Consumado el cambalache, procede conocer tasas y compromisos del acuerdo. Porque es bien sabido que, al menos desde tiempos del Iscariote, toda traición tiene precio, toda alevosía se paga y cualquier deslealtad pasa factura. Hablo -ya lo habrá adivinado el lector- de la moción de censura urdida en el municipio que habito, mangoneado, según afirmación de la edil Reigosa (a quien el ultraje de chaquetera no se le va a borrar ni con líquido abrasivo) por una exconcejala del evaporizado Ciudadanos. «Quien tiene un gran peso en la toma de decisiones es la jefa de gabinete del alcalde, Olga Louzao», sentenció impertérrita la metamorfósica, a quien habrá que retribuir con algún momio digital, no necesariamente equiparable a las treinta monedas de plata tasadas en el evangelio de Mateo sino tal vez reportado desde cualquiera de los manantiales de que dispone la Xunta en sus negociados de compra, cambio y venta. O sea que, llegados a este punto, ahora solo nos falta graduar qué situación resultará más lesiva para la ciudadanía lucense, que es, a la postre, la damnificada en esta peripecia: la caducada, que no pudo ser peor, o la que viene, que se presume pésima. Tal vez la señora Candia haga bueno al señor Fernández, porque cuando el indecoro se cuela en la política es cuando cobran mayor sentido las palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca de Adriano: ‘Lo esencial es que la persona llegada al poder pruebe luego que merecía ejercerlo’. ‘Gobernar es dirigir’, me parece que decía don Antonio Maura, en oposición al ‘gobernar es transigir’ de Cánovas. Y para gobernar una ciudad, apostillamos nosotros, lo primero es saber qué modelo de ciudad se pretende, qué signos identitarios la definen y de qué recursos se dispone. Se trata, en definitiva, de que, una vez acabada la guerra, se sepa administrar la victoria. Está claro que el señor Fernández no entendió nada de eso. ¿Lo entenderá la señora Candia? Permítasenos dudarlo. Consumado el cambalache, procede conocer tasas y compromisos del acuerdo. Porque es bien sabido que, al menos desde tiempos del Iscariote, toda traición tiene precio, toda alevosía se paga y cualquier deslealtad pasa factura. Hablo -ya lo habrá adivinado el lector- de la moción de censura urdida en el municipio que habito, mangoneado, según afirmación de la edil Reigosa (a quien el ultraje de chaquetera no se le va a borrar ni con líquido abrasivo) por una exconcejala del evaporizado Ciudadanos. «Quien tiene un gran peso en la toma de decisiones es la jefa de gabinete del alcalde, Olga Louzao», sentenció impertérrita la metamorfósica, a quien habrá que retribuir con algún momio digital, no necesariamente equiparable a las treinta monedas de plata tasadas en el evangelio de Mateo sino tal vez reportado desde cualquiera de los manantiales de que dispone la Xunta en sus negociados de compra, cambio y venta. O sea que, llegados a este punto, ahora solo nos falta graduar qué situación resultará más lesiva para la ciudadanía lucense, que es, a la postre, la damnificada en esta peripecia: la caducada, que no pudo ser peor, o la que viene, que se presume pésima. Tal vez la señora Candia haga bueno al señor Fernández, porque cuando el indecoro se cuela en la política es cuando cobran mayor sentido las palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca de Adriano: ‘Lo esencial es que la persona llegada al poder pruebe luego que merecía ejercerlo’. ‘Gobernar es dirigir’, me parece que decía don Antonio Maura, en oposición al ‘gobernar es transigir’ de Cánovas. Y para gobernar una ciudad, apostillamos nosotros, lo primero es saber qué modelo de ciudad se pretende, qué signos identitarios la definen y de qué recursos se dispone. Se trata, en definitiva, de que, una vez acabada la guerra, se sepa administrar la victoria. Está claro que el señor Fernández no entendió nada de eso. ¿Lo entenderá la señora Candia? Permítasenos dudarlo. Consumado el cambalache, procede