Cuando subimos al avión, Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) me muestra una edición antigua de ‘El Correo de Marrakech’ (1944), la última novela de Valentine Williams que protagonizó el doctor Adolph Grundt, más conocido como ‘Pie Zambo’. «¡Esto sí que es literatura de verdad!», comenta, sonriendo, antes de sumergirse de nuevo en la lectura. Varios pasajeros cuchichean que el escritor de los casi 30 millones de libros vendidos en medio mundo está a bordo, pero él sigue a lo suyo, leyendo esta historia de espías ambientada en la Segunda Guerra Mundial.Nos dirigimos a Nápoles, la ciudad a la que, cuando era corresponsal de guerra en RTVE, siempre regresaba para descansar entre conflicto y conflicto. El Mediterráneo, siempre el Mediterráneo. «Tuve la suerte de llegar aquí hace muchos años, cuando todavía era diferente. La luz se estaba apagando, pero aún sonaba la música y pude vivir ese final de época antes de que fuera masacrado por el turismo masivo. Yo había sido educado en los conceptos de patria y nación, pero con los años me di cuenta de que mi patria ahora es el Mediterráneo», explica poco después, en una cafetería del puerto de la isla de Procida, en referencia a este mar en el que transcurre su última novela: ‘La hipótesis más peligrosa’ (Alfaguara).Cuenta la historia de Cal, un muchacho de 16 años, huérfano de madre, criado por sus abuelos y fascinado por los videojuegos, que encuentra en un puerto español del Mediterráneo al misterioso marinero al que lleva años buscando bajo la sospecha de que es su padre. Este es Asier Lerrant, que en la ficción irá jugando con la idea de que es, en realidad, Ashverus ben Uriel, un judío maldecido en el siglo I que lleva dos mil años navegando, como una presencia errante, por estas aguas «donde todo ha ocurrido ya mil veces antes». «Durante mucho tiempo –reflexiona– pensé que Europa estaba destruyendo la herencia mediterránea, pero me he dado cuenta de que es al revés. El Mediterráneo se está vengando y sumiendo a Europa en el caos. Este mar fue siempre caótico, con un montón de culturas superpuestas, guerras, revoluciones, invasiones, ataques y violaciones. Europa lo intentó civilizar, pero al final el Mediterráneo está descivilizando a Europa, contagiándole su locura. Hoy el Mediterráneo está en Berlín, Copenhague, Oslo, Londres, Madrid…».’Nostos’ y ‘Corso’ Durante la novela, Cal lo recorre entero junto a Lerrant, en un velero de 46 pies de eslora y cubierta de madera de teca, casi como el de Pérez-Reverte en la realidad, el ‘Corso’, con el que sigue navegando por los mismos lugares desde hace 32 años. Un periplo el de la ficción que mezcla lo policiaco, lo sentimental y lo fantástico, con una trama sobre tráfico de arte robado de por medio que es una metáfora del tránsito a la vida adulta, con sus peligros e incertidumbres, en la que el autor tiene mucho del enigmático marinero.«Cuando tenía 16 años, mi padre me embarcó en un pesquero de arrastre para trabajar durante dos meses»Se podría decir, incluso, que tiene más de él que de cualquier otro personaje que haya poblado sus casi cuarenta novelas. «Asier es un personaje de ficción, pero yo, evidentemente, soy un hombre de mar experimentado. Soy capitán de yate y navego en mi velero desde 1994, por lo que muchas de las cosas que viven los dos protagonistas no me las ha contado nadie ni las he tenido que leer, las he vivido. Hay una forma de ver el mundo por parte de Lerrant que también es la mía, aunque yo no sea inmortal ni le haya negado el agua a Jesucristo», asegura Pérez-Reverte.Cuando fue a Chipre a cubrir su primera guerra como corresponsal con 22 años, Pérez-Reverte ya se había embarcado en cargueros y obtenido la titulación de buzo de combate en el Centro de Buceo de la Armada Española. «El Mediterráneo es mi vida, nací en su orilla. Cuando tenía 16 años, mi padre me embarcó en un pesquero de arrastre para trabajar durante dos meses entre Cartagena y Almería. ¡Hoy le habrían llevado a la cárcel!», apunta el novelista. De niño también se pasaba más tiempo en el puerto observando a los marineros que en el colegio. Y antes ya había navegado muchas veces a través de los libros de Herman