A la gentrificación del Tour de Flandes –grandes carpas para very vips, como si eso fuera un torneo de golf, en los caminos empinados de adoquines de la Bélgica antaño rural donde solo pasaban carros cargados de remolacha y heno, invitados maridando champán con pavés, sudor con ostras, gorras vintage con negocios, banderas del león fascista y muchas cervezas— solo la derrota la soledad, la verdad de los campeones que no reniegan de su destino, lo abrazan, pelean con él a espaldas de Tadej Pogacar, maillot arcoíris impoluto, que construye su grandeza al tiempo que aniquila las esperanzas de los demás. De ciclistas que llevan en la bocamanga de sus maillots ajustados los colores del arcoíris que distinguen a los que han sido campeones del mundo. De Mathieu van der Poel, el holandés que sería intocable si no existiera el esloveno; de Remco Evenepoel, y su casco con la marca dorada de los campeones olímpicos, otro monumento a la resistencia, y la conquista de Flandes y el amor de la afición, el folklore del que había huido siempre; de Wout van Aert, adorable y rendido, sus ojeras, su bondad; de Mads Pedersen, el quinto evangelista, la palabra.
El esloveno ha ganado las tres carreras que ha disputado en 2026 y, tras imponerse en 12º Monumento, se encamina hacia un histórico Grand Slam ciclista
A la gentrificación del Tour de Flandes –grandes carpas para very vips, como si eso fuera un torneo de golf, en los caminos empinados de adoquines de la Bélgica antaño rural donde solo pasaban carros cargados de remolacha y heno, invitados maridando champán con pavés, sudor con ostras, gorras vintage con negocios, banderas del león fascista y muchas cervezas— solo la derrota la soledad, la verdad de los campeones que no reniegan de su destino, lo abrazan, pelean con él a espaldas de Tadej Pogacar, maillot arcoíris impoluto, que construye su grandeza al tiempo que aniquila las esperanzas de los demás. De ciclistas que llevan en la bocamanga de sus maillots ajustados los colores del arcoíris que distinguen a los que han sido campeones del mundo. De Mathieu van der Poel, el holandés que sería intocable si no existiera el esloveno; de Remco Evenepoel, y su casco con la marca dorada de los campeones olímpicos, otro monumento a la resistencia, y la conquista de Flandes y el amor de la afición, el folklore del que había huido siempre; de Wout van Aert, adorable y rendido, sus ojeras, su bondad; de Mads Pedersen, el quinto evangelista, la palabra.
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