Lo llaman «patrón» mientras él repite, en voz alta y por encima de todo murmullo, la misma retahíla. «Oro, oro, oro», es su cantinela, que pronuncia sin cesar. A sus pies se despliega todo un repertorio de ropa, que husmean con mayor o menor fascinación unos cuantos interesados. Sobre una manta se extienden, en un embrollo confuso y polvoriento, una notable cantidad de prendas. Fueron abandonadas en la playa, cuentan ellos, o terminaron su travesía en contenedores de basura, lugar del que las rescataron. Camisetas, sudaderas, pantalones que otros perdieron y de los que él hace lucro. También se disponen, más ordenados, pares de zapatos y alrededor de una decena de paquetes de tabaco. En el mismo punto de la playa de El Trampolín , bajo una señal blanca en la que reza la palabra «asilo», se aposenta durante días el mismo hombre, de tez negra y sonrisa blanquísima, para tratar de vender su producto por «uno, dos, tres euros».Acumula, el negocio del ‘patrón’, la mayor clientela de la playa, pero no es el único. Acudieron al lugar —tras el desalojo de más de mil subsaharianos en un dispositivo de la Policía Nacional y la Guardia Civil, para ser reubicados en un recurso en Loma Margarita— un asentamiento de marroquís. Antes, vagaban por las calles y los montes, desplazándose de un punto a otro, en busca de un espacio en el que aguardar un asilo que confían que, tarde o temprano, les van a conceder. Y es que su paso por Ceuta se ha convertido en un constante vaivén, en el que tan pronto están en un lugar como aparecen en otro. Pero llevan ya días en la misma playa y se han conformado, como acostumbra en estos casos, sus propias dinámicas. Se ha convertido en un reducto aislado. Sobre él, la mirada del Ejército, pero sin vecinos que se aventuren a pasear la zona porque son muchos los que, conocedores de lo que allí acontece, tratan de evitarla. Esta mañana, tan solo lo hace uno, que camina deprisa. Junto al vendedor de ropa, bajo la sombra que ofrecen algunos árboles, otros tres grupos de hombres ofrecen comida. Han llegado a ser más, en otras ocasiones, pero son itinerantes, vienen y van. Unas jornadas hacen negocio y otras no. Una barra de pan es un euro y, las galletas, unos cuarenta céntimos. Explican su producto mientras muestran la factura del supermercado en el que lo compraron, una lista con alrededor de una decena de elementos. En menor cantidad, con una oferta más escasa, los hay que venden latas de atún y botellas de yogur líquido. Sartenes, ollas o utensilios de cocina que distan mucho de ser nuevos están también a disposición del consumidor. Y frente a ellos, un peluquero concentrado en cortar el pelo a un joven que, en Marruecos, compartía con él su oficio. El trato es sencillo, cinco euros el corte. Tiene, para tal tarea, un ‘set’ de herramientas que asegura, a través de otro marroquí que chapurrea algo de español, ha comprado ya en España. «Aquí no hay nada de Marruecos», dice.Inmigrantes venden ropa y otros productos en la playa. Ignacio GilEntre intentos de facturar y esperas a la merced del tiempo suceden los días para numerosos inmigrantes cuya cantidad no está clara, pero superan los centenares, alcanzando los miles durante la tarde. Sobre la arena, multitud de infraviviendas que poco a poco comienzan a erigir de la nada, con materiales encontrados en carreteras, montes y calles. Pequeñas cabañas que un día están y al siguiente, si sopla el viento y ya sucede, desaparecen. Están formadas con cañas de bambú, que arrancan de zonas cercanas a la playa, y por mantas que encuentran, compran o les ofrecen algunos vecinos u organizaciones. En ellas llegan a dormir hasta seis personas, que también aprovechan las telas que hacen las veces de techo para resguardarse cuando el sol muerde y para comer sin hacerlo bajo la mirada de nadie.Suciedad en la playaDiscurre la mañana y algunos se dedican a la construcción mientras que los trabajadores de la limpieza se desplazan entre los inmigrantes para quitar del suelo los restos que no cesan de acumularse. Y cuando cae la tarde, retiradas ya decenas de bolsas de basura, quienes allí moran viran el foco a la llegada de la Cruz Roja para el reparto de alimento que realizan todas las tardes desde hace días, aunque hay quienes han dejado de ir. «Te sientas