Irene Montero y Gabriel Rufián se reunieron en Barcelona para delinear la estrategia que permita a la izquierda recuperar la hegemonía política en España. ¿Y qué propuestas salieron de esa conversación? Realmente, ninguna idea nueva: fobia extrema contra los beneficios empresariales y defensa militante de los controles de precios por parte del Estado.De entrada, tanto Montero como Rufián mostraron una histeria desproporcionada contra los beneficios empresariales, aun cuando procedan de compañías que generan valor para los consumidores. Una persona de izquierdas podría criticar legítimamente a aquellas empresas cuyas ganancias derivan de privilegios monopolísticos otorgados por el Estado, es decir, de su capacidad para cerrar mercados e impedir la competencia. Sin embargo, no es eso lo que hacen Montero y Rufián: su principal obsesión es cargar contr a Mercadona y contra Juan Roig . Justo un sector, el de la distribución alimentaria, con pocas barreras políticas de entrada, donde quien despunta lo hace por ofrecer mayor valor que sus rivales, no por privilegio político.El objetivo real de esta nueva izquierda, pues, no es mejorar los mercados eliminando las intervenciones estatales que generan cortijos empresariales, sino demonizar los mercados para justificar un incremento del poder político sobre la sociedad. Esto se aprecia con claridad en la defensa que hacen tanto Montero como Rufián de los controles masivos de precios : topar alquileres, topar alimentos o hacer gratuito el transporte público. Para esta izquierda, el problema no es que ciertos precios no se determinen en un entorno de libre competencia, sino simplemente que existan precios que escapen al control del poder político.El caso de la vivienda (el principal problema generacional de España) resulta especialmente revelador. Que los precios suban porque falta oferta en relación con la demanda no le impide a la izquierda proponer controles de precios que solo conseguirán laminar la oferta sin reducir la demanda, agravando así la carestía estructural. El propio Rufián reconoció en el Congreso hace unas semanas que la izquierda había fracasado estrepitosamente en materia de vivienda. Pero en lugar de rectificar, se empeña en profundizar en aquellas políticas que ya han f racasado en Cataluña , donde los precios no se han vuelto más asequibles y la oferta sí se ha hundido.Y no piensen que ignoran los efectos de lo que proponen: tanto Rufián como Montero son conscientes de las consecuencias de sus políticas. Precisamente por ello, ambos intentaron convencernos de que España no necesita más vivienda ; que no hace falta construir ni un solo inmueble más en este país. Prefieren consolidar la escasez antes que permitir que alguien gane dinero solucionándola. Se trata de una oda al empobrecimiento colectivo: mejor todos pobres que todos desigualmente ricos.No sé si con este discurso la izquierda de Montero y Rufián volverá a ser hegemónica. Lo que sí sé es que, si lo consigue, todos nos convertiremos en subalternos empobrecidos de una nueva oligarquía extractiva. Irene Montero y Gabriel Rufián se reunieron en Barcelona para delinear la estrategia que permita a la izquierda recuperar la hegemonía política en España. ¿Y qué propuestas salieron de esa conversación? Realmente, ninguna idea nueva: fobia extrema contra los beneficios empresariales y defensa militante de los controles de precios por parte del Estado.De entrada, tanto Montero como Rufián mostraron una histeria desproporcionada contra los beneficios empresariales, aun cuando procedan de compañías que generan valor para los consumidores. Una persona de izquierdas podría criticar legítimamente a aquellas empresas cuyas ganancias derivan de privilegios monopolísticos otorgados por el Estado, es decir, de su capacidad para cerrar mercados e impedir la competencia. Sin embargo, no es eso lo que hacen Montero y Rufián: su principal obsesión es cargar contr a Mercadona y contra Juan Roig . Justo un sector, el de la distribución alimentaria, con pocas barreras políticas de entrada, donde quien despunta lo hace por ofrecer mayor valor que sus rivales, no por privilegio político.El objetivo real de esta nueva izquierda, pues, no es mejorar los mercados eliminando las intervenciones estatales que generan cortijos empresariales, sino demonizar los mercados para justificar un incremento del poder político sobre la sociedad. Esto se aprecia con claridad en la defensa que hacen tanto Montero como Rufián de los controles masivos de precios : topar alquileres, topar alimentos o hacer gratuito el transporte público. Para esta izquierda, el problema no es que ciertos