Hay personas a las que se les entiende mejor cuando bajan el volumen. Alfonso no necesita levantar la voz para explicar lo que fue. Habla de lesiones que dolieron por dentro, de vestuarios donde todo era risa y de una Sevilla que lo arropó cuando más lo necesitaba: «No hace ni un día que me he vuelto a poner las pulseras de cuero. Bueno, me ayudó mi hijo».—¿Qué le pasó?—Me rompí el codo en Navidad y me pusieron una escayola. Fue un fastidio, con las resonancias y todo eso. Pero ya estoy bien.—Hay cosas que no cambian.—¿Por qué?—Las pulseras.—Sí, sí. Siempre llevo pulseras. Ha habido épocas en las que me ponía tantas que, si un día quería también llevar un reloj, no me cabía. Parecía que me llegaban hasta el codo. Eso sí, tienen que ser de cuero. Había un sitio en Sevilla, cerca de la Campana… ¿Cómo se llamaba? ¡La Plaza del Duque! Eso es. Iba allí a comprarlas.—Le reconocerían, supongo.—Sí. Una vez un chico se me acercó y me dijo que quería regalarme un rulo lleno de pulseras. Le dije que no hacía falta, pero insistió. Fue un detalle muy bonito. También, y eso era más habitual, me regalaron en Sevilla un montón de estampitas de vírgenes y santos. Llegué a tener tantas que utilizaba una cartera solo para guardarlas. Todavía la tengo en casa. Fue cuando estaba lesionado y mucha gente, para que me recuperara, me daba estampitas de su hermandad.—Nunca supe cómo estaba emocionalmente durante aquella lesión.—Mal. Muy mal. La gente tampoco tenía por qué saberlo. Tuve muy mala suerte con las lesiones. Estuvimos trabajando en una recuperación que no era la correcta. ¿Sabe qué pasa? Que en la resonancia magnética no se veía nada. Solo se supo cuando me operaron. Ahí salió que tenía roto el tendón de Aquiles. No fue culpa de nadie. Fue así.—¿Tuvo ayuda psicológica durante ese proceso?—No, y me habría venido bien. En aquella época no se llevaba eso. Sí recuerdo que en la selección olímpica del 92 había un psicólogo en la expedición, pero en los clubes no era algo habitual. Me alegra que ahora esté normalizado.—Como la diversidad de colores en las botas.—Sí, sí. Ahora es lo más normal del mundo. Pero a mí me dijeron de todo. Me acuerdo cuando Clemente, que era el seleccionador, me vio llegar con las botas blancas. Me miró y me dijo: «Alfonsito, te tienes que quitar esas botas, que así los defensas te ven antes». Yo seguí con ellas. Mi abuela era la que más se alegraba. No veía bien y me tenía controlado por el color. Fue algo rompedor. Lo hice por una apuesta con la gente de Joma; pensaban que no iba a atreverme. Luego tuve ofertas de otras marcas, pero nunca me fui. Y no me arrepiento. Recuerdo cuando Sandro Rosell, que estaba en Nike, me dijo que no podía creer que no me fuera con ellos. Adidas también insistió mucho…hasta que me lesioné. Y ahí desaparecieron.—A usted le hubiera gustado desaparecer el día que Joaquín y compañía lo metieron en un cubo en el vestuario del Betis…—No, no. No me metieron. Lo voy a contar bien porque hay quien lo cree. Fue peor. Estábamos esperando a Serra Ferrer. Yo vi un cubo delante de mi taquilla y me dio por meterme dentro, con las piernas colgando. Entonces aparecieron Joaquín, Varela, Rivas y alguno más. Se les ocurrió levantar el cubo conmigo dentro y subirme a una estantería que estaba a casi dos metros. Imagínese. Yo ahí arriba, sin poder moverme. Y en ese momento llegó Serra Ferrer. Se acercó, miró hacia arriba y me dijo: «Hombre, maquinita, ¿qué hace usted ahí?».—No se aburría mucho en el vestuario, ¿verdad?—Era imposible. Incluso una vez hubo hasta un fuego. El día que Joaquín le echó alcohol a unos calcetines… Se rompían mucho, eran malísimos, igual que los calzoncillos. Se cansó y los quemó. Empezó a salir humo y nosotros dando vueltas alrededor como si fuéramos indios. También apareció Serra Ferrer.—¿Y qué les dijo?