Teatro Corsario ha perdido este mes de octubre a dos de sus miembros históricos, el actor (y director ocasional) Javier Semprún y al músico Juan Carlos Martín, ambos con papeles fundamentales en la gran mayoría de los montajes de una compañía que lleva cuarenta y cuatro años sobre los escenarios.Aunque en las últimas dos décadas de su trayectoria, a partir su enfermedad y de la interpretación de Tito Andrónico, a Semprún se le asocia con personajes dramáticos, «su especialidad eran los papeles cómicos», recuerda el director de Corsario, Jesús Peña. Durante muchos años y hasta el final demostró una «capacidad de resistencia» y una «fortaleza envidiable», añade. Aunque tanto el actor como el músico, fallecidos con tres días de diferencia, se habían visto obligados a renunciar a cometidos demasiado exigentes, «estaban trabajando juntos» y planeaban un recital sobre ‘Coplas a la muerte de su padre’, de Jorge Manrique, confirma Peña.«Su especialidad eran los papeles cómicos», recuerda el director de Corsario, Jesús Peña, sobre Javier SemprúnJavier Semprún, que había pasado por las filas de Teloncillo y del Corral de Comedias de Juan Antonio Quintana, fue ‘corsario’ ya en los primeros pasos del grupo que capitaneó Fernando Urdiales hasta su muerte en 2010. Desde el trabajo inicial: ‘Sin abuso de desesperación’, piezas cortas de Tennessee Williams (1982), con Chus Esteban, Eduardo Gijón, el propio Urdiales, Licas, María José Pelayo, Margarita Santos y Rosa Manzano en el elenco. Antes de que la apuesta por el teatro se impusiese a cualquier otra dedicación posible y diesen el salto a la profesionalización allá por 1985. «Quemamos para siempre nuestras naves y, al menos yo, confieso que lo hice con gusto», declaraba el actor a Víctor M. Díez en el libro ‘Corsarios. 25 años’, editado por la Consejería de Cultura en 2007.Confesaba Semprún, el filólogo de formación que fue el panadero de ‘A la caza del Snark’, de Lewis Carrol (1983), segundo título en la historia de Corsario, que ese montaje, con hasta media docena de músicos contratados para las actuaciones, les hacía perder dinero «por arrobas». Con el siguiente, las ‘Comedias rápidas’ (1984), sobre textos de Jardiel Poncela, ya se habían hecho con «una mínima infraestructura propia: la carpa, una furgoneta, un primer equipo de luces y sonido medio decentes…». Hasta entonces, recordaba en ese texto, «se podía dar el caso de ir a Palencia a un bolo de sesenta mil pesetas, sabiendo que sólo el alquiler de las luces nos costaba ya sesenta y cinco mil». «Eso sí que era empezar palmando», añadía sobre un tiempo en el que proponían «un repertorio demasiado punk para la época»: «Teníamos la sensación extrañísima de que vaciábamos teatros que estaban llenos con ‘Insultos al público’ [Peter Handke (1986)]. Se iban casi todos, excepto un puñado de ellos que nos insultaban desde la puerta, como en Ávila».«Segunda piel»El libro conmemorativo de los veinticinco años de Corsario lo retrata como un auténtico forofo de la métrica «que durante años sólo leía cosas en verso». Él mismo daba pistas en esas páginas sobre sus recursos para ser otros sobre el escenario: «Necesito distanciarme de mí mismo. Me voy poniendo lo que encuentro por el local, mientras se va definiendo el vestuario y el personaje, pero ocurre que acabo creándome una segunda piel que al final es el vestuario con pequeñas variaciones. Busco una voz en la que no me reconozca y, sobre todo, soy un maniaco de la caracterización. En ocasiones me cierran los camerinos para que no pueda usar más maquillaje».Así fue el labrador en ‘El gran teatro del mundo’, Alcuzcuz en ‘Amar después de la muerte’ o Clarín en ‘La vida es sueño’, de Calderón; Perea en ‘Asalto a una ciudad’ o el doctor Verino en ‘Los locos de Valencia’, de Lope de Vega; el pastor en ‘Edipo rey’, de Sófocles; Ciro en ‘Celama’, de Luis Mateo Díez; o Popocho en la comedia loca ‘La barraca de Colón’, creada por Urdiales. El repertorio histórico de Corsario también recoge una segunda faceta de Javier Semprún, la de director en ‘El cuervo’ (2009), el texto de Poe a partir de la «traducción infiel» del poeta vallisoletano Francisco Pino, y en ‘El patio’ (2016), de Spiro Scimone, que recibió el Premio Estación Norte en el TAC de Valladolid. Reconocido con el premio Giordano Bruno a la trayectoria, con el de la Unión de Actores de Castilla y León o con el Provincia de la Diputación de Valladolid, contó con Juan Carlos Martín para esos dos trabajos dirigidos e interpretados por él.Martín fue un habitual de Corsario desde ‘Insultos al público’, a partir de mediados de los ochenta. «No concibo encargar una música a alguien que no trabaje con nosotros como lo hace él, a pie de obra», decía Fernando Urdiales en ‘Corsarios. 25 años’, tras referirse al compositor como uno de los mejores músicos de teatro que conocía. Ese mismo papel lo continuó al lado de Jesús Peña, con quien trabajó tanto en obras de texto como en las de títeres para adultos. «Con las marionetas, al ser espectáculos sin texto o con muy poquito texto, la labor de Juan Carlos era enorme, tenía que hacer mucha música a lo largo de la función», señala Peña. Martín iba a los ensayos y aportaba ideas; y ambos se conocían desde hacía décadas. «Yo ya sabía lo que quería pedirle a Juan Carlos y Juan Carlos también se hacía una idea buena de lo que yo necesitaba», concluye el director. Teatro Corsario ha perdido este mes de octubre a dos de sus miembros históricos, el actor (y director ocasional) Javier Semprún y al músico Juan Carlos Martín, ambos con papeles fundamentales en la gran mayoría de los montajes de una compañía que lleva cuarenta y cuatro años sobre los escenarios.Aunque en las últimas dos décadas de su trayectoria, a partir su enfermedad y de la interpretación de Tito Andrónico, a Semprún se le asocia con personajes dramáticos, «su especialidad eran los papeles cómicos», recuerda el director de Corsario, Jesús Peña. Durante muchos años y hasta el final demostró una «capacidad de resistencia» y una «fortaleza envidiable», añade. Aunque tanto el actor como el músico, fallecidos con tres días de diferencia, se habían visto obligados a renunciar a cometidos demasiado exigentes, «estaban trabajando juntos» y planeaban un recital sobre ‘Coplas a la muerte de su padre’, de Jorge Manrique, confirma Peña.«Su especialidad eran los papeles cómicos», recuerda el director de Corsario, Jesús Peña, sobre Javier SemprúnJavier Semprún, que había pasado por las filas de Teloncillo y del Corral de Comedias de Juan Antonio Quintana, fue ‘corsario’ ya en los primeros pasos del grupo que capitaneó Fernando Urdiales hasta su muerte en 2010. Desde el trabajo inicial: ‘Sin abuso de desesperación’, piezas cortas de Tennessee Williams (1982), con Chus Esteban, Eduardo Gijón, el propio Urdiales, Licas, María José Pelayo, Margarita Santos y Rosa Manzano en el elenco. Antes de que la apuesta por el teatro se impusiese a cualquier otra dedicación posible y diesen el salto a la profesionalización allá por 1985. «Quemamos para siempre nuestras naves y, al menos yo, confieso que lo hice con gusto», declaraba el actor a Víctor M. Díez en el libro ‘Corsarios. 25 años’, editado por la Consejería de Cultura en 2007.Confesaba Semprún, el filólogo de formación que fue el panadero de ‘A la caza del Snark’, de Lewis Carrol (1983), segundo título en la historia de Corsario, que ese montaje, con hasta media docena de músicos contratados para las actuaciones, les hacía perder dinero «por arrobas». Con el siguiente, las ‘Comedias rápidas’ (1984), sobre textos de Jardiel Poncela, ya se habían hecho con «una mínima infraestructura propia: la carpa, una furgoneta, un primer equipo de luces y sonido medio decentes…». Hasta entonces, recordaba en ese texto, «se podía dar el caso de ir a Palencia a un bolo de sesenta mil pesetas, sabiendo que sólo el alquiler de las luces nos costaba ya sesenta y cinco mil». «Eso sí que era empezar palmando», añadía sobre un tiempo en el que proponían «un repertorio demasiado punk para la época»: «Teníamos la sensación extrañísima de que vaciábamos teatros que estaban llenos con ‘Insultos al público’ [Peter Handke (1986)]. Se iban casi todos, excepto un puñado de ellos que nos insultaban desde la puerta, como en Ávila».