Vivir con una enfermedad no es fácil, y menos aún cuando las características de esa dolencia implican una amplia lista de dificultades añadidas. En esa situación, especialmente delicada, se encuentran quienes están aquejados de alguna enfermedad inmunomediada. El impacto de la dolencia en su calidad de vida comienza, en un buen número de casos, en el propio camino hasta el diagnóstico. El retraso en poner nombre y apellidos al dolor es uno de los grandes relatos compartidos.
El peregrinaje de consulta en consulta hasta lograr un diagnóstico, la repercusión en materia de salud mental por la incertidumbre ante la aparición de un nuevo brote y el impacto de la dolencia en la vida laboral mina la calidad de vida de los pacientes de un modo no siempre evidente.
Vivir con una enfermedad no es fácil, y menos aún cuando las características de esa dolencia implican una amplia lista de dificultades añadidas. En esa situación, especialmente delicada, se encuentran quienes están aquejados de alguna enfermedad inmunomediada. El impacto de la dolencia en su calidad de vida comienza, en un buen número de casos, en el propio camino hasta el diagnóstico. El retraso en poner nombre y apellidos al dolor es uno de los grandes relatos compartidos.
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