Así se viene a Sevilla, señores ganaderos. Qué seis pinturas trajeron los Lozano a la Maestranza. Seis toros de armónica sevillanía, con seriedad en su guapeza, como escapados de un lienzo de las Bellas Artes andaluzas. ¡Qué divina presentación! Vaya por delante la enhorabuena a los que la criaron, a los que la eligieron y a los que la aprobaron. ¡Chapó! Lástima que luego la raza no acompañara lo suficiente. Había estrenado Alcurrucén la apertura de la Venta de Antequera, un logro de Lances de Futuro. Cuarenta años después, los toros volvían a exponerse en aquel rincón de Bellavista. De ello se hablaba allá y acá. En la cafetería del AVE, convertida en la tertulia espontánea de Los 13, conversaban sobre el lugar donde se custodia la bravura, sin que faltase la guasa: «¿Y el Batán para cuándo?» Pues para cuando el anillo de la diva del Bronx… Y ya con un pie en el asfalto y otro en el taxi, el conductor, sin más preámbulo, pronunció la frase que resumía el sentir colectivo: «¿Irá usted a la Venta? No vea qué cosa más bonita ver los toros allí». Porque Sevilla es también eso: un universo de tradiciones que se resisten a morir. Una de las soñadas por Garzón ha sido recuperada ya: el privilegio de que nietos y abuelos puedan contemplar al toro antes de la lidia, en las distancias cortas, sin la urgencia del reloj. Aunque tampoco es que le echaran cuentas los actuantes en tarde de larguras, algún regalo presidencial, toros que embistieron y otros que se desfondaron, detalles que prometían y una faena de absoluto aplomo que no tuvo mayor calado por culpa de la lluvia. Pepe Moral fue el autor. Rezaba el de Los Palacios en el patio de cuadrillas con el rosario entre las manos. Y a la fe se agarró cuando se marchó a la amplísima puerta de toriles: se santiguó y esperó al toro. Se frenó Catalino, con una cara bellísima, chato, algo montado y con unas hechuras de impecable seriedad. No tuvo el comportamiento más ideal en los inicios y menos aún le ayudó ese volatinazo de tanto quebranto. Se apalancó el colorado en banderillas, pero el sevillano se aferró a esas embestidas humilladas que se le habían adivinado. Y sin contemplaciones se puso a torear en la distancia corta. Aplomado mientras aguantaba el tardo viaje, que luego respondía por abajo con nobleza. A cuentagotas, con el depósito de la bravura en el límite, que la gasolina anda muy cara. No sirvió para alcanzar el brillo, pero sí para ver el sitio que pisa hoy este torero, que enterró una gran estocada. Descalzo, como con el Cuadri venteño.Qué cuello lucía el lucero segundo, fino y hecho para embestir, aunque llevase la contraria a sus hechuras en el saludo, a topetazos. Dobló las manos a la salida del peto y se desafinaron las notas en el cambio de tercio (las risitas de Sevilla eran menudas). Y entonces ocurrió lo que tantas veces ha pasado con los Núñez, tan fríos de salida: rompió a embestir humillando, transmitiendo. Rotaba como un compás Lama, en redondo, con pases de pecho sentidos. Mientras sonaba ‘Cielo andaluz’, buscaba las vueltas a izquierdas, siempre deseoso, con algún detalle pinturero. A más la faena y a más la clase de Aventazo, con una fijeza infinita. Lo aprovechó Paco -así lo llamaban sus paisanos-, y eso ya tenía mérito para un torero con sequía de contratos. Brotaron los oles en los naturales finales a pies juntos, enfrontilado, creyéndoselo. El pinchazo antes de la estocada enfrió la petición, que no cuajó, pero Luque Teruel andaba generoso y enseñó el moquero blanco. «¡Válgame Dios!», espetó un acomodador, incrédulo como muchos aficionados. Rebajas abrileñas de ‘preferia’. Con una ovación en el arrastre despidieron al notable Alcurrucén. Un marmolillo era el