Melville, Robert Louis Stevenson, Jack London y Frederick Marryat que pueblan también el camarote de Lerrant en la ficción. Y su querido Joseph Conrad, por supuesto, el único escritor del que Pérez-Reverte tiene una fotografía en su biblioteca de casa y en su velero, al que ABC Cultural fue invitado a navegar hace cinco años.Las mismas órdenesResulta curioso descubrir como las órdenes y los consejos que su personaje –«un hombre alto con barba de tres o cuatro días, cabello oscuro y crespo y hombros sólidos»– da al joven Cal en ‘La hipótesis más peligrosa’ son exactamente los mismos que Pérez-Reverte transmitía a los redactores de ABC durante la travesía que realizaron entre Torrevieja (Alicante) y Cabo de Palos (Murcia): «Un barco no es una democracia» y «en el mar todo ha de ser preciso, por eso no hay sinónimos». El autor, además, se comportó sobre su velero como Lerrant lo hace en el suyo: con movimientos precisos hasta la última coordenada, mucha precaución y la mayoría del tiempo en silencio: «No puede ser de otra manera. Hay barcos y vidas en juego».«El Mediterráneo se está vengando y sumiendo a Europa en el caos»Cuando se tituló como capitán de yate, lo que le permite navegar sin límite de esloras ni millas, Pérez-Reverte ya había publicado ‘El húsar’ (Akal, 1986), ‘El maestro de esgrima’ (Mondadori, 1988), ‘La tabla de Flandes’ (Alfaguara, 1990), ‘El club Dumas’ (Alfaguara, 1993) y ‘Territorio comanche’ (Ollero y Ramos, 1994). Fue ese año cuando colgó su carta de dimisión como corresponsal de guerra en el tablón de anuncios de RTVE y se marchó, con una veintena de conflictos a sus espaldas, a dedicarse en cuerpo y alma a sus dos pasiones: el mar y la literatura. Las mismas pasiones que Lerrant: «En el barco había atornillados unos estantes que contenían más de un centenar de libros», calcula Cal.La aventura les llevará a lugares como Formentera, la isla deshabitada del Toro, el cabo Spartivento, el golfo de Cagliari, las islas Eolias, el estrecho de Messina y el mar Jónico. Y mientras navegan, el padre misterioso y de pocas palabras al que Cal acaba de conocer –y del que intenta averiguar por qué los abandonó a su madre y a él– le va introduciendo en algunos episodios cruciales de su (nuestra) historia: la caída de Masada en el 73 a. C. –«los guerreros besan y abrazan a sus familias, les dan muerte y luego se matan entre sí»–, la batalla de Lepanto, el ataque de los españoles a Gibraltar en 1704, la construcción del Canal de Suez, la Primera Guerra Mundial o la erupción del Vesubio que vemos al fondo, dormido e imponente, mientras hablamos. Caída de ConstantinoplaTambién la caída de Constantinopla en 1453, con toda su «locura de sangre». Sobre esta, escribe: «Selim Yürük ya no mata, está cansado de hacerlo. Solo mira, piensa y recuerda. Cuanto ocurre le es familiar, lo ha visto cientos de veces en el pasado y sabe que volverá a verlo en el futuro: se repite con la precisión de una tragedia que en realidad es la misma, bucle eterno bajo la apariencia de diferentes actos y siglos». Quien habla por boca de Lerrant es también el antiguo corresponsal, que recuerda las guerras que le tocó cubrir en el Líbano, el Golfo Pérsico, Bosnia, el Sáhara Occidental, Eritrea, Mozambique o Croacia. « Javier Marías me decía que mi biografía es muy movida y que, cuando hablo de muertos y sangre, lo he vivido. Solo tengo que recurrir a mi memoria, puedo prestarle a Lerrant mi biografía. Cuando en la novela dice que los seres humanos somos asesinos naturales, es así, tengo pruebas. He conocido a músicos que tocaban el violonchelo y se convertían en francotiradores para matar a niños. Hice amigos estupendos en la guerra de Eritrea en 1977 que luego se dedicaron a matar a prisioneros. En mi primera guerra yo ya sabía latín y griego y había traducido la ‘Ilíada’, la ‘Odisea’ y la ‘Eneida’. Me di cuenta de que Sarajevo era la Troya de nuestro tiempo, la ciudad que ardía bajo las llamas de sus atacantes. Todas las guerras que he vivido, en realidad, son la guerra de Troya . Solo cambian los medios técnicos, pero la base es la misma: el ser humano cometiendo atrocidades», declara Pérez-Reverte. Cuando subimos al