Madrid tiene de todo. Claro. Pero esa abundancia también provoca que haya personas que no tienen nada. En una ciudad donde siempre parece haber una luz encendida, una tienda abierta o un autobús que la cruza de punta a punta, también existen lugares donde la vida transcurre al margen de casi todas las miradas. Basta con desviarse unos metros de las grandes avenidas para descubrir otra ciudad, mucho más silenciosa, que no aparece en las postales ni en los folletos turísticos.Cuando llega el invierno, la lluvia y el frío obligan a dormir bajo montañas de mantas, como si cada una de ellas pudiera retener un poco más la vida. Las capas se acumulan unas sobre otras hasta borrar el cuerpo que hay debajo. Porque del frío, hasta cuando no tienes nada te puedes proteger, aunque sea de esta forma. Desde lejos cuesta distinguir si alguien duerme o simplemente espera a que amanezca. En verano, en cambio, el sol ataca sin tregua. Del calor extremo apenas hay refugio. No existe sombra que alivie en los descampados de la ciudad, ni bajo las tiendas de campaña que levantan pequeños poblados junto a la M-30 o la M-40. Tampoco en los alrededores de la estación de Chamartín, en la Cañada Real Galiana, en el Cerro de Almodóvar o en tantos rincones de Madrid donde el chabolismo sigue siendo, para algunos, la única forma de habitar la ciudad.Son lugares que casi nunca aparecen en el mapa mental de quienes viven en Madrid. Permanecen ocultos entre taludes, naves industriales, vías de tren o carreteras de circunvalación. Espacios de paso para la mayoría que, sin embargo, se convierten en hogar para quienes no tienen otro sitio al que ir. Allí una lona hace las veces de techo, unos palés sustituyen al suelo y cualquier objeto encontrado puede convertirse en una puerta improvisada, una mesa o una silla. La precariedad también aprende a organizarse. Pero del calor no puede protegerse porque no hay sombra que alivie esa penuria.Basta con caminar de noche por la Gran Vía para comprobar que esa otra ciudad también existe en el centro. Mientras unos regresan a casa después del trabajo, otros alargan la sobremesa en una terraza o esperan el autobús de madrugada, hay quienes buscan un cajero automático o el portal de un edificio donde pasar unas horas sin que les molesten. Algunos ya conocen qué bancos reciben antes el sol por la mañana, qué marquesinas resguardan mejor de la lluvia o en qué esquina el ruido del tráfico permite dormir unas horas sin que nadie moleste. Son pequeños conocimientos que solo adquiere quien ha hecho de la calle su rutina y de la pobreza su modo de vida.También ocurre junto a las obras. Allí donde se levanta un edificio o se abre una zanja aparecen durante un tiempo pequeños asentamientos que desaparecen cuando avanzan las máquinas para volver a levantarse unos metros más allá. Se desmontan por una denuncia vecinal, por una patrulla policial o porque han llamado demasiado la atención en algún momento. Por eso se trata de una geografía cambiante, marcada por la necesidad de sobrevivir y de encontrar un lugar donde nadie pregunte demasiado. Los campamentos nacen y desaparecen con la misma rapidez con la que cambia el paisaje urbano.Ahora que el sol abrasa, vivir al raso es una cuenta pendiente que tenemos con muchas personas que nos rodeanAlgunas de esas personas rechazan los albergues. Otros los abandonan por miedo, por desconfianza o porque allí tampoco encuentran el descanso que buscan. Detrás de cada decisión hay una historia distinta, ya sea una ruptura familiar, un empleo perdido, una enfermedad, una adicción o una cadena de circunstancias que terminó por empujarles fuera del sistema. Reducir todas esas vidas a una sola explicación sería tan injusto como ignorarlas.Mientras tanto, Madrid continúa creciendo hacia arriba. Se levantan nuevos barrios y las grúas dibujan un horizonte que parece no detenerse nunca. Pero, a ras de suelo, persiste otra ciudad construida con lonas, tablones, mantas y plástico. Una ciudad que cambia de sitio, que apenas deja huella y que sobrevive a pocos metros del ruido de la calle. Está ahí cada día, aunque la mayoría solo la vea de reojo, desde la ventanilla de un coche o detrás del cristal de un autobús, como si perteneciera a un Madrid distinto cuando, en realidad, forma parte del mismo. Es inevitable que donde conviven millones de personas ocurran estas cosas. Pero también es inevitable pensar que, ahora que el sol abrasa, vivir al raso es una cuenta pendiente que tenemos con muchas personas que nos rodean. Madrid tiene de todo. Claro. Pero