Dedicamos un tercio de nuestra vida a dormir, y no por casualidad. Durante décadas se consideró una pérdida de tiempo, pero hoy en día la ciencia demuestra que descansar bien es esencial para la salud. Sin embargo, uno de cada cuatro adultos duerme mal, y España lidera el consumo mundial de medicamentos para dormir. ¿Por qué dormimos peor que nunca, incluso sabiendo cada vez más sobre la importancia del sueño? «El problema no es de información, sino de contexto. Vivimos en una sociedad que premia la vigilia y sospecha del descanso», responde Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y autor de ‘Dormir para vivir’.Según el experto, dormimos menos, peor y más tarde no porque ignoremos su importancia, sino porque hemos dejado de vivir en condiciones compatibles con el sueño. «Hemos colonizado la noche con luz, pantallas y actividad, y el cuerpo sigue intentando adaptarse a un mundo que nunca se apaga del todo», señala en una entrevista con ABC. Dormir poco tiene efectos similares a la borracheraLas consecuencias van mucho más allá del cansancio: la falta de sueño aumenta el riesgo cardiovascular, debilita el sistema inmunitario y acelera el deterioro cognitivo.Rodríguez-Muñoz describe una relación «bidireccional» entre ansiedad e insomnio: «La ansiedad dificulta el sueño, pero dormir mal también la incrementa. Un cerebro sin descanso funciona emocionalmente peor». Además, advierte que la privación de sueño afecta al juicio y a la atención hasta provocar una «embriaguez sin alcohol»: lentitud mental, impulsividad y peor coordinación, con la falsa sensación de que todo va bien.El tiempo que debe durar una siesta para que sea eficazEntre las causas más comunes del mal descanso, el catedrático apunta a tres factores: la exposición constante a pantallas, la cultura de la hiperactividad y la pérdida de límites entre trabajo y ocio. «Hemos convertido el cansancio en una medalla invisible», resume. Y añade que mirar el móvil antes de dormir es «como decirle al cerebro que el día no ha terminado».Frente a ello, reivindica la luz natural diurna y las rutinas regulares como claves para recuperar el equilibrio. «Dormir bien no depende solo de la noche, sino de cómo vivimos el día», afirma.Sobre la siesta, Rodríguez-Muñoz defiende su valor siempre que sea breve y temprana. «La ideal dura unos veinte o treinta minutos como máximo», apunta. En ese tiempo, el cerebro se reinicia y mejora la atención, la memoria y el estado de ánimo. Eso sí, advierte: una siesta prolongada o tardía puede interferir con el descanso nocturno. Dedicamos un tercio de nuestra vida a dormir, y no por casualidad. Durante décadas se consideró una pérdida de tiempo, pero hoy en día la ciencia demuestra que descansar bien es esencial para la salud. Sin embargo, uno de cada cuatro adultos duerme mal, y España lidera el consumo mundial de medicamentos para dormir. ¿Por qué dormimos peor que nunca, incluso sabiendo cada vez más sobre la importancia del sueño? «El problema no es de información, sino de contexto. Vivimos en una sociedad que premia la vigilia y sospecha del descanso», responde Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y autor de ‘Dormir para vivir’.Según el experto, dormimos menos, peor y más tarde no porque ignoremos su importancia, sino porque hemos dejado de vivir en condiciones compatibles con el sueño. «Hemos colonizado la noche con luz, pantallas y actividad, y el cuerpo sigue intentando adaptarse a un mundo que nunca se apaga del todo», señala en una entrevista con ABC. Dormir poco tiene efectos similares a la borracheraLas consecuencias van mucho más allá del cansancio: la falta de sueño aumenta el riesgo cardiovascular, debilita el sistema inmunitario y acelera el deterioro cognitivo.Rodríguez-Muñoz describe una relación «bidireccional» entre ansiedad e insomnio: «La ansiedad dificulta el sueño, pero dormir mal también la incrementa. Un