Madrid tiene a veces un delicado recuerdo con algunos de sus personajes más importantes. Este es el caso de Ruy González de Clavijo, un vecino de esta Villa que llegó al fin del mundo mientras nosotros perdimos hasta su tumba. Vivió en el Siglo XIV en la zona de la Plaza de la Paja, en esa ciudad amurallada y al mismo tiempo embarrada en casi todas sus calles. Aún no era capital sino poblacho y entre gallinas sueltas, ganado, caballos y chismes, Clavijo se movía entre la Corte y la taberna, pues llegó a ser camarero del Rey Enrique III de Castilla . Esto no solo le otorgaba cierta posición, sino que también le daba acceso a los asuntos que preocupaban al monarca, así como a las inquietudes que llenaban el mentidero de Madrid . Así, en 1403, Clavijo recibió un encargo que ocupó las conversaciones de todos los habitantes de Madrid y del resto de España: debía viajar hasta Samarcanda, hoy ciudad de Uzbekistán, para entrevistarse con Tamerlán, el conquistador más temido de Oriente, un tipo que había levantado un imperio a base de arrasar ciudades dejando tras de sí montañas de cadáveres. Por entonces, viajar de Madrid a Burgos ya suponía una aventura. Samarcanda debía de sonarles a los madrileños como hoy nos sonaría una dirección postal en Narnia. Clavijo se despidió de su mujer, Mayor Arias, y comenzó un viaje que duraría tres años. Zarpó en barco desde El Puerto de Santa María en mayo de ese mismo año. Navegó el Mediterráneo, cruzó Constantinopla, atravesó el Mar Negro y siguió por los caminos rurales de Armenia y Persia. En esos años, la Ruta de la Seda ya conectaba ciudades fabulosas y mercados que ofrecían especias de medio mundo. Sobrevivir era una obligación. Imaginen las compañías con las que debió cruzarse en tal hazaña. Un año y cuatro meses después, Clavijo llegó por fin a Samarcanda, en septiembre de 1404, y fue recibido por el temido Tamerlán, quién le invitó a banquetes y ceremonias para que pudiera contarle el modo de vida de esta zona del mundo al rey de Castilla. Lo genial de Ruy González de Clavijo no fue únicamente que llegara hasta ahí, sino que tuviera la delicadeza de escribirlo para dar fe de este viaje excepcional. Aguantó el tiempo que duró con vida su anfitrión y al morir éste, sus hijos empezaron a repartirse el imperio enseñándole la puerta de salida a nuestro madrileño más internacional. Regresó con vida, otro milagro de ese tiempo, y por fin entró en Madrid en 1406, dejando constancia de su viaje en Embajda a Tamorlán, posiblemente el mejor relato de viajes de nuestra literatura medieval. Murió en Madrid el 2 de abril de 1412. Dejó todo organizado para su enterramiento en el convento de San Francisco, donde levantaron un sepulcro de alabastro que recordaba su extraordinaria hazaña. Pero Madrid, con esa forma insólita de respetar a sus muertos ilustres, terminó desplazando su tumba para colocar la de una reina. Después desapareció la capilla y con ella buena parte de su memoria. Hoy tiene una calle con su nombre, que es la manera más cómoda que hemos encontrado de honrar a nuestros antepasados sin necesidad de saber la vida que tuvieron.Regreso a casaMe imagino su regreso a casa, las conversaciones con Mayor Arias, las noches contando historias junto al fuego, mientras al otro lado de la ventana seguía transcurriendo aquel pueblo aún pequeño y algo pendenciero. Seguro que hubo vecinos que no le creyeron una palabra, pero también puedo imaginármelo sonriendo sin necesidad de contar mucho más. Seiscientos años después, uno puede sentarse en la plaza de la Paja, pedir una cerveza y pensar que por allí caminó un hombre que conoció a Tamerlán, atravesó Persia y contempló las maravillas de Samarcanda.Ruy González de Clavijo recorrió medio mundo para regresar a su casa. Madrid, sin embargo, acabó olvidándose de dónde lo había enterrado. Madrid tiene a veces un