La emoción apenas le deja terminar las frases. Asun Medina contempla los cuadros de su padre colgados en el Centro Cultural San Marcos y reconoce que todavía le cuesta creerlo. «Ver sus cuadros ahora aquí, en un espacio tan emblemático, es lo más emocionante que me podía pasar ahora mismo en la vida», confiesa. Seis años después de la muerte de Francisco Medina (El Casar de Escalona, 1924-2020), su obra ha podido reencontrarse con el público en una exposición póstuma dentro del ‘Mes de los artistas toledanos’, una oportunidad que ha servido para redescubrir a un pintor que nunca pudo vivir del arte, pero que jamás dejó de pintar.La historia de Francisco Medina es la de una vocación que sobrevivió a toda circunstancia. Desde niño mostró unas cualidades extraordinarias para el dibujo . Con apenas 12 años, su maestro había conseguido que obtuviera una beca para estudiar Artes en Toledo. El estallido de la Guerra Civil truncó aquel proyecto. El docente fue llamado a filas y el sueño quedó suspendido antes incluso de comenzar.Años después, ya terminada la contienda, ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Toledo, pero las obligaciones laborales volvieron a imponerse. Tuvo que abandonar los estudios para ganarse la vida. Nunca, sin embargo, abandonó la pintura.«Su manera de expresarse era el dibujo desde muy pequeño», recuerda su hija a ABC. Su abuela contaba que el pequeño Francisco llenaba de dibujos las paredes del ‘doblao’ de la casa familiar en El Casar de Escalona. Aquella necesidad de crear no desaparecería jamás. Mientras levantaba su vida en Toledo, donde terminó regentando negocios de charcutería y carnicería tras casarse con la hija de una familia de comerciantes, cualquier momento libre acababa delante de un caballete.Las vacaciones se convertían en jornadas de pintura. Incluso diseñó él mismo un chalet en su pueblo natal con un torreón coronado por un enorme ventanal para aprovechar la luz y trabajar durante horas. «Pintaba, pintaba y pintaba», resume Asun. La jubilación fue, por fin, el tiempo que la vida le debía. Montó un estudio en casa, perfeccionó algunos aspectos técnicos junto a maestros vinculados a la Galería Tolmo y acabó escuchando una frase que su familia nunca ha olvidado: «Paco, ya estás superando a los maestros; vuela solo».Perfeccionó su técnica con la Galería Tolmo, donde superó a los propios maestrosAunque también cultivó el óleo, la acuarela fue siempre su territorio natural . En ella desarrolló un lenguaje propio que evolucionó con los años. Su hija explica a este diario que sus primeras obras presentan un tratamiento más aguado, cercano a los acuarelistas que admiraba. Después llegó un estilo más personal y detallista, sin perder la delicadeza que convirtió el agua y la luz en dos de sus grandes señas de identidad. «Todo el mundo decía que reflejaba como nadie los cielos y el agua del Tajo», afirma.Su gran obsesiónToledo fue su gran obsesión artística. Recorría la ciudad cámara en mano buscando rincones, perspectivas o luces irrepetibles. Fotografías que más tarde transformaba en acuarelas desde su estudio. En otras ocasiones instalaba directamente el caballete frente al motivo que quería inmortalizar . O imaginaba una ciudad distinta, recreada desde la memoria y la emoción, construyendo un Toledo que existía solo en su mirada.Hacía fotografías de los lugares que inmortalizaba con acuarelas o, directamente, los pintaba allíEse amor por la ciudad vertebra las veinte piezas seleccionadas por su familia para San Marcos. La exposición reúne panorámicas del Valle, el Baño de la Cava con el puente de San Martín, el Alcázar junto al puente de Alcántara o una visión imaginada desde la carretera de Polán. También aparecen algunos de sus rincones más íntimos, como San Juan de la Penitencia, los Cobertizos, el callejón de la Soledad, el convento de las Concepcionistas o el Museo de Santa Cruz.Distintos enclaves de Toledo pintados por Francisco Medina, que han podido contemplarse este mes en el Centro Cultural San Marcos. H. FraileJunto a esos paisajes aparecen algunas piezas que se apartan de la temática principal y revelan otras inquietudes del pintor. El mundo taurino ocupa un lugar destacado con un óleo que retrata la tensión y el sentimiento de quienes están a punto de enfrentarse al ruedo. También hay un retrato de un hombre de campo, del que, según su hija, «captó el alma», y una delicada