horas encima de las piedras, tienes un dolor en el culo que no lo puedes soportar», cuenta un hombre que, tras haber vivido varios años en España, conoce con relativa fluidez la lengua del país que pisa.Además, la noche del martes no comieron, pues el reparto fue interrumpido de súbito por un altercado. Casi cuando el reloj marcaba las 19.00 horas, según fuentes policiales, unos enfrentamientos alteraron las filas de inmigrantes. Ellos dicen hoy que fue porque, al sonar la llamada del rezo, uno quiso arrodillarse y, para ello, tenía que salirse de la fila. Se lo pidió a un agente pero los movimientos acabaron por inquietar al resto y la Policía tuvo que desplegar un dispositivo, con gases lacrimógenos y material antidisturbios, que propició la carrera de los marroquíes.Los inmigrantes venden ropa, ollas y otros objetos que encuentran en la calle o en la basuraAl día siguiente, aunque algunos se acuerdan y comentan, pocos le dan importancia. Porque despunta el alba y el ayer ya es distinto, solo miran por un mañana del que, de momento, todo es incertidumbre. «¿Sabéis si se va a abrir el asilo político o el asilo humanitario para los marroquís»?, reza el traductor del móvil de un hombre que, tras salir de las duchas instaladas al final de la playa, busca respuestas. Entre ellos, cuenta otro, un pensamiento sobrevuela toda conversación: «El tema más famoso es si nos van a aceptar o no». Hay quienes, impacientes y sin esperanza, ya piensan en llegar a nado a la Península. Él no es el primero que lo dice, tampoco el segundo ni el tercero. Son varios los que asienten a su alrededor y quienes, a lo largo de varios días, comentan a este periódico la idea que ronda sus cabezas. No les importa la masa de agua que les separa de una Málaga que buscan alcanzar. «Tengo motor aquí», se ríe uno, descamisado, mientras fuerza el músculo de su brazo. Dos trabajadores limpian el polígono de El Tarajal, en el que residen numerosas familias. Ignacio GilPero en su convivencia a la intemperie también surgen desencuentros que se tornan en peleas, que ellos mismos admiten y explican. En El Trampolín hay «muchas peleas, porque hay mucha gente aquí del norte de Marruecos. Mucha gente creando problemas», relata uno. Es la razón que ha hecho que él dirija sus pasos hacia la parte más alejada del comienzo de la playa, hacia la esquina final, donde hay mayor cantidad de gente pero asentada con una mayor tranquilidad. El personal de limpieza asegura haber encontrado armas blancas mientras recorrían la playa en busca de residuos. Son alrededor de una decena de hombres que, enfundados en chalecos naranjas y protegiendo sus rostros con mascarillas, se afanan en tratar de limpiar una playa que saben que volverá a ensuciarse. Aun «cansados», ponen todo su empeño en hacer de su tarea algo fructífero, «también por el medio ambiente», pero reconocen que será en vano. La playa amanecerá después, un día más, en condiciones insalubres. «Lo vaciamos de basura y se vuelve a llenar», se lamentan algunos. Porque allí hace semanas que multitud de hombres marroquís, y mujeres que se cuentan con los dedos de una mano, intentan hacer de España su nuevo hogar.«Lo vaciamos de basura y se vuelve a llenar» Un joven que limpia El TrampolínLa limpieza es precisamente uno de los grandes retos que enfrentan determinadas zonas de la ciudad. Espacios como el polígono industrial de El Tarajal se encuentran llenos de basura, entre la que viven centenares de inmigrantes. Estas naves, en el que se congregan la mayoría de las mujeres con niños que cruzaron la frontera, ha sufrido una notable transformación desde comienzos de agosto. Las escasas mantas sobre las que antes pasaban sus noches se han convertido, semanas después, en una sucesión de chabolas hechas con palés, plásticos y telas. Los de mayor fortuna duermen en coches que a duras penas impiden la entrada del frescor que ya se cierne sobre la nocturnidad. Allí también acude un personal de limpieza desgastado por un trabajo que no cesa y los dueños de los almacenes, cansados de cada mañana observar miseria. Sus rostros reflejan el hartazgo, también la pena, de la sociedad ceutí. El Trampolín y El Tarajal son, casi un mes después, dos asentamientos para los que no se ofrece solución. Lo llaman «patrón» mientras