Son las ocho de la tarde en El Salvador. Comienza a anochecer y Emerson (es un nombre ficticio) prepara su cena antes de hablar con ABC. Está cansado. Lleva desde la madrugada recogiendo escombros por las calles de su barrio, una zona humilde ubicada en los extrarradios de la capital. La mayoría de las casas están construidas con techos de chapa, lo que genera un ruido atronador en época de lluvias. Hoy en día es una zona tranquila, los chavales bajan a jugar al fútbol a las canchas y han podido reunirse en garitos para ver los partidos del Mundial. Hasta hace unos años, no era lo normal. Si lo hacían, quienes peor lo pasaban eran los padres ante el temor de que su hijo tuviera algún problema con la Mara Salvatrucha (MS-13), pandilla predominante en esta comuna y una de las estructuras criminales que, junto a Barrio-18, convirtieron el país en uno de los más peligrosos del mundo. Emerson sabe lo que es salir de casa y recorrer las callejuelas del vecindario asustado, con un nudo en la garganta y acelerando el paso pendiente de que nadie sospechoso le persiga. Pero también es víctima de otra cruda realidad: ser uno de los miles de jóvenes arrestados de forma arbitraria y acusados sin ningún tipo de prueba de pertenecer a estas bandas ilegales. Emerson había terminado el bachillerato y estaba a punto de comenzar Ingeniería de Sistemas, las cosas iban bien en casa. Casi habían pagado la hipoteca, iba a comprar su primer coche y quería independizarse, pero todos estos proyectos se «derrumbaron» el 26 de diciembre de 2022, ese día fue detenido. «Teníamos proyectos familiares, pero la decisión arbitraria de esos agentes destruyó nuestra estabilidad emocional, económica, psicológica y médica. Entramos en una crisis profunda», explica su padre. El joven ha mirado cara a cara durante más de dos años a los criminales más sádicos del país, la mayoría con delitos de sangre a sus espaldas. Confinados en celdas de hasta 275 personas, no había literas para todos los presos, así que tenían que dormir en el suelo de hormigón, donde era imposible conciliar el sueño. «El paso por la cárcel me dejó secuelas severas que arrastro hasta el día de hoy. Sufro pesadillas constantes en las que imagino que vuelvo a ser capturado y sometido a ese entorno», confiesa con la voz entrecortada a este diario. Estar a oscuras le provoca tanta ansiedad que por las noches siempre deja encendida la lamparita de su habitación para tener, al menos, «una mínima sensación de seguridad».Sobrevivir tanto tiempo a las cárceles de Bukele no es fácil. Según datos ofrecidos por Cristosal, la principal organización de derechos humanos de El Salvador, desde el inicio del régimen de excepción, implantado por el Parlamento en marzo de 2022, han muerto más de 500 personas en el interior de los centros penitenciarios . Las familias van una vez al mes a prisión para entregar comida a sus allegados, único momento en el que sabrán si su ser querido sigue aún con vida. «Cada vez que voy a dejar el paquete me entra una enorme aflicción. Se han visto casos de madres o tías que van a preguntar y les dicen: ‘No aparece, vaya a buscarlo a la morgue’», relata una mujer que busca a su hijo y a su marido. El padre de Emerson ha empeñado todo su esfuerzo durante más de cuatro años en demostrar la inocencia de su hijo. «Doy la cara públicamente porque sé que nadie lo podrá acusar de cometer un delito; todo lo que tiene esta familia es gracias al trabajo lícito y al sacrificio», asegura. Ha recorrido innumerables oficinas con documentos -a los que ha tenido acceso ABC- que acreditan la arbitrariedad en la detención de su hijo. La respuesta tras mostrarlos siempre ha sido la misma: despachan rápido y no quieren saber nada del asunto. Si había un mínimo de esperanza era a través de la ONU, que, por primera vez, los escuchó y tramitó una denuncia internacional en la que describió el caso como «excepcional y emblemático». Esto supuso una enorme presión para el Estado salvadoreño que, un mes después, concedió la libertad condicional