visión de la girola de la Catedral de Toledo, ejemplo de su capacidad para afrontar también los interiores.Obras de Francisco Medina. Entre ellas, el retrato de un familiar suyo de campo. H. FraileSu producción resulta imposible de cuantificar . «Incontables», responde Asun cuando se le pregunta por el número de cuadros que llegó a realizar. Muchos permanecen repartidos por casas particulares, familiares y coleccionistas que los adquirieron a lo largo de las distintas exposiciones que realizó en vida, desde sus primeras muestras en El Casar de Escalona y Villaseca de la Sagra hasta la que probablemente fue la más importante: la exposición individual celebrada en 2006 en el Palacio de Benacazón.Pintó prácticamente hasta el final de su vida. Incluso cuando la vista ya apenas le acompañaba seguía dibujando a plumilla. Existen fotografías en las que aparece, con más de 90 años, compartiendo el caballete con uno de sus bisnietos . «Desde que tuvo uso de razón hasta que murió», resume su hija.Francisco Medina pintó hasta el final de su vida, compartiendo el caballete con sus bisnietos con más de 90 añosPor eso esta exposición ha supuesto para la familia un significado que va mucho más allá del reconocimiento artístico. Confirma que esa pasión silenciosa, aplazada durante décadas por las obligaciones cotidianas, ha terminado encontrando el lugar que merecía. Francisco Medina nunca pudo dedicarse profesionalmente a la pintura. La emoción apenas le deja terminar las frases. Asun Medina contempla los cuadros de su padre colgados en el Centro Cultural San Marcos y reconoce que todavía le cuesta creerlo. «Ver sus cuadros ahora aquí, en un espacio tan emblemático, es lo más emocionante que me podía pasar ahora mismo en la vida», confiesa. Seis años después de la muerte de Francisco Medina (El Casar de Escalona, 1924-2020), su obra ha podido reencontrarse con el público en una exposición póstuma dentro del ‘Mes de los artistas toledanos’, una oportunidad que ha servido para redescubrir a un pintor que nunca pudo vivir del arte, pero que jamás dejó de pintar.La historia de Francisco Medina es la de una vocación que sobrevivió a toda circunstancia. Desde niño mostró unas cualidades extraordinarias para el dibujo . Con apenas 12 años, su maestro había conseguido que obtuviera una beca para estudiar Artes en Toledo. El estallido de la Guerra Civil truncó aquel proyecto. El docente fue llamado a filas y el sueño quedó suspendido antes incluso de comenzar.Años después, ya terminada la contienda, ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Toledo, pero las obligaciones laborales volvieron a imponerse. Tuvo que abandonar los estudios para ganarse la vida. Nunca, sin embargo, abandonó la pintura.«Su manera de expresarse era el dibujo desde muy pequeño», recuerda su hija a ABC. Su abuela contaba que el pequeño Francisco llenaba de dibujos las paredes del ‘doblao’ de la casa familiar en El Casar de Escalona. Aquella necesidad de crear no desaparecería jamás. Mientras levantaba su vida en Toledo, donde terminó regentando negocios de charcutería y carnicería tras casarse con la hija de una familia de comerciantes, cualquier momento libre acababa delante de un caballete.Las vacaciones se convertían en jornadas de pintura. Incluso diseñó él mismo un chalet en su pueblo natal con un torreón coronado por un enorme ventanal para aprovechar la luz y trabajar durante horas. «Pintaba, pintaba y pintaba», resume Asun. La jubilación fue, por fin, el tiempo que la vida le debía. Montó un estudio en casa, perfeccionó algunos aspectos técnicos junto a maestros vinculados a la Galería Tolmo y acabó escuchando una frase que su familia nunca ha olvidado: «Paco, ya estás superando a los maestros; vuela solo».Perfeccionó su técnica con la Galería Tolmo, donde superó a los propios maestrosAunque también cultivó el óleo, la acuarela fue siempre su territorio natural . En ella desarrolló un lenguaje propio que evolucionó con los años. Su hija explica a este diario que sus primeras obras presentan un tratamiento más aguado, cercano a los acuarelistas que admiraba. Después llegó un estilo más personal y detallista, sin perder la delicadeza que convirtió el agua y la luz en dos de sus grandes señas de identidad. «Todo el mundo decía que reflejaba como nadie los cielos y el agua del Tajo», afirma.Su gran obsesiónToledo fue su gran obsesión artística. Recorría la ciudad