él repite, en voz alta y por encima de todo murmullo, la misma retahíla. «Oro, oro, oro», es su cantinela, que pronuncia sin cesar. A sus pies se despliega todo un repertorio de ropa, que husmean con mayor o menor fascinación unos cuantos interesados. Sobre una manta se extienden, en un embrollo confuso y polvoriento, una notable cantidad de prendas. Fueron abandonadas en la playa, cuentan ellos, o terminaron su travesía en contenedores de basura, lugar del que las rescataron. Camisetas, sudaderas, pantalones que otros perdieron y de los que él hace lucro. También se disponen, más ordenados, pares de zapatos y alrededor de una decena de paquetes de tabaco. En el mismo punto de la playa de El Trampolín , bajo una señal blanca en la que reza la palabra «asilo», se aposenta durante días el mismo hombre, de tez negra y sonrisa blanquísima, para tratar de vender su producto por «uno, dos, tres euros».Acumula, el negocio del ‘patrón’, la mayor clientela de la playa, pero no es el único. Acudieron al lugar —tras el desalojo de más de mil subsaharianos en un dispositivo de la Policía Nacional y la Guardia Civil, para ser reubicados en un recurso en Loma Margarita— un asentamiento de marroquís. Antes, vagaban por las calles y los montes, desplazándose de un punto a otro, en busca de un espacio en el que aguardar un asilo que confían que, tarde o temprano, les van a conceder. Y es que su paso por Ceuta se ha convertido en un constante vaivén, en el que tan pronto están en un lugar como aparecen en otro. Pero llevan ya días en la misma playa y se han conformado, como acostumbra en estos casos, sus propias dinámicas. Se ha convertido en un reducto aislado. Sobre él, la mirada del Ejército, pero sin vecinos que se aventuren a pasear la zona porque son muchos los que, conocedores de lo que allí acontece, tratan de evitarla. Esta mañana, tan solo lo hace uno, que camina deprisa. Junto al vendedor de ropa, bajo la sombra que ofrecen algunos árboles, otros tres grupos de hombres ofrecen comida. Han llegado a ser más, en otras ocasiones, pero son itinerantes, vienen y van. Unas jornadas hacen negocio y otras no. Una barra de pan es un euro y, las galletas, unos cuarenta céntimos. Explican su producto mientras muestran la factura del supermercado en el que lo compraron, una lista con alrededor de una decena de elementos. En menor cantidad, con una oferta más escasa, los hay que venden latas de atún y botellas de yogur líquido. Sartenes, ollas o utensilios de cocina que distan mucho de ser nuevos están también a disposición del consumidor. Y frente a ellos, un peluquero concentrado en cortar el pelo a un joven que, en Marruecos, compartía con él su oficio. El trato es sencillo, cinco euros el corte. Tiene, para tal tarea, un ‘set’ de herramientas que asegura, a través de otro marroquí que chapurrea algo de español, ha comprado ya en España. «Aquí no hay nada de Marruecos», dice.Inmigrantes venden ropa y otros productos en la playa. Ignacio GilEntre intentos de facturar y esperas a la merced del tiempo suceden los días para numerosos inmigrantes cuya cantidad no está clara, pero superan los centenares, alcanzando los miles durante la tarde. Sobre la arena, multitud de infraviviendas que poco a poco comienzan a erigir de la nada, con materiales encontrados en carreteras, montes y calles. Pequeñas cabañas que un día están y al siguiente, si sopla el viento y ya sucede, desaparecen. Están formadas con cañas de bambú, que arrancan de zonas cercanas a la playa, y por mantas que encuentran, compran o les ofrecen algunos vecinos u organizaciones. En ellas llegan a dormir hasta seis personas, que también aprovechan las telas que hacen las veces de techo para resguardarse cuando el sol muerde y para comer sin hacerlo bajo la mirada de nadie.Suciedad en la playaDiscurre la mañana y algunos se dedican a la construcción mientras que los trabajadores de la limpieza se desplazan entre los inmigrantes para quitar del suelo los restos que no cesan de acumularse. Y cuando cae la tarde, retiradas ya decenas de bolsas de basura, quienes allí moran viran el foco a la llegada de la Cruz Roja para el reparto de alimento que realizan todas las tardes desde hace días, aunque hay quienes han dejado de ir. «Te sientas horas encima de las