a Emerson. A día de hoy mantiene unas medidas sustitutivas a falta de una segunda audiencia en la que será juzgado junto a cientos de personas. Todos los meses tiene que firmar ante el tribunal y no puede abandonar el país. Productos de primera necesidad que la familia de Emerson le enviaba a la cárcel ABCReinserción social imposibleLa reinserción social ha sido una de las cosas más difíciles de afrontar cuando salió de la cárcel. Durante muchos meses ha ofrecido su currículum a todas las ferreterías y supermercados cercanos a casa. Todo va genial hasta que se percatan que tiene un proceso penal activo. «Es frustrante. Al salir de prisión estaba dispuesto a generar ingresos y solventar las deudas que adquirió mi familia. He ido a muchas entrevistas de trabajo y, cuando parecía que todo iba bien, me decían que no contarían conmigo hasta que tuviera mi documentación en regla». Esta sensación de impotencia desembocó en un cuadro depresivo del que tardó en recuperarse. Su padre critica la política de Bukele , a quien él mismo votó en 2019. «Inauguran edificios y llenan de luces el centro antes que generar oportunidades a futuro», asegura. Antes de la captura, Emerson realizaba inspecciones de calidad en las fábricas cercanas a su barrio. Ahora, lleva veinte dólares (17 euros) diarios a casa gracias al curso de albañilería que estudió hace unos meses. «Llevo el pan a casa honestamente. Opté por este oficio informal para estar cerca de mi entorno y familia, ya que existe un miedo generalizado de que la historia se repita de forma injusta», explica. Durante aquellos años privado de libertad, Emerson estuvo en tres penales distintos, pero el primero de ellos fue en el que peor lo pasó: Ilopango. Entre los muros gigantes de esta prisión es imposible tener intimidad. Las celdas son auténticos hornos sin espacio y es habitual que los guardias utilicen la fuerza de manera abusiva. «Fue algo horrible y desagradable. Sentí la pérdida total de derechos. La comunicación con la familia quedó completamente anulada y te enfrentas a una falta severa de agua, insalubridad y mala alimentación», recuerda con los ojos llorosos. Es la primera vez que Emerson cuenta en primera persona su experiencia. Tiene miedo, así que prefiere ocultar su verdadera identidad. «Lo más complicado es que nos tocaba comer en el mismo sitio donde defecábamos. Si no mantienes un control mental estricto te puedes volver loco; yo vi mucha gente perder la razón», detalla. «Comíamos en el mismo sitio donde defecábamos; vi mucha gente volverse loca» Emerson Víctima de las detenciones arbitrarias cometidas en El Salvador Régimen de excepciónEl 26 y 27 de marzo de 2022 fueron los días más sangrientos en El Salvador desde la guerra civil. Aquel fin de semana las pandillas acabaron con la vida de 87 personas, la situación se volvió insostenible y Bukele decidió instaurar el régimen de excepción . Desde entonces, esta medida, que está reservada para casos especiales, ha sido prorrogada en cincuenta y tres ocasiones, lo que otorga al presidente «el control absoluto», asegura el director de Investigaciones de Cristosal, René Valiente. «No hay nadie que pueda hacer frente a eso», explica. Según los datos ofrecidos por esta ONG exiliada ahora en Guatemala tras el acoso del Gobierno de Bukele, desde 2022 han entrado en la cárcel 92.480 personas, lo que convierte al país en la nación con mayor índice carcelario per cápita a nivel mundial. Hace dos años, Bukele confirmó que 8.000 ciudadanos habían sido capturados de forma errónea, lo calificó de «daño colateral» y prometió que serían puestos en libertad, pero la realidad dista mucho de aquellas palabras. Quienes salieron lo hicieron de forma condicional y ahora están inmersos en un laberinto judicial que, además de ser un agujero económico para las familias, no les garantiza esquivar la cárcel de forma definitiva. «Ninguna policía es perfecta, obviamente algunos inocentes son capturados» Nayib Bukele Presidente de El Salvador Como en muchos países de Hispanoamérica, la