Hubo un tiempo (y no hace tanto) en que bailar era un privilegio. Mover el cuerpo, dejarlo ocupar el espacio, hacerlo hablar, era un gesto reservado para otros. Para quienes podían subir a un escenario, para quienes habían sido invitados a él, para quienes tenían derecho a ser vistos. Para la comunidad negra de Estados Unidos, durante demasiado tiempo, algo tan instintivo y vital como bailar estuvo atravesado por las mismas barreras que todo lo demás. Hasta que apareció un hombre que entendió que un cuerpo también puede ser una forma de resistencia. Alvin Ailey tenía 27 años cuando reunió a siete bailarines en Nueva York y creó, en 1958, una pequeña compañía que quería contar desde la danza aquello que apenas tenía espacio en los grandes escenarios: la experiencia, la memoria y la cultura de los afroamericanos. No empezó con una gran institución detrás ni con la maquinaria de una de las compañías que hoy llenan los teatros del mundo. Empezó con siete cuerpos y una convicción. Más de seis décadas después, aquella compañía que nació pequeña se ha convertido en una de las grandes embajadoras de la danza estadounidense y en una de las instituciones culturales afroamericanas más importantes del mundo. Ahora, el Alvin Ailey American Dance Theater llega al Teatro Real con dos programas diferentes. El corazón de aquel hombre negro y bailarín sigue latiendo. «Ailey quería sostener un espejo ante nuestra sociedad para mostrar a las personas lo hermosas que son. Creía en el poder de las artes para unir a las personas y contar un historia propia auténtica, para despertar una identidad y la afirmación de los demás. Tenía muy claro en su obra que era un hombre negro estadounidense, que estaba contando su historia en EE.UU., escuchando e invitando a las personas a encontrar los temas universales en su experiencia», cuenta Alicia Graf, directora artística del Alvin Ailey American Dance Theater a ABC.Las cosas han cambiado. Los bailarines negros están integrados en las grandes compañías del mundo, de Misty Copeland a Michaela DePrince o Carlos Acosta. Uno podría pensar que, con ellos, parte de la misión de Alvin Ailey ha dejado de tener sentido. Pero su compañía nunca nació únicamente como refugio para bailarines negros, sino más bien como una forma de mostrar la grandeza, la memoria y la identidad de la comunidad negra estadounidense. «La danza, y especialmente lo que hacemos, es una de las formas más eficaces de generar un cambio porque invita al público a interpretar por sí mismo. No hay palabras, no es un discurso que te diga cómo pensar y cómo sentir. La danza te coloca en un entorno en el que estás invitado a implicarte, a pensar y a permitir que tu corazón cambie. Y eso ocurre porque el público tiene que implicarse, no porque se te inculque algo. Cuando escuchas música o una determinada nota, cambia cómo te sientes. La danza tiene ese mismo efecto».Arriba e izquierda, algunos bailarines del Alvin Ailey American Dance Theater. Derecha, Alvin Ailey junto a algunos bailarines en ‘Revelations’ AADTEsa identidad está en los cuerpos, pero también en la música, en los ritmos, en la forma de caer y levantarse, de recogerse y expandirse. En ‘Revelations’, la obra que Alvin Ailey creó en 1960 y que la compañía llevará al Teatro Real como colofón de sus dos programas, los espirituales negros, el blues y el góspel acompañan un viaje que va de algo pequeño a una gran celebración colectiva. No es solo una cuestión de cuerpos negros sobre un escenario; es una forma de contar una historia que pertenece a una comunidad y hacer que, sin embargo, pueda reconocerla cualquiera. «La idea de que no tienes que pronunciar ninguna palabra y puedes decir muchísimo es mucho más eficaz que cualquier otra forma de comunicación. Esta es una forma de arte de corazón a corazón », añade.Alvin Ailey perteneció a esa generación de creadores del siglo XX como Maurice Béjart o Marta Graham que hicieron de la danza una oda al hombre, al cuerpo, poniendo el acento en la grandeza del físico como lenguaje y como lugar desde el que reivindicar todo aquello que es capaz de hacer cuando se libera de lo establecido . En sus obras, el bailarín no es un instrumento al servicio de la obra, sino su corazón. Es el artista, con su técnica, su esfuerzo, sus límites