cámara en mano buscando rincones, perspectivas o luces irrepetibles. Fotografías que más tarde transformaba en acuarelas desde su estudio. En otras ocasiones instalaba directamente el caballete frente al motivo que quería inmortalizar . O imaginaba una ciudad distinta, recreada desde la memoria y la emoción, construyendo un Toledo que existía solo en su mirada.Hacía fotografías de los lugares que inmortalizaba con acuarelas o, directamente, los pintaba allíEse amor por la ciudad vertebra las veinte piezas seleccionadas por su familia para San Marcos. La exposición reúne panorámicas del Valle, el Baño de la Cava con el puente de San Martín, el Alcázar junto al puente de Alcántara o una visión imaginada desde la carretera de Polán. También aparecen algunos de sus rincones más íntimos, como San Juan de la Penitencia, los Cobertizos, el callejón de la Soledad, el convento de las Concepcionistas o el Museo de Santa Cruz.Distintos enclaves de Toledo pintados por Francisco Medina, que han podido contemplarse este mes en el Centro Cultural San Marcos. H. FraileJunto a esos paisajes aparecen algunas piezas que se apartan de la temática principal y revelan otras inquietudes del pintor. El mundo taurino ocupa un lugar destacado con un óleo que retrata la tensión y el sentimiento de quienes están a punto de enfrentarse al ruedo. También hay un retrato de un hombre de campo, del que, según su hija, «captó el alma», y una delicada visión de la girola de la Catedral de Toledo, ejemplo de su capacidad para afrontar también los interiores.Obras de Francisco Medina. Entre ellas, el retrato de un familiar suyo de campo. H. FraileSu producción resulta imposible de cuantificar . «Incontables», responde Asun cuando se le pregunta por el número de cuadros que llegó a realizar. Muchos permanecen repartidos por casas particulares, familiares y coleccionistas que los adquirieron a lo largo de las distintas exposiciones que realizó en vida, desde sus primeras muestras en El Casar de Escalona y Villaseca de la Sagra hasta la que probablemente fue la más importante: la exposición individual celebrada en 2006 en el Palacio de Benacazón.Pintó prácticamente hasta el final de su vida. Incluso cuando la vista ya apenas le acompañaba seguía dibujando a plumilla. Existen fotografías en las que aparece, con más de 90 años, compartiendo el caballete con uno de sus bisnietos . «Desde que tuvo uso de razón hasta que murió», resume su hija.Francisco Medina pintó hasta el final de su vida, compartiendo el caballete con sus bisnietos con más de 90 añosPor eso esta exposición ha supuesto para la familia un significado que va mucho más allá del reconocimiento artístico. Confirma que esa pasión silenciosa, aplazada durante décadas por las obligaciones cotidianas, ha terminado encontrando el lugar que merecía. Francisco Medina nunca pudo dedicarse profesionalmente a la pintura. La emoción apenas le deja terminar las frases. Asun Medina contempla los cuadros de su padre colgados en el Centro Cultural San Marcos y reconoce que todavía le cuesta creerlo. «Ver sus cuadros ahora aquí, en un espacio tan emblemático, es lo más emocionante que me podía pasar ahora mismo en la vida», confiesa. Seis años después de la muerte de Francisco Medina (El Casar de Escalona, 1924-2020), su obra ha podido reencontrarse con el público en una exposición póstuma dentro del ‘Mes de los artistas toledanos’, una oportunidad que ha servido para redescubrir a un pintor que nunca pudo vivir del arte, pero que jamás dejó de pintar.La historia de Francisco Medina es la de una vocación que sobrevivió a toda circunstancia. Desde niño mostró unas cualidades extraordinarias para el dibujo . Con apenas 12 años, su maestro había conseguido que obtuviera una beca para estudiar Artes en Toledo. El estallido de la Guerra Civil truncó aquel proyecto. El docente fue llamado a filas y el sueño quedó suspendido antes incluso de comenzar.Años después, ya terminada la contienda, ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Toledo, pero las obligaciones laborales volvieron a imponerse. Tuvo que abandonar los estudios para ganarse la vida. Nunca, sin embargo, abandonó la pintura.