Lo primero que ve cualquiera que salga de la estación central de Colonia es la catedral. La obra comenzó en 1248 para albergar las reliquias de los Reyes Magos, pero el dinero se acabó, las guerras interrumpieron los trabajos y, a mediados del siglo XVI, quedó abandonada con una grúa medieval de madera en lo alto de una torre, que durante más de tres siglos fue el ‘skyline’ oficial de la ciudad. Las obras se retomaron en 1842 y, en 1880, la catedral quedó por fin terminada y fue, durante unos años, el edificio más alto del mundo. Hoy, ante semejante monumento a la paciencia colectiva y al gótico llevado al límite estructural, la mayoría de la gente que pasea por Colonia coincide en que se parece muchísimo a una catedral de ‘Dark Souls’. Del 26 al 30 de agosto, el recinto de Koelnmesse se convierte en la capital mundial de los videojuegos, sin exagerar demasiado porque, durante estos días, dormir en Colonia puede costar cerca de 900 euros la noche, una cifra que deja en ridículo al Eras Tour, que ya es decir. La primera regla de Gamescom es que nadie lleva uniforme. Aquí conviven, codo con codo, el ejecutivo de traje que negocia licencias millonarias y el chaval de dieciséis años que ha cruzado media Europa en autobús nocturno para probar el nuevo ‘Castlevania’. Ninguno de los dos lo sabe, pero probablemente hagan la misma cola. Un vistazo de toda la gente que ha asistido a Gamescom en uno de los días de convención EFELa segunda regla de Gamescom es que el gamer no tiene cara. Olvídate del friki estereotipado encerrado en su cuarto: esa imagen no sobrevive ni cinco minutos dentro del Koelnmesse. Se cruzan empresarias que dirigen sus propios estudios, médicos que gastan sus vacaciones en hacer cola durante horas, madres que acompañan a sus hijos y acaban enganchadas a los bolos de ‘Switch Sports Resort’ y jubilados que llevan jugando desde los tiempos del Spectrum. Si hay una tercera regla es que el videojuego dejó de ser una subcultura hace mucho tiempo. Es tan transversal como el cine, los libros o el fútbol, pero aquí la camiseta del Real Madrid se reemplaza por una de ‘Final Fantasy’.Una gigantesca celebración del videojuegoEl recinto de Koelnmesse tiene más de una decena de pabellones: la «business area», donde estudios, editoras e inversores cierran acuerdos en salas cerradas lejos del ruido: por otro, las naves abiertas al público, con los grandes estudios ocupando estands que parecen pequeñas ciudades dentro de la ciudad, con escenarios, colas serpenteantes y personal vestido según el juego por el que apuestan. El área de indies es, sin duda, el corazón emocional de todo el evento: cientos de mesas donde desarrolladores de dos o tres personas presentan, a veces por primera vez ante un público real, el juego en el que han invertido años de vida. Basta con pararse cinco minutos ante una de esas mesas para recordar por qué existe todo lo demás. Se necesita casi una hora para acostumbrarse al ambiente de la Gamescom. El acercamiento es, valga la redundancia, físico. Recuperando la esencia del añorado E3, es una feria para tocar el mando antes que nadie, hacerse una foto junto a los Dittos de ‘Pokopia’ o junto a un Rayman gigante, aguantar dos horas de cola por quince minutos de partida e inmiscuirse dentro del periodo Sengoku japonés . Lo bonito de los videojuegos es que son una Torre de Babel invertida. Alemanes, brasileños, coreanos y españoles se cruzan sin entenderse una palabra en su idioma, pero son perfectamente capaces de comunicarse en una partida cooperativa de ‘Orbitals’. Dos empresarios reunidos con dos cosplayers en el área de cosplay EFEGamescom vive, básicamente, a dos velocidades. Durante los primeros días, el acceso está reservado a prensa, profesionales del sector y creadores de contenido. Es el momento en que un director creativo concede su primera entrevista del día mientras, un pasillo más allá, un responsable de marketing despliega diapositivas para explicar el ‘roadmap’ de un juego que aún tardará dos años en salir. Entre sala y sala se cierran distribuciones, se buscan inversores para proyectos indies y se negocian localizaciones para mercados que hace una década nadie se molestaba en mirar. Cuando el público entra, la energía cambia por completo. Gamescom deja entonces de parecer una feria de negocios para convertirse en lo que probablemente siempre ha querido ser: una gigantesca celebración del videojuego. Las