Aquí, junto al mar donde refresco, oigo a veces la esquila parroquial, que funciona con programación automática. A dos quilómetros pervive el que dicen reloj de San María, que tiene versos propios, tirados de la pluma de Leal Insua. Hay cada vez menos campanas en Galicia. Me refiero a las campanas alzadas sobre torre eclesial, con sus yugos, sus tercios y sus badajos. Y con las campanas van desapareciendo sus tañedores. Quizá por eso, por la mengua, la Unesco decidió declarar Patrimonio inmaterial de la Humanidad (o el nombre con que ahora se denomine el galardón) al toque manual. Y creo haber entendido que no lejos de aquí, en Mondoñedo, queda un maestro en el oficio (quizá de los pocos en Galicia) al que algunos jóvenes solicitan lección para aprender el arte de los toques: así a vísperas, así a misa, así de difuntos, así de gloria, así a ángelus, así a rebato… ¡Qué se yo! Salvo que alguien me corrija, creo que ya hace años que solo sobrevive en Galicia una fábrica de campanas, la de Arcos da Condesa, por tierras de Caldas de Reis, las de las famosas casas de baño. De Arcos salen campanas para toda España y entre ellas fueron noticia las que se auparon, hace veintitantos años, a una de las torres la catedral de la Almudena. La gente de Madrid les llama «las campanas gallegas», no solo en razón de su nacimiento sino porque fueron gallegos residentes en la capital de España (‘del Estado’, que dicen los nazi-onanistas) quienes corrieron con el gasto. Antes, de estos asuntos entre madrigallegos se ocupaban Fraga y el general Lobo Montero, que presidía en Centro de la calle Carretas. Ahora, me parece que el eje folklórico se ha desplazado a la que llaman Casa de Galicia, un palacete muy cerca del Prado que la Xunta le compró a los González de Amezúa. Los González de Amezúa restauraron muchos órganos históricos. Entre ellos, el del Evangelio de la catedral de la ciudad que habito casi todo el año. Aquí, junto al mar donde refresco, oigo a veces la esquila parroquial, que funciona con programación automática. A dos quilómetros pervive el que dicen reloj de San María, que tiene versos propios, tirados de la pluma de Leal Insua. Hay cada vez menos campanas en Galicia. Me refiero a las campanas alzadas sobre torre eclesial, con sus yugos, sus tercios y sus badajos. Y con las campanas van desapareciendo sus tañedores. Quizá por eso, por la mengua, la Unesco decidió declarar Patrimonio inmaterial de la Humanidad (o el nombre con que ahora se denomine el galardón) al toque manual. Y creo haber entendido que no lejos de aquí, en Mondoñedo, queda un maestro en el oficio (quizá de los pocos en Galicia) al que algunos jóvenes solicitan lección para aprender el arte de los toques: así a vísperas, así a misa, así de difuntos, así de gloria, así a ángelus, así a rebato… ¡Qué se yo! Salvo que alguien me corrija, creo que ya hace años que solo sobrevive en Galicia una fábrica de campanas, la de Arcos da Condesa, por tierras de Caldas de Reis, las de las famosas casas de baño. De Arcos salen campanas para toda España y entre ellas fueron noticia las que se auparon, hace veintitantos años, a una de las torres la catedral de la Almudena. La gente de Madrid les llama «las campanas gallegas», no solo en razón de su nacimiento sino porque fueron gallegos residentes en la capital de España (‘del Estado’, que dicen los nazi-onanistas) quienes corrieron con el gasto. Antes, de estos asuntos entre madrigallegos se ocupaban Fraga y el general Lobo Montero, que presidía en Centro de la calle Carretas. Ahora, me parece que el eje folklórico se ha desplazado a la que llaman Casa de Galicia, un palacete muy cerca del Prado que la Xunta le compró a los González de Amezúa. Los González de Amezúa restauraron muchos órganos históricos. Entre ellos, el del Evangelio de la catedral de la ciudad que habito casi todo el año. Aquí, junto al mar donde refresco, oigo a veces la esquila parroquial, que funciona con programación automática. A dos quilómetros pervive el que dicen reloj de San María, que tiene versos propios, tirados de la pluma de Leal Insua. Hay cada vez menos campanas en Galicia. Me refiero a las campanas alzadas sobre torre eclesial, con sus yugos, sus tercios y sus badajos. Y con las campanas van desapareciendo sus tañedores. Quizá por eso, por la mengua, la Unesco decidió declarar Patrimonio inmaterial de la Humanidad (o el nombre con que ahora se denomine el galardón) al toque manual. Y creo haber entendido que no lejos de aquí, en Mondoñedo, queda un maestro en el oficio (quizá de los pocos en Galicia) al que algunos jóvenes solicitan lección para aprender el arte de los toques: así a vísperas, así a misa, así de difuntos, así de gloria, así a ángelus, así a rebato… ¡Qué se yo! Salvo que alguien me corrija, creo que ya hace años que solo sobrevive en Galicia una fábrica de campanas, la de Arcos da Condesa, por tierras de Caldas de Reis, las de las famosas casas de baño. De Arcos salen campanas para toda España y entre ellas fueron noticia las que se auparon, hace veintitantos años, a una de las torres la catedral de la Almudena. La gente de Madrid les llama «las campanas gallegas», no solo en razón de su nacimiento sino porque fueron gallegos residentes en la capital de España (‘del Estado’, que dicen los nazi-onanistas) quienes corrieron con el gasto. Antes, de estos asuntos entre madrigallegos se ocupaban Fraga y el general Lobo Montero, que presidía en Centro de la calle Carretas. Ahora, me parece que el eje folklórico se ha desplazado a la que llaman Casa de Galicia, un palacete muy cerca del Prado que la Xunta le compró a los González de Amezúa. Los González de Amezúa restauraron muchos órganos históricos. Entre ellos, el del Evangelio de la catedral de la ciudad que habito casi todo el año. RSS de noticias de espana
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agosto 3, 2026
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