corrupción también es un agravante. Cada vez que la Policía alcanza un cupo de detenidos recibe compensaciones económicas. «Se guiaban por tatuajes artísticos, la música que escuchaban o la ropa, pero las autoridades saben diferenciar muy bien si un tatuaje es de pandilla; caras de payaso, lágrimas, letras o, si por el contrario, se trata únicamente de un pequeño nombre tatuado. Pero les daba igual», explica Jessica Fuentes. Ella busca a su marido e hijo, ambos detenidos en el CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo), la megacárcel levantada por Bukele para encerrar a miles de pandilleros. «Aunque no quisiéramos teníamos que vivir en zonas vigiladas por la Mara Salvatrucha o Barrio 18. El Salvador ha llorado lágrimas de sangre por la gente que murió a manos de las pandillas, pero ahora estamos en otra zozobra por culpa del Gobierno. Nuestros familiares están privados de libertad y son inocentes», lamenta Fuentes, mientras que otras madres presentes en la entrevista se secan las lágrimas. Madres buscadoras protestan por la detención arbitraria de sus familiares ABCUno de los momentos más delicados para Emerson es irse a dormir. No quiere tener pesadillas, pero la experiencia que vivió fue tan dura que es difícil de olvidar. Tuvo hongos en la piel, sarna, una gastritis de la que todavía no se ha curado y casi enferma de tuberculosis . «Mi papá y hermano desarrollaron diabetes a raíz del estrés crónico», añade. Cada domingo, los cementerios se llenan de flores en recuerdo de quienes ya no están por culpa de las guerrillas. Ahora, Bukele ha cambiado por completo el rumbo del país. Cada vez llegan más turistas y la delincuencia ha caído a cifras imperceptibles. Pero en la otra cara de la moneda hay miles de personas como Emerson que sufren injustamente el estado de excepción. Aunque el joven de 26 años ya pasó por esta experiencia, ahora afronta un futuro judicial complejo. «El juzgado no ha admitido la representación del nuevo abogado para mi hijo, lo cual me genera mucha preocupación ante una posible segunda audiencia y no tener quien lo represente», explica su padre. «El Salvador ha llorado lágrimas de sangre por culpa de las pandillas, pero ahora vivimos en la zozobra del Gobierno» Jessica Fuentes, madre y esposa de dos ‘desaparecidos’ en el CECOTEmerson intenta normalizar su vida al máximo posible. Mira el reloj para que no se haga tarde, mañana trabaja y tiene que despertarse de madrugada, pero sabe que aquellos meses entre rejas jamás desaparecerán de su memoria. Se lamenta de que «todo quedó anulado. Nadie está preparado para ser tratado como delincuente cuando es una persona honesta». Son las ocho de la tarde en El Salvador. Comienza a anochecer y Emerson (es un nombre ficticio) prepara su cena antes de hablar con ABC. Está cansado. Lleva desde la madrugada recogiendo escombros por las calles de su barrio, una zona humilde ubicada en los extrarradios de la capital. La mayoría de las casas están construidas con techos de chapa, lo que genera un ruido atronador en época de lluvias. Hoy en día es una zona tranquila, los chavales bajan a jugar al fútbol a las canchas y han podido reunirse en garitos para ver los partidos del Mundial. Hasta hace unos años, no era lo normal. Si lo hacían, quienes peor lo pasaban eran los padres ante el temor de que su hijo tuviera algún problema con la Mara Salvatrucha (MS-13), pandilla predominante en esta comuna y una de las estructuras criminales que, junto a Barrio-18, convirtieron el país en uno de los más peligrosos del mundo. Emerson sabe lo que es salir de casa y recorrer las callejuelas del vecindario asustado, con un nudo en la garganta y acelerando el paso pendiente de que nadie sospechoso le persiga. Pero también es víctima de otra cruda realidad: ser uno de los miles de jóvenes arrestados de forma arbitraria y acusados sin ningún tipo de prueba de pertenecer a estas bandas ilegales. Emerson había terminado el bachillerato y estaba a punto de comenzar Ingeniería de Sistemas, las cosas iban