delicado recuerdo con algunos de sus personajes más importantes. Este es el caso de Ruy González de Clavijo, un vecino de esta Villa que llegó al fin del mundo mientras nosotros perdimos hasta su tumba. Vivió en el Siglo XIV en la zona de la Plaza de la Paja, en esa ciudad amurallada y al mismo tiempo embarrada en casi todas sus calles. Aún no era capital sino poblacho y entre gallinas sueltas, ganado, caballos y chismes, Clavijo se movía entre la Corte y la taberna, pues llegó a ser camarero del Rey Enrique III de Castilla . Esto no solo le otorgaba cierta posición, sino que también le daba acceso a los asuntos que preocupaban al monarca, así como a las inquietudes que llenaban el mentidero de Madrid . Así, en 1403, Clavijo recibió un encargo que ocupó las conversaciones de todos los habitantes de Madrid y del resto de España: debía viajar hasta Samarcanda, hoy ciudad de Uzbekistán, para entrevistarse con Tamerlán, el conquistador más temido de Oriente, un tipo que había levantado un imperio a base de arrasar ciudades dejando tras de sí montañas de cadáveres. Por entonces, viajar de Madrid a Burgos ya suponía una aventura. Samarcanda debía de sonarles a los madrileños como hoy nos sonaría una dirección postal en Narnia. Clavijo se despidió de su mujer, Mayor Arias, y comenzó un viaje que duraría tres años. Zarpó en barco desde El Puerto de Santa María en mayo de ese mismo año. Navegó el Mediterráneo, cruzó Constantinopla, atravesó el Mar Negro y siguió por los caminos rurales de Armenia y Persia. En esos años, la Ruta de la Seda ya conectaba ciudades fabulosas y mercados que ofrecían especias de medio mundo. Sobrevivir era una obligación. Imaginen las compañías con las que debió cruzarse en tal hazaña. Un año y cuatro meses después, Clavijo llegó por fin a Samarcanda, en septiembre de 1404, y fue recibido por el temido Tamerlán, quién le invitó a banquetes y ceremonias para que pudiera contarle el modo de vida de esta zona del mundo al rey de Castilla. Lo genial de Ruy González de Clavijo no fue únicamente que llegara hasta ahí, sino que tuviera la delicadeza de escribirlo para dar fe de este viaje excepcional. Aguantó el tiempo que duró con vida su anfitrión y al morir éste, sus hijos empezaron a repartirse el imperio enseñándole la puerta de salida a nuestro madrileño más internacional. Regresó con vida, otro milagro de ese tiempo, y por fin entró en Madrid en 1406, dejando constancia de su viaje en Embajda a Tamorlán, posiblemente el mejor relato de viajes de nuestra literatura medieval. Murió en Madrid el 2 de abril de 1412. Dejó todo organizado para su enterramiento en el convento de San Francisco, donde levantaron un sepulcro de alabastro que recordaba su extraordinaria hazaña. Pero Madrid, con esa forma insólita de respetar a sus muertos ilustres, terminó desplazando su tumba para colocar la de una reina. Después desapareció la capilla y con ella buena parte de su memoria. Hoy tiene una calle con su nombre, que es la manera más cómoda que hemos encontrado de honrar a nuestros antepasados sin necesidad de saber la vida que tuvieron.Regreso a casaMe imagino su regreso a casa, las conversaciones con Mayor Arias, las noches contando historias junto al fuego, mientras al otro lado de la ventana seguía transcurriendo aquel pueblo aún pequeño y algo pendenciero. Seguro que hubo vecinos que no le creyeron una palabra, pero también puedo imaginármelo sonriendo sin necesidad de contar mucho más. Seiscientos años después, uno puede sentarse en la plaza de la Paja, pedir una cerveza y pensar que por allí caminó un hombre que conoció a Tamerlán, atravesó Persia y contempló las maravillas de Samarcanda.Ruy González de Clavijo recorrió medio mundo para regresar a su casa. Madrid, sin embargo, acabó olvidándose de dónde lo había enterrado. Madrid tiene a veces un delicado recuerdo con algunos