—Entró en la sala y dijo que olía a quemado. Tuvimos que apagarlo todo corriendo. Pero se dio cuenta, claro. (Silencio). Y hay otra muy buena.—Cuente.—El día que atamos a Ricardo Oliveira. Estaba en la camilla y, sin que se diera cuenta, empezamos a vendarlo. Lo dejamos completamente inmovilizado; como una momia. Ese día había un catering después del entrenamiento. Me asomé y vi un jamón entero. Lo cogí y lo llevé al vestuario. Entre varios levantaron la camilla con Oliveira encima y yo iba delante con el jamón como si fuera la Cruz de Guía. Lo llevamos hasta el centro del campo de la ciudad deportiva. La cara de Oliveira no se me olvida.Alfonso y Oliveira celebran un gol con el Betis ABC El motor de tu vida La voz de Alfonso cambia cuando habla de su mujer y de sus dos hijos. Suena a orgullo. También cuando menciona a su familia en general y a los muchos amigos de los que presume. «Cuando llegué a Sevilla, Leonor, que estaba estudiando en Madrid, se vino conmigo. Recuerdo el esfuerzo que hizo para terminar la carrera de Farmacia en la Universidad de Sevilla». Alfonso también destaca la constancia de sus hijos, Álvaro, de 24 años, y Lucía, de 21. El primero se ha orientado hacia la informática y la inteligencia artificial; ella, hacia la enfermería. «Lo importante es que sean felices», viene a decir. Cariñoso y cercano, Alfonso baja el tono cuando habla de los suyos. No presume de títulos ni de carreras, sino de valores. De esfuerzo. De respeto.—¿Y de Lopera qué recuerda?—Muchas cosas, claro. Me acuerdo el día que lo imité delante de él. Yo no era Carlos Latre, pero a veces me daba por imitar voces. Cuando llegué del Madrid hacía la de Ramón Mendoza. También la de José María García. Y en Sevilla me puse a hacer la de Lopera. Una vez, en un hotel NH del centro —no recuerdo cuál—, la hice delante de él. Imagínese la situación. También me acuerdo cuando llegaba antes de los partidos a la concentración y nos daba su particular charla. Había días que nos decía que si ganábamos el partido nos daba unos cheques regalo de El Corte Inglés. Yo se lo daba a mi mujer.—¿Tuvo algún otro presidente tan peculiar?—En el Marsella, Tapie iba a los entrenamientos y, cuando ensayábamos jugadas de estrategia, hacía los cambios que le parecían. Quitaba a uno de la barrera, ponía a otro en otro sitio. A mí incluso me preguntó una vez con quién quería jugar arriba. Un disparate. Se ríe al recordarlo. Y en esa risa cabe media vida: los vestuarios, las lesiones, las botas blancas, los presidentes imprevisibles y las noches en las que el fútbol parecía lo único importante. Palabra de Alfonso Pérez Muñoz. Hay personas a las que se les entiende mejor cuando bajan el volumen. Alfonso no necesita levantar la voz para explicar lo que fue. Habla de lesiones que dolieron por dentro, de vestuarios donde todo era risa y de una Sevilla que lo arropó cuando más lo necesitaba: «No hace ni un día que me he vuelto a poner las pulseras de cuero. Bueno, me ayudó mi hijo».—¿Qué le pasó?—Me rompí el codo en Navidad y me pusieron una escayola. Fue un fastidio, con las resonancias y todo eso. Pero ya estoy bien.—Hay cosas que no cambian.—¿Por qué?—Las pulseras.—Sí, sí. Siempre llevo pulseras. Ha habido épocas en las que me ponía tantas que, si un día quería también llevar un reloj, no me cabía. Parecía que me llegaban hasta el codo. Eso sí, tienen que ser de cuero. Había un sitio en Sevilla, cerca de la Campana… ¿Cómo se llamaba? ¡La Plaza del Duque! Eso es. Iba allí a comprarlas.—Le reconocerían, supongo.—Sí. Una vez un chico se me acercó y me dijo que quería regalarme un rulo lleno de pulseras. Le dije que no hacía falta, pero insistió. Fue un detalle muy bonito. También, y eso era más habitual, me regalaron en Sevilla un montón de estampitas de vírgenes y santos. Llegué a tener tantas que utilizaba una cartera solo para guardarlas. Todavía la tengo en casa. Fue cuando estaba lesionado y mucha gente, para que me recuperara, me daba estampitas de su hermandad.