bien en casa. Casi habían pagado la hipoteca, iba a comprar su primer coche y quería independizarse, pero todos estos proyectos se «derrumbaron» el 26 de diciembre de 2022, ese día fue detenido. «Teníamos proyectos familiares, pero la decisión arbitraria de esos agentes destruyó nuestra estabilidad emocional, económica, psicológica y médica. Entramos en una crisis profunda», explica su padre. El joven ha mirado cara a cara durante más de dos años a los criminales más sádicos del país, la mayoría con delitos de sangre a sus espaldas. Confinados en celdas de hasta 275 personas, no había literas para todos los presos, así que tenían que dormir en el suelo de hormigón, donde era imposible conciliar el sueño. «El paso por la cárcel me dejó secuelas severas que arrastro hasta el día de hoy. Sufro pesadillas constantes en las que imagino que vuelvo a ser capturado y sometido a ese entorno», confiesa con la voz entrecortada a este diario. Estar a oscuras le provoca tanta ansiedad que por las noches siempre deja encendida la lamparita de su habitación para tener, al menos, «una mínima sensación de seguridad».Sobrevivir tanto tiempo a las cárceles de Bukele no es fácil. Según datos ofrecidos por Cristosal, la principal organización de derechos humanos de El Salvador, desde el inicio del régimen de excepción, implantado por el Parlamento en marzo de 2022, han muerto más de 500 personas en el interior de los centros penitenciarios . Las familias van una vez al mes a prisión para entregar comida a sus allegados, único momento en el que sabrán si su ser querido sigue aún con vida. «Cada vez que voy a dejar el paquete me entra una enorme aflicción. Se han visto casos de madres o tías que van a preguntar y les dicen: ‘No aparece, vaya a buscarlo a la morgue’», relata una mujer que busca a su hijo y a su marido. El padre de Emerson ha empeñado todo su esfuerzo durante más de cuatro años en demostrar la inocencia de su hijo. «Doy la cara públicamente porque sé que nadie lo podrá acusar de cometer un delito; todo lo que tiene esta familia es gracias al trabajo lícito y al sacrificio», asegura. Ha recorrido innumerables oficinas con documentos -a los que ha tenido acceso ABC- que acreditan la arbitrariedad en la detención de su hijo. La respuesta tras mostrarlos siempre ha sido la misma: despachan rápido y no quieren saber nada del asunto. Si había un mínimo de esperanza era a través de la ONU, que, por primera vez, los escuchó y tramitó una denuncia internacional en la que describió el caso como «excepcional y emblemático». Esto supuso una enorme presión para el Estado salvadoreño que, un mes después, concedió la libertad condicional a Emerson. A día de hoy mantiene unas medidas sustitutivas a falta de una segunda audiencia en la que será juzgado junto a cientos de personas. Todos los meses tiene que firmar ante el tribunal y no puede abandonar el país. Productos de primera necesidad que la familia de Emerson le enviaba a la cárcel ABCReinserción social imposibleLa reinserción social ha sido una de las cosas más difíciles de afrontar cuando salió de la cárcel. Durante muchos meses ha ofrecido su currículum a todas las ferreterías y supermercados cercanos a casa. Todo va genial hasta que se percatan que tiene un proceso penal activo. «Es frustrante. Al salir de prisión estaba dispuesto a generar ingresos y solventar las deudas que adquirió mi familia. He ido a muchas entrevistas de trabajo y, cuando parecía que todo iba bien, me decían que no contarían conmigo hasta que tuviera mi documentación en regla». Esta sensación de impotencia desembocó en un cuadro depresivo del que tardó en recuperarse. Su padre critica la política de Bukele , a quien él mismo votó en 2019. «Inauguran edificios y llenan de luces el centro antes que generar oportunidades a futuro», asegura. Antes de la captura, Emerson realizaba inspecciones de calidad en las fábricas cercanas a su barrio. Ahora, lleva veinte dólares (17 euros) diarios a casa gracias al curso de albañilería que estudió hace unos