conocer tasas y compromisos del acuerdo. Porque es bien sabido que, al menos desde tiempos del Iscariote, toda traición tiene precio, toda alevosía se paga y cualquier deslealtad pasa factura. Hablo -ya lo habrá adivinado el lector- de la moción de censura urdida en el municipio que habito, mangoneado, según afirmación de la edil Reigosa (a quien el ultraje de chaquetera no se le va a borrar ni con líquido abrasivo) por una exconcejala del evaporizado Ciudadanos. «Quien tiene un gran peso en la toma de decisiones es la jefa de gabinete del alcalde, Olga Louzao», sentenció impertérrita la metamorfósica, a quien habrá que retribuir con algún momio digital, no necesariamente equiparable a las treinta monedas de plata tasadas en el evangelio de Mateo sino tal vez reportado desde cualquiera de los manantiales de que dispone la Xunta en sus negociados de compra, cambio y venta. O sea que, llegados a este punto, ahora solo nos falta graduar qué situación resultará más lesiva para la ciudadanía lucense, que es, a la postre, la damnificada en esta peripecia: la caducada, que no pudo ser peor, o la que viene, que se presume pésima. Tal vez la señora Candia haga bueno al señor Fernández, porque cuando el indecoro se cuela en la política es cuando cobran mayor sentido las palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca de Adriano: ‘Lo esencial es que la persona llegada al poder pruebe luego que merecía ejercerlo’. ‘Gobernar es dirigir’, me parece que decía don Antonio Maura, en oposición al ‘gobernar es transigir’ de Cánovas. Y para gobernar una ciudad, apostillamos nosotros, lo primero es saber qué modelo de ciudad se pretende, qué signos identitarios la definen y de qué recursos se dispone. Se trata, en definitiva, de que, una vez acabada la guerra, se sepa administrar la victoria. Está claro que el señor Fernández no entendió nada de eso. ¿Lo entenderá la señora Candia? Permítasenos dudarlo. RSS de noticias de espana
¿De mal en peor?
¿De mal en peor?
Consumado el cambalache, procede conocer tasas y compromisos del acuerdo. Porque es bien sabido que, al menos desde tiempos del Iscariote, toda traición tiene precio, toda alevosía se paga y cualquier deslealtad pasa factura. Hablo -ya lo habrá adivinado el lector- de la moción de censura urdida en el municipio que habito, mangoneado, según afirmación de la edil Reigosa (a quien el ultraje de chaquetera no se le va a borrar ni con líquido abrasivo) por una exconcejala del evaporizado Ciudadanos. «Quien tiene un gran peso en la toma de decisiones es la jefa de gabinete del alcalde, Olga Louzao», sentenció impertérrita la metamorfósica, a quien habrá que retribuir con algún momio digital, no necesariamente equiparable a las treinta monedas de plata tasadas en el evangelio de Mateo sino tal vez reportado desde cualquiera de los manantiales de que dispone la Xunta en sus negociados de compra, cambio y venta. O sea que, llegados a este punto, ahora solo nos falta graduar qué situación resultará más lesiva para la ciudadanía lucense, que es, a la postre, la damnificada en esta peripecia: la caducada, que no pudo ser peor, o la que viene, que se presume pésima. Tal vez la señora Candia haga bueno al señor Fernández, porque cuando el indecoro se cuela en la política es cuando cobran mayor sentido las palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca de Adriano: ‘Lo esencial es que la persona llegada al poder pruebe luego que merecía ejercerlo’. ‘Gobernar es dirigir’, me parece que decía don Antonio Maura, en oposición al ‘gobernar es transigir’ de Cánovas. Y para gobernar una ciudad, apostillamos nosotros, lo primero es saber qué modelo de ciudad se pretende, qué signos identitarios la definen y de qué recursos se dispone. Se trata, en definitiva, de que, una vez acabada la guerra, se sepa administrar la victoria. Está claro que el señor Fernández no entendió nada de eso. ¿Lo entenderá la señora Candia? Permítasenos