piedras, tienes un dolor en el culo que no lo puedes soportar», cuenta un hombre que, tras haber vivido varios años en España, conoce con relativa fluidez la lengua del país que pisa.Además, la noche del martes no comieron, pues el reparto fue interrumpido de súbito por un altercado. Casi cuando el reloj marcaba las 19.00 horas, según fuentes policiales, unos enfrentamientos alteraron las filas de inmigrantes. Ellos dicen hoy que fue porque, al sonar la llamada del rezo, uno quiso arrodillarse y, para ello, tenía que salirse de la fila. Se lo pidió a un agente pero los movimientos acabaron por inquietar al resto y la Policía tuvo que desplegar un dispositivo, con gases lacrimógenos y material antidisturbios, que propició la carrera de los marroquíes.Los inmigrantes venden ropa, ollas y otros objetos que encuentran en la calle o en la basuraAl día siguiente, aunque algunos se acuerdan y comentan, pocos le dan importancia. Porque despunta el alba y el ayer ya es distinto, solo miran por un mañana del que, de momento, todo es incertidumbre. «¿Sabéis si se va a abrir el asilo político o el asilo humanitario para los marroquís»?, reza el traductor del móvil de un hombre que, tras salir de las duchas instaladas al final de la playa, busca respuestas. Entre ellos, cuenta otro, un pensamiento sobrevuela toda conversación: «El tema más famoso es si nos van a aceptar o no». Hay quienes, impacientes y sin esperanza, ya piensan en llegar a nado a la Península. Él no es el primero que lo dice, tampoco el segundo ni el tercero. Son varios los que asienten a su alrededor y quienes, a lo largo de varios días, comentan a este periódico la idea que ronda sus cabezas. No les importa la masa de agua que les separa de una Málaga que buscan alcanzar. «Tengo motor aquí», se ríe uno, descamisado, mientras fuerza el músculo de su brazo. Dos trabajadores limpian el polígono de El Tarajal, en el que residen numerosas familias. Ignacio GilPero en su convivencia a la intemperie también surgen desencuentros que se tornan en peleas, que ellos mismos admiten y explican. En El Trampolín hay «muchas peleas, porque hay mucha gente aquí del norte de Marruecos. Mucha gente creando problemas», relata uno. Es la razón que ha hecho que él dirija sus pasos hacia la parte más alejada del comienzo de la playa, hacia la esquina final, donde hay mayor cantidad de gente pero asentada con una mayor tranquilidad. El personal de limpieza asegura haber encontrado armas blancas mientras recorrían la playa en busca de residuos. Son alrededor de una decena de hombres que, enfundados en chalecos naranjas y protegiendo sus rostros con mascarillas, se afanan en tratar de limpiar una playa que saben que volverá a ensuciarse. Aun «cansados», ponen todo su empeño en hacer de su tarea algo fructífero, «también por el medio ambiente», pero reconocen que será en vano. La playa amanecerá después, un día más, en condiciones insalubres. «Lo vaciamos de basura y se vuelve a llenar», se lamentan algunos. Porque allí hace semanas que multitud de hombres marroquís, y mujeres que se cuentan con los dedos de una mano, intentan hacer de España su nuevo hogar.«Lo vaciamos de basura y se vuelve a llenar» Un joven que limpia El TrampolínLa limpieza es precisamente uno de los grandes retos que enfrentan determinadas zonas de la ciudad. Espacios como el polígono industrial de El Tarajal se encuentran llenos de basura, entre la que viven centenares de inmigrantes. Estas naves, en el que se congregan la mayoría de las mujeres con niños que cruzaron la frontera, ha sufrido una notable transformación desde comienzos de agosto. Las escasas mantas sobre las que antes pasaban sus noches se han convertido, semanas después, en una sucesión de chabolas hechas con palés, plásticos y telas. Los de mayor fortuna duermen en coches que a duras penas impiden la entrada del frescor que ya se cierne sobre la nocturnidad. Allí también acude un personal de limpieza desgastado por un trabajo que no cesa y los dueños de los almacenes, cansados de cada mañana observar miseria. Sus rostros reflejan el hartazgo, también la pena, de la sociedad ceutí. El Trampolín y El Tarajal son, casi un mes después, dos asentamientos para los que no se ofrece solución. Lo llaman «patrón» mientras él repite, en voz alta y