esculpido tercero, al que había que llegar mucho con los palos, pero ni los avivadores le calentaban. Un muletazo para paladear de Fabio Jiménez nos dejó con la miel en los labios. Siempre en busca de la colocación, con un embroque puro, aguantando los parones. Se oscurecía la jornada, con la tormenta rumiando, y se prendieron las luces. Alargó el debutante y, además, se tragó la muerte el toro mientras muchos subían a las gradas para refugiarse de la lluvia. Diluvio se tornó cuando salía el cuarto, el berrendo en colorado al que todos los móviles disparaban en la Venta de Antequera. Pepe Moral, a lo suyo, se estiró a la verónica en el recibo. Con más ímpetu que sus hermanos se movía Tonadillo, de la familia de los músicos. Se caló el sevillano la montera en otra obra descalza, la de mayor profundidad del sexteto. Muy centrado con el buen toro, el más completo, que respondió con fondo al poderío del sevillano. Barría Moral el albero con la muleta empapada, hundido sobre la tierra, vaciándose por dentro. Corrió la mano con gusto al natural -hubo dos de categoría-, echando los vuelos al hocico, exigiendo tela a Tonadillo. La muleta era entonces el babero de un niño bañado en babas y leche. De mucho peso, como la faena, rematada por abajo toreramente. Nada ayudó el toro músico en la hora final: encima de los pitones se tiró en la estocada, que cayó contraria. Lástima que no tuviese el justo eco bajo los paraguas. Dio una vuelta al ruedo de ley.Luego la tarde, que ya era noche, emprendió la cuesta abajo. Y eso que el quinto se comió el capote y prometió, pero luego duró tanda y media. El sexto, más asperote, sin clase ni ritmo, completó el peor lote de una corrida que, aun con su casta limitada, siempre mantuvo el interés. Si llega a rebosar la bravura con ese exquisito trapío, sale el aficionado embistiendo. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Sábado, 11 de abril de 2026. Segunda de abono. Casi media entrada. Toros de Alcurrucén, excelentemente presentados, de mucha nobleza y de poca raza en general; destacaron 2º y 4º. Pepe Moral, de verde botella y azabache: estocada (saludos); estocada contraria y descabello (vuelta al ruedo). Lama de Góngora, de caña y oro: pinchazo hondo y estocada pelín delantera (oreja tras aviso); pinchazo y estocada (silencio). Fabio Jiménez, de verde esperanza y oro: estocada atravesada (saludos tras aviso); dos pinchazos y estocada (palmas de despedida). Así se viene a Sevilla, señores ganaderos. Qué seis pinturas trajeron los Lozano a la Maestranza. Seis toros de armónica sevillanía, con seriedad en su guapeza, como escapados de un lienzo de las Bellas Artes andaluzas. ¡Qué divina presentación! Vaya por delante la enhorabuena a los que la criaron, a los que la eligieron y a los que la aprobaron. ¡Chapó! Lástima que luego la raza no acompañara lo suficiente. Había estrenado Alcurrucén la apertura de la Venta de Antequera, un logro de Lances de Futuro. Cuarenta años después, los toros volvían a exponerse en aquel rincón de Bellavista. De ello se hablaba allá y acá. En la cafetería del AVE, convertida en la tertulia espontánea de Los 13, conversaban sobre el lugar donde se custodia la bravura, sin que faltase la guasa: «¿Y el Batán para cuándo?» Pues para cuando el anillo de la diva del Bronx… Y ya con un pie en el asfalto y otro en el taxi, el conductor, sin más preámbulo, pronunció la frase que resumía el sentir colectivo: «¿Irá usted a la Venta? No vea qué cosa más bonita ver los toros allí». Porque Sevilla es también eso: un universo de tradiciones que se resisten a morir. Una de las soñadas por Garzón ha sido recuperada ya: el privilegio de que nietos y abuelos puedan contemplar al toro