avión, Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) me muestra una edición antigua de ‘El Correo de Marrakech’ (1944), la última novela de Valentine Williams que protagonizó el doctor Adolph Grundt, más conocido como ‘Pie Zambo’. «¡Esto sí que es literatura de verdad!», comenta, sonriendo, antes de sumergirse de nuevo en la lectura. Varios pasajeros cuchichean que el escritor de los casi 30 millones de libros vendidos en medio mundo está a bordo, pero él sigue a lo suyo, leyendo esta historia de espías ambientada en la Segunda Guerra Mundial.Nos dirigimos a Nápoles, la ciudad a la que, cuando era corresponsal de guerra en RTVE, siempre regresaba para descansar entre conflicto y conflicto. El Mediterráneo, siempre el Mediterráneo. «Tuve la suerte de llegar aquí hace muchos años, cuando todavía era diferente. La luz se estaba apagando, pero aún sonaba la música y pude vivir ese final de época antes de que fuera masacrado por el turismo masivo. Yo había sido educado en los conceptos de patria y nación, pero con los años me di cuenta de que mi patria ahora es el Mediterráneo», explica poco después, en una cafetería del puerto de la isla de Procida, en referencia a este mar en el que transcurre su última novela: ‘La hipótesis más peligrosa’ (Alfaguara).Cuenta la historia de Cal, un muchacho de 16 años, huérfano de madre, criado por sus abuelos y fascinado por los videojuegos, que encuentra en un puerto español del Mediterráneo al misterioso marinero al que lleva años buscando bajo la sospecha de que es su padre. Este es Asier Lerrant, que en la ficción irá jugando con la idea de que es, en realidad, Ashverus ben Uriel, un judío maldecido en el siglo I que lleva dos mil años navegando, como una presencia errante, por estas aguas «donde todo ha ocurrido ya mil veces antes». «Durante mucho tiempo –reflexiona– pensé que Europa estaba destruyendo la herencia mediterránea, pero me he dado cuenta de que es al revés. El Mediterráneo se está vengando y sumiendo a Europa en el caos. Este mar fue siempre caótico, con un montón de culturas superpuestas, guerras, revoluciones, invasiones, ataques y violaciones. Europa lo intentó civilizar, pero al final el Mediterráneo está descivilizando a Europa, contagiándole su locura. Hoy el Mediterráneo está en Berlín, Copenhague, Oslo, Londres, Madrid…».’Nostos’ y ‘Corso’ Durante la novela, Cal lo recorre entero junto a Lerrant, en un velero de 46 pies de eslora y cubierta de madera de teca, casi como el de Pérez-Reverte en la realidad, el ‘Corso’, con el que sigue navegando por los mismos lugares desde hace 32 años. Un periplo el de la ficción que mezcla lo policiaco, lo sentimental y lo fantástico, con una trama sobre tráfico de arte robado de por medio que es una metáfora del tránsito a la vida adulta, con sus peligros e incertidumbres, en la que el autor tiene mucho del enigmático marinero.«Cuando tenía 16 años, mi padre me embarcó en un pesquero de arrastre para trabajar durante dos meses»Se podría decir, incluso, que tiene más de él que de cualquier otro personaje que haya poblado sus casi cuarenta novelas. «Asier es un personaje de ficción, pero yo, evidentemente, soy un hombre de mar experimentado. Soy capitán de yate y navego en mi velero desde 1994, por lo que muchas de las cosas que viven los dos protagonistas no me las ha contado nadie ni las he tenido que leer, las he vivido. Hay una forma de ver el mundo por parte de Lerrant que también es la mía, aunque yo no sea inmortal ni le haya negado el agua a Jesucristo», asegura Pérez-Reverte.Cuando fue a Chipre a cubrir su primera guerra como corresponsal con 22 años, Pérez-Reverte ya se había embarcado en cargueros y obtenido la titulación de buzo de combate en el Centro de Buceo de la Armada Española. «El Mediterráneo es mi vida, nací en su orilla. Cuando tenía 16 años, mi padre me embarcó en un pesquero de arrastre para trabajar durante dos meses entre Cartagena y Almería. ¡Hoy le habrían llevado a la cárcel!», apunta el novelista. De niño también se pasaba más tiempo en el puerto observando a los marineros que en el colegio. Y antes ya había navegado muchas veces a través de los libros de Herman Melville, Robert Louis