Decía Donald Trump esta semana desde la Casa Blanca, en medio del escándalo que ha montado alrededor del Mundial y de sus presiones para levantar la sanción al estadounidense Folarin Balogun, que él no sabe lo que es una tarjeta roja . Será que el presidente de EE.UU., de 80 años recién cumplidos, no se acuerda. Porque Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, le regaló una hace unos años en el mismísimo Despacho Oval . Fue en agosto de 2018, durante el primer mandato del multimillonario estadounidense. EE.UU. se había convertido en país organizador del Mundial, una cita a la que entonces Trump pensaba que no asistiría como presidente. Su plan era ganar la reelección en 2020, no estaba en las previsiones que regresaría a la Casa Blanca en 2024 tras el hiato de Joe Biden.Allí Infantino le explicó qué es una tarjeta amarilla, qué es una tarjeta roja y ambos bromearon en que el presidente la podía utilizar para enseñársela a la prensa.Noticia relacionada opinion No No Juicio al árbitro El peor Mundial de la historia Martínez MontoroQuizá Trump entendió entonces que podía dar y quitar tarjetas rojas a su antojo, porque eso es algo cercano a lo que ha ocurrido: el presidente de EE.UU. presionó a Infantino para que la FIFA retirara la sanción al estadounidense Balogun por roja directa para que pudiera jugar este lunes contra Bélgica en dieciseisavos de final. La FIFA, a través de una excepción en su Código de Disciplina, cumplió con las exigencias del anfitrión. Balogun fue indultado, se vistió de corto y saltó al terreno de juego el lunes por la noche. Pero, en medio de la polémica, no evitó el baño de los belgas a los anfitriones (4-1).El escándalo ha sido mayúsculo, ha provocado la indignación de buena parte del mundo del fútbol -incluidas las protestas formales de la UEFA y de la Federación de Bélgica- y ha entroncado a Trump con algunos episodios históricos de injerencia política en el fútbol y en los Mundiales. Las acusaciones de que las autoridades de los países organizadores o la propia FIFA han abusado de su posición para beneficiar a equipos clave en el torneo existen desde su propia creación. Por ejemplo, para ayudar a los anfitriones: Joao Havelange , que fue presidente de FIFA, alegó que eso ocurrió en el Mundial de Inglaterra de 1966. O como el arbitraje simpático que España recibió en su Mundial, en 1982, para ganar a Yugoslavia por un penalti injusto que le permitió a España pasar de ronda. O el infame arbitraje de Al Ghandour , esta vez con España como víctima, que permitió a la anfitriona Corea del Sur ganar en cuartos de final al equipo que entonces dirigía José Antonio Camacho.El fútbol también se ha mezclado con la política cuando se ha utilizado para blanquear regímenes autoritarios, desde la dictadura de Argentina liderada por Jorge Rafael Videla en 1978, al Mundial de Vladimir Putin en Rusia en 2018 o el de Qatar en 2022.Las intervenciones directas de las esferas más altas del poder para condicionar los partidos, como la de Trump, también tienen antecedentes amplios y viejos. Ya en la segunda edición del Mundial, el de Italia de 1934, el dictador Benito Mussolini utilizó todos los resortes posibles para beneficiar a su equipo . El ‘Duce’ entraba en los vestuarios y presionaba a los árbitros. Tan flagrante fueron los favores que le hicieron los trencillas que la FIFA inhabilitó de por vida a dos de ellos.El creador del Mundial y presidente de la FIFA durante más tiempo, el francés Jules Rimet, trató de disculparse por las condiciones de la competición. «Este torneo lo organizó Mussolini, no la FIFA», dijo.Cuatro años después, en el Mundial de 1938, la Alemania de Adolf Hitler condicionó el torneo de otra manera: se llevó a los mejores jugadores de Austria, de su llamado ‘Wunderteam’, que tenía una colección de estrellas de la época. Hitler ya había anexionado Austria con su ‘Anschluss’ previo a la Segunda Guerra Mundial.El peso del poder se notó también en aquel Mundial de Argentina en 1978, el que organizó el país sudamericano bajo la dictadura militar. El torneo ocurrió durante los años duros de la represión política, del terrorismo de estado en el que asesinaron y torturaron a decenas de miles de personas. El símbolo de esas prácticas fue la Escuela de Mecánica de la Armada , muy cerca del Monumental, el estadio que acogió la final. Pero la injerencia de los gerifaltes militares pudo ir más allá. Argentina, que acabó ganando entonces su primer Mundial, tuvo una segunda fase de torneo pésima. Para clasificarse a las eliminatorias, necesitaba ganar por cuatro goles de diferencia a Perú, que destacaba por su defensa. Ganó 6-0, con gran pasividad defensiva peruana, con