meses. «Llevo el pan a casa honestamente. Opté por este oficio informal para estar cerca de mi entorno y familia, ya que existe un miedo generalizado de que la historia se repita de forma injusta», explica. Durante aquellos años privado de libertad, Emerson estuvo en tres penales distintos, pero el primero de ellos fue en el que peor lo pasó: Ilopango. Entre los muros gigantes de esta prisión es imposible tener intimidad. Las celdas son auténticos hornos sin espacio y es habitual que los guardias utilicen la fuerza de manera abusiva. «Fue algo horrible y desagradable. Sentí la pérdida total de derechos. La comunicación con la familia quedó completamente anulada y te enfrentas a una falta severa de agua, insalubridad y mala alimentación», recuerda con los ojos llorosos. Es la primera vez que Emerson cuenta en primera persona su experiencia. Tiene miedo, así que prefiere ocultar su verdadera identidad. «Lo más complicado es que nos tocaba comer en el mismo sitio donde defecábamos. Si no mantienes un control mental estricto te puedes volver loco; yo vi mucha gente perder la razón», detalla. «Comíamos en el mismo sitio donde defecábamos; vi mucha gente volverse loca» Emerson Víctima de las detenciones arbitrarias cometidas en El Salvador Régimen de excepciónEl 26 y 27 de marzo de 2022 fueron los días más sangrientos en El Salvador desde la guerra civil. Aquel fin de semana las pandillas acabaron con la vida de 87 personas, la situación se volvió insostenible y Bukele decidió instaurar el régimen de excepción . Desde entonces, esta medida, que está reservada para casos especiales, ha sido prorrogada en cincuenta y tres ocasiones, lo que otorga al presidente «el control absoluto», asegura el director de Investigaciones de Cristosal, René Valiente. «No hay nadie que pueda hacer frente a eso», explica. Según los datos ofrecidos por esta ONG exiliada ahora en Guatemala tras el acoso del Gobierno de Bukele, desde 2022 han entrado en la cárcel 92.480 personas, lo que convierte al país en la nación con mayor índice carcelario per cápita a nivel mundial. Hace dos años, Bukele confirmó que 8.000 ciudadanos habían sido capturados de forma errónea, lo calificó de «daño colateral» y prometió que serían puestos en libertad, pero la realidad dista mucho de aquellas palabras. Quienes salieron lo hicieron de forma condicional y ahora están inmersos en un laberinto judicial que, además de ser un agujero económico para las familias, no les garantiza esquivar la cárcel de forma definitiva. «Ninguna policía es perfecta, obviamente algunos inocentes son capturados» Nayib Bukele Presidente de El Salvador Como en muchos países de Hispanoamérica, la corrupción también es un agravante. Cada vez que la Policía alcanza un cupo de detenidos recibe compensaciones económicas. «Se guiaban por tatuajes artísticos, la música que escuchaban o la ropa, pero las autoridades saben diferenciar muy bien si un tatuaje es de pandilla; caras de payaso, lágrimas, letras o, si por el contrario, se trata únicamente de un pequeño nombre tatuado. Pero les daba igual», explica Jessica Fuentes. Ella busca a su marido e hijo, ambos detenidos en el CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo), la megacárcel levantada por Bukele para encerrar a miles de pandilleros. «Aunque no quisiéramos teníamos que vivir en zonas vigiladas por la Mara Salvatrucha o Barrio 18. El Salvador ha llorado lágrimas de sangre por la gente que murió a manos de las pandillas, pero ahora estamos en otra zozobra por culpa del Gobierno. Nuestros familiares están privados de libertad y son inocentes», lamenta Fuentes, mientras que otras madres presentes en la entrevista se secan las lágrimas. Madres buscadoras protestan por la detención arbitraria de sus familiares ABCUno de los momentos más delicados para Emerson es irse a dormir. No quiere tener pesadillas, pero la experiencia que vivió fue tan dura que es difícil de olvidar. Tuvo hongos en la piel, sarna, una gastritis de la que todavía no se ha curado y casi enferma de tuberculosis . «Mi papá y hermano desarrollaron diabetes a raíz del estrés crónico», añade. Cada domingo, los cementerios se llenan de flores en recuerdo de quienes ya no están por culpa de las guerrillas. Ahora, Bukele ha cambiado por completo el rumbo del país. Cada vez llegan más turistas y la delincuencia ha caído a cifras imperceptibles. Pero en la otra cara de la moneda hay miles de personas como Emerson que sufren injustamente el estado de excepción. Aunque el joven de 26 años ya pasó por esta experiencia, ahora afronta un futuro judicial complejo. «El juzgado no ha admitido la representación del nuevo abogado para mi hijo, lo cual me genera mucha preocupación ante una posible segunda audiencia y no tener quien lo represente», explica su padre. «El Salvador ha llorado lágrimas de sangre por culpa de las pandillas, pero ahora vivimos en la zozobra del Gobierno» Jessica Fuentes, madre y esposa de dos ‘desaparecidos’ en el CECOTEmerson intenta normalizar su vida al máximo posible. Mira el reloj para que no se haga tarde, mañana trabaja y tiene que despertarse de madrugada, pero sabe que aquellos meses entre rejas jamás desaparecerán de su memoria. Se lamenta de que «todo quedó anulado. Nadie está preparado para ser tratado como delincuente cuando es una persona honesta». Son las ocho de la tarde en El Salvador. Comienza a anochecer y Emerson (es un nombre ficticio) prepara su cena antes de hablar con ABC. Está cansado. Lleva desde la madrugada recogiendo escombros por las calles de su barrio, una zona humilde ubicada en los extrarradios de la capital. La mayoría de las casas están construidas con techos de chapa, lo que genera un ruido atronador en época de lluvias. Hoy en día es una zona tranquila, los chavales bajan a jugar al fútbol a las canchas y han podido reunirse en garitos para ver los partidos del Mundial. Hasta hace unos años, no era lo normal. Si lo hacían, quienes peor lo pasaban eran los padres ante el temor de que su hijo tuviera algún problema con la Mara Salvatrucha (MS-13), pandilla predominante en esta comuna y una de las estructuras criminales que, junto a Barrio-18, convirtieron el país en uno de los más peligrosos del mundo. Emerson sabe lo que es salir de casa y recorrer las callejuelas del vecindario asustado, con un nudo en la garganta y acelerando el paso pendiente de que nadie sospechoso le persiga. Pero también es víctima de otra cruda realidad: ser uno de los miles de jóvenes arrestados de forma arbitraria y acusados sin ningún tipo de prueba de pertenecer a estas bandas ilegales. Emerson había terminado el bachillerato y estaba a punto de comenzar Ingeniería de Sistemas, las cosas iban bien en casa. Casi habían pagado la hipoteca, iba a comprar su primer coche y quería independizarse, pero todos estos proyectos se «derrumbaron» el 26 de diciembre de 2022, ese día fue detenido. «Teníamos proyectos familiares, pero la decisión arbitraria de esos agentes destruyó nuestra estabilidad emocional, económica, psicológica y médica. Entramos en una crisis profunda», explica su padre. El joven ha mirado cara a cara durante más de dos años a los criminales más sádicos del país, la mayoría con delitos de sangre a sus espaldas. Confinados en celdas de hasta 275 personas, no había literas para todos los presos, así que tenían que dormir en el suelo de hormigón, donde era imposible conciliar el sueño. «El paso por la cárcel me dejó secuelas severas que arrastro hasta el día de hoy. Sufro pesadillas constantes en las que imagino que vuelvo a ser capturado y sometido a ese entorno», confiesa con la voz entrecortada a este diario. Estar a oscuras le provoca tanta ansiedad que por las noches siempre deja encendida la lamparita de su habitación para tener, al menos, «una mínima sensación de seguridad».Sobrevivir tanto tiempo a las cárceles de Bukele no es fácil. Según datos ofrecidos por Cristosal, la principal organización de derechos humanos de El Salvador, desde el inicio del régimen de excepción, implantado por el Parlamento en marzo de 2022, han