Ya el buen ‘Iniciado’ de Jandilla apuntó su clase de capote, y si bien no se dejó torear tan despacio como el torero intentó, sí dejó vislumbrar su bravura, esa que ya Pablo Aguado llevaba barruntando en el iris de sus ojos cuando cogió la muleta. Claridad del pensamiento y pensamiento emocionado. Pues el toreo es cosa de ver, y de ver para escuchar cuando el torero dicta y el toro escribe. La mirada de Aguado andando decidido hacia el Jandilla lo decía todo. El toreo en las palmas de la mano, con esa naturalidad, que íntima y privada sabe lo que puede hacer cuando el toro aposenta esa jondura y son que parecen concederle al torero para este hacerlas suyas. Decir ese sentimiento, el cual tantas veces se sueña, no sólo no es fácil, sino que alcanza las cotas de proeza. El sueño, ya se sabe, en su onírica fantasía, permite torerías y diabluras inalcanzables, pero algo de ese sueño pudo hacer Pablo cuando sin mover un músculo sintió esa ligazón del pulso del toro cuando hilvanó unas series tan justas como armoniosas, con esa belleza del que parece soñar despierto, y más aún… de aquel que no quiere despertar. Aguado hizo temblar a Sevilla, y Sevilla tembló por él. Pertenece este torero a esa estirpe enlazada con Manolo González, Pepe Luis, Martín Vázquez… en esa aparente facilidad que como una sinfonía rítmica deja esparcir sus notas sin más partitura que las del alma abierta y la torería clásica. Esa sinfonía que a veces se enfada y se encrespa cuando las cosas no son o no pueden ser, y otras se abrazan y se enamoran para prometerse amor eterno. El único borrón fue ese circular tan en boga que en mi opinión quedó fuera de lugar, pero que ni mucho menos desmerece tan bellísima obra rubricada con la espada y las dos orejas (aunque cuando se torea así, las pelúas son lo de menos), de aquel que ha alcanzado ya una madurez que empieza a saber a añejo y a eterno. Ya el buen ‘Iniciado’ de Jandilla apuntó su clase de capote, y si bien no se dejó torear tan despacio como el torero intentó, sí dejó vislumbrar su bravura, esa que ya Pablo Aguado llevaba barruntando en el iris de sus ojos cuando cogió la muleta. Claridad del pensamiento y pensamiento emocionado. Pues el toreo es cosa de ver, y de ver para escuchar cuando el torero dicta y el toro escribe. La mirada de Aguado andando decidido hacia el Jandilla lo decía todo. El toreo en las palmas de la mano, con esa naturalidad, que íntima y privada sabe lo que puede hacer cuando el toro aposenta esa jondura y son que parecen concederle al torero para este hacerlas suyas. Decir ese sentimiento, el cual tantas veces se sueña, no sólo no es fácil, sino que alcanza las cotas de proeza. El sueño, ya se sabe, en su onírica fantasía, permite torerías y diabluras inalcanzables, pero algo de ese sueño pudo hacer Pablo cuando sin mover un músculo sintió esa ligazón del pulso del toro cuando hilvanó unas series tan justas como armoniosas, con esa belleza del que parece soñar despierto, y más aún… de aquel que no quiere despertar. Aguado hizo temblar a Sevilla, y Sevilla tembló por él. Pertenece este torero a esa estirpe enlazada con Manolo González, Pepe Luis, Martín Vázquez… en esa aparente facilidad que como una sinfonía rítmica deja esparcir sus notas sin más partitura que las del alma abierta y la torería clásica. Esa sinfonía que a veces se enfada y se encrespa cuando las cosas no son o no pueden ser, y otras se abrazan y se enamoran para prometerse amor eterno. El único borrón fue ese circular tan en boga que en mi opinión quedó fuera de lugar, pero que ni mucho menos desmerece tan bellísima obra rubricada con la espada y las dos orejas (aunque cuando se torea así, las pelúas son lo de menos), de aquel que ha alcanzado ya una madurez que empieza a saber a añejo y a eterno. Ya el buen ‘Iniciado’ de Jandilla apuntó su clase de capote, y si bien no se dejó torear tan despacio como el torero intentó, sí dejó vislumbrar su bravura, esa que ya Pablo Aguado llevaba barruntando en el iris de sus ojos cuando cogió la muleta. Claridad del pensamiento y pensamiento emocionado. Pues el toreo es cosa de ver, y de ver para escuchar cuando el torero dicta y el toro escribe. La mirada de Aguado andando decidido hacia el Jandilla lo decía todo. El toreo en las palmas de la mano, con esa naturalidad, que íntima y privada sabe lo que puede hacer cuando el toro aposenta esa jondura y son que parecen concederle al torero para este hacerlas suyas. Decir ese sentimiento, el cual tantas veces se sueña, no sólo no es fácil, sino que alcanza las cotas de proeza. El sueño, ya se sabe, en su onírica fantasía, permite torerías y diabluras inalcanzables, pero algo de ese sueño pudo hacer Pablo cuando sin mover un músculo sintió esa ligazón del pulso del toro cuando hilvanó unas series tan justas como armoniosas, con esa belleza del que parece soñar despierto, y más aún… de aquel que no quiere despertar. Aguado hizo temblar a Sevilla, y Sevilla tembló por él. Pertenece este torero a esa estirpe enlazada con Manolo González, Pepe Luis, Martín Vázquez… en esa aparente facilidad que como una sinfonía rítmica deja esparcir sus notas sin más partitura que las del alma abierta y la torería clásica. Esa sinfonía que a veces se enfada y se encrespa cuando las cosas no son o no pueden ser, y otras se abrazan y se enamoran para prometerse amor eterno. El único borrón fue ese circular tan en boga que en mi opinión quedó fuera de lugar, pero que ni mucho menos desmerece tan bellísima obra rubricada con la espada y las dos orejas (aunque cuando se torea así, las pelúas son lo de menos), de aquel que ha alcanzado ya una madurez que empieza a saber a añejo y a eterno. RSS de noticias de cultura
Cultura Aguado… Naturalmente
Aguado… Naturalmente
septiembre 27, 2026
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