Stevenson, Jack London y Frederick Marryat que pueblan también el camarote de Lerrant en la ficción. Y su querido Joseph Conrad, por supuesto, el único escritor del que Pérez-Reverte tiene una fotografía en su biblioteca de casa y en su velero, al que ABC Cultural fue invitado a navegar hace cinco años.Las mismas órdenesResulta curioso descubrir como las órdenes y los consejos que su personaje –«un hombre alto con barba de tres o cuatro días, cabello oscuro y crespo y hombros sólidos»– da al joven Cal en ‘La hipótesis más peligrosa’ son exactamente los mismos que Pérez-Reverte transmitía a los redactores de ABC durante la travesía que realizaron entre Torrevieja (Alicante) y Cabo de Palos (Murcia): «Un barco no es una democracia» y «en el mar todo ha de ser preciso, por eso no hay sinónimos». El autor, además, se comportó sobre su velero como Lerrant lo hace en el suyo: con movimientos precisos hasta la última coordenada, mucha precaución y la mayoría del tiempo en silencio: «No puede ser de otra manera. Hay barcos y vidas en juego».«El Mediterráneo se está vengando y sumiendo a Europa en el caos»Cuando se tituló como capitán de yate, lo que le permite navegar sin límite de esloras ni millas, Pérez-Reverte ya había publicado ‘El húsar’ (Akal, 1986), ‘El maestro de esgrima’ (Mondadori, 1988), ‘La tabla de Flandes’ (Alfaguara, 1990), ‘El club Dumas’ (Alfaguara, 1993) y ‘Territorio comanche’ (Ollero y Ramos, 1994). Fue ese año cuando colgó su carta de dimisión como corresponsal de guerra en el tablón de anuncios de RTVE y se marchó, con una veintena de conflictos a sus espaldas, a dedicarse en cuerpo y alma a sus dos pasiones: el mar y la literatura. Las mismas pasiones que Lerrant: «En el barco había atornillados unos estantes que contenían más de un centenar de libros», calcula Cal.La aventura les llevará a lugares como Formentera, la isla deshabitada del Toro, el cabo Spartivento, el golfo de Cagliari, las islas Eolias, el estrecho de Messina y el mar Jónico. Y mientras navegan, el padre misterioso y de pocas palabras al que Cal acaba de conocer –y del que intenta averiguar por qué los abandonó a su madre y a él– le va introduciendo en algunos episodios cruciales de su (nuestra) historia: la caída de Masada en el 73 a. C. –«los guerreros besan y abrazan a sus familias, les dan muerte y luego se matan entre sí»–, la batalla de Lepanto, el ataque de los españoles a Gibraltar en 1704, la construcción del Canal de Suez, la Primera Guerra Mundial o la erupción del Vesubio que vemos al fondo, dormido e imponente, mientras hablamos. Caída de ConstantinoplaTambién la caída de Constantinopla en 1453, con toda su «locura de sangre». Sobre esta, escribe: «Selim Yürük ya no mata, está cansado de hacerlo. Solo mira, piensa y recuerda. Cuanto ocurre le es familiar, lo ha visto cientos de veces en el pasado y sabe que volverá a verlo en el futuro: se repite con la precisión de una tragedia que en realidad es la misma, bucle eterno bajo la apariencia de diferentes actos y siglos». Quien habla por boca de Lerrant es también el antiguo corresponsal, que recuerda las guerras que le tocó cubrir en el Líbano, el Golfo Pérsico, Bosnia, el Sáhara Occidental, Eritrea, Mozambique o Croacia. « Javier Marías me decía que mi biografía es muy movida y que, cuando hablo de muertos y sangre, lo he vivido. Solo tengo que recurrir a mi memoria, puedo prestarle a Lerrant mi biografía. Cuando en la novela dice que los seres humanos somos asesinos naturales, es así, tengo pruebas. He conocido a músicos que tocaban el violonchelo y se convertían en francotiradores para matar a niños. Hice amigos estupendos en la guerra de Eritrea en 1977 que luego se dedicaron a matar a prisioneros. En mi primera guerra yo ya sabía latín y griego y había traducido la ‘Ilíada’, la ‘Odisea’ y la ‘Eneida’. Me di cuenta de que Sarajevo era la Troya de nuestro tiempo, la ciudad que ardía bajo las llamas de sus atacantes. Todas las guerras que he vivido, en realidad, son la guerra de Troya . Solo cambian los medios técnicos, pero la base es la misma: el ser humano cometiendo atrocidades», declara Pérez-Reverte. Cuando subimos al avión, Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) me