«Segunda piel»El libro conmemorativo de los veinticinco años de Corsario lo retrata como un auténtico forofo de la métrica «que durante años sólo leía cosas en verso». Él mismo daba pistas en esas páginas sobre sus recursos para ser otros sobre el escenario: «Necesito distanciarme de mí mismo. Me voy poniendo lo que encuentro por el local, mientras se va definiendo el vestuario y el personaje, pero ocurre que acabo creándome una segunda piel que al final es el vestuario con pequeñas variaciones. Busco una voz en la que no me reconozca y, sobre todo, soy un maniaco de la caracterización. En ocasiones me cierran los camerinos para que no pueda usar más maquillaje».Así fue el labrador en ‘El gran teatro del mundo’, Alcuzcuz en ‘Amar después de la muerte’ o Clarín en ‘La vida es sueño’, de Calderón; Perea en ‘Asalto a una ciudad’ o el doctor Verino en ‘Los locos de Valencia’, de Lope de Vega; el pastor en ‘Edipo rey’, de Sófocles; Ciro en ‘Celama’, de Luis Mateo Díez; o Popocho en la comedia loca ‘La barraca de Colón’, creada por Urdiales. El repertorio histórico de Corsario también recoge una segunda faceta de Javier Semprún, la de director en ‘El cuervo’ (2009), el texto de Poe a partir de la «traducción infiel» del poeta vallisoletano Francisco Pino, y en ‘El patio’ (2016), de Spiro Scimone, que recibió el Premio Estación Norte en el TAC de Valladolid. Reconocido con el premio Giordano Bruno a la trayectoria, con el de la Unión de Actores de Castilla y León o con el Provincia de la Diputación de Valladolid, contó con Juan Carlos Martín para esos dos trabajos dirigidos e interpretados por él.Martín fue un habitual de Corsario desde ‘Insultos al público’, a partir de mediados de los ochenta. «No concibo encargar una música a alguien que no trabaje con nosotros como lo hace él, a pie de obra», decía Fernando Urdiales en ‘Corsarios. 25 años’, tras referirse al compositor como uno de los mejores músicos de teatro que conocía. Ese mismo papel lo continuó al lado de Jesús Peña, con quien trabajó tanto en obras de texto como en las de títeres para adultos. «Con las marionetas, al ser espectáculos sin texto o con muy poquito texto, la labor de Juan Carlos era enorme, tenía que hacer mucha música a lo largo de la función», señala Peña. Martín iba a los ensayos y aportaba ideas; y ambos se conocían desde hacía décadas. «Yo ya sabía lo que quería pedirle a Juan Carlos y Juan Carlos también se hacía una idea buena de lo que yo necesitaba», concluye el director. Teatro Corsario ha perdido este mes de octubre a dos de sus miembros históricos, el actor (y director ocasional) Javier Semprún y al músico Juan Carlos Martín, ambos con papeles fundamentales en la gran mayoría de los montajes de una compañía que lleva cuarenta y cuatro años sobre los escenarios.Aunque en las últimas dos décadas de su trayectoria, a partir su enfermedad y de la interpretación de Tito Andrónico, a Semprún se le asocia con personajes dramáticos, «su especialidad eran los papeles cómicos», recuerda el director de Corsario, Jesús Peña. Durante muchos años y hasta el final demostró una «capacidad de resistencia» y una «fortaleza envidiable», añade. Aunque tanto el actor como el músico, fallecidos con tres días de diferencia, se habían visto obligados a renunciar a cometidos demasiado exigentes, «estaban trabajando juntos» y planeaban un recital sobre ‘Coplas a la muerte de su padre’, de Jorge Manrique, confirma Peña.«Su especialidad eran los papeles cómicos», recuerda el director de Corsario, Jesús Peña, sobre Javier SemprúnJavier Semprún, que había pasado por las filas de Teloncillo y del Corral de Comedias de Juan Antonio Quintana, fue ‘corsario’ ya en los primeros pasos del grupo que capitaneó Fernando Urdiales hasta su muerte en 2010. Desde el trabajo inicial: ‘Sin abuso de desesperación’, piezas cortas de Tennessee Williams (1982), con Chus Esteban, Eduardo Gijón, el propio Urdiales, Licas, María José Pelayo, Margarita Santos y Rosa Manzano en el elenco. Antes de que la apuesta por el teatro se impusiese a cualquier otra dedicación posible y diesen el salto a la profesionalización allá por 1985. «Quemamos para siempre nuestras naves y, al menos yo, confieso que lo hice con gusto», declaraba el actor a Víctor M. Díez en el libro ‘Corsarios. 