esa abundancia también provoca que haya personas que no tienen nada. En una ciudad donde siempre parece haber una luz encendida, una tienda abierta o un autobús que la cruza de punta a punta, también existen lugares donde la vida transcurre al margen de casi todas las miradas. Basta con desviarse unos metros de las grandes avenidas para descubrir otra ciudad, mucho más silenciosa, que no aparece en las postales ni en los folletos turísticos.Cuando llega el invierno, la lluvia y el frío obligan a dormir bajo montañas de mantas, como si cada una de ellas pudiera retener un poco más la vida. Las capas se acumulan unas sobre otras hasta borrar el cuerpo que hay debajo. Porque del frío, hasta cuando no tienes nada te puedes proteger, aunque sea de esta forma. Desde lejos cuesta distinguir si alguien duerme o simplemente espera a que amanezca. En verano, en cambio, el sol ataca sin tregua. Del calor extremo apenas hay refugio. No existe sombra que alivie en los descampados de la ciudad, ni bajo las tiendas de campaña que levantan pequeños poblados junto a la M-30 o la M-40. Tampoco en los alrededores de la estación de Chamartín, en la Cañada Real Galiana, en el Cerro de Almodóvar o en tantos rincones de Madrid donde el chabolismo sigue siendo, para algunos, la única forma de habitar la ciudad.Son lugares que casi nunca aparecen en el mapa mental de quienes viven en Madrid. Permanecen ocultos entre taludes, naves industriales, vías de tren o carreteras de circunvalación. Espacios de paso para la mayoría que, sin embargo, se convierten en hogar para quienes no tienen otro sitio al que ir. Allí una lona hace las veces de techo, unos palés sustituyen al suelo y cualquier objeto encontrado puede convertirse en una puerta improvisada, una mesa o una silla. La precariedad también aprende a organizarse. Pero del calor no puede protegerse porque no hay sombra que alivie esa penuria.Basta con caminar de noche por la Gran Vía para comprobar que esa otra ciudad también existe en el centro. Mientras unos regresan a casa después del trabajo, otros alargan la sobremesa en una terraza o esperan el autobús de madrugada, hay quienes buscan un cajero automático o el portal de un edificio donde pasar unas horas sin que les molesten. Algunos ya conocen qué bancos reciben antes el sol por la mañana, qué marquesinas resguardan mejor de la lluvia o en qué esquina el ruido del tráfico permite dormir unas horas sin que nadie moleste. Son pequeños conocimientos que solo adquiere quien ha hecho de la calle su rutina y de la pobreza su modo de vida.También ocurre junto a las obras. Allí donde se levanta un edificio o se abre una zanja aparecen durante un tiempo pequeños asentamientos que desaparecen cuando avanzan las máquinas para volver a levantarse unos metros más allá. Se desmontan por una denuncia vecinal, por una patrulla policial o porque han llamado demasiado la atención en algún momento. Por eso se trata de una geografía cambiante, marcada por la necesidad de sobrevivir y de encontrar un lugar donde nadie pregunte demasiado. Los campamentos nacen y desaparecen con la misma rapidez con la que cambia el paisaje urbano.Ahora que el sol abrasa, vivir al raso es una cuenta pendiente que tenemos con muchas personas que nos rodeanAlgunas de esas personas rechazan los albergues. Otros los abandonan por miedo, por desconfianza o porque allí tampoco encuentran el descanso que buscan. Detrás de cada decisión hay una historia distinta, ya sea una ruptura familiar, un empleo perdido, una enfermedad, una adicción o una cadena de circunstancias que terminó por empujarles fuera del sistema. Reducir todas esas vidas a una sola explicación sería tan injusto como ignorarlas.Mientras tanto, Madrid continúa creciendo hacia arriba. Se levantan nuevos barrios y las grúas dibujan un horizonte que parece no detenerse nunca. Pero, a ras de suelo, persiste otra ciudad construida con lonas, tablones, mantas y plástico. Una ciudad que cambia de sitio, que apenas deja huella y que sobrevive a pocos metros del ruido de la calle. Está ahí cada día, aunque la mayoría solo la vea de reojo, desde la ventanilla de un coche o detrás del cristal de un autobús, como si perteneciera a un Madrid distinto cuando, en realidad, forma parte del mismo. Es inevitable que donde conviven millones de personas ocurran estas cosas. Pero también es inevitable pensar que, ahora que el sol abrasa, vivir al raso es una cuenta pendiente que tenemos con muchas personas que nos rodean. Madrid tiene de todo. Claro. Pero esa abundancia