y todo aquello que ninguna máquina puede reproducir. «Los bailarines que actúan en Alvin Ailey son las criaturas más geniales por la manera en que interpretan las ideas, por la capacidad de su cuerpo para expresar ideas muy complicadas en conversación con la música y con el público, y eso está más allá de cualquier chip informático o maquinaria. La idea de que estos artistas han entrenado durante toda su vida para situarse sobre el escenario y decir verdades al mundo es más importante que lo que la inteligencia artificial podría llegar a ser ».Los tiempos cambian y los cuerpos también. La globalización ha abierto puertas y permitido acceder a mundos que antes parecían imposibles, también en la danza. Pero cuanto más se comparte, más aparece el riesgo de que todo termine pareciéndose demasiado. Frente a esa uniformidad, la propuesta de Alvin Ailey sigue siendo la de celebrar lo irrepetible y es poner en escena cuerpos distintos, historias distintas, formas distintas de bailar. «Esta intención sigue intacta en la compañía: son artistas únicos. Ningún artista se parece al otro, no tienen la misma estructura corporal, no proceden del mismo entorno. No me interesa tener un bailarín hecho con molde, que simplemente lo reproduces una y otra vez».Los bailarines ejecutan, en buena parte, creaciones que no son suyas. Aprenden el movimiento de otro, siguen una coreografía ajena, pero Ailey quiso que dentro de esa precisión hubiera siempre espacio para algo propio. Que el bailarín no desapareciera detrás de la obra, que encontrara la manera de hacerla resonar desde dentro, de poner su propia historia en cada movimiento. «Es necesaria una muy buena técnica, pero también libertad de movimiento, un punto de vista específico sobre lo que significa ser bailarín en este momento. Necesitan saber cómo interpretar el movimiento dentro de los parámetros de la coreografía, pero también cómo mostrar quién eres tú a través del movimiento. Ailey consiguió bailarines capaces de permitir que su yo auténtico resonara de verdad », contaba. De ahí que puedan interpretar piezas profundamente clásicas, pero también algo muy moderno, jazz, contemporáneo e incluso hip-hop o danzas de África Occidental.Han pasado casi 70 años desde que Alvin Ailey fundó la compañía y, cuando una institución lleva el nombre y el sello de un creador, existe siempre el riesgo de que su obra termine convertida en pieza de museo . Que las coreografías envejezcan, que el lenguaje quede atrapado en su época. Nada más lejos de lo que Ailey imaginó. La clave de su supervivencia es que nunca quiso que la compañía fuera solo suya. «Lo que me da valentía y el permiso para hacer avanzar a la compañía es que tenía una visión tan adelantada a su tiempo. Era un genio más allá de su época , creó la compañía no solo como un vehículo para su propia coreografía, sino que también invitó a muchos otros artistas a crear. Así que, desde el principio, siempre se trató de cómo innovamos, cómo ampliamos los límites».Acercar a un público nuevo a la danza nunca es sencillo. No siempre hay una historia que seguir, un principio, un conflicto y un desenlace que funcionen como un mapa. A veces solo hay cuerpos, música y movimiento. Frente a la abstracción, esta compañía comparte un arte cercano, pero no por ello menos complejo. «Busco coreógrafos interesados en conectarnos a través del arte, interesados en encontrar temas de verdad en su obra. También busco obras que se sientan físicas, viscerales, en las que el público pueda sentirse conectado, implicado y que sean accesibles. Nuestro trabajo nunca es tan abstracto o intelectual como para que no puedas entenderlo. Puedes venir al teatro, sentirte elevado, sentir alegría y salir pensando que has entendido lo que has visto». Algo extraordinario en los tiempos que corren.Alvin Ailey American Dance Theater es la fuerza de un pueblo que vivió, vive y vivirá bailando. Un pueblo que aprendió a danzar para celebrar, y también para resistir, a veces para recordar y otras tantas para seguir; que lleva el ritmo en las venas y se mueve al compás de un corazón que late distinto. Es la fiesta de la comunidad y la certeza de que todo ser necesita de una tribu para conocer quién es y a qué está llamado. Y si es bailando, mejor. Hubo un tiempo (y no hace