cerebro sin descanso funciona emocionalmente peor». Además, advierte que la privación de sueño afecta al juicio y a la atención hasta provocar una «embriaguez sin alcohol»: lentitud mental, impulsividad y peor coordinación, con la falsa sensación de que todo va bien.El tiempo que debe durar una siesta para que sea eficazEntre las causas más comunes del mal descanso, el catedrático apunta a tres factores: la exposición constante a pantallas, la cultura de la hiperactividad y la pérdida de límites entre trabajo y ocio. «Hemos convertido el cansancio en una medalla invisible», resume. Y añade que mirar el móvil antes de dormir es «como decirle al cerebro que el día no ha terminado».Frente a ello, reivindica la luz natural diurna y las rutinas regulares como claves para recuperar el equilibrio. «Dormir bien no depende solo de la noche, sino de cómo vivimos el día», afirma.Sobre la siesta, Rodríguez-Muñoz defiende su valor siempre que sea breve y temprana. «La ideal dura unos veinte o treinta minutos como máximo», apunta. En ese tiempo, el cerebro se reinicia y mejora la atención, la memoria y el estado de ánimo. Eso sí, advierte: una siesta prolongada o tardía puede interferir con el descanso nocturno. Dedicamos un tercio de nuestra vida a dormir, y no por casualidad. Durante décadas se consideró una pérdida de tiempo, pero hoy en día la ciencia demuestra que descansar bien es esencial para la salud. Sin embargo, uno de cada cuatro adultos duerme mal, y España lidera el consumo mundial de medicamentos para dormir. ¿Por qué dormimos peor que nunca, incluso sabiendo cada vez más sobre la importancia del sueño? «El problema no es de información, sino de contexto. Vivimos en una sociedad que premia la vigilia y sospecha del descanso», responde Alfredo Rodríguez-Muñoz, catedrático de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y autor de ‘Dormir para vivir’.Según el experto, dormimos menos, peor y más tarde no porque ignoremos su importancia, sino porque hemos dejado de vivir en condiciones compatibles con el sueño. «Hemos colonizado la noche con luz, pantallas y actividad, y el cuerpo sigue intentando adaptarse a un mundo que nunca se apaga del todo», señala en una entrevista con ABC. Dormir poco tiene efectos similares a la borracheraLas consecuencias van mucho más allá del cansancio: la falta de sueño aumenta el riesgo cardiovascular, debilita el sistema inmunitario y acelera el deterioro cognitivo.Rodríguez-Muñoz describe una relación «bidireccional» entre ansiedad e insomnio: «La ansiedad dificulta el sueño, pero dormir mal también la incrementa. Un cerebro sin descanso funciona emocionalmente peor». Además, advierte que la privación de sueño afecta al juicio y a la atención hasta provocar una «embriaguez sin alcohol»: lentitud mental, impulsividad y peor coordinación, con la falsa sensación de que todo va bien.El tiempo que debe durar una siesta para que sea eficazEntre las causas más comunes del mal descanso, el catedrático apunta a tres factores: la exposición constante a pantallas, la cultura de la hiperactividad y la pérdida de límites entre trabajo y ocio. «Hemos convertido el cansancio en una medalla invisible», resume. Y añade que mirar el móvil antes de dormir es «como decirle al cerebro que el día no ha terminado».Frente a ello, reivindica la luz natural diurna y las rutinas regulares como claves para recuperar el equilibrio. «Dormir bien no depende solo de la noche, sino de cómo vivimos el día», afirma.Sobre la siesta, Rodríguez-Muñoz defiende su valor siempre que sea breve y temprana. «La ideal dura unos veinte o treinta minutos como máximo», apunta. En ese tiempo, el cerebro se reinicia y mejora la atención, la memoria y el estado de ánimo. Eso sí, advierte: una siesta prolongada o tardía puede interferir con el descanso nocturno. RSS de noticias de bienestar
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