antes de la lidia, en las distancias cortas, sin la urgencia del reloj. Aunque tampoco es que le echaran cuentas los actuantes en tarde de larguras, algún regalo presidencial, toros que embistieron y otros que se desfondaron, detalles que prometían y una faena de absoluto aplomo que no tuvo mayor calado por culpa de la lluvia. Pepe Moral fue el autor. Rezaba el de Los Palacios en el patio de cuadrillas con el rosario entre las manos. Y a la fe se agarró cuando se marchó a la amplísima puerta de toriles: se santiguó y esperó al toro. Se frenó Catalino, con una cara bellísima, chato, algo montado y con unas hechuras de impecable seriedad. No tuvo el comportamiento más ideal en los inicios y menos aún le ayudó ese volatinazo de tanto quebranto. Se apalancó el colorado en banderillas, pero el sevillano se aferró a esas embestidas humilladas que se le habían adivinado. Y sin contemplaciones se puso a torear en la distancia corta. Aplomado mientras aguantaba el tardo viaje, que luego respondía por abajo con nobleza. A cuentagotas, con el depósito de la bravura en el límite, que la gasolina anda muy cara. No sirvió para alcanzar el brillo, pero sí para ver el sitio que pisa hoy este torero, que enterró una gran estocada. Descalzo, como con el Cuadri venteño.Qué cuello lucía el lucero segundo, fino y hecho para embestir, aunque llevase la contraria a sus hechuras en el saludo, a topetazos. Dobló las manos a la salida del peto y se desafinaron las notas en el cambio de tercio (las risitas de Sevilla eran menudas). Y entonces ocurrió lo que tantas veces ha pasado con los Núñez, tan fríos de salida: rompió a embestir humillando, transmitiendo. Rotaba como un compás Lama, en redondo, con pases de pecho sentidos. Mientras sonaba ‘Cielo andaluz’, buscaba las vueltas a izquierdas, siempre deseoso, con algún detalle pinturero. A más la faena y a más la clase de Aventazo, con una fijeza infinita. Lo aprovechó Paco -así lo llamaban sus paisanos-, y eso ya tenía mérito para un torero con sequía de contratos. Brotaron los oles en los naturales finales a pies juntos, enfrontilado, creyéndoselo. El pinchazo antes de la estocada enfrió la petición, que no cuajó, pero Luque Teruel andaba generoso y enseñó el moquero blanco. «¡Válgame Dios!», espetó un acomodador, incrédulo como muchos aficionados. Rebajas abrileñas de ‘preferia’. Con una ovación en el arrastre despidieron al notable Alcurrucén. Un marmolillo era el esculpido tercero, al que había que llegar mucho con los palos, pero ni los avivadores le calentaban. Un muletazo para paladear de Fabio Jiménez nos dejó con la miel en los labios. Siempre en busca de la colocación, con un embroque puro, aguantando los parones. Se oscurecía la jornada, con la tormenta rumiando, y se prendieron las luces. Alargó el debutante y, además, se tragó la muerte el toro mientras muchos subían a las gradas para refugiarse de la lluvia. Diluvio se tornó cuando salía el cuarto, el berrendo en colorado al que todos los móviles disparaban en la Venta de Antequera. Pepe Moral, a lo suyo, se estiró a la verónica en el recibo. Con más ímpetu que sus hermanos se movía Tonadillo, de la familia de los músicos. Se caló el sevillano la montera en otra obra descalza, la de mayor profundidad del sexteto. Muy centrado con el buen toro, el más completo, que respondió con fondo al poderío del sevillano. Barría Moral el albero con la muleta empapada, hundido sobre la tierra, vaciándose por dentro. Corrió la mano con gusto al natural -hubo dos de categoría-, echando los vuelos al hocico, exigiendo tela a Tonadillo. La muleta era entonces el babero de un niño bañado en babas y leche. De mucho peso, como la faena, rematada por abajo