reuniones dejan paso a las colas, los pases de prensa a los disfraces y las presentaciones privadas a miles de personas que recorren los pabellones con una misión mucho más sencilla: jugar. Un asistente probando unas gafas de realidad VR en los pasillos de Gamescom EFESer periodista en esos primeros días tiene algo de vivir con la boca cosida. Se entra en una sala oscura, alguien cierra la puerta y durante una hora uno juega a algo que todavía no existe. Se sale de esa sala con la cabeza llena de imágenes que no se pueden compartir y una sonrisa que delata más de lo que debería. Luego llegan las entrevistas, siempre demasiado cortas, quince minutos frente a un director creativo mientras se busca que diga algo más humano, que se le escape sin querer entre tanta frase preparada. Luego, claro, vuelve el silencio. Lo peor de vivir esto con pasión es que no se puede compartir cuando se llega a casa.El evento cierra a las siete, tengan en cuenta que en Alemania ya es hora de cenar. El cuerpo pide cama pero la cabeza sigue encendida; hay mucha dignidad en las pantallas de carga. Muchos de los visitantes prefieren volver cruzando el puente y ver cómo la catedral se va haciendo más grande. Después de décadas anunciando la muerte del jugador, de las consolas o incluso del propio videojuego, basta pasar una tarde en Colonia para comprobar que la partida está lejos de terminar. Para entenderlo ni siquiera hace falta jugar. Basta con hacer cola. Lo primero que ve cualquiera que salga de la estación central de Colonia es la catedral. La obra comenzó en 1248 para albergar las reliquias de los Reyes Magos, pero el dinero se acabó, las guerras interrumpieron los trabajos y, a mediados del siglo XVI, quedó abandonada con una grúa medieval de madera en lo alto de una torre, que durante más de tres siglos fue el ‘skyline’ oficial de la ciudad. Las obras se retomaron en 1842 y, en 1880, la catedral quedó por fin terminada y fue, durante unos años, el edificio más alto del mundo. Hoy, ante semejante monumento a la paciencia colectiva y al gótico llevado al límite estructural, la mayoría de la gente que pasea por Colonia coincide en que se parece muchísimo a una catedral de ‘Dark Souls’. Del 26 al 30 de agosto, el recinto de Koelnmesse se convierte en la capital mundial de los videojuegos, sin exagerar demasiado porque, durante estos días, dormir en Colonia puede costar cerca de 900 euros la noche, una cifra que deja en ridículo al Eras Tour, que ya es decir. La primera regla de Gamescom es que nadie lleva uniforme. Aquí conviven, codo con codo, el ejecutivo de traje que negocia licencias millonarias y el chaval de dieciséis años que ha cruzado media Europa en autobús nocturno para probar el nuevo ‘Castlevania’. Ninguno de los dos lo sabe, pero probablemente hagan la misma cola. Un vistazo de toda la gente que ha asistido a Gamescom en uno de los días de convención EFELa segunda regla de Gamescom es que el gamer no tiene cara. Olvídate del friki estereotipado encerrado en su cuarto: esa imagen no sobrevive ni cinco minutos dentro del Koelnmesse. Se cruzan empresarias que dirigen sus propios estudios, médicos que gastan sus vacaciones en hacer cola durante horas, madres que acompañan a sus hijos y acaban enganchadas a los bolos de ‘Switch Sports Resort’ y jubilados que llevan jugando desde los tiempos del Spectrum. Si hay una tercera regla es que el videojuego dejó de ser una subcultura hace mucho tiempo. Es tan transversal como el cine, los libros o el fútbol, pero aquí la camiseta del Real Madrid se reemplaza por una de ‘Final Fantasy’.Una gigantesca celebración del videojuegoEl recinto de Koelnmesse tiene más de una decena de pabellones: la «business area», donde estudios, editoras e inversores cierran acuerdos en salas cerradas lejos del ruido: por otro, las naves abiertas al público, con los grandes estudios ocupando estands que parecen pequeñas ciudades dentro de la ciudad, con escenarios, colas serpenteantes y personal vestido según el juego por el que apuestan. El área de indies es, sin duda, el corazón emocional de todo el evento: cientos de mesas donde desarrolladores de dos o tres personas presentan, a veces por primera vez ante un público real, el juego en el que han invertido años de vida. Basta con pararse cinco minutos ante una de esas mesas para recordar por qué existe todo lo demás. Se necesita casi una hora para acostumbrarse al ambiente de