en casa Enia GómezEs en este centro residencial donde Paula y su hijo Kylie, de dos años, llevan viviendo durante los últimos cinco meses. Como norma general, el tiempo máximo de estancia es de un año. Comparten piso con Awa, Aya y Michelle, todas de nacionalidad africana, y sus respectivos hijos. «Esta última proviene de Benín y cuenta con protección internacional», señala Milagros Fernández, directora del centro, como ejemplo de perfiles que se encuentran en el complejo residencial. Como se ha mencionado anteriormente, el recurso, creado en 1983, acoge a madres de hasta treinta años en situación de vulnerabilidad social, incluyendo a menores de edad. «En estos momentos, nuestra residente más pequeña tiene quince años y dos hijos», indica Fernández. El centro dispone de un total de 64 plazas y se organiza en dos alas –«como dos portales, A y B»–, cada una con cuatro pisos: uno de acogida, donde las madres permanecen unos dos meses para adaptarse a las normativas, y tres de consolidación. Son sencillos, sobrios, amplios y luminosos. Cada unidad dispone de cocina y salón, y cada residente cuenta con habitación y cuarto de baño propio. La de Paula, austera, alberga dos camas de noventa, una pequeña estantería, fotografías colgadas de la pared y juguetes varios. En la imagen de arriba, Paula, de 25 años, en su piso de consolidación en el centro maternal Residencia Norte. En las imágenes de abajo, un par de cuidadoras se hacen cargo en la guardería de varios menores. Belén DíazMediante intervenciones individuales y grupales, con itinerarios y programas, Residencia Norte procura de manera progresiva la estabilidad y la mejora de calidad de vida tanto de las madres como de sus hijos a cargo. «Se trabaja con cada mujer de manera personalizada a través de un proyecto educativo consensuado con la misma, destinado a dotarla de las herramientas necesarias para una vida autónoma . En dichos centros, se fomenta también el aprendizaje con respecto a la maternidad y se propicia la adquisición de hábitos dirigidos a su plena integración», explican. «El objetivo es que aprendamos habilidades maternales, a cuidar de nuestros hijos con autonomía», coincide Paula. «Nos acompañan y corrigen cuando es necesario, lo cual es fundamental para una madre primeriza y soltera». La principal norma del centro es que las madres sean capaces de convivir para no generar conflictos. «No se trata de imponer la normativa estrictamente, ya que todas vienen voluntariamente. No obstante, admitimos que se discuta y, en muchos casos, se negocia. Hay determinadas cosas en las que somos flexibles», explica Isabel Fernández, educadora del centro, presente en la conversación. Muchas de las chicas, indica, provienen de situaciones muy complicadas : algunas llegan amenazadas de muerte, otras son víctimas de violencia de género. Por ello, los educadores enseñan valores para la convivencia y estrategias para prevenir conflictos: «Cada una llega de un país con su propia realidad, todas complicadas. Trabajamos la empatía, enseñamos a respetar el espacio de los demás y a que se relacionen de forma consciente».«El objetivo es que aprendamos habilidades maternales, a cuidar de nuestros hijos con autonomía»Asimismo, sostienen que en ocasiones llegan chicas muy disruptivas, «ellas mismas terminan yéndose porque ven que aquí no tienen cabida». Paula asegura que lo que más ha aprendido en estos cinco meses es «a interesarme por los sentimientos de la otra persona para poder comprenderla, a que la responsabilidad afectiva también se trabaja». Tras centrarse durante mucho tiempo en sí misma y en sus problemas, reconoce que ahora valora más a los demás. Además, asegura: «He aprendido mucho de la cultura y de la forma de ver la vida de mis compañeras».El trabajo de los educadores del centro es constante: están pendientes las veinticuatro horas del día, turnándose para atender a las madres. Además de enseñar habilidades y valores esenciales para la vida cotidiana, su labor es clave en situaciones de emergencia. Por ejemplo, cuando una residente se pone de parto o un niño enferma repentinamente y debe ser llevado a urgencias. «Hace muchos años vivimos una situación trágica: un niño falleció de muerte súbita durante la noche», recuerda la directora. Con guardería para niños de hasta tres añosUno de los atractivos de este complejo residencial es que cuenta con una guardería, abierta de 7.45 a 16.45 horas. Aquí, las madres pueden dejar a sus hijos cuando tienen que acudir al instituto o a su puesto de trabajo. Aquellas mayores de edad que aún no cuentan con un empleo, disponen de un horario reducido de 10.00 a 12.00 horas, ya que el plan del centro «no está diseñado para sustituir el trabajo de las madres», explican desde la dirección. Las clases están divididas en cuatro pequeñas salas: desde una con cunas para recién nacidos hasta otra para niños de hasta tres años. En el momento de la visita de este periódico, siete niños se encuentran en la sala principal y cuatro bebés en la contigua. Nos explican que durante estas horas no se permite la entrada de las madres, para que los niños se habitúen a estar solos y, al mismo tiempo, para que ellas mismas aprendan a confiar en que sus hijos se encuentran en un entorno seguro.Madrid destina más de un millón de euros en centros maternales A finales de febrero, el Consejo de Gobierno de la Comunidad de Madrid autorizó una inversión de 518.000 euros, entre el 1 de abril de 2026 y el 31 de marzo de 2027, para la gestión de una residencia destinada a mujeres gestantes o con hijos menores de seis años que se encuentren en situación de vulnerabilidad. Este recurso maternal, gestionado por la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, ofrece a las usuarias y sus hijos una atención integral y les proporciona alojamiento, manutención, apoyo psicológico y un proyecto de intervención individualizado para lograr su reinserción social y laboral y una mayor autonomía económica. Sólo en 2025 este dispositivo atendió a 52 personas. Además, el Gobierno regional abrirá este año el primer piso de gestión pública destinado a menores embarazadas sin apoyo familiar, que contará con ocho habitaciones, recientemente reformadas, y una inversión de 670.000 euros.«¿Qué expectativas tenías antes de entrar aquí?», se le pregunta a Paula mientras baja a recoger a Kylie de la guardería. «Yo temblaba. Les contaba a mis amigos: «¿Será que saldré de Guatemala para entrar en Guatepeor?» Mi miedo era el ajetreo constante de personas y la convivencia diaria con ellas. Lloraba todas las noches, faltando apenas un mes para entrar a vivir. Pero al pisar el centro, todo cambió. Me sentí acogida, respetada». Cuando Paula se aleja, directora y educadora coinciden: «Era una chica muy seria cuando llegó. Ahora es confiada, risueña, resolutiva». Al despedirnos, una joven con maleta cruza la entrada de Residencia Norte. RSS de noticias de espana
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