muchos suplentes y sin su gran estrella, el ‘Cholo’ Sotil, que jugó para el FC Barcelona. Para muchos, el resultado fue resultado de un amaño entre la dictadura argentina y la peruana. Según el autor David Yallop, el ‘biscotto’ se arregló con 35.000 toneladas de grano argentino para Perú y 50.000 dólares para un puñado de jugadores peruanos implicados. Un exlegislador peruano, Genaro Ledesma, llegó a acusar a Perú de dejarse ganar a cambio del envío de trece presos de su país requeridos por la dictadura.Resumen y goles del Estados Unidos-BélgicaEn el siguiente Mundial, en España, ocurrió otra interferencia, esta de menos impacto y más estrambótica. Fue en el partido entre Francia y Kuwait, en la fase de grupos, en Valladolid. El partido iba 3-1 a favor de los franceses cuando Giresse marcó el cuarto, a pase de Platini. Los jugadores de Kuwait protestaron al árbitro soviético Miroslav Stupar. Decían que alguien hizo sonar un silbato y que creyeron que el delantero galo estaba en fuera de juego. En el palco estaba el jeque Fahad Al-Ahmed Al-Jaber Al-Sabah, príncipe y hermano del Emir de Kuwait . Y presidente de la federación de fútbol del país. Bajó al terreno de juego, con el partido interrumpido por el escándalo, envuelto en una nube de agentes de la Guardia Civil. Exigió en persona al árbitro que cambiara su decisión. Para sorpresa de todos, así lo hizo. El escándalo se saldó con una multa ridícula para Kuwait y con una inhabilitación de por vida para el árbitro: ya no pudo pitar más partidos internacionales. Decía Donald Trump esta semana desde la Casa Blanca, en medio del escándalo que ha montado alrededor del Mundial y de sus presiones para levantar la sanción al estadounidense Folarin Balogun, que él no sabe lo que es una tarjeta roja . Será que el presidente de EE.UU., de 80 años recién cumplidos, no se acuerda. Porque Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, le regaló una hace unos años en el mismísimo Despacho Oval . Fue en agosto de 2018, durante el primer mandato del multimillonario estadounidense. EE.UU. se había convertido en país organizador del Mundial, una cita a la que entonces Trump pensaba que no asistiría como presidente. Su plan era ganar la reelección en 2020, no estaba en las previsiones que regresaría a la Casa Blanca en 2024 tras el hiato de Joe Biden.Allí Infantino le explicó qué es una tarjeta amarilla, qué es una tarjeta roja y ambos bromearon en que el presidente la podía utilizar para enseñársela a la prensa.Noticia relacionada opinion No No Juicio al árbitro El peor Mundial de la historia Martínez MontoroQuizá Trump entendió entonces que podía dar y quitar tarjetas rojas a su antojo, porque eso es algo cercano a lo que ha ocurrido: el presidente de EE.UU. presionó a Infantino para que la FIFA retirara la sanción al estadounidense Balogun por roja directa para que pudiera jugar este lunes contra Bélgica en dieciseisavos de final. La FIFA, a través de una excepción en su Código de Disciplina, cumplió con las exigencias del anfitrión. Balogun fue indultado, se vistió de corto y saltó al terreno de juego el lunes por la noche. Pero, en medio de la polémica, no evitó el baño de los belgas a los anfitriones (4-1).El escándalo ha sido mayúsculo, ha provocado la indignación de buena parte del mundo del fútbol -incluidas las protestas formales de la UEFA y de la Federación de Bélgica- y ha entroncado a Trump con algunos episodios históricos de injerencia política en el fútbol y en los Mundiales. Las acusaciones de que las autoridades de los países organizadores o la propia FIFA han abusado de su posición para beneficiar a equipos clave en el torneo existen desde su propia creación. Por ejemplo, para ayudar a los anfitriones: Joao Havelange , que fue presidente de FIFA, alegó que eso ocurrió en el Mundial de Inglaterra de 1966. O como el arbitraje simpático que España recibió en su Mundial, en 1982, para ganar a Yugoslavia por un penalti injusto que le permitió a España pasar de ronda. O el infame arbitraje de Al Ghandour , esta vez con España como víctima, que permitió a la anfitriona Corea del Sur ganar en cuartos de final al equipo que entonces dirigía José Antonio Camacho.El fútbol también se ha mezclado con la política cuando se ha utilizado para blanquear regímenes autoritarios, desde la dictadura de Argentina liderada por Jorge Rafael Videla en 1978, al Mundial de Vladimir Putin en Rusia en 2018 o el de Qatar en 2022.Las intervenciones directas de las esferas más altas del poder para condicionar los partidos, como la de Trump, también tienen antecedentes amplios y viejos. Ya en la segunda edición del Mundial, el de Italia de 1934, el dictador Benito Mussolini