—Nunca supe cómo estaba emocionalmente durante aquella lesión.—Mal. Muy mal. La gente tampoco tenía por qué saberlo. Tuve muy mala suerte con las lesiones. Estuvimos trabajando en una recuperación que no era la correcta. ¿Sabe qué pasa? Que en la resonancia magnética no se veía nada. Solo se supo cuando me operaron. Ahí salió que tenía roto el tendón de Aquiles. No fue culpa de nadie. Fue así.—¿Tuvo ayuda psicológica durante ese proceso?—No, y me habría venido bien. En aquella época no se llevaba eso. Sí recuerdo que en la selección olímpica del 92 había un psicólogo en la expedición, pero en los clubes no era algo habitual. Me alegra que ahora esté normalizado.—Como la diversidad de colores en las botas.—Sí, sí. Ahora es lo más normal del mundo. Pero a mí me dijeron de todo. Me acuerdo cuando Clemente, que era el seleccionador, me vio llegar con las botas blancas. Me miró y me dijo: «Alfonsito, te tienes que quitar esas botas, que así los defensas te ven antes». Yo seguí con ellas. Mi abuela era la que más se alegraba. No veía bien y me tenía controlado por el color. Fue algo rompedor. Lo hice por una apuesta con la gente de Joma; pensaban que no iba a atreverme. Luego tuve ofertas de otras marcas, pero nunca me fui. Y no me arrepiento. Recuerdo cuando Sandro Rosell, que estaba en Nike, me dijo que no podía creer que no me fuera con ellos. Adidas también insistió mucho…hasta que me lesioné. Y ahí desaparecieron.—A usted le hubiera gustado desaparecer el día que Joaquín y compañía lo metieron en un cubo en el vestuario del Betis…—No, no. No me metieron. Lo voy a contar bien porque hay quien lo cree. Fue peor. Estábamos esperando a Serra Ferrer. Yo vi un cubo delante de mi taquilla y me dio por meterme dentro, con las piernas colgando. Entonces aparecieron Joaquín, Varela, Rivas y alguno más. Se les ocurrió levantar el cubo conmigo dentro y subirme a una estantería que estaba a casi dos metros. Imagínese. Yo ahí arriba, sin poder moverme. Y en ese momento llegó Serra Ferrer. Se acercó, miró hacia arriba y me dijo: «Hombre, maquinita, ¿qué hace usted ahí?».—No se aburría mucho en el vestuario, ¿verdad?—Era imposible. Incluso una vez hubo hasta un fuego. El día que Joaquín le echó alcohol a unos calcetines… Se rompían mucho, eran malísimos, igual que los calzoncillos. Se cansó y los quemó. Empezó a salir humo y nosotros dando vueltas alrededor como si fuéramos indios. También apareció Serra Ferrer.—¿Y qué les dijo?—Entró en la sala y dijo que olía a quemado. Tuvimos que apagarlo todo corriendo. Pero se dio cuenta, claro. (Silencio). Y hay otra muy buena.—Cuente.—El día que atamos a Ricardo Oliveira. Estaba en la camilla y, sin que se diera cuenta, empezamos a vendarlo. Lo dejamos completamente inmovilizado; como una momia. Ese día había un catering después del entrenamiento. Me asomé y vi un jamón entero. Lo cogí y lo llevé al vestuario. Entre varios levantaron la camilla con Oliveira encima y yo iba delante con el jamón como si fuera la Cruz de Guía. Lo llevamos hasta el centro del campo de la ciudad deportiva. La cara de Oliveira no se me olvida.Alfonso y Oliveira celebran un gol con el Betis ABC El motor de tu vida La voz de Alfonso cambia cuando habla de su mujer y de sus dos hijos. Suena a orgullo. También cuando menciona a su familia en general y a los muchos amigos de los que presume. «Cuando llegué a Sevilla, Leonor, que estaba estudiando en Madrid, se vino conmigo. Recuerdo el esfuerzo que hizo para terminar la carrera de Farmacia en la Universidad de Sevilla». Alfonso también destaca la constancia de sus hijos, Álvaro, de 24 años, y Lucía, de 21. El primero se ha orientado hacia la informática y la inteligencia artificial; ella, hacia la enfermería. «Lo importante es que sean felices», viene a decir. Cariñoso y cercano, Alfonso baja el tono cuando habla de los suyos. No presume de títulos ni de carreras, sino de valores. De esfuerzo. De respeto.