la Gamescom. El acercamiento es, valga la redundancia, físico. Recuperando la esencia del añorado E3, es una feria para tocar el mando antes que nadie, hacerse una foto junto a los Dittos de ‘Pokopia’ o junto a un Rayman gigante, aguantar dos horas de cola por quince minutos de partida e inmiscuirse dentro del periodo Sengoku japonés . Lo bonito de los videojuegos es que son una Torre de Babel invertida. Alemanes, brasileños, coreanos y españoles se cruzan sin entenderse una palabra en su idioma, pero son perfectamente capaces de comunicarse en una partida cooperativa de ‘Orbitals’. Dos empresarios reunidos con dos cosplayers en el área de cosplay EFEGamescom vive, básicamente, a dos velocidades. Durante los primeros días, el acceso está reservado a prensa, profesionales del sector y creadores de contenido. Es el momento en que un director creativo concede su primera entrevista del día mientras, un pasillo más allá, un responsable de marketing despliega diapositivas para explicar el ‘roadmap’ de un juego que aún tardará dos años en salir. Entre sala y sala se cierran distribuciones, se buscan inversores para proyectos indies y se negocian localizaciones para mercados que hace una década nadie se molestaba en mirar. Cuando el público entra, la energía cambia por completo. Gamescom deja entonces de parecer una feria de negocios para convertirse en lo que probablemente siempre ha querido ser: una gigantesca celebración del videojuego. Las reuniones dejan paso a las colas, los pases de prensa a los disfraces y las presentaciones privadas a miles de personas que recorren los pabellones con una misión mucho más sencilla: jugar. Un asistente probando unas gafas de realidad VR en los pasillos de Gamescom EFESer periodista en esos primeros días tiene algo de vivir con la boca cosida. Se entra en una sala oscura, alguien cierra la puerta y durante una hora uno juega a algo que todavía no existe. Se sale de esa sala con la cabeza llena de imágenes que no se pueden compartir y una sonrisa que delata más de lo que debería. Luego llegan las entrevistas, siempre demasiado cortas, quince minutos frente a un director creativo mientras se busca que diga algo más humano, que se le escape sin querer entre tanta frase preparada. Luego, claro, vuelve el silencio. Lo peor de vivir esto con pasión es que no se puede compartir cuando se llega a casa.El evento cierra a las siete, tengan en cuenta que en Alemania ya es hora de cenar. El cuerpo pide cama pero la cabeza sigue encendida; hay mucha dignidad en las pantallas de carga. Muchos de los visitantes prefieren volver cruzando el puente y ver cómo la catedral se va haciendo más grande. Después de décadas anunciando la muerte del jugador, de las consolas o incluso del propio videojuego, basta pasar una tarde en Colonia para comprobar que la partida está lejos de terminar. Para entenderlo ni siquiera hace falta jugar. Basta con hacer cola. Lo primero que ve cualquiera que salga de la estación central de Colonia es la catedral. La obra comenzó en 1248 para albergar las reliquias de los Reyes Magos, pero el dinero se acabó, las guerras interrumpieron los trabajos y, a mediados del siglo XVI, quedó abandonada con una grúa medieval de madera en lo alto de una torre, que durante más de tres siglos fue el ‘skyline’ oficial de la ciudad. Las obras se retomaron en 1842 y, en 1880, la catedral quedó por fin terminada y fue, durante unos años, el edificio más alto del mundo. Hoy, ante semejante monumento a la paciencia colectiva y al gótico llevado al límite estructural, la mayoría de la gente que pasea por Colonia coincide en que se parece muchísimo a una catedral de ‘Dark Souls’. Del 26 al 30 de agosto, el recinto de Koelnmesse se convierte en la capital mundial de los videojuegos, sin exagerar demasiado porque, durante estos días, dormir en Colonia puede costar cerca de 900 euros la noche, una cifra que deja en ridículo al Eras Tour, que ya es decir. La primera regla de Gamescom es que nadie lleva uniforme. Aquí conviven, codo con codo, el ejecutivo de traje que negocia licencias millonarias y el chaval de dieciséis años que ha cruzado media Europa en autobús nocturno para probar el nuevo ‘Castlevania’. Ninguno de los dos lo sabe, pero probablemente hagan la misma cola. Un vistazo de toda la gente que ha asistido a Gamescom en uno de los días de convención EFELa segunda regla de Gamescom es que el gamer no tiene cara. Olvídate