
A inicios de siglo, cuando se mudó a España con 28 años, Alina Tudose se sintió invisible. Esta enfermera, que ahora tiene 53, tomó un bus en el año 2000 desde Buzau —en el sureste de Rumania— y arribó a Castellón, en la Comunidad Valenciana, con un visado alemán que le había costado mil marcos (unos 500 euros). Llegó solo con un trozo de papel y un número de teléfono, sin hablar ni comprender el idioma. “No existía, era invisible. Y eso que mido 1,78”, cuenta. Para remediarlo, aprendió español limpiando casas, fregando hoteles y cocinando en bares, los trabajos con los que se ganaba la vida. Fueron casi cuatro años de “desesperanza y frustración” hasta que logró homologar sus estudios como sanitaria. “Fue una alegría enorme”, dice Tudose, quien ahora lleva 25 años viviendo en el país del que hace un mes por fin es ciudadana.
Nacida en Rumania, llegó a Castellón con 28 años y ya lleva 25 en España. “La sanidad pública es nuestra y debemos cuidarla entre todos”, afirma 
A inicios de siglo, cuando se mudó a España con 28 años, Alina Tudose se sintió invisible. Esta enfermera, que ahora tiene 53, tomó un bus en el año 2000 desde Buzau —en el sureste de Rumania— y arribó a Castellón, en la Comunidad Valenciana, con un visado alemán que le había costado mil marcos (unos 500 euros). Llegó solo con un trozo de papel y un número de teléfono, sin hablar ni comprender el idioma. “No existía, era invisible. Y eso que mido 1,78”, cuenta. Para remediarlo, aprendió español limpiando casas, fregando hoteles y cocinando en bares, los trabajos con los que se ganaba la vida. Fueron casi cuatro años de “desesperanza y frustración” hasta que logró homologar sus estudios como sanitaria. “Fue una alegría enorme”, dice Tudose, quien ahora lleva 25 años viviendo en el país del que hace un mes por fin es ciudadana.
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