25 años’, editado por la Consejería de Cultura en 2007.Confesaba Semprún, el filólogo de formación que fue el panadero de ‘A la caza del Snark’, de Lewis Carrol (1983), segundo título en la historia de Corsario, que ese montaje, con hasta media docena de músicos contratados para las actuaciones, les hacía perder dinero «por arrobas». Con el siguiente, las ‘Comedias rápidas’ (1984), sobre textos de Jardiel Poncela, ya se habían hecho con «una mínima infraestructura propia: la carpa, una furgoneta, un primer equipo de luces y sonido medio decentes…». Hasta entonces, recordaba en ese texto, «se podía dar el caso de ir a Palencia a un bolo de sesenta mil pesetas, sabiendo que sólo el alquiler de las luces nos costaba ya sesenta y cinco mil». «Eso sí que era empezar palmando», añadía sobre un tiempo en el que proponían «un repertorio demasiado punk para la época»: «Teníamos la sensación extrañísima de que vaciábamos teatros que estaban llenos con ‘Insultos al público’ [Peter Handke (1986)]. Se iban casi todos, excepto un puñado de ellos que nos insultaban desde la puerta, como en Ávila».«Segunda piel»El libro conmemorativo de los veinticinco años de Corsario lo retrata como un auténtico forofo de la métrica «que durante años sólo leía cosas en verso». Él mismo daba pistas en esas páginas sobre sus recursos para ser otros sobre el escenario: «Necesito distanciarme de mí mismo. Me voy poniendo lo que encuentro por el local, mientras se va definiendo el vestuario y el personaje, pero ocurre que acabo creándome una segunda piel que al final es el vestuario con pequeñas variaciones. Busco una voz en la que no me reconozca y, sobre todo, soy un maniaco de la caracterización. En ocasiones me cierran los camerinos para que no pueda usar más maquillaje».Así fue el labrador en ‘El gran teatro del mundo’, Alcuzcuz en ‘Amar después de la muerte’ o Clarín en ‘La vida es sueño’, de Calderón; Perea en ‘Asalto a una ciudad’ o el doctor Verino en ‘Los locos de Valencia’, de Lope de Vega; el pastor en ‘Edipo rey’, de Sófocles; Ciro en ‘Celama’, de Luis Mateo Díez; o Popocho en la comedia loca ‘La barraca de Colón’, creada por Urdiales. El repertorio histórico de Corsario también recoge una segunda faceta de Javier Semprún, la de director en ‘El cuervo’ (2009), el texto de Poe a partir de la «traducción infiel» del poeta vallisoletano Francisco Pino, y en ‘El patio’ (2016), de Spiro Scimone, que recibió el Premio Estación Norte en el TAC de Valladolid. Reconocido con el premio Giordano Bruno a la trayectoria, con el de la Unión de Actores de Castilla y León o con el Provincia de la Diputación de Valladolid, contó con Juan Carlos Martín para esos dos trabajos dirigidos e interpretados por él.Martín fue un habitual de Corsario desde ‘Insultos al público’, a partir de mediados de los ochenta. «No concibo encargar una música a alguien que no trabaje con nosotros como lo hace él, a pie de obra», decía Fernando Urdiales en ‘Corsarios. 25 años’, tras referirse al compositor como uno de los mejores músicos de teatro que conocía. Ese mismo papel lo continuó al lado de Jesús Peña, con quien trabajó tanto en obras de texto como en las de títeres para adultos. «Con las marionetas, al ser espectáculos sin texto o con muy poquito texto, la labor de Juan Carlos era enorme, tenía que hacer mucha música a lo largo de la función», señala Peña. Martín iba a los ensayos y aportaba ideas; y ambos se conocían desde hacía décadas. «Yo ya sabía lo que quería pedirle a Juan Carlos y Juan Carlos también se hacía una idea buena de lo que yo necesitaba», concluye el director. RSS de noticias de espana
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