del friki estereotipado encerrado en su cuarto: esa imagen no sobrevive ni cinco minutos dentro del Koelnmesse. Se cruzan empresarias que dirigen sus propios estudios, médicos que gastan sus vacaciones en hacer cola durante horas, madres que acompañan a sus hijos y acaban enganchadas a los bolos de ‘Switch Sports Resort’ y jubilados que llevan jugando desde los tiempos del Spectrum. Si hay una tercera regla es que el videojuego dejó de ser una subcultura hace mucho tiempo. Es tan transversal como el cine, los libros o el fútbol, pero aquí la camiseta del Real Madrid se reemplaza por una de ‘Final Fantasy’.Una gigantesca celebración del videojuegoEl recinto de Koelnmesse tiene más de una decena de pabellones: la «business area», donde estudios, editoras e inversores cierran acuerdos en salas cerradas lejos del ruido: por otro, las naves abiertas al público, con los grandes estudios ocupando estands que parecen pequeñas ciudades dentro de la ciudad, con escenarios, colas serpenteantes y personal vestido según el juego por el que apuestan. El área de indies es, sin duda, el corazón emocional de todo el evento: cientos de mesas donde desarrolladores de dos o tres personas presentan, a veces por primera vez ante un público real, el juego en el que han invertido años de vida. Basta con pararse cinco minutos ante una de esas mesas para recordar por qué existe todo lo demás. Se necesita casi una hora para acostumbrarse al ambiente de la Gamescom. El acercamiento es, valga la redundancia, físico. Recuperando la esencia del añorado E3, es una feria para tocar el mando antes que nadie, hacerse una foto junto a los Dittos de ‘Pokopia’ o junto a un Rayman gigante, aguantar dos horas de cola por quince minutos de partida e inmiscuirse dentro del periodo Sengoku japonés . Lo bonito de los videojuegos es que son una Torre de Babel invertida. Alemanes, brasileños, coreanos y españoles se cruzan sin entenderse una palabra en su idioma, pero son perfectamente capaces de comunicarse en una partida cooperativa de ‘Orbitals’. Dos empresarios reunidos con dos cosplayers en el área de cosplay EFEGamescom vive, básicamente, a dos velocidades. Durante los primeros días, el acceso está reservado a prensa, profesionales del sector y creadores de contenido. Es el momento en que un director creativo concede su primera entrevista del día mientras, un pasillo más allá, un responsable de marketing despliega diapositivas para explicar el ‘roadmap’ de un juego que aún tardará dos años en salir. Entre sala y sala se cierran distribuciones, se buscan inversores para proyectos indies y se negocian localizaciones para mercados que hace una década nadie se molestaba en mirar. Cuando el público entra, la energía cambia por completo. Gamescom deja entonces de parecer una feria de negocios para convertirse en lo que probablemente siempre ha querido ser: una gigantesca celebración del videojuego. Las reuniones dejan paso a las colas, los pases de prensa a los disfraces y las presentaciones privadas a miles de personas que recorren los pabellones con una misión mucho más sencilla: jugar. Un asistente probando unas gafas de realidad VR en los pasillos de Gamescom EFESer periodista en esos primeros días tiene algo de vivir con la boca cosida. Se entra en una sala oscura, alguien cierra la puerta y durante una hora uno juega a algo que todavía no existe. Se sale de esa sala con la cabeza llena de imágenes que no se pueden compartir y una sonrisa que delata más de lo que debería. Luego llegan las entrevistas, siempre demasiado cortas, quince minutos frente a un director creativo mientras se busca que diga algo más humano, que se le escape sin querer entre tanta frase preparada. Luego, claro, vuelve el silencio. Lo peor de vivir esto con pasión es que no se puede compartir cuando se llega a casa.El evento cierra a las siete, tengan en cuenta que en Alemania ya es hora de cenar. El cuerpo pide cama pero la cabeza sigue encendida; hay mucha dignidad en las pantallas de carga. Muchos de los visitantes prefieren volver cruzando el puente y ver cómo la catedral se va haciendo más grande. Después de décadas anunciando la muerte del jugador, de las consolas o incluso del propio videojuego, basta pasar una tarde en Colonia para comprobar que la partida está lejos de terminar. Para entenderlo ni siquiera hace falta jugar. Basta con hacer cola. RSS de noticias de cultura
Noticias Similares