de sus personajes más importantes. Este es el caso de Ruy González de Clavijo, un vecino de esta Villa que llegó al fin del mundo mientras nosotros perdimos hasta su tumba. Vivió en el Siglo XIV en la zona de la Plaza de la Paja, en esa ciudad amurallada y al mismo tiempo embarrada en casi todas sus calles. Aún no era capital sino poblacho y entre gallinas sueltas, ganado, caballos y chismes, Clavijo se movía entre la Corte y la taberna, pues llegó a ser camarero del Rey Enrique III de Castilla . Esto no solo le otorgaba cierta posición, sino que también le daba acceso a los asuntos que preocupaban al monarca, así como a las inquietudes que llenaban el mentidero de Madrid . Así, en 1403, Clavijo recibió un encargo que ocupó las conversaciones de todos los habitantes de Madrid y del resto de España: debía viajar hasta Samarcanda, hoy ciudad de Uzbekistán, para entrevistarse con Tamerlán, el conquistador más temido de Oriente, un tipo que había levantado un imperio a base de arrasar ciudades dejando tras de sí montañas de cadáveres. Por entonces, viajar de Madrid a Burgos ya suponía una aventura. Samarcanda debía de sonarles a los madrileños como hoy nos sonaría una dirección postal en Narnia. Clavijo se despidió de su mujer, Mayor Arias, y comenzó un viaje que duraría tres años. Zarpó en barco desde El Puerto de Santa María en mayo de ese mismo año. Navegó el Mediterráneo, cruzó Constantinopla, atravesó el Mar Negro y siguió por los caminos rurales de Armenia y Persia. En esos años, la Ruta de la Seda ya conectaba ciudades fabulosas y mercados que ofrecían especias de medio mundo. Sobrevivir era una obligación. Imaginen las compañías con las que debió cruzarse en tal hazaña. Un año y cuatro meses después, Clavijo llegó por fin a Samarcanda, en septiembre de 1404, y fue recibido por el temido Tamerlán, quién le invitó a banquetes y ceremonias para que pudiera contarle el modo de vida de esta zona del mundo al rey de Castilla. Lo genial de Ruy González de Clavijo no fue únicamente que llegara hasta ahí, sino que tuviera la delicadeza de escribirlo para dar fe de este viaje excepcional. Aguantó el tiempo que duró con vida su anfitrión y al morir éste, sus hijos empezaron a repartirse el imperio enseñándole la puerta de salida a nuestro madrileño más internacional. Regresó con vida, otro milagro de ese tiempo, y por fin entró en Madrid en 1406, dejando constancia de su viaje en Embajda a Tamorlán, posiblemente el mejor relato de viajes de nuestra literatura medieval. Murió en Madrid el 2 de abril de 1412. Dejó todo organizado para su enterramiento en el convento de San Francisco, donde levantaron un sepulcro de alabastro que recordaba su extraordinaria hazaña. Pero Madrid, con esa forma insólita de respetar a sus muertos ilustres, terminó desplazando su tumba para colocar la de una reina. Después desapareció la capilla y con ella buena parte de su memoria. Hoy tiene una calle con su nombre, que es la manera más cómoda que hemos encontrado de honrar a nuestros antepasados sin necesidad de saber la vida que tuvieron.Regreso a casaMe imagino su regreso a casa, las conversaciones con Mayor Arias, las noches contando historias junto al fuego, mientras al otro lado de la ventana seguía transcurriendo aquel pueblo aún pequeño y algo pendenciero. Seguro que hubo vecinos que no le creyeron una palabra, pero también puedo imaginármelo sonriendo sin necesidad de contar mucho más. Seiscientos años después, uno puede sentarse en la plaza de la Paja, pedir una cerveza y pensar que por allí caminó un hombre que conoció a Tamerlán, atravesó Persia y contempló las maravillas de Samarcanda.Ruy González de Clavijo recorrió medio mundo para regresar a su casa. Madrid, sin embargo, acabó olvidándose de dónde lo había enterrado. RSS de noticias de espana
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