De todos esos libros que incitan con un título, un nombre propio, el sello de una editorial y una forma de presentarse, en la memoria se quedarán pocos. Algunos los dejará el lector después de cuarenta o cincuenta páginas, tal vez menos, si es que llega a llevárselos a casa después de haberlos hojeado antes de decidirse. Lo intentará un par de veces antes de darse cuenta de que no ha conseguido entenderse con el autor. Otros se acabarán como se apura un plato que no termina de gustar, pero que hay que vaciar por dar buen ejemplo a los hijos o por tener el estómago lleno para una tarde en que hará falta energía. Muchos se leerán con ligereza y dejarán algo que disfrutar, pero de sus personajes no quedará ni el recuerdo después de la última vez que se miren sus páginas. Unos pocos sí que permanecerán siempre en la memoria , porque el lector habrá conversado con sus personajes, habrá pisado las mismas calles y habrá escuchado las palabras de su autor como si se las hubiera susurrado al oído. Si se pensara con la cabeza de la estadística ni siquiera compensaría pasearse estos días por la Feria del Libro de Córdoba , buscar lomos de confianza y preguntar a quienes atienden por algo suculento, pero los lectores no acuden a la literatura en busca de certezas, sino armados con una esperanza capaz de desarmar todos los números . Si hubo chascos quedan en la memoria las calles de Tomelloso paseadas por un detective con alma de labrador, la guillotina como herramienta civilizadora en un festín de palabras tan exuberante como el paisaje del Caribe, un rincón de Londres como pequeño mapa de lo grande y lo miserable de todo este mundo de oriundos y emigrantes, los versos de unos soldados asustados del frío y de las trincheras como marco de la gente de este mundo que también vive y escapa de lo que tiene que afrontar, el vértigo de un niño que se asoma a un monstruo inabarcable que se llama Budapest . Si sólo de nombrarlo se ensanchan los pulmones compensa todo el margen de error. De todos esos libros que incitan con un título, un nombre propio, el sello de una editorial y una forma de presentarse, en la memoria se quedarán pocos. Algunos los dejará el lector después de cuarenta o cincuenta páginas, tal vez menos, si es que llega a llevárselos a casa después de haberlos hojeado antes de decidirse. Lo intentará un par de veces antes de darse cuenta de que no ha conseguido entenderse con el autor. Otros se acabarán como se apura un plato que no termina de gustar, pero que hay que vaciar por dar buen ejemplo a los hijos o por tener el estómago lleno para una tarde en que hará falta energía. Muchos se leerán con ligereza y dejarán algo que disfrutar, pero de sus personajes no quedará ni el recuerdo después de la última vez que se miren sus páginas. Unos pocos sí que permanecerán siempre en la memoria , porque el lector habrá conversado con sus personajes, habrá pisado las mismas calles y habrá escuchado las palabras de su autor como si se las hubiera susurrado al oído. Si se pensara con la cabeza de la estadística ni siquiera compensaría pasearse estos días por la Feria del Libro de Córdoba , buscar lomos de confianza y preguntar a quienes atienden por algo suculento, pero los lectores no acuden a la literatura en busca de certezas, sino armados con una esperanza capaz de desarmar todos los números . Si hubo chascos quedan en la memoria las calles de Tomelloso paseadas por un detective con alma de labrador, la guillotina como herramienta civilizadora en un festín de palabras tan exuberante como el paisaje del Caribe, un rincón de Londres como pequeño mapa de lo grande y lo miserable de todo este mundo de oriundos y emigrantes, los versos de unos soldados asustados del frío y de las trincheras como marco de la gente de este mundo que también vive y escapa de lo que tiene que afrontar, el vértigo de un niño que se asoma a un monstruo inabarcable que se llama Budapest . Si sólo de nombrarlo se ensanchan los pulmones compensa todo el margen de error. De todos esos libros que incitan con un título, un nombre propio, el sello de una editorial y una forma de presentarse, en la memoria se quedarán pocos. Algunos los dejará el lector después de cuarenta o cincuenta páginas, tal vez menos, si es que llega a llevárselos a casa después de haberlos hojeado antes de decidirse. Lo intentará un par de veces antes de darse cuenta de que no ha conseguido entenderse con el autor. Otros se acabarán como se apura un plato que no termina de gustar, pero que hay que vaciar por dar buen ejemplo a los hijos o por tener el estómago lleno para una tarde en que hará falta energía. Muchos se leerán con ligereza y dejarán algo que disfrutar, pero de sus personajes no quedará ni el recuerdo después de la última vez que se miren sus páginas. Unos pocos sí que permanecerán siempre en la memoria , porque el lector habrá conversado con sus personajes, habrá pisado las mismas calles y habrá escuchado las palabras de su autor como si se las hubiera susurrado al oído. Si se pensara con la cabeza de la estadística ni siquiera compensaría pasearse estos días por la Feria del Libro de Córdoba , buscar lomos de confianza y preguntar a quienes atienden por algo suculento, pero los lectores no acuden a la literatura en busca de certezas, sino armados con una esperanza capaz de desarmar todos los números . Si hubo chascos quedan en la memoria las calles de Tomelloso paseadas por un detective con alma de labrador, la guillotina como herramienta civilizadora en un festín de palabras tan exuberante como el paisaje del Caribe, un rincón de Londres como pequeño mapa de lo grande y lo miserable de todo este mundo de oriundos y emigrantes, los versos de unos soldados asustados del frío y de las trincheras como marco de la gente de este mundo que también vive y escapa de lo que tiene que afrontar, el vértigo de un niño que se asoma a un monstruo inabarcable que se llama Budapest . Si sólo de nombrarlo se ensanchan los pulmones compensa todo el margen de error. RSS de noticias de espana/andalucia
Noticias Similares