«Su manera de expresarse era el dibujo desde muy pequeño», recuerda su hija a ABC. Su abuela contaba que el pequeño Francisco llenaba de dibujos las paredes del ‘doblao’ de la casa familiar en El Casar de Escalona. Aquella necesidad de crear no desaparecería jamás. Mientras levantaba su vida en Toledo, donde terminó regentando negocios de charcutería y carnicería tras casarse con la hija de una familia de comerciantes, cualquier momento libre acababa delante de un caballete.Las vacaciones se convertían en jornadas de pintura. Incluso diseñó él mismo un chalet en su pueblo natal con un torreón coronado por un enorme ventanal para aprovechar la luz y trabajar durante horas. «Pintaba, pintaba y pintaba», resume Asun. La jubilación fue, por fin, el tiempo que la vida le debía. Montó un estudio en casa, perfeccionó algunos aspectos técnicos junto a maestros vinculados a la Galería Tolmo y acabó escuchando una frase que su familia nunca ha olvidado: «Paco, ya estás superando a los maestros; vuela solo».Perfeccionó su técnica con la Galería Tolmo, donde superó a los propios maestrosAunque también cultivó el óleo, la acuarela fue siempre su territorio natural . En ella desarrolló un lenguaje propio que evolucionó con los años. Su hija explica a este diario que sus primeras obras presentan un tratamiento más aguado, cercano a los acuarelistas que admiraba. Después llegó un estilo más personal y detallista, sin perder la delicadeza que convirtió el agua y la luz en dos de sus grandes señas de identidad. «Todo el mundo decía que reflejaba como nadie los cielos y el agua del Tajo», afirma.Su gran obsesiónToledo fue su gran obsesión artística. Recorría la ciudad cámara en mano buscando rincones, perspectivas o luces irrepetibles. Fotografías que más tarde transformaba en acuarelas desde su estudio. En otras ocasiones instalaba directamente el caballete frente al motivo que quería inmortalizar . O imaginaba una ciudad distinta, recreada desde la memoria y la emoción, construyendo un Toledo que existía solo en su mirada.Hacía fotografías de los lugares que inmortalizaba con acuarelas o, directamente, los pintaba allíEse amor por la ciudad vertebra las veinte piezas seleccionadas por su familia para San Marcos. La exposición reúne panorámicas del Valle, el Baño de la Cava con el puente de San Martín, el Alcázar junto al puente de Alcántara o una visión imaginada desde la carretera de Polán. También aparecen algunos de sus rincones más íntimos, como San Juan de la Penitencia, los Cobertizos, el callejón de la Soledad, el convento de las Concepcionistas o el Museo de Santa Cruz.Distintos enclaves de Toledo pintados por Francisco Medina, que han podido contemplarse este mes en el Centro Cultural San Marcos. H. FraileJunto a esos paisajes aparecen algunas piezas que se apartan de la temática principal y revelan otras inquietudes del pintor. El mundo taurino ocupa un lugar destacado con un óleo que retrata la tensión y el sentimiento de quienes están a punto de enfrentarse al ruedo. También hay un retrato de un hombre de campo, del que, según su hija, «captó el alma», y una delicada visión de la girola de la Catedral de Toledo, ejemplo de su capacidad para afrontar también los interiores.Obras de Francisco Medina. Entre ellas, el retrato de un familiar suyo de campo. H. FraileSu producción resulta imposible de cuantificar . «Incontables», responde Asun cuando se le pregunta por el número de cuadros que llegó a realizar. Muchos permanecen repartidos por casas particulares, familiares y coleccionistas que los adquirieron a lo largo de las distintas exposiciones que realizó en vida, desde sus primeras muestras en El Casar de Escalona y Villaseca de la Sagra hasta la que probablemente fue la más importante: la exposición individual celebrada en 2006 en el Palacio de Benacazón.Pintó prácticamente hasta el final de su vida. Incluso cuando la vista ya apenas le acompañaba seguía dibujando a plumilla. Existen fotografías en las que aparece, con más de 90 años, compartiendo el caballete con uno de sus bisnietos . «Desde que tuvo uso de razón hasta que murió», resume su hija.Francisco Medina pintó hasta el final de su vida, compartiendo el caballete con sus bisnietos con más de 90 añosPor eso esta exposición ha supuesto para la familia un significado que va mucho más allá del reconocimiento artístico. Confirma que esa pasión silenciosa, aplazada durante décadas por las obligaciones cotidianas, ha terminado encontrando el lugar que merecía. Francisco Medina nunca pudo dedicarse profesionalmente a la pintura. RSS de noticias de espana
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