utilizó todos los resortes posibles para beneficiar a su equipo . El ‘Duce’ entraba en los vestuarios y presionaba a los árbitros. Tan flagrante fueron los favores que le hicieron los trencillas que la FIFA inhabilitó de por vida a dos de ellos.El creador del Mundial y presidente de la FIFA durante más tiempo, el francés Jules Rimet, trató de disculparse por las condiciones de la competición. «Este torneo lo organizó Mussolini, no la FIFA», dijo.Cuatro años después, en el Mundial de 1938, la Alemania de Adolf Hitler condicionó el torneo de otra manera: se llevó a los mejores jugadores de Austria, de su llamado ‘Wunderteam’, que tenía una colección de estrellas de la época. Hitler ya había anexionado Austria con su ‘Anschluss’ previo a la Segunda Guerra Mundial.El peso del poder se notó también en aquel Mundial de Argentina en 1978, el que organizó el país sudamericano bajo la dictadura militar. El torneo ocurrió durante los años duros de la represión política, del terrorismo de estado en el que asesinaron y torturaron a decenas de miles de personas. El símbolo de esas prácticas fue la Escuela de Mecánica de la Armada , muy cerca del Monumental, el estadio que acogió la final. Pero la injerencia de los gerifaltes militares pudo ir más allá. Argentina, que acabó ganando entonces su primer Mundial, tuvo una segunda fase de torneo pésima. Para clasificarse a las eliminatorias, necesitaba ganar por cuatro goles de diferencia a Perú, que destacaba por su defensa. Ganó 6-0, con gran pasividad defensiva peruana, con muchos suplentes y sin su gran estrella, el ‘Cholo’ Sotil, que jugó para el FC Barcelona. Para muchos, el resultado fue resultado de un amaño entre la dictadura argentina y la peruana. Según el autor David Yallop, el ‘biscotto’ se arregló con 35.000 toneladas de grano argentino para Perú y 50.000 dólares para un puñado de jugadores peruanos implicados. Un exlegislador peruano, Genaro Ledesma, llegó a acusar a Perú de dejarse ganar a cambio del envío de trece presos de su país requeridos por la dictadura.Resumen y goles del Estados Unidos-BélgicaEn el siguiente Mundial, en España, ocurrió otra interferencia, esta de menos impacto y más estrambótica. Fue en el partido entre Francia y Kuwait, en la fase de grupos, en Valladolid. El partido iba 3-1 a favor de los franceses cuando Giresse marcó el cuarto, a pase de Platini. Los jugadores de Kuwait protestaron al árbitro soviético Miroslav Stupar. Decían que alguien hizo sonar un silbato y que creyeron que el delantero galo estaba en fuera de juego. En el palco estaba el jeque Fahad Al-Ahmed Al-Jaber Al-Sabah, príncipe y hermano del Emir de Kuwait . Y presidente de la federación de fútbol del país. Bajó al terreno de juego, con el partido interrumpido por el escándalo, envuelto en una nube de agentes de la Guardia Civil. Exigió en persona al árbitro que cambiara su decisión. Para sorpresa de todos, así lo hizo. El escándalo se saldó con una multa ridícula para Kuwait y con una inhabilitación de por vida para el árbitro: ya no pudo pitar más partidos internacionales. Decía Donald Trump esta semana desde la Casa Blanca, en medio del escándalo que ha montado alrededor del Mundial y de sus presiones para levantar la sanción al estadounidense Folarin Balogun, que él no sabe lo que es una tarjeta roja . Será que el presidente de EE.UU., de 80 años recién cumplidos, no se acuerda. Porque Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, le regaló una hace unos años en el mismísimo Despacho Oval . Fue en agosto de 2018, durante el primer mandato del multimillonario estadounidense. EE.UU. se había convertido en país organizador del Mundial, una cita a la que entonces Trump pensaba que no asistiría como presidente. Su plan era ganar la reelección en 2020, no estaba en las previsiones que regresaría a la Casa Blanca en 2024 tras el hiato de Joe Biden.Allí Infantino le explicó qué es una tarjeta amarilla, qué es una tarjeta roja y ambos bromearon en que el presidente la podía utilizar para enseñársela a la prensa.Noticia relacionada opinion No No Juicio al árbitro El peor Mundial de la historia Martínez MontoroQuizá Trump entendió entonces que podía dar y quitar tarjetas rojas a su antojo, porque eso es algo cercano a lo que ha ocurrido: el presidente de EE.UU. presionó a Infantino para que la FIFA retirara la sanción al estadounidense Balogun por roja directa para que pudiera jugar este lunes contra Bélgica en dieciseisavos de final. La FIFA, a través de una excepción en su Código de Disciplina, cumplió con las exigencias del anfitrión. Balogun fue indultado, se vistió de corto y saltó al terreno de juego el lunes por la noche. Pero, en medio de la polémica, no