—¿Y de Lopera qué recuerda?—Muchas cosas, claro. Me acuerdo el día que lo imité delante de él. Yo no era Carlos Latre, pero a veces me daba por imitar voces. Cuando llegué del Madrid hacía la de Ramón Mendoza. También la de José María García. Y en Sevilla me puse a hacer la de Lopera. Una vez, en un hotel NH del centro —no recuerdo cuál—, la hice delante de él. Imagínese la situación. También me acuerdo cuando llegaba antes de los partidos a la concentración y nos daba su particular charla. Había días que nos decía que si ganábamos el partido nos daba unos cheques regalo de El Corte Inglés. Yo se lo daba a mi mujer.—¿Tuvo algún otro presidente tan peculiar?—En el Marsella, Tapie iba a los entrenamientos y, cuando ensayábamos jugadas de estrategia, hacía los cambios que le parecían. Quitaba a uno de la barrera, ponía a otro en otro sitio. A mí incluso me preguntó una vez con quién quería jugar arriba. Un disparate. Se ríe al recordarlo. Y en esa risa cabe media vida: los vestuarios, las lesiones, las botas blancas, los presidentes imprevisibles y las noches en las que el fútbol parecía lo único importante. Palabra de Alfonso Pérez Muñoz. Hay personas a las que se les entiende mejor cuando bajan el volumen. Alfonso no necesita levantar la voz para explicar lo que fue. Habla de lesiones que dolieron por dentro, de vestuarios donde todo era risa y de una Sevilla que lo arropó cuando más lo necesitaba: «No hace ni un día que me he vuelto a poner las pulseras de cuero. Bueno, me ayudó mi hijo».—¿Qué le pasó?—Me rompí el codo en Navidad y me pusieron una escayola. Fue un fastidio, con las resonancias y todo eso. Pero ya estoy bien.—Hay cosas que no cambian.—¿Por qué?—Las pulseras.—Sí, sí. Siempre llevo pulseras. Ha habido épocas en las que me ponía tantas que, si un día quería también llevar un reloj, no me cabía. Parecía que me llegaban hasta el codo. Eso sí, tienen que ser de cuero. Había un sitio en Sevilla, cerca de la Campana… ¿Cómo se llamaba? ¡La Plaza del Duque! Eso es. Iba allí a comprarlas.—Le reconocerían, supongo.—Sí. Una vez un chico se me acercó y me dijo que quería regalarme un rulo lleno de pulseras. Le dije que no hacía falta, pero insistió. Fue un detalle muy bonito. También, y eso era más habitual, me regalaron en Sevilla un montón de estampitas de vírgenes y santos. Llegué a tener tantas que utilizaba una cartera solo para guardarlas. Todavía la tengo en casa. Fue cuando estaba lesionado y mucha gente, para que me recuperara, me daba estampitas de su hermandad.—Nunca supe cómo estaba emocionalmente durante aquella lesión.—Mal. Muy mal. La gente tampoco tenía por qué saberlo. Tuve muy mala suerte con las lesiones. Estuvimos trabajando en una recuperación que no era la correcta. ¿Sabe qué pasa? Que en la resonancia magnética no se veía nada. Solo se supo cuando me operaron. Ahí salió que tenía roto el tendón de Aquiles. No fue culpa de nadie. Fue así.—¿Tuvo ayuda psicológica durante ese proceso?—No, y me habría venido bien. En aquella época no se llevaba eso. Sí recuerdo que en la selección olímpica del 92 había un psicólogo en la expedición, pero en los clubes no era algo habitual. Me alegra que ahora esté normalizado.—Como la diversidad de colores en las botas.—Sí, sí. Ahora es lo más normal del mundo. Pero a mí me dijeron de todo. Me acuerdo cuando Clemente, que era el seleccionador, me vio llegar con las botas blancas. Me miró y me dijo: «Alfonsito, te tienes que quitar esas botas, que así los defensas te ven antes». Yo seguí con ellas. Mi abuela era la que más se alegraba. No veía bien y me tenía controlado por el color. Fue algo rompedor. Lo hice por una apuesta con la gente de Joma; pensaban que no iba a atreverme. Luego tuve ofertas de otras marcas, pero nunca me fui. Y no me arrepiento. Recuerdo cuando Sandro Rosell, que estaba en Nike, me dijo que no podía creer que no me fuera con ellos. Adidas también insistió mucho…hasta que me lesioné. Y ahí desaparecieron.