tanto) en que bailar era un privilegio. Mover el cuerpo, dejarlo ocupar el espacio, hacerlo hablar, era un gesto reservado para otros. Para quienes podían subir a un escenario, para quienes habían sido invitados a él, para quienes tenían derecho a ser vistos. Para la comunidad negra de Estados Unidos, durante demasiado tiempo, algo tan instintivo y vital como bailar estuvo atravesado por las mismas barreras que todo lo demás. Hasta que apareció un hombre que entendió que un cuerpo también puede ser una forma de resistencia. Alvin Ailey tenía 27 años cuando reunió a siete bailarines en Nueva York y creó, en 1958, una pequeña compañía que quería contar desde la danza aquello que apenas tenía espacio en los grandes escenarios: la experiencia, la memoria y la cultura de los afroamericanos. No empezó con una gran institución detrás ni con la maquinaria de una de las compañías que hoy llenan los teatros del mundo. Empezó con siete cuerpos y una convicción. Más de seis décadas después, aquella compañía que nació pequeña se ha convertido en una de las grandes embajadoras de la danza estadounidense y en una de las instituciones culturales afroamericanas más importantes del mundo. Ahora, el Alvin Ailey American Dance Theater llega al Teatro Real con dos programas diferentes. El corazón de aquel hombre negro y bailarín sigue latiendo. «Ailey quería sostener un espejo ante nuestra sociedad para mostrar a las personas lo hermosas que son. Creía en el poder de las artes para unir a las personas y contar un historia propia auténtica, para despertar una identidad y la afirmación de los demás. Tenía muy claro en su obra que era un hombre negro estadounidense, que estaba contando su historia en EE.UU., escuchando e invitando a las personas a encontrar los temas universales en su experiencia», cuenta Alicia Graf, directora artística del Alvin Ailey American Dance Theater a ABC.Las cosas han cambiado. Los bailarines negros están integrados en las grandes compañías del mundo, de Misty Copeland a Michaela DePrince o Carlos Acosta. Uno podría pensar que, con ellos, parte de la misión de Alvin Ailey ha dejado de tener sentido. Pero su compañía nunca nació únicamente como refugio para bailarines negros, sino más bien como una forma de mostrar la grandeza, la memoria y la identidad de la comunidad negra estadounidense. «La danza, y especialmente lo que hacemos, es una de las formas más eficaces de generar un cambio porque invita al público a interpretar por sí mismo. No hay palabras, no es un discurso que te diga cómo pensar y cómo sentir. La danza te coloca en un entorno en el que estás invitado a implicarte, a pensar y a permitir que tu corazón cambie. Y eso ocurre porque el público tiene que implicarse, no porque se te inculque algo. Cuando escuchas música o una determinada nota, cambia cómo te sientes. La danza tiene ese mismo efecto».Arriba e izquierda, algunos bailarines del Alvin Ailey American Dance Theater. Derecha, Alvin Ailey junto a algunos bailarines en ‘Revelations’ AADTEsa identidad está en los cuerpos, pero también en la música, en los ritmos, en la forma de caer y levantarse, de recogerse y expandirse. En ‘Revelations’, la obra que Alvin Ailey creó en 1960 y que la compañía llevará al Teatro Real como colofón de sus dos programas, los espirituales negros, el blues y el góspel acompañan un viaje que va de algo pequeño a una gran celebración colectiva. No es solo una cuestión de cuerpos negros sobre un escenario; es una forma de contar una historia que pertenece a una comunidad y hacer que, sin embargo, pueda reconocerla cualquiera. «La idea de que no tienes que pronunciar ninguna palabra y puedes decir muchísimo es mucho más eficaz que cualquier otra forma de comunicación. Esta es una forma de arte de corazón a corazón », añade.Alvin Ailey perteneció a esa generación de creadores del siglo XX como Maurice Béjart o Marta Graham que hicieron de la danza una oda al hombre, al cuerpo, poniendo el acento en la grandeza del físico como lenguaje y como lugar desde el que reivindicar todo aquello que es capaz de hacer cuando se libera de lo establecido . En sus obras, el bailarín no es un instrumento al servicio de la obra, sino su corazón. Es el artista, con su técnica, su esfuerzo, sus límites y todo aquello que ninguna máquina puede reproducir. «Los bailarines que actúan en Alvin Ailey son las criaturas más geniales por la manera en que interpretan las ideas, por la capacidad de su cuerpo para expresar ideas muy complicadas en conversación con la música y con el público, y eso está más allá de cualquier chip informático o maquinaria. La idea de que estos artistas han entrenado durante toda su vida para situarse sobre el escenario y decir verdades al mundo es más importante que lo que la inteligencia artificial podría llegar a ser ».Los tiempos cambian y los cuerpos también. La globalización ha abierto puertas y permitido acceder a mundos que antes parecían imposibles, también en la danza. Pero cuanto más se comparte, más aparece el riesgo de que todo termine pareciéndose demasiado. Frente a esa uniformidad, la propuesta de Alvin Ailey sigue siendo la de celebrar lo irrepetible y es poner en escena cuerpos distintos, historias distintas, formas distintas de bailar. «Esta intención sigue intacta en la compañía: son artistas únicos. Ningún artista se parece al otro, no tienen la misma estructura corporal, no proceden del mismo entorno. No me interesa tener un bailarín hecho con molde, que simplemente lo reproduces una y otra vez».Los bailarines ejecutan, en buena parte, creaciones que no son suyas. Aprenden el movimiento de otro, siguen una coreografía ajena, pero Ailey quiso que dentro de esa precisión hubiera siempre espacio para algo propio. Que el bailarín no desapareciera detrás de la obra, que encontrara la manera de hacerla resonar desde dentro, de poner su propia historia en cada movimiento. «Es necesaria una muy buena técnica, pero también libertad de movimiento, un punto de vista específico sobre lo que significa ser bailarín en este momento. Necesitan saber cómo interpretar el movimiento dentro de los parámetros de la coreografía, pero también cómo mostrar quién eres tú a través del movimiento. Ailey consiguió bailarines capaces de permitir que su yo auténtico resonara de verdad », contaba. De ahí que puedan interpretar piezas profundamente clásicas, pero también algo muy moderno, jazz, contemporáneo e incluso hip-hop o danzas de África Occidental.Han pasado casi 70 años desde que Alvin Ailey fundó la compañía y, cuando una institución lleva el nombre y el sello de un creador, existe siempre el riesgo de que su obra termine convertida en pieza de museo . Que las coreografías envejezcan, que el lenguaje quede atrapado en su época. Nada más lejos de lo que Ailey imaginó. La clave de su supervivencia es que nunca quiso que la compañía fuera solo suya. «Lo que me da valentía y el permiso para hacer avanzar a la compañía es que tenía una visión tan adelantada a su tiempo. Era un genio más allá de su época , creó la compañía no solo como un vehículo para su propia coreografía, sino que también invitó a muchos otros artistas a crear. Así que, desde el principio, siempre se trató de cómo innovamos, cómo ampliamos los límites».Acercar a un público nuevo a la danza nunca es sencillo. No siempre hay una historia que seguir, un principio, un conflicto y un desenlace que funcionen como un mapa. A veces solo hay cuerpos, música y movimiento. Frente a la abstracción, esta compañía comparte un arte cercano, pero no por ello menos complejo. «Busco coreógrafos interesados en conectarnos a través del arte, interesados en encontrar temas de verdad en su obra. También busco obras que se sientan físicas, viscerales, en las que el público pueda sentirse conectado, implicado y que sean accesibles. Nuestro trabajo nunca es tan abstracto o intelectual como para que no puedas entenderlo. Puedes venir al teatro, sentirte elevado, sentir alegría y salir pensando que has entendido lo que has visto». Algo extraordinario en los tiempos que corren.Alvin Ailey American Dance Theater es la fuerza de un pueblo que vivió, vive y vivirá bailando. Un pueblo que aprendió a danzar para celebrar, y también para resistir, a veces para recordar y otras tantas para seguir; que lleva el ritmo en las venas y se mueve al compás de un corazón que late distinto. Es la fiesta de la comunidad y la certeza de que todo ser necesita de una tribu para conocer quién es y a qué está llamado. Y si es bailando, mejor. Hubo un tiempo (y no hace tanto) en que bailar era un privilegio. Mover el cuerpo, dejarlo ocupar el espacio, hacerlo hablar, era un gesto reservado para otros. Para quienes podían subir a un escenario, para quienes habían sido invitados a él, para quienes tenían derecho a ser vistos. Para la comunidad negra de Estados Unidos, durante demasiado tiempo, algo tan instintivo y vital como bailar estuvo atravesado por las mismas barreras que todo lo demás. Hasta que apareció un hombre que entendió que un cuerpo también puede ser una forma de resistencia. Alvin Ailey tenía 27 años cuando reunió a siete bailarines en Nueva York y creó, en 1958, una pequeña compañía que quería contar desde la danza aquello que apenas tenía espacio en los grandes escenarios: la experiencia, la memoria y la cultura de los afroamericanos. No empezó con una gran institución detrás ni con la maquinaria de una de las compañías que hoy llenan los teatros del mundo. Empezó con siete cuerpos y una convicción. Más de seis décadas después, aquella compañía que nació pequeña se ha convertido en una de las grandes embajadoras de la danza estadounidense y en una de las instituciones culturales afroamericanas más importantes del mundo. Ahora, el Alvin Ailey American Dance Theater llega al Teatro Real con dos programas diferentes. El corazón de aquel hombre negro y bailarín sigue latiendo. «Ailey quería sostener un espejo ante nuestra sociedad para mostrar a las personas lo hermosas que son. Creía en el poder de las artes para unir a las personas y contar un historia propia auténtica, para despertar una identidad y la afirmación de los demás. Tenía muy claro en su obra que era un hombre negro estadounidense, que estaba contando su historia en EE.UU., escuchando e invitando a las personas a encontrar los temas universales en su experiencia», cuenta Alicia Graf, directora artística del Alvin Ailey American Dance Theater a ABC.Las cosas han cambiado. Los bailarines negros están integrados en las grandes compañías del mundo, de Misty Copeland a Michaela DePrince o Carlos Acosta. Uno podría pensar que, con ellos, parte de la misión de Alvin Ailey ha dejado de tener sentido. Pero su compañía nunca nació únicamente como refugio para bailarines negros, sino más bien como una forma de mostrar la grandeza, la memoria y la identidad de la comunidad negra estadounidense. «La danza, y especialmente lo que hacemos, es una de las formas más eficaces de generar un cambio porque invita al público a interpretar por sí mismo. No hay palabras, no es un discurso que te diga cómo pensar y cómo sentir. La danza te coloca en un entorno en el que estás invitado a implicarte, a pensar y a permitir que tu corazón cambie. Y eso ocurre porque el público tiene que implicarse, no porque se te inculque algo. Cuando escuchas música o una determinada nota, cambia cómo te sientes. La danza tiene ese mismo efecto».Arriba e izquierda, algunos bailarines del Alvin Ailey American Dance Theater. Derecha, Alvin Ailey junto a algunos bailarines en ‘Revelations’ AADTEsa identidad está en los cuerpos, pero también en la música, en los ritmos, en la forma de caer y levantarse, de recogerse y expandirse. En ‘Revelations’, la obra que Alvin Ailey creó en 1960 y que la compañía llevará al Teatro Real como colofón de sus dos programas, los espirituales negros, el blues y el góspel acompañan un viaje que va de algo pequeño a una gran celebración colectiva. No es solo una cuestión de cuerpos negros sobre un escenario; es una forma de contar una historia que pertenece a una comunidad y hacer que, sin embargo, pueda reconocerla cualquiera. «La idea de que no tienes que pronunciar ninguna palabra y puedes decir muchísimo es mucho más eficaz que cualquier otra forma de comunicación. Esta es una forma de arte de corazón a corazón », añade.Alvin Ailey perteneció a esa generación de creadores del siglo XX como Maurice Béjart o Marta Graham que hicieron de la danza una oda al hombre, al cuerpo, poniendo el acento en la grandeza del físico como lenguaje y como lugar desde el que reivindicar todo aquello que es capaz de hacer cuando se libera de lo establecido . En sus obras, el bailarín no es un instrumento al servicio de la obra, sino su corazón. Es el artista, con su técnica, su esfuerzo, sus límites y todo aquello que ninguna máquina puede reproducir. «Los bailarines que actúan en Alvin Ailey son las criaturas más geniales por la manera en que interpretan las ideas, por la capacidad de su cuerpo para expresar ideas muy complicadas en conversación con la música y con el público, y eso está más allá de cualquier chip informático o maquinaria. La idea de que estos artistas han entrenado durante toda su vida para situarse sobre el escenario y decir verdades al mundo es más importante que lo que la inteligencia artificial podría llegar a ser ».Los tiempos cambian y los cuerpos también. La globalización ha abierto puertas y permitido acceder a mundos que antes parecían imposibles, también en la danza. Pero cuanto más se comparte, más aparece el riesgo de que todo termine pareciéndose demasiado. Frente a esa uniformidad, la propuesta de Alvin Ailey sigue siendo la de celebrar lo irrepetible y es poner en escena cuerpos distintos, historias distintas, formas distintas de bailar. «Esta intención sigue intacta en la compañía: son artistas únicos. Ningún artista se parece al otro, no tienen la misma estructura corporal, no proceden del mismo entorno. No me interesa tener un bailarín hecho con molde, que simplemente lo reproduces una y otra vez».Los bailarines ejecutan, en buena parte, creaciones que no son suyas. Aprenden el movimiento de otro, siguen una coreografía ajena, pero Ailey quiso que dentro de esa precisión hubiera siempre espacio para algo propio. Que el bailarín no desapareciera detrás de la obra, que encontrara la manera de hacerla resonar desde dentro, de poner su propia historia en cada movimiento. «Es necesaria una muy buena técnica, pero también libertad de movimiento, un punto de vista específico sobre lo que significa ser bailarín en este momento. Necesitan saber cómo interpretar el movimiento dentro de los parámetros de la coreografía, pero también cómo mostrar quién eres tú a través del movimiento. Ailey consiguió bailarines capaces de permitir que su yo auténtico resonara de verdad », contaba. De ahí que puedan interpretar piezas profundamente clásicas, pero también algo muy moderno, jazz, contemporáneo e incluso hip-hop o danzas de África Occidental.Han pasado casi 70 años desde que Alvin Ailey fundó la compañía y, cuando una institución lleva el nombre y el sello de un creador, existe siempre el riesgo de que su obra termine convertida en pieza de museo . Que las coreografías envejezcan, que el lenguaje quede atrapado en su época. Nada más lejos de lo que Ailey imaginó. La clave de su supervivencia es que nunca quiso que la compañía fuera solo suya. «Lo que me da valentía y el permiso para hacer avanzar a la compañía es que tenía una visión tan adelantada a su tiempo. Era un genio más allá de su época , creó la compañía no solo como un vehículo para su propia coreografía, sino que también invitó a muchos otros artistas a crear. Así que, desde el principio, siempre se trató de cómo innovamos, cómo ampliamos los límites».Acercar a un público nuevo a la danza nunca es sencillo. No siempre hay una historia que seguir, un principio, un conflicto y un desenlace que funcionen como un mapa. A veces solo hay cuerpos, música y movimiento. Frente a la abstracción, esta compañía comparte un arte cercano, pero no por ello menos complejo. «Busco coreógrafos interesados en conectarnos a través del arte, interesados en encontrar temas de verdad en su obra. También busco obras que se sientan físicas, viscerales, en las que el público pueda sentirse conectado, implicado y que sean accesibles. Nuestro trabajo nunca es tan abstracto o intelectual como para que no puedas entenderlo. Puedes venir al teatro, sentirte elevado, sentir alegría y salir pensando que has entendido lo que has visto». Algo extraordinario en los tiempos que corren.Alvin Ailey American Dance Theater es la fuerza de un pueblo que vivió, vive y vivirá bailando. Un pueblo que aprendió a danzar para celebrar, y también para resistir, a veces para recordar y otras tantas para seguir; que lleva el ritmo en las venas y se mueve al compás de un corazón que late distinto. Es la fiesta de la comunidad y la certeza de que todo ser necesita de una tribu para conocer quién es y a qué está llamado. Y si es bailando, mejor. RSS de noticias de cultura
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