muestra una edición antigua de ‘El Correo de Marrakech’ (1944), la última novela de Valentine Williams que protagonizó el doctor Adolph Grundt, más conocido como ‘Pie Zambo’. «¡Esto sí que es literatura de verdad!», comenta, sonriendo, antes de sumergirse de nuevo en la lectura. Varios pasajeros cuchichean que el escritor de los casi 30 millones de libros vendidos en medio mundo está a bordo, pero él sigue a lo suyo, leyendo esta historia de espías ambientada en la Segunda Guerra Mundial.Nos dirigimos a Nápoles, la ciudad a la que, cuando era corresponsal de guerra en RTVE, siempre regresaba para descansar entre conflicto y conflicto. El Mediterráneo, siempre el Mediterráneo. «Tuve la suerte de llegar aquí hace muchos años, cuando todavía era diferente. La luz se estaba apagando, pero aún sonaba la música y pude vivir ese final de época antes de que fuera masacrado por el turismo masivo. Yo había sido educado en los conceptos de patria y nación, pero con los años me di cuenta de que mi patria ahora es el Mediterráneo», explica poco después, en una cafetería del puerto de la isla de Procida, en referencia a este mar en el que transcurre su última novela: ‘La hipótesis más peligrosa’ (Alfaguara).Cuenta la historia de Cal, un muchacho de 16 años, huérfano de madre, criado por sus abuelos y fascinado por los videojuegos, que encuentra en un puerto español del Mediterráneo al misterioso marinero al que lleva años buscando bajo la sospecha de que es su padre. Este es Asier Lerrant, que en la ficción irá jugando con la idea de que es, en realidad, Ashverus ben Uriel, un judío maldecido en el siglo I que lleva dos mil años navegando, como una presencia errante, por estas aguas «donde todo ha ocurrido ya mil veces antes». «Durante mucho tiempo –reflexiona– pensé que Europa estaba destruyendo la herencia mediterránea, pero me he dado cuenta de que es al revés. El Mediterráneo se está vengando y sumiendo a Europa en el caos. Este mar fue siempre caótico, con un montón de culturas superpuestas, guerras, revoluciones, invasiones, ataques y violaciones. Europa lo intentó civilizar, pero al final el Mediterráneo está descivilizando a Europa, contagiándole su locura. Hoy el Mediterráneo está en Berlín, Copenhague, Oslo, Londres, Madrid…».’Nostos’ y ‘Corso’ Durante la novela, Cal lo recorre entero junto a Lerrant, en un velero de 46 pies de eslora y cubierta de madera de teca, casi como el de Pérez-Reverte en la realidad, el ‘Corso’, con el que sigue navegando por los mismos lugares desde hace 32 años. Un periplo el de la ficción que mezcla lo policiaco, lo sentimental y lo fantástico, con una trama sobre tráfico de arte robado de por medio que es una metáfora del tránsito a la vida adulta, con sus peligros e incertidumbres, en la que el autor tiene mucho del enigmático marinero.«Cuando tenía 16 años, mi padre me embarcó en un pesquero de arrastre para trabajar durante dos meses»Se podría decir, incluso, que tiene más de él que de cualquier otro personaje que haya poblado sus casi cuarenta novelas. «Asier es un personaje de ficción, pero yo, evidentemente, soy un hombre de mar experimentado. Soy capitán de yate y navego en mi velero desde 1994, por lo que muchas de las cosas que viven los dos protagonistas no me las ha contado nadie ni las he tenido que leer, las he vivido. Hay una forma de ver el mundo por parte de Lerrant que también es la mía, aunque yo no sea inmortal ni le haya negado el agua a Jesucristo», asegura Pérez-Reverte.Cuando fue a Chipre a cubrir su primera guerra como corresponsal con 22 años, Pérez-Reverte ya se había embarcado en cargueros y obtenido la titulación de buzo de combate en el Centro de Buceo de la Armada Española. «El Mediterráneo es mi vida, nací en su orilla. Cuando tenía 16 años, mi padre me embarcó en un pesquero de arrastre para trabajar durante dos meses entre Cartagena y Almería. ¡Hoy le habrían llevado a la cárcel!», apunta el novelista. De niño también se pasaba más tiempo en el puerto observando a los marineros que en el colegio. Y antes ya había navegado muchas veces a través de los libros de Herman Melville, Robert Louis Stevenson, Jack London y