por encima de todo murmullo, la misma retahíla. «Oro, oro, oro», es su cantinela, que pronuncia sin cesar. A sus pies se despliega todo un repertorio de ropa, que husmean con mayor o menor fascinación unos cuantos interesados. Sobre una manta se extienden, en un embrollo confuso y polvoriento, una notable cantidad de prendas. Fueron abandonadas en la playa, cuentan ellos, o terminaron su travesía en contenedores de basura, lugar del que las rescataron. Camisetas, sudaderas, pantalones que otros perdieron y de los que él hace lucro. También se disponen, más ordenados, pares de zapatos y alrededor de una decena de paquetes de tabaco. En el mismo punto de la playa de El Trampolín , bajo una señal blanca en la que reza la palabra «asilo», se aposenta durante días el mismo hombre, de tez negra y sonrisa blanquísima, para tratar de vender su producto por «uno, dos, tres euros».Acumula, el negocio del ‘patrón’, la mayor clientela de la playa, pero no es el único. Acudieron al lugar —tras el desalojo de más de mil subsaharianos en un dispositivo de la Policía Nacional y la Guardia Civil, para ser reubicados en un recurso en Loma Margarita— un asentamiento de marroquís. Antes, vagaban por las calles y los montes, desplazándose de un punto a otro, en busca de un espacio en el que aguardar un asilo que confían que, tarde o temprano, les van a conceder. Y es que su paso por Ceuta se ha convertido en un constante vaivén, en el que tan pronto están en un lugar como aparecen en otro. Pero llevan ya días en la misma playa y se han conformado, como acostumbra en estos casos, sus propias dinámicas. Se ha convertido en un reducto aislado. Sobre él, la mirada del Ejército, pero sin vecinos que se aventuren a pasear la zona porque son muchos los que, conocedores de lo que allí acontece, tratan de evitarla. Esta mañana, tan solo lo hace uno, que camina deprisa. Junto al vendedor de ropa, bajo la sombra que ofrecen algunos árboles, otros tres grupos de hombres ofrecen comida. Han llegado a ser más, en otras ocasiones, pero son itinerantes, vienen y van. Unas jornadas hacen negocio y otras no. Una barra de pan es un euro y, las galletas, unos cuarenta céntimos. Explican su producto mientras muestran la factura del supermercado en el que lo compraron, una lista con alrededor de una decena de elementos. En menor cantidad, con una oferta más escasa, los hay que venden latas de atún y botellas de yogur líquido. Sartenes, ollas o utensilios de cocina que distan mucho de ser nuevos están también a disposición del consumidor. Y frente a ellos, un peluquero concentrado en cortar el pelo a un joven que, en Marruecos, compartía con él su oficio. El trato es sencillo, cinco euros el corte. Tiene, para tal tarea, un ‘set’ de herramientas que asegura, a través de otro marroquí que chapurrea algo de español, ha comprado ya en España. «Aquí no hay nada de Marruecos», dice.Inmigrantes venden ropa y otros productos en la playa. Ignacio GilEntre intentos de facturar y esperas a la merced del tiempo suceden los días para numerosos inmigrantes cuya cantidad no está clara, pero superan los centenares, alcanzando los miles durante la tarde. Sobre la arena, multitud de infraviviendas que poco a poco comienzan a erigir de la nada, con materiales encontrados en carreteras, montes y calles. Pequeñas cabañas que un día están y al siguiente, si sopla el viento y ya sucede, desaparecen. Están formadas con cañas de bambú, que arrancan de zonas cercanas a la playa, y por mantas que encuentran, compran o les ofrecen algunos vecinos u organizaciones. En ellas llegan a dormir hasta seis personas, que también aprovechan las telas que hacen las veces de techo para resguardarse cuando el sol muerde y para comer sin hacerlo bajo la mirada de nadie.Suciedad en la playaDiscurre la mañana y algunos se dedican a la construcción mientras que los trabajadores de la limpieza se desplazan entre los inmigrantes para quitar del suelo los restos que no cesan de acumularse. Y cuando cae la tarde, retiradas ya decenas de bolsas de basura, quienes allí moran viran el foco a la llegada de la Cruz Roja para el reparto de alimento que realizan todas las tardes desde hace días, aunque hay quienes han dejado de ir. «Te sientas horas encima de las piedras, tienes un dolor en el