—A usted le hubiera gustado desaparecer el día que Joaquín y compañía lo metieron en un cubo en el vestuario del Betis…—No, no. No me metieron. Lo voy a contar bien porque hay quien lo cree. Fue peor. Estábamos esperando a Serra Ferrer. Yo vi un cubo delante de mi taquilla y me dio por meterme dentro, con las piernas colgando. Entonces aparecieron Joaquín, Varela, Rivas y alguno más. Se les ocurrió levantar el cubo conmigo dentro y subirme a una estantería que estaba a casi dos metros. Imagínese. Yo ahí arriba, sin poder moverme. Y en ese momento llegó Serra Ferrer. Se acercó, miró hacia arriba y me dijo: «Hombre, maquinita, ¿qué hace usted ahí?».—No se aburría mucho en el vestuario, ¿verdad?—Era imposible. Incluso una vez hubo hasta un fuego. El día que Joaquín le echó alcohol a unos calcetines… Se rompían mucho, eran malísimos, igual que los calzoncillos. Se cansó y los quemó. Empezó a salir humo y nosotros dando vueltas alrededor como si fuéramos indios. También apareció Serra Ferrer.—¿Y qué les dijo?—Entró en la sala y dijo que olía a quemado. Tuvimos que apagarlo todo corriendo. Pero se dio cuenta, claro. (Silencio). Y hay otra muy buena.—Cuente.—El día que atamos a Ricardo Oliveira. Estaba en la camilla y, sin que se diera cuenta, empezamos a vendarlo. Lo dejamos completamente inmovilizado; como una momia. Ese día había un catering después del entrenamiento. Me asomé y vi un jamón entero. Lo cogí y lo llevé al vestuario. Entre varios levantaron la camilla con Oliveira encima y yo iba delante con el jamón como si fuera la Cruz de Guía. Lo llevamos hasta el centro del campo de la ciudad deportiva. La cara de Oliveira no se me olvida.Alfonso y Oliveira celebran un gol con el Betis ABC El motor de tu vida La voz de Alfonso cambia cuando habla de su mujer y de sus dos hijos. Suena a orgullo. También cuando menciona a su familia en general y a los muchos amigos de los que presume. «Cuando llegué a Sevilla, Leonor, que estaba estudiando en Madrid, se vino conmigo. Recuerdo el esfuerzo que hizo para terminar la carrera de Farmacia en la Universidad de Sevilla». Alfonso también destaca la constancia de sus hijos, Álvaro, de 24 años, y Lucía, de 21. El primero se ha orientado hacia la informática y la inteligencia artificial; ella, hacia la enfermería. «Lo importante es que sean felices», viene a decir. Cariñoso y cercano, Alfonso baja el tono cuando habla de los suyos. No presume de títulos ni de carreras, sino de valores. De esfuerzo. De respeto.—¿Y de Lopera qué recuerda?—Muchas cosas, claro. Me acuerdo el día que lo imité delante de él. Yo no era Carlos Latre, pero a veces me daba por imitar voces. Cuando llegué del Madrid hacía la de Ramón Mendoza. También la de José María García. Y en Sevilla me puse a hacer la de Lopera. Una vez, en un hotel NH del centro —no recuerdo cuál—, la hice delante de él. Imagínese la situación. También me acuerdo cuando llegaba antes de los partidos a la concentración y nos daba su particular charla. Había días que nos decía que si ganábamos el partido nos daba unos cheques regalo de El Corte Inglés. Yo se lo daba a mi mujer.—¿Tuvo algún otro presidente tan peculiar?—En el Marsella, Tapie iba a los entrenamientos y, cuando ensayábamos jugadas de estrategia, hacía los cambios que le parecían. Quitaba a uno de la barrera, ponía a otro en otro sitio. A mí incluso me preguntó una vez con quién quería jugar arriba. Un disparate. Se ríe al recordarlo. Y en esa risa cabe media vida: los vestuarios, las lesiones, las botas blancas, los presidentes imprevisibles y las noches en las que el fútbol parecía lo único importante. Palabra de Alfonso Pérez Muñoz. RSS de noticias de deportes
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