muerto más de 500 personas en el interior de los centros penitenciarios . Las familias van una vez al mes a prisión para entregar comida a sus allegados, único momento en el que sabrán si su ser querido sigue aún con vida. «Cada vez que voy a dejar el paquete me entra una enorme aflicción. Se han visto casos de madres o tías que van a preguntar y les dicen: ‘No aparece, vaya a buscarlo a la morgue’», relata una mujer que busca a su hijo y a su marido. El padre de Emerson ha empeñado todo su esfuerzo durante más de cuatro años en demostrar la inocencia de su hijo. «Doy la cara públicamente porque sé que nadie lo podrá acusar de cometer un delito; todo lo que tiene esta familia es gracias al trabajo lícito y al sacrificio», asegura. Ha recorrido innumerables oficinas con documentos -a los que ha tenido acceso ABC- que acreditan la arbitrariedad en la detención de su hijo. La respuesta tras mostrarlos siempre ha sido la misma: despachan rápido y no quieren saber nada del asunto. Si había un mínimo de esperanza era a través de la ONU, que, por primera vez, los escuchó y tramitó una denuncia internacional en la que describió el caso como «excepcional y emblemático». Esto supuso una enorme presión para el Estado salvadoreño que, un mes después, concedió la libertad condicional a Emerson. A día de hoy mantiene unas medidas sustitutivas a falta de una segunda audiencia en la que será juzgado junto a cientos de personas. Todos los meses tiene que firmar ante el tribunal y no puede abandonar el país. Productos de primera necesidad que la familia de Emerson le enviaba a la cárcel ABCReinserción social imposibleLa reinserción social ha sido una de las cosas más difíciles de afrontar cuando salió de la cárcel. Durante muchos meses ha ofrecido su currículum a todas las ferreterías y supermercados cercanos a casa. Todo va genial hasta que se percatan que tiene un proceso penal activo. «Es frustrante. Al salir de prisión estaba dispuesto a generar ingresos y solventar las deudas que adquirió mi familia. He ido a muchas entrevistas de trabajo y, cuando parecía que todo iba bien, me decían que no contarían conmigo hasta que tuviera mi documentación en regla». Esta sensación de impotencia desembocó en un cuadro depresivo del que tardó en recuperarse. Su padre critica la política de Bukele , a quien él mismo votó en 2019. «Inauguran edificios y llenan de luces el centro antes que generar oportunidades a futuro», asegura. Antes de la captura, Emerson realizaba inspecciones de calidad en las fábricas cercanas a su barrio. Ahora, lleva veinte dólares (17 euros) diarios a casa gracias al curso de albañilería que estudió hace unos meses. «Llevo el pan a casa honestamente. Opté por este oficio informal para estar cerca de mi entorno y familia, ya que existe un miedo generalizado de que la historia se repita de forma injusta», explica. Durante aquellos años privado de libertad, Emerson estuvo en tres penales distintos, pero el primero de ellos fue en el que peor lo pasó: Ilopango. Entre los muros gigantes de esta prisión es imposible tener intimidad. Las celdas son auténticos hornos sin espacio y es habitual que los guardias utilicen la fuerza de manera abusiva. «Fue algo horrible y desagradable. Sentí la pérdida total de derechos. La comunicación con la familia quedó completamente anulada y te enfrentas a una falta severa de agua, insalubridad y mala alimentación», recuerda con los ojos llorosos. Es la primera vez que Emerson cuenta en primera persona su experiencia. Tiene miedo, así que prefiere ocultar su verdadera identidad. «Lo más complicado es que nos tocaba comer en el mismo sitio donde defecábamos. Si no mantienes un control mental estricto te puedes volver loco; yo vi mucha gente perder la razón», detalla. «Comíamos en el mismo sitio donde defecábamos; vi mucha gente volverse loca» Emerson Víctima de las detenciones arbitrarias cometidas en El Salvador Régimen de excepciónEl 26 y 27 de marzo de 2022 fueron los días más sangrientos en El Salvador desde la guerra civil. Aquel