culo que no lo puedes soportar», cuenta un hombre que, tras haber vivido varios años en España, conoce con relativa fluidez la lengua del país que pisa.Además, la noche del martes no comieron, pues el reparto fue interrumpido de súbito por un altercado. Casi cuando el reloj marcaba las 19.00 horas, según fuentes policiales, unos enfrentamientos alteraron las filas de inmigrantes. Ellos dicen hoy que fue porque, al sonar la llamada del rezo, uno quiso arrodillarse y, para ello, tenía que salirse de la fila. Se lo pidió a un agente pero los movimientos acabaron por inquietar al resto y la Policía tuvo que desplegar un dispositivo, con gases lacrimógenos y material antidisturbios, que propició la carrera de los marroquíes.Los inmigrantes venden ropa, ollas y otros objetos que encuentran en la calle o en la basuraAl día siguiente, aunque algunos se acuerdan y comentan, pocos le dan importancia. Porque despunta el alba y el ayer ya es distinto, solo miran por un mañana del que, de momento, todo es incertidumbre. «¿Sabéis si se va a abrir el asilo político o el asilo humanitario para los marroquís»?, reza el traductor del móvil de un hombre que, tras salir de las duchas instaladas al final de la playa, busca respuestas. Entre ellos, cuenta otro, un pensamiento sobrevuela toda conversación: «El tema más famoso es si nos van a aceptar o no». Hay quienes, impacientes y sin esperanza, ya piensan en llegar a nado a la Península. Él no es el primero que lo dice, tampoco el segundo ni el tercero. Son varios los que asienten a su alrededor y quienes, a lo largo de varios días, comentan a este periódico la idea que ronda sus cabezas. No les importa la masa de agua que les separa de una Málaga que buscan alcanzar. «Tengo motor aquí», se ríe uno, descamisado, mientras fuerza el músculo de su brazo. Dos trabajadores limpian el polígono de El Tarajal, en el que residen numerosas familias. Ignacio GilPero en su convivencia a la intemperie también surgen desencuentros que se tornan en peleas, que ellos mismos admiten y explican. En El Trampolín hay «muchas peleas, porque hay mucha gente aquí del norte de Marruecos. Mucha gente creando problemas», relata uno. Es la razón que ha hecho que él dirija sus pasos hacia la parte más alejada del comienzo de la playa, hacia la esquina final, donde hay mayor cantidad de gente pero asentada con una mayor tranquilidad. El personal de limpieza asegura haber encontrado armas blancas mientras recorrían la playa en busca de residuos. Son alrededor de una decena de hombres que, enfundados en chalecos naranjas y protegiendo sus rostros con mascarillas, se afanan en tratar de limpiar una playa que saben que volverá a ensuciarse. Aun «cansados», ponen todo su empeño en hacer de su tarea algo fructífero, «también por el medio ambiente», pero reconocen que será en vano. La playa amanecerá después, un día más, en condiciones insalubres. «Lo vaciamos de basura y se vuelve a llenar», se lamentan algunos. Porque allí hace semanas que multitud de hombres marroquís, y mujeres que se cuentan con los dedos de una mano, intentan hacer de España su nuevo hogar.«Lo vaciamos de basura y se vuelve a llenar» Un joven que limpia El TrampolínLa limpieza es precisamente uno de los grandes retos que enfrentan determinadas zonas de la ciudad. Espacios como el polígono industrial de El Tarajal se encuentran llenos de basura, entre la que viven centenares de inmigrantes. Estas naves, en el que se congregan la mayoría de las mujeres con niños que cruzaron la frontera, ha sufrido una notable transformación desde comienzos de agosto. Las escasas mantas sobre las que antes pasaban sus noches se han convertido, semanas después, en una sucesión de chabolas hechas con palés, plásticos y telas. Los de mayor fortuna duermen en coches que a duras penas impiden la entrada del frescor que ya se cierne sobre la nocturnidad. Allí también acude un personal de limpieza desgastado por un trabajo que no cesa y los dueños de los almacenes, cansados de cada mañana observar miseria. Sus rostros reflejan el hartazgo, también la pena, de la sociedad ceutí. El Trampolín y El Tarajal son, casi un mes después, dos asentamientos para los que no se ofrece solución. RSS de noticias de espana
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