Frederick Marryat que pueblan también el camarote de Lerrant en la ficción. Y su querido Joseph Conrad, por supuesto, el único escritor del que Pérez-Reverte tiene una fotografía en su biblioteca de casa y en su velero, al que ABC Cultural fue invitado a navegar hace cinco años.Las mismas órdenesResulta curioso descubrir como las órdenes y los consejos que su personaje –«un hombre alto con barba de tres o cuatro días, cabello oscuro y crespo y hombros sólidos»– da al joven Cal en ‘La hipótesis más peligrosa’ son exactamente los mismos que Pérez-Reverte transmitía a los redactores de ABC durante la travesía que realizaron entre Torrevieja (Alicante) y Cabo de Palos (Murcia): «Un barco no es una democracia» y «en el mar todo ha de ser preciso, por eso no hay sinónimos». El autor, además, se comportó sobre su velero como Lerrant lo hace en el suyo: con movimientos precisos hasta la última coordenada, mucha precaución y la mayoría del tiempo en silencio: «No puede ser de otra manera. Hay barcos y vidas en juego».«El Mediterráneo se está vengando y sumiendo a Europa en el caos»Cuando se tituló como capitán de yate, lo que le permite navegar sin límite de esloras ni millas, Pérez-Reverte ya había publicado ‘El húsar’ (Akal, 1986), ‘El maestro de esgrima’ (Mondadori, 1988), ‘La tabla de Flandes’ (Alfaguara, 1990), ‘El club Dumas’ (Alfaguara, 1993) y ‘Territorio comanche’ (Ollero y Ramos, 1994). Fue ese año cuando colgó su carta de dimisión como corresponsal de guerra en el tablón de anuncios de RTVE y se marchó, con una veintena de conflictos a sus espaldas, a dedicarse en cuerpo y alma a sus dos pasiones: el mar y la literatura. Las mismas pasiones que Lerrant: «En el barco había atornillados unos estantes que contenían más de un centenar de libros», calcula Cal.La aventura les llevará a lugares como Formentera, la isla deshabitada del Toro, el cabo Spartivento, el golfo de Cagliari, las islas Eolias, el estrecho de Messina y el mar Jónico. Y mientras navegan, el padre misterioso y de pocas palabras al que Cal acaba de conocer –y del que intenta averiguar por qué los abandonó a su madre y a él– le va introduciendo en algunos episodios cruciales de su (nuestra) historia: la caída de Masada en el 73 a. C. –«los guerreros besan y abrazan a sus familias, les dan muerte y luego se matan entre sí»–, la batalla de Lepanto, el ataque de los españoles a Gibraltar en 1704, la construcción del Canal de Suez, la Primera Guerra Mundial o la erupción del Vesubio que vemos al fondo, dormido e imponente, mientras hablamos. Caída de ConstantinoplaTambién la caída de Constantinopla en 1453, con toda su «locura de sangre». Sobre esta, escribe: «Selim Yürük ya no mata, está cansado de hacerlo. Solo mira, piensa y recuerda. Cuanto ocurre le es familiar, lo ha visto cientos de veces en el pasado y sabe que volverá a verlo en el futuro: se repite con la precisión de una tragedia que en realidad es la misma, bucle eterno bajo la apariencia de diferentes actos y siglos». Quien habla por boca de Lerrant es también el antiguo corresponsal, que recuerda las guerras que le tocó cubrir en el Líbano, el Golfo Pérsico, Bosnia, el Sáhara Occidental, Eritrea, Mozambique o Croacia. « Javier Marías me decía que mi biografía es muy movida y que, cuando hablo de muertos y sangre, lo he vivido. Solo tengo que recurrir a mi memoria, puedo prestarle a Lerrant mi biografía. Cuando en la novela dice que los seres humanos somos asesinos naturales, es así, tengo pruebas. He conocido a músicos que tocaban el violonchelo y se convertían en francotiradores para matar a niños. Hice amigos estupendos en la guerra de Eritrea en 1977 que luego se dedicaron a matar a prisioneros. En mi primera guerra yo ya sabía latín y griego y había traducido la ‘Ilíada’, la ‘Odisea’ y la ‘Eneida’. Me di cuenta de que Sarajevo era la Troya de nuestro tiempo, la ciudad que ardía bajo las llamas de sus atacantes. Todas las guerras que he vivido, en realidad, son la guerra de Troya . Solo cambian los medios técnicos, pero la base es la misma: el ser humano cometiendo atrocidades», declara Pérez-Reverte. RSS de noticias de cultura
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