evitó el baño de los belgas a los anfitriones (4-1).El escándalo ha sido mayúsculo, ha provocado la indignación de buena parte del mundo del fútbol -incluidas las protestas formales de la UEFA y de la Federación de Bélgica- y ha entroncado a Trump con algunos episodios históricos de injerencia política en el fútbol y en los Mundiales. Las acusaciones de que las autoridades de los países organizadores o la propia FIFA han abusado de su posición para beneficiar a equipos clave en el torneo existen desde su propia creación. Por ejemplo, para ayudar a los anfitriones: Joao Havelange , que fue presidente de FIFA, alegó que eso ocurrió en el Mundial de Inglaterra de 1966. O como el arbitraje simpático que España recibió en su Mundial, en 1982, para ganar a Yugoslavia por un penalti injusto que le permitió a España pasar de ronda. O el infame arbitraje de Al Ghandour , esta vez con España como víctima, que permitió a la anfitriona Corea del Sur ganar en cuartos de final al equipo que entonces dirigía José Antonio Camacho.El fútbol también se ha mezclado con la política cuando se ha utilizado para blanquear regímenes autoritarios, desde la dictadura de Argentina liderada por Jorge Rafael Videla en 1978, al Mundial de Vladimir Putin en Rusia en 2018 o el de Qatar en 2022.Las intervenciones directas de las esferas más altas del poder para condicionar los partidos, como la de Trump, también tienen antecedentes amplios y viejos. Ya en la segunda edición del Mundial, el de Italia de 1934, el dictador Benito Mussolini utilizó todos los resortes posibles para beneficiar a su equipo . El ‘Duce’ entraba en los vestuarios y presionaba a los árbitros. Tan flagrante fueron los favores que le hicieron los trencillas que la FIFA inhabilitó de por vida a dos de ellos.El creador del Mundial y presidente de la FIFA durante más tiempo, el francés Jules Rimet, trató de disculparse por las condiciones de la competición. «Este torneo lo organizó Mussolini, no la FIFA», dijo.Cuatro años después, en el Mundial de 1938, la Alemania de Adolf Hitler condicionó el torneo de otra manera: se llevó a los mejores jugadores de Austria, de su llamado ‘Wunderteam’, que tenía una colección de estrellas de la época. Hitler ya había anexionado Austria con su ‘Anschluss’ previo a la Segunda Guerra Mundial.El peso del poder se notó también en aquel Mundial de Argentina en 1978, el que organizó el país sudamericano bajo la dictadura militar. El torneo ocurrió durante los años duros de la represión política, del terrorismo de estado en el que asesinaron y torturaron a decenas de miles de personas. El símbolo de esas prácticas fue la Escuela de Mecánica de la Armada , muy cerca del Monumental, el estadio que acogió la final. Pero la injerencia de los gerifaltes militares pudo ir más allá. Argentina, que acabó ganando entonces su primer Mundial, tuvo una segunda fase de torneo pésima. Para clasificarse a las eliminatorias, necesitaba ganar por cuatro goles de diferencia a Perú, que destacaba por su defensa. Ganó 6-0, con gran pasividad defensiva peruana, con muchos suplentes y sin su gran estrella, el ‘Cholo’ Sotil, que jugó para el FC Barcelona. Para muchos, el resultado fue resultado de un amaño entre la dictadura argentina y la peruana. Según el autor David Yallop, el ‘biscotto’ se arregló con 35.000 toneladas de grano argentino para Perú y 50.000 dólares para un puñado de jugadores peruanos implicados. Un exlegislador peruano, Genaro Ledesma, llegó a acusar a Perú de dejarse ganar a cambio del envío de trece presos de su país requeridos por la dictadura.Resumen y goles del Estados Unidos-BélgicaEn el siguiente Mundial, en España, ocurrió otra interferencia, esta de menos impacto y más estrambótica. Fue en el partido entre Francia y Kuwait, en la fase de grupos, en Valladolid. El partido iba 3-1 a favor de los franceses cuando Giresse marcó el cuarto, a pase de Platini. Los jugadores de Kuwait protestaron al árbitro soviético Miroslav Stupar. Decían que alguien hizo sonar un silbato y que creyeron que el delantero galo estaba en fuera de juego. En el palco estaba el jeque Fahad Al-Ahmed Al-Jaber Al-Sabah, príncipe y hermano del Emir de Kuwait . Y presidente de la federación de fútbol del país. Bajó al terreno de juego, con el partido interrumpido por el escándalo, envuelto en una nube de agentes de la Guardia Civil. Exigió en persona al árbitro que cambiara su decisión. Para sorpresa de todos, así lo hizo. El escándalo se saldó con una multa ridícula para Kuwait y con una inhabilitación de por vida para el árbitro: ya no pudo pitar más partidos internacionales. RSS de noticias de deportes
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