Si hay un acontecimiento que destaca en la agenda pública italiana, durante la segunda quincena de agosto, también para los grandes medios de comunicación, es el Meeting de Rímini, que organiza Comunión y Liberación. Por allí han pasado 900.000 personas, ha contado con 150 actos, 13 exposiciones, 13 espectáculos y 3.300 voluntarios. En esta edición han contado con un invitado especial, el Papa León XIV, que muy pronto expresó su deseo de asistir a una cita del catolicismo que también es un certero termómetro de los grandes temas que interpelan a la Iglesia y a la humanidad.León XIV, con su habitual forma tranquila de expresarse, pronunció un largo discurso de notable carga de profundidad eclesial e intelectual. Comunión y Liberación es una realidad de Iglesia, fundada por el sacerdote italiano Luigi Giussani, que pretendió desde sus inicios ofrecer una adecuada respuesta a los efectos nefastos de un catolicismo sociológico, rutinario, paralizado y paralizante, sin capacidad de transformar el mundo. La preocupación de Giussani fue siempre la educación de la fe, qué significa ser cristiano, cómo se llega a ser cristiano y cómo ser cristiano en una sociedad postsecular. A este interrogante respondió León XIV con algunas novedosas perspectivas que sirven para otras muchas realidades de Iglesia.Plantea el papa que el cristianismo vive en una «cierta pérdida de influencia, que quizá los adultos hayamos temido y combatido». Nada de nostalgias ante una situación que nos enseña «que podemos valorar más el poder del Evangelio, los vínculos que genera, la lógica que despierta, la vida que hace surgir. Como han repetido en varias ocasiones mis predecesores, «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por «atracción»». Es la atracción por una forma de habitar en el mundo, sobre la que don Giussani preguntaba de forma provocadora: «¿Se puede vivir así?»». A las personas ya no les mueven los discursos, las narrativas. Les mueve el impacto que produce una presencia, en sí significativa. Ignacio de Antioquía escribió que «cuando el cristianismo es odiado por el mundo, la hazaña que le cumple realizar no es mostrar elocuencia de palabra, sino grandeza de alma». Si hay un acontecimiento que destaca en la agenda pública italiana, durante la segunda quincena de agosto, también para los grandes medios de comunicación, es el Meeting de Rímini, que organiza Comunión y Liberación. Por allí han pasado 900.000 personas, ha contado con 150 actos, 13 exposiciones, 13 espectáculos y 3.300 voluntarios. En esta edición han contado con un invitado especial, el Papa León XIV, que muy pronto expresó su deseo de asistir a una cita del catolicismo que también es un certero termómetro de los grandes temas que interpelan a la Iglesia y a la humanidad.León XIV, con su habitual forma tranquila de expresarse, pronunció un largo discurso de notable carga de profundidad eclesial e intelectual. Comunión y Liberación es una realidad de Iglesia, fundada por el sacerdote italiano Luigi Giussani, que pretendió desde sus inicios ofrecer una adecuada respuesta a los efectos nefastos de un catolicismo sociológico, rutinario, paralizado y paralizante, sin capacidad de transformar el mundo. La preocupación de Giussani fue siempre la educación de la fe, qué significa ser cristiano, cómo se llega a ser cristiano y cómo ser cristiano en una sociedad postsecular. A este interrogante respondió León XIV con algunas novedosas perspectivas que sirven para otras muchas realidades de Iglesia.Plantea el papa que el cristianismo vive en una «cierta pérdida de influencia, que quizá los adultos hayamos temido y combatido». Nada de nostalgias ante una situación que nos enseña «que podemos valorar más el poder del Evangelio, los vínculos que genera, la lógica que despierta, la vida que hace surgir. Como han repetido en varias ocasiones mis predecesores, «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por «atracción»». Es la atracción por una forma de habitar en el mundo, sobre la que don Giussani preguntaba de forma provocadora: «¿Se puede vivir así?»». A las personas ya no les mueven los discursos, las narrativas. Les mueve el impacto que produce una presencia, en sí significativa. Ignacio de Antioquía escribió que «cuando el cristianismo es odiado por el mundo, la hazaña que le cumple realizar no es mostrar elocuencia de palabra, sino grandeza de alma». Si hay un acontecimiento que destaca en la agenda pública italiana, durante la segunda quincena de agosto, también para los grandes medios de comunicación, es el Meeting de Rímini, que organiza Comunión y Liberación. Por allí han pasado 900.000 personas, ha contado con 150 actos, 13 exposiciones, 13 espectáculos y 3.300 voluntarios. En esta edición han contado con un invitado especial, el Papa León XIV, que muy pronto expresó su deseo de asistir a una cita del catolicismo que también es un certero termómetro de los grandes temas que interpelan a la Iglesia y a la humanidad.León XIV, con su habitual forma tranquila de expresarse, pronunció un largo discurso de notable carga de profundidad eclesial e intelectual. Comunión y Liberación es una realidad de Iglesia, fundada por el sacerdote italiano Luigi Giussani, que pretendió desde sus inicios ofrecer una adecuada respuesta a los efectos nefastos de un catolicismo sociológico, rutinario, paralizado y paralizante, sin capacidad de transformar el mundo. La preocupación de Giussani fue siempre la educación de la fe, qué significa ser cristiano, cómo se llega a ser cristiano y cómo ser cristiano en una sociedad postsecular. A este interrogante respondió León XIV con algunas novedosas perspectivas que sirven para otras muchas realidades de Iglesia.Plantea el papa que el cristianismo vive en una «cierta pérdida de influencia, que quizá los adultos hayamos temido y combatido». Nada de nostalgias ante una situación que nos enseña «que podemos valorar más el poder del Evangelio, los vínculos que genera, la lógica que despierta, la vida que hace surgir. Como han repetido en varias ocasiones mis predecesores, «la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por «atracción»». Es la atracción por una forma de habitar en el mundo, sobre la que don Giussani preguntaba de forma provocadora: «¿Se puede vivir así?»». A las personas ya no les mueven los discursos, las narrativas. Les mueve el impacto que produce una presencia, en sí significativa. Ignacio de Antioquía escribió que «cuando el cristianismo es odiado por el mundo, la hazaña que le cumple realizar no es mostrar elocuencia de palabra, sino grandeza de alma». RSS de noticias de sociedad
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