dudarlo. Consumado el cambalache, procede conocer tasas y compromisos del acuerdo. Porque es bien sabido que, al menos desde tiempos del Iscariote, toda traición tiene precio, toda alevosía se paga y cualquier deslealtad pasa factura. Hablo -ya lo habrá adivinado el lector- de la moción de censura urdida en el municipio que habito, mangoneado, según afirmación de la edil Reigosa (a quien el ultraje de chaquetera no se le va a borrar ni con líquido abrasivo) por una exconcejala del evaporizado Ciudadanos. «Quien tiene un gran peso en la toma de decisiones es la jefa de gabinete del alcalde, Olga Louzao», sentenció impertérrita la metamorfósica, a quien habrá que retribuir con algún momio digital, no necesariamente equiparable a las treinta monedas de plata tasadas en el evangelio de Mateo sino tal vez reportado desde cualquiera de los manantiales de que dispone la Xunta en sus negociados de compra, cambio y venta. O sea que, llegados a este punto, ahora solo nos falta graduar qué situación resultará más lesiva para la ciudadanía lucense, que es, a la postre, la damnificada en esta peripecia: la caducada, que no pudo ser peor, o la que viene, que se presume pésima. Tal vez la señora Candia haga bueno al señor Fernández, porque cuando el indecoro se cuela en la política es cuando cobran mayor sentido las palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca de Adriano: ‘Lo esencial es que la persona llegada al poder pruebe luego que merecía ejercerlo’. ‘Gobernar es dirigir’, me parece que decía don Antonio Maura, en oposición al ‘gobernar es transigir’ de Cánovas. Y para gobernar una ciudad, apostillamos nosotros, lo primero es saber qué modelo de ciudad se pretende, qué signos identitarios la definen y de qué recursos se dispone. Se trata, en definitiva, de que, una vez acabada la guerra, se sepa administrar la victoria. Está claro que el señor Fernández no entendió nada de eso. ¿Lo entenderá la señora Candia? Permítasenos dudarlo. Consumado el cambalache, procede conocer tasas y compromisos del acuerdo. Porque es bien sabido que, al menos desde tiempos del Iscariote, toda traición tiene precio, toda alevosía se paga y cualquier deslealtad pasa factura. Hablo -ya lo habrá adivinado el lector- de la moción de censura urdida en el municipio que habito, mangoneado, según afirmación de la edil Reigosa (a quien el ultraje de chaquetera no se le va a borrar ni con líquido abrasivo) por una exconcejala del evaporizado Ciudadanos. «Quien tiene un gran peso en la toma de decisiones es la jefa de gabinete del alcalde, Olga Louzao», sentenció impertérrita la metamorfósica, a quien habrá que retribuir con algún momio digital, no necesariamente equiparable a las treinta monedas de plata tasadas en el evangelio de Mateo sino tal vez reportado desde cualquiera de los manantiales de que dispone la Xunta en sus negociados de compra, cambio y venta. O sea que, llegados a este punto, ahora solo nos falta graduar qué situación resultará más lesiva para la ciudadanía lucense, que es, a la postre, la damnificada en esta peripecia: la caducada, que no pudo ser peor, o la que viene, que se presume pésima. Tal vez la señora Candia haga bueno al señor Fernández, porque cuando el indecoro se cuela en la política es cuando cobran mayor sentido las palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca de Adriano: ‘Lo esencial es que la persona llegada al poder pruebe luego que merecía ejercerlo’. ‘Gobernar es dirigir’, me parece que decía don Antonio Maura, en oposición al ‘gobernar es transigir’ de Cánovas. Y para gobernar una ciudad, apostillamos nosotros, lo primero es saber qué modelo de ciudad se pretende, qué signos identitarios la definen y de qué recursos se dispone. Se trata, en definitiva, de que, una vez acabada la guerra, se sepa administrar la victoria. Está claro que el señor Fernández no entendió nada de eso. ¿Lo entenderá la señora Candia? Permítasenos dudarlo. RSS de noticias de espana