toreramente. Nada ayudó el toro músico en la hora final: encima de los pitones se tiró en la estocada, que cayó contraria. Lástima que no tuviese el justo eco bajo los paraguas. Dio una vuelta al ruedo de ley.Luego la tarde, que ya era noche, emprendió la cuesta abajo. Y eso que el quinto se comió el capote y prometió, pero luego duró tanda y media. El sexto, más asperote, sin clase ni ritmo, completó el peor lote de una corrida que, aun con su casta limitada, siempre mantuvo el interés. Si llega a rebosar la bravura con ese exquisito trapío, sale el aficionado embistiendo. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Sábado, 11 de abril de 2026. Segunda de abono. Casi media entrada. Toros de Alcurrucén, excelentemente presentados, de mucha nobleza y de poca raza en general; destacaron 2º y 4º. Pepe Moral, de verde botella y azabache: estocada (saludos); estocada contraria y descabello (vuelta al ruedo). Lama de Góngora, de caña y oro: pinchazo hondo y estocada pelín delantera (oreja tras aviso); pinchazo y estocada (silencio). Fabio Jiménez, de verde esperanza y oro: estocada atravesada (saludos tras aviso); dos pinchazos y estocada (palmas de despedida). Así se viene a Sevilla, señores ganaderos. Qué seis pinturas trajeron los Lozano a la Maestranza. Seis toros de armónica sevillanía, con seriedad en su guapeza, como escapados de un lienzo de las Bellas Artes andaluzas. ¡Qué divina presentación! Vaya por delante la enhorabuena a los que la criaron, a los que la eligieron y a los que la aprobaron. ¡Chapó! Lástima que luego la raza no acompañara lo suficiente. Había estrenado Alcurrucén la apertura de la Venta de Antequera, un logro de Lances de Futuro. Cuarenta años después, los toros volvían a exponerse en aquel rincón de Bellavista. De ello se hablaba allá y acá. En la cafetería del AVE, convertida en la tertulia espontánea de Los 13, conversaban sobre el lugar donde se custodia la bravura, sin que faltase la guasa: «¿Y el Batán para cuándo?» Pues para cuando el anillo de la diva del Bronx… Y ya con un pie en el asfalto y otro en el taxi, el conductor, sin más preámbulo, pronunció la frase que resumía el sentir colectivo: «¿Irá usted a la Venta? No vea qué cosa más bonita ver los toros allí». Porque Sevilla es también eso: un universo de tradiciones que se resisten a morir. Una de las soñadas por Garzón ha sido recuperada ya: el privilegio de que nietos y abuelos puedan contemplar al toro antes de la lidia, en las distancias cortas, sin la urgencia del reloj. Aunque tampoco es que le echaran cuentas los actuantes en tarde de larguras, algún regalo presidencial, toros que embistieron y otros que se desfondaron, detalles que prometían y una faena de absoluto aplomo que no tuvo mayor calado por culpa de la lluvia. Pepe Moral fue el autor. Rezaba el de Los Palacios en el patio de cuadrillas con el rosario entre las manos. Y a la fe se agarró cuando se marchó a la amplísima puerta de toriles: se santiguó y esperó al toro. Se frenó Catalino, con una cara bellísima, chato, algo montado y con unas hechuras de impecable seriedad. No tuvo el comportamiento más ideal en los inicios y menos aún le ayudó ese volatinazo de tanto quebranto. Se apalancó el colorado en banderillas, pero el sevillano se aferró a esas embestidas humilladas que se le habían adivinado. Y sin contemplaciones se puso a torear en la distancia corta. Aplomado mientras aguantaba el tardo viaje, que luego respondía por abajo con nobleza. A cuentagotas, con el depósito de la bravura en el límite, que la gasolina anda muy cara. No sirvió para alcanzar el brillo, pero sí para ver el sitio que pisa hoy este torero, que enterró una gran estocada. Descalzo, como con el