El mundo no está lleno de buenas personas. Desde el Tratado de Westfalia de 1648, el orden internacional —relata The Washington Post— se ha regido por una premisa básica: Estados Unidos tiene el monopolio del uso de la fuerza o la coerción en aras de la seguridad pública. Tanto el derecho internacional como el nacional condenan las guerras privadas y la justicia por la propia mano. Sin embargo, dada la magnitud y la persistencia sin precedentes de las ciberamenazas y la naturaleza, sobre todo civil, de sus objetivos, esta premisa comienza tambalearse. En las empresas ha escalado hasta el consejo de administración. “El cambio más trascendente consiste en dejar de entender la ciberseguridad bajo la simple idea de la mera protección de los sistemas y verla como la capacidad de la organización para seguir prestando servicios y tomando decisiones pese a sufrir condiciones adversas”, matiza José García Montalvo, catedrático de Economía de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Y añade: “Cuando se priorizan costes, rapidez o funcionalidades frente a seguridad, la decisión debería recaer sobre el consejero delegado y el Consejo y no, como ahora, en el Chief Information Officer (CISO). O sea, el primer espada de la información de la compañía.
Regular una tecnología ajena al ser humano
La IA no es humana, y la regulación debe reflejarlo. El desafío jamás —expone The Hill, una publicación política estadounidense— radica en si se debe regular la IA, sino en cómo hacerlo sin confundir las habilidades no humanas con la inteligencia artificial, ni el miedo con la prevención. “Desde luego esta cualidad resulta esencial, las empresas necesitan cada vez más adoptar una mentalidad de resiliencia”, defiende Jorge Blanco, director de la Oficina CISO para Iberia y Latinoamérica en Google Cloud. “Implementar una estrategia de seguridad en la nube con controles sólidos y una monitorización continua es el primer paso, pero también ser capaces de responder y recuperarse cuando ocurren incidentes”.
La inteligencia artificial supone la gran amenaza y, a la vez, la mejor defensa para las entidades, de cara a que las tecnologías de vanguardia protejan a las compañías y les permita seguir operando en el campo de batalla digital
El mundo no está lleno de buenas personas. Desde el Tratado de Westfalia de 1648, el orden internacional —relata The Washington Post— se ha regido por una premisa básica: Estados Unidos tiene el monopolio del uso de la fuerza o la coerción en aras de la seguridad pública. Tanto el derecho internacional como el nacional condenan las guerras privadas y la justicia por la propia mano. Sin embargo, dada la magnitud y la persistencia sin precedentes de las ciberamenazas y la naturaleza, sobre todo civil, de sus objetivos, esta premisa comienza tambalearse. En las empresas ha escalado hasta el consejo de administración. “El cambio más trascendente consiste en dejar de entender la ciberseguridad bajo la simple idea de la mera protección de los sistemas y verla como la capacidad de la organización para seguir prestando servicios y tomando decisiones pese a sufrir condiciones adversas”, matiza José García Montalvo, catedrático de Economía de la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Y añade: “Cuando se priorizan costes, rapidez o funcionalidades frente a seguridad, la decisión debería recaer sobre el consejero delegado y el Consejo y no, como ahora, en el Chief Information Officer (CISO). O sea, el primer espada de la información de la compañía.
Regular una tecnología ajena al ser humano
La IA no es humana, y la regulación debe reflejarlo. El desafío jamás —expone The Hill, una publicación política estadounidense— radica en si se debe regular la IA, sino en cómo hacerlo sin confundir las habilidades no humanas con la inteligencia artificial, ni el miedo con la prevención. “Desde luego esta cualidad resulta esencial, las empresas necesitan cada vez más adoptar una mentalidad de resiliencia”, defiende Jorge Blanco, director de la Oficina CISO para Iberia y Latinoamérica en Google Cloud. “Implementar una estrategia de seguridad en la nube con controles sólidos y una monitorización continua es el primer paso, pero también ser capaces de responder y recuperarse cuando ocurren incidentes”.
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