precios no se determinen en un entorno de libre competencia, sino simplemente que existan precios que escapen al control del poder político.El caso de la vivienda (el principal problema generacional de España) resulta especialmente revelador. Que los precios suban porque falta oferta en relación con la demanda no le impide a la izquierda proponer controles de precios que solo conseguirán laminar la oferta sin reducir la demanda, agravando así la carestía estructural. El propio Rufián reconoció en el Congreso hace unas semanas que la izquierda había fracasado estrepitosamente en materia de vivienda. Pero en lugar de rectificar, se empeña en profundizar en aquellas políticas que ya han f racasado en Cataluña , donde los precios no se han vuelto más asequibles y la oferta sí se ha hundido.Y no piensen que ignoran los efectos de lo que proponen: tanto Rufián como Montero son conscientes de las consecuencias de sus políticas. Precisamente por ello, ambos intentaron convencernos de que España no necesita más vivienda ; que no hace falta construir ni un solo inmueble más en este país. Prefieren consolidar la escasez antes que permitir que alguien gane dinero solucionándola. Se trata de una oda al empobrecimiento colectivo: mejor todos pobres que todos desigualmente ricos.No sé si con este discurso la izquierda de Montero y Rufián volverá a ser hegemónica. Lo que sí sé es que, si lo consigue, todos nos convertiremos en subalternos empobrecidos de una nueva oligarquía extractiva. Irene Montero y Gabriel Rufián se reunieron en Barcelona para delinear la estrategia que permita a la izquierda recuperar la hegemonía política en España. ¿Y qué propuestas salieron de esa conversación? Realmente, ninguna idea nueva: fobia extrema contra los beneficios empresariales y defensa militante de los controles de precios por parte del Estado.De entrada, tanto Montero como Rufián mostraron una histeria desproporcionada contra los beneficios empresariales, aun cuando procedan de compañías que generan valor para los consumidores. Una persona de izquierdas podría criticar legítimamente a aquellas empresas cuyas ganancias derivan de privilegios monopolísticos otorgados por el Estado, es decir, de su capacidad para cerrar mercados e impedir la competencia. Sin embargo, no es eso lo que hacen Montero y Rufián: su principal obsesión es cargar contr a Mercadona y contra Juan Roig . Justo un sector, el de la distribución alimentaria, con pocas barreras políticas de entrada, donde quien despunta lo hace por ofrecer mayor valor que sus rivales, no por privilegio político.El objetivo real de esta nueva izquierda, pues, no es mejorar los mercados eliminando las intervenciones estatales que generan cortijos empresariales, sino demonizar los mercados para justificar un incremento del poder político sobre la sociedad. Esto se aprecia con claridad en la defensa que hacen tanto Montero como Rufián de los controles masivos de precios : topar alquileres, topar alimentos o hacer gratuito el transporte público. Para esta izquierda, el problema no es que ciertos precios no se determinen en un entorno de libre competencia, sino simplemente que existan precios que escapen al control del poder político.El caso de la vivienda (el principal problema generacional de España) resulta especialmente revelador. Que los precios suban porque falta oferta en relación con la demanda no le impide a la izquierda proponer controles de precios que solo conseguirán laminar la oferta sin reducir la demanda, agravando así la carestía estructural. El propio Rufián reconoció en el Congreso hace unas semanas que la izquierda había fracasado estrepitosamente en materia de vivienda. Pero en lugar de rectificar, se empeña en profundizar en aquellas políticas que ya han f racasado en Cataluña , donde los precios no se han vuelto más asequibles y la oferta sí se ha hundido.Y no piensen que ignoran los efectos de lo que proponen: tanto Rufián como Montero son conscientes de las consecuencias de sus políticas. Precisamente por ello, ambos intentaron convencernos de que España no necesita más vivienda ; que no hace falta construir ni un solo inmueble más en este país. Prefieren consolidar la escasez antes que permitir que alguien gane dinero solucionándola. Se trata de una oda al empobrecimiento colectivo: mejor todos pobres que todos desigualmente ricos.No sé si con este discurso la izquierda de Montero y Rufián volverá a ser hegemónica. Lo que sí sé es que, si lo consigue, todos nos convertiremos en subalternos empobrecidos de una nueva oligarquía extractiva. RSS de noticias de economia
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