Cuadri venteño.Qué cuello lucía el lucero segundo, fino y hecho para embestir, aunque llevase la contraria a sus hechuras en el saludo, a topetazos. Dobló las manos a la salida del peto y se desafinaron las notas en el cambio de tercio (las risitas de Sevilla eran menudas). Y entonces ocurrió lo que tantas veces ha pasado con los Núñez, tan fríos de salida: rompió a embestir humillando, transmitiendo. Rotaba como un compás Lama, en redondo, con pases de pecho sentidos. Mientras sonaba ‘Cielo andaluz’, buscaba las vueltas a izquierdas, siempre deseoso, con algún detalle pinturero. A más la faena y a más la clase de Aventazo, con una fijeza infinita. Lo aprovechó Paco -así lo llamaban sus paisanos-, y eso ya tenía mérito para un torero con sequía de contratos. Brotaron los oles en los naturales finales a pies juntos, enfrontilado, creyéndoselo. El pinchazo antes de la estocada enfrió la petición, que no cuajó, pero Luque Teruel andaba generoso y enseñó el moquero blanco. «¡Válgame Dios!», espetó un acomodador, incrédulo como muchos aficionados. Rebajas abrileñas de ‘preferia’. Con una ovación en el arrastre despidieron al notable Alcurrucén. Un marmolillo era el esculpido tercero, al que había que llegar mucho con los palos, pero ni los avivadores le calentaban. Un muletazo para paladear de Fabio Jiménez nos dejó con la miel en los labios. Siempre en busca de la colocación, con un embroque puro, aguantando los parones. Se oscurecía la jornada, con la tormenta rumiando, y se prendieron las luces. Alargó el debutante y, además, se tragó la muerte el toro mientras muchos subían a las gradas para refugiarse de la lluvia. Diluvio se tornó cuando salía el cuarto, el berrendo en colorado al que todos los móviles disparaban en la Venta de Antequera. Pepe Moral, a lo suyo, se estiró a la verónica en el recibo. Con más ímpetu que sus hermanos se movía Tonadillo, de la familia de los músicos. Se caló el sevillano la montera en otra obra descalza, la de mayor profundidad del sexteto. Muy centrado con el buen toro, el más completo, que respondió con fondo al poderío del sevillano. Barría Moral el albero con la muleta empapada, hundido sobre la tierra, vaciándose por dentro. Corrió la mano con gusto al natural -hubo dos de categoría-, echando los vuelos al hocico, exigiendo tela a Tonadillo. La muleta era entonces el babero de un niño bañado en babas y leche. De mucho peso, como la faena, rematada por abajo toreramente. Nada ayudó el toro músico en la hora final: encima de los pitones se tiró en la estocada, que cayó contraria. Lástima que no tuviese el justo eco bajo los paraguas. Dio una vuelta al ruedo de ley.Luego la tarde, que ya era noche, emprendió la cuesta abajo. Y eso que el quinto se comió el capote y prometió, pero luego duró tanda y media. El sexto, más asperote, sin clase ni ritmo, completó el peor lote de una corrida que, aun con su casta limitada, siempre mantuvo el interés. Si llega a rebosar la bravura con ese exquisito trapío, sale el aficionado embistiendo. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Sábado, 11 de abril de 2026. Segunda de abono. Casi media entrada. Toros de Alcurrucén, excelentemente presentados, de mucha nobleza y de poca raza en general; destacaron 2º y 4º. Pepe Moral, de verde botella y azabache: estocada (saludos); estocada contraria y descabello (vuelta al ruedo). Lama de Góngora, de caña y oro: pinchazo hondo y estocada pelín delantera (oreja tras aviso); pinchazo y estocada (silencio). Fabio Jiménez, de verde esperanza y oro: estocada atravesada (saludos tras aviso); dos pinchazos y estocada (palmas de despedida). RSS de noticias de cultura
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