fin de semana las pandillas acabaron con la vida de 87 personas, la situación se volvió insostenible y Bukele decidió instaurar el régimen de excepción . Desde entonces, esta medida, que está reservada para casos especiales, ha sido prorrogada en cincuenta y tres ocasiones, lo que otorga al presidente «el control absoluto», asegura el director de Investigaciones de Cristosal, René Valiente. «No hay nadie que pueda hacer frente a eso», explica. Según los datos ofrecidos por esta ONG exiliada ahora en Guatemala tras el acoso del Gobierno de Bukele, desde 2022 han entrado en la cárcel 92.480 personas, lo que convierte al país en la nación con mayor índice carcelario per cápita a nivel mundial. Hace dos años, Bukele confirmó que 8.000 ciudadanos habían sido capturados de forma errónea, lo calificó de «daño colateral» y prometió que serían puestos en libertad, pero la realidad dista mucho de aquellas palabras. Quienes salieron lo hicieron de forma condicional y ahora están inmersos en un laberinto judicial que, además de ser un agujero económico para las familias, no les garantiza esquivar la cárcel de forma definitiva. «Ninguna policía es perfecta, obviamente algunos inocentes son capturados» Nayib Bukele Presidente de El Salvador Como en muchos países de Hispanoamérica, la corrupción también es un agravante. Cada vez que la Policía alcanza un cupo de detenidos recibe compensaciones económicas. «Se guiaban por tatuajes artísticos, la música que escuchaban o la ropa, pero las autoridades saben diferenciar muy bien si un tatuaje es de pandilla; caras de payaso, lágrimas, letras o, si por el contrario, se trata únicamente de un pequeño nombre tatuado. Pero les daba igual», explica Jessica Fuentes. Ella busca a su marido e hijo, ambos detenidos en el CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo), la megacárcel levantada por Bukele para encerrar a miles de pandilleros. «Aunque no quisiéramos teníamos que vivir en zonas vigiladas por la Mara Salvatrucha o Barrio 18. El Salvador ha llorado lágrimas de sangre por la gente que murió a manos de las pandillas, pero ahora estamos en otra zozobra por culpa del Gobierno. Nuestros familiares están privados de libertad y son inocentes», lamenta Fuentes, mientras que otras madres presentes en la entrevista se secan las lágrimas. Madres buscadoras protestan por la detención arbitraria de sus familiares ABCUno de los momentos más delicados para Emerson es irse a dormir. No quiere tener pesadillas, pero la experiencia que vivió fue tan dura que es difícil de olvidar. Tuvo hongos en la piel, sarna, una gastritis de la que todavía no se ha curado y casi enferma de tuberculosis . «Mi papá y hermano desarrollaron diabetes a raíz del estrés crónico», añade. Cada domingo, los cementerios se llenan de flores en recuerdo de quienes ya no están por culpa de las guerrillas. Ahora, Bukele ha cambiado por completo el rumbo del país. Cada vez llegan más turistas y la delincuencia ha caído a cifras imperceptibles. Pero en la otra cara de la moneda hay miles de personas como Emerson que sufren injustamente el estado de excepción. Aunque el joven de 26 años ya pasó por esta experiencia, ahora afronta un futuro judicial complejo. «El juzgado no ha admitido la representación del nuevo abogado para mi hijo, lo cual me genera mucha preocupación ante una posible segunda audiencia y no tener quien lo represente», explica su padre. «El Salvador ha llorado lágrimas de sangre por culpa de las pandillas, pero ahora vivimos en la zozobra del Gobierno» Jessica Fuentes, madre y esposa de dos ‘desaparecidos’ en el CECOTEmerson intenta normalizar su vida al máximo posible. Mira el reloj para que no se haga tarde, mañana trabaja y tiene que despertarse de madrugada, pero sabe que aquellos meses entre rejas jamás desaparecerán de su memoria. Se lamenta de que «todo quedó anulado. Nadie está preparado para ser tratado como delincuente cuando es una persona honesta». RSS de noticias de internacional
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