también provoca que haya personas que no tienen nada. En una ciudad donde siempre parece haber una luz encendida, una tienda abierta o un autobús que la cruza de punta a punta, también existen lugares donde la vida transcurre al margen de casi todas las miradas. Basta con desviarse unos metros de las grandes avenidas para descubrir otra ciudad, mucho más silenciosa, que no aparece en las postales ni en los folletos turísticos.Cuando llega el invierno, la lluvia y el frío obligan a dormir bajo montañas de mantas, como si cada una de ellas pudiera retener un poco más la vida. Las capas se acumulan unas sobre otras hasta borrar el cuerpo que hay debajo. Porque del frío, hasta cuando no tienes nada te puedes proteger, aunque sea de esta forma. Desde lejos cuesta distinguir si alguien duerme o simplemente espera a que amanezca. En verano, en cambio, el sol ataca sin tregua. Del calor extremo apenas hay refugio. No existe sombra que alivie en los descampados de la ciudad, ni bajo las tiendas de campaña que levantan pequeños poblados junto a la M-30 o la M-40. Tampoco en los alrededores de la estación de Chamartín, en la Cañada Real Galiana, en el Cerro de Almodóvar o en tantos rincones de Madrid donde el chabolismo sigue siendo, para algunos, la única forma de habitar la ciudad.Son lugares que casi nunca aparecen en el mapa mental de quienes viven en Madrid. Permanecen ocultos entre taludes, naves industriales, vías de tren o carreteras de circunvalación. Espacios de paso para la mayoría que, sin embargo, se convierten en hogar para quienes no tienen otro sitio al que ir. Allí una lona hace las veces de techo, unos palés sustituyen al suelo y cualquier objeto encontrado puede convertirse en una puerta improvisada, una mesa o una silla. La precariedad también aprende a organizarse. Pero del calor no puede protegerse porque no hay sombra que alivie esa penuria.Basta con caminar de noche por la Gran Vía para comprobar que esa otra ciudad también existe en el centro. Mientras unos regresan a casa después del trabajo, otros alargan la sobremesa en una terraza o esperan el autobús de madrugada, hay quienes buscan un cajero automático o el portal de un edificio donde pasar unas horas sin que les molesten. Algunos ya conocen qué bancos reciben antes el sol por la mañana, qué marquesinas resguardan mejor de la lluvia o en qué esquina el ruido del tráfico permite dormir unas horas sin que nadie moleste. Son pequeños conocimientos que solo adquiere quien ha hecho de la calle su rutina y de la pobreza su modo de vida.También ocurre junto a las obras. Allí donde se levanta un edificio o se abre una zanja aparecen durante un tiempo pequeños asentamientos que desaparecen cuando avanzan las máquinas para volver a levantarse unos metros más allá. Se desmontan por una denuncia vecinal, por una patrulla policial o porque han llamado demasiado la atención en algún momento. Por eso se trata de una geografía cambiante, marcada por la necesidad de sobrevivir y de encontrar un lugar donde nadie pregunte demasiado. Los campamentos nacen y desaparecen con la misma rapidez con la que cambia el paisaje urbano.Ahora que el sol abrasa, vivir al raso es una cuenta pendiente que tenemos con muchas personas que nos rodeanAlgunas de esas personas rechazan los albergues. Otros los abandonan por miedo, por desconfianza o porque allí tampoco encuentran el descanso que buscan. Detrás de cada decisión hay una historia distinta, ya sea una ruptura familiar, un empleo perdido, una enfermedad, una adicción o una cadena de circunstancias que terminó por empujarles fuera del sistema. Reducir todas esas vidas a una sola explicación sería tan injusto como ignorarlas.Mientras tanto, Madrid continúa creciendo hacia arriba. Se levantan nuevos barrios y las grúas dibujan un horizonte que parece no detenerse nunca. Pero, a ras de suelo, persiste otra ciudad construida con lonas, tablones, mantas y plástico. Una ciudad que cambia de sitio, que apenas deja huella y que sobrevive a pocos metros del ruido de la calle. Está ahí cada día, aunque la mayoría solo la vea de reojo, desde la ventanilla de un coche o detrás del cristal de un autobús, como si perteneciera a un Madrid distinto cuando, en realidad, forma parte del mismo. Es inevitable que donde conviven millones de personas ocurran estas cosas. Pero también es inevitable pensar que, ahora que el sol abrasa, vivir al raso es una cuenta pendiente que tenemos con muchas personas que nos rodean. RSS de noticias de espana
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