No importa la postura que defendamos ante el suicidio asistido de Noelia Castillo. El debate, la duda o la seguridad que cada uno de nosotros tengamos sobre este drama son propios de nuestra naturaleza humana. La cuestión de fondo tiene que ver con las carambolas electorales que respaldan a un Ejecutivo al que nada importan los efectos de su gobernanza pero hay otro problema que no se va a resolver ni cambiando de gobierno. La joven Noelia no ha estado presente desde el jueves en nuestras conversaciones por imposición de una ley involucionista que fomenta la muerte en lugar de la vida. Este drama ha estado en nuestra agenda porque desde los medios de comunicación hemos convertido la anécdota en categoría. No nos engañemos, esta joven, se piense lo que se piense de ella, es una víctima. Los periodistas que decidieron convertir esa muerte en directo en su plato fuerte para buscar audiencia y los que, a posteriori, nos sumamos al aquelarre tenemos una grave responsabilidad en el asunto.Hace años, las muertes por suicidio eran deliberadamente excluidas de los contenidos informativos. Esa autocensura nada tenía que ver con normativas u órganos institucionales de control sino con la ética y la deontología profesional. Ningún gobierno, ni institución pueden controlar lo publicado en un medio de comunicación porque eso supondría renunciar a nuestra democracia. Esa verdad incuestionable es el garante de la libertad de expresión y el derecho a la información que cualquier periodista debiera defender hasta con su vida pero no es una patente de corso. Un periodista no debe de ser censurado pero cada vez que publica algo debe pensar si lo hace en defensa de ese sagrado derecho a la información o para subir la audiencia. La autocensura sobre los suicidios no se basaba en una cuestión moral sino en una cuestión real derivada del efecto contagio. Aquel acuerdo no escrito de las redacciones se ha transmutado esta semana no en una información sobre un suicidio sino en la retransmisión en directo del mismo. La libertad de expresión justifica una información tanto como a los profesionales nos obliga a cumplir con nuestra responsabilidad social. El problema no es hablar de la muerte de Noelia Castillo por una cuestión legal, ética o religiosa sino por la integridad de quienes están al otro lado del televisor, sostienen un periódico en sus manos o escuchan la radio mientras soportan una depresión.La muerte de Noelia Castillo se produjo el jueves y muchos ya nos habremos olvidado de ella este lunes. A buen seguro, Trump y Sánchez nos adornarán con alguna de sus invenciones mientras escuchamos la radio camino del trabajo. El problema no lo tenemos los que hemos pasado la semana debatiendo sobre los efectos atroces de la eutanasia, el problema lo tienen los que desde entonces se ven iguales a Noelia y a estas horas se debaten entre la vida y la muerte. Una muerte de celuloide que a la inmensa mayoría nos provocará desazón pero que nunca nos plantearemos como una opción. Lo mismo ocurre cuando nos empeñamos en dar detalles sobre la muerte de una mujer a manos de su marido o contamos la historia de un menor que se ha quitado la vida superado por el acoso escolar. Las víctimas y los verdugos asientan su mirada en esas imágenes que para nosotros solo son «libertad de expresión» o «derecho a la información». El suicidio, la violencia de género o el acoso escolar tienen que tratarse no como meras exclusivas sino como claves de bóveda sobre las que asentar lo que somos y lo que pretendemos ser. Si de nosotros, los periodistas, depende que la política haga autocrítica es de justicia que nosotros también la hagamos con nuestro trabajo. No importa la postura que defendamos ante el suicidio asistido de Noelia Castillo. El debate, la duda o la seguridad que cada uno de nosotros tengamos sobre este drama son propios de nuestra naturaleza humana. La cuestión de fondo tiene que ver con las carambolas electorales que respaldan a un Ejecutivo al que nada importan los efectos de su gobernanza pero hay otro problema que no se va a resolver ni cambiando de gobierno. La joven Noelia no ha estado presente desde el jueves en nuestras conversaciones por imposición de una ley involucionista que fomenta la muerte en lugar de la vida. Este drama ha estado en nuestra agenda porque desde los medios de comunicación hemos convertido la anécdota en categoría. No nos engañemos, esta joven, se piense lo que se piense de ella, es una víctima. Los periodistas que decidieron convertir esa muerte en directo en su plato fuerte para buscar audiencia y los que, a posteriori, nos sumamos al aquelarre tenemos una grave responsabilidad en el asunto.Hace años, las muertes por suicidio eran deliberadamente excluidas de los contenidos informativos. Esa autocensura nada tenía que ver con normativas u órganos institucionales de control sino con la ética y la deontología profesional. Ningún gobierno, ni institución pueden controlar lo publicado en un medio de comunicación porque eso supondría renunciar a nuestra democracia. Esa verdad incuestionable es el garante de la libertad de expresión y el derecho a la información que cualquier periodista debiera defender hasta con su vida pero no es una patente de corso. Un periodista no debe de ser censurado pero cada vez que publica algo debe pensar si lo hace en defensa de ese sagrado derecho a la información o para subir la audiencia. La autocensura sobre los suicidios no se basaba en una cuestión moral sino en una cuestión real derivada del efecto contagio. Aquel acuerdo no escrito de las redacciones se ha transmutado esta semana no en una información sobre un suicidio sino en la retransmisión en directo del mismo. La libertad de expresión justifica una información tanto como a los profesionales nos obliga a cumplir con nuestra responsabilidad social. El problema no es hablar de la muerte de Noelia Castillo por una cuestión legal, ética o religiosa sino por la integridad de quienes están al otro lado del televisor, sostienen un periódico en sus manos o escuchan la radio mientras soportan una depresión.La muerte de Noelia Castillo se produjo el jueves y muchos ya nos habremos olvidado de ella este lunes. A buen seguro, Trump y Sánchez nos adornarán con alguna de sus invenciones mientras escuchamos la radio camino del trabajo. El problema no lo tenemos los que hemos pasado la semana debatiendo sobre los efectos atroces de la eutanasia, el problema lo tienen los que desde entonces se ven iguales a Noelia y a estas horas se debaten entre la vida y la muerte. Una muerte de celuloide que a la inmensa mayoría nos provocará desazón pero que nunca nos plantearemos como una opción. Lo mismo ocurre cuando nos empeñamos en dar detalles sobre la muerte de una mujer a manos de su marido o contamos la historia de un menor que se ha quitado la vida superado por el acoso escolar. Las víctimas y los verdugos asientan su mirada en esas imágenes que para nosotros solo son «libertad de expresión» o «derecho a la información». El suicidio, la violencia de género o el acoso escolar tienen que tratarse no como meras exclusivas sino como claves de bóveda sobre las que asentar lo que somos y lo que pretendemos ser. Si de nosotros, los periodistas, depende que la política haga autocrítica es de justicia que nosotros también la hagamos con nuestro trabajo. No importa la postura que defendamos ante el suicidio asistido de Noelia Castillo. El debate, la duda o la seguridad que cada uno de nosotros tengamos sobre este drama son propios de nuestra naturaleza humana. La cuestión de fondo tiene que ver con las carambolas electorales que respaldan a un Ejecutivo al que nada importan los efectos de su gobernanza pero hay otro problema que no se va a resolver ni cambiando de gobierno. La joven Noelia no ha estado presente desde el jueves en nuestras conversaciones por imposición de una ley involucionista que fomenta la muerte en lugar de la vida. Este drama ha estado en nuestra agenda porque desde los medios de comunicación hemos convertido la anécdota en categoría. No nos engañemos, esta joven, se piense lo que se piense de ella, es una víctima. Los periodistas que decidieron convertir esa muerte en directo en su plato fuerte para buscar audiencia y los que, a posteriori, nos sumamos al aquelarre tenemos una grave responsabilidad en el asunto.Hace años, las muertes por suicidio eran deliberadamente excluidas de los contenidos informativos. Esa autocensura nada tenía que ver con normativas u órganos institucionales de control sino con la ética y la deontología profesional. Ningún gobierno, ni institución pueden controlar lo publicado en un medio de comunicación porque eso supondría renunciar a nuestra democracia. Esa verdad incuestionable es el garante de la libertad de expresión y el derecho a la información que cualquier periodista debiera defender hasta con su vida pero no es una patente de corso. Un periodista no debe de ser censurado pero cada vez que publica algo debe pensar si lo hace en defensa de ese sagrado derecho a la información o para subir la audiencia. La autocensura sobre los suicidios no se basaba en una cuestión moral sino en una cuestión real derivada del efecto contagio. Aquel acuerdo no escrito de las redacciones se ha transmutado esta semana no en una información sobre un suicidio sino en la retransmisión en directo del mismo. La libertad de expresión justifica una información tanto como a los profesionales nos obliga a cumplir con nuestra responsabilidad social. El problema no es hablar de la muerte de Noelia Castillo por una cuestión legal, ética o religiosa sino por la integridad de quienes están al otro lado del televisor, sostienen un periódico en sus manos o escuchan la radio mientras soportan una depresión.La muerte de Noelia Castillo se produjo el jueves y muchos ya nos habremos olvidado de ella este lunes. A buen seguro, Trump y Sánchez nos adornarán con alguna de sus invenciones mientras escuchamos la radio camino del trabajo. El problema no lo tenemos los que hemos pasado la semana debatiendo sobre los efectos atroces de la eutanasia, el problema lo tienen los que desde entonces se ven iguales a Noelia y a estas horas se debaten entre la vida y la muerte. Una muerte de celuloide que a la inmensa mayoría nos provocará desazón pero que nunca nos plantearemos como una opción. Lo mismo ocurre cuando nos empeñamos en dar detalles sobre la muerte de una mujer a manos de su marido o contamos la historia de un menor que se ha quitado la vida superado por el acoso escolar. Las víctimas y los verdugos asientan su mirada en esas imágenes que para nosotros solo son «libertad de expresión» o «derecho a la información». El suicