Pensar del revés puede producir o monstruos o prodigios. O monstruos prodigiosos incluso. Anoche conquisté Tebas es básicamente una película contra las normas, contra la etiqueta y contra ese empeño tan nuestro y tan digital de estar siempre en contra. Y de ahí su monstruosidad. Y su prodigiosidad también. De entrada es una película fuera del tiempo, que igual llama a cuando los romanos caminaban por la península y se bañaban en sus aguas termales que al presente más urgente donde las viejas construcciones de la Roma imperial quedan como vestigios del pasado y avisos para futuros visitantes. Su periplo entre tiempos sucede sin solución de continuidad, sin rupturas, sin falsos decorados, sin nada más que la noche, la conversación, el agua, las estrellas y la sensación detenida del tiempo. Porque, y sobre todo, es una película consciente desde su planteamiento más radical que el tiempo no forma parte de la vida, sino que es la propia vida la que adquiere su carácter de tal, de vida, gracias a, precisamente, el tiempo. De nuevo, todo al revés.
Gabriel Azorín confecciona una brillante anomalía de épica lírica en latín, a oscuras y con una confianza ciega en el valor cinematográfico de la palabra
Pensar del revés puede producir o monstruos o prodigios. O monstruos prodigiosos incluso. Anoche conquisté Tebas es básicamente una película contra las normas, contra la etiqueta y contra ese empeño tan nuestro y tan digital de estar siempre en contra. Y de ahí su monstruosidad. Y su prodigiosidad también. De entrada es una película fuera del tiempo, que igual llama a cuando los romanos caminaban por la península y se bañaban en sus aguas termales que al presente más urgente donde las viejas construcciones de la Roma imperial quedan como vestigios del pasado y avisos para futuros visitantes. Su periplo entre tiempos sucede sin solución de continuidad, sin rupturas, sin falsos decorados, sin nada más que la noche, la conversación, el agua, las estrellas y la sensación detenida del tiempo. Porque, y sobre todo, es una película consciente desde su planteamiento más radical que el tiempo no forma parte de la vida, sino que es la propia vida la que adquiere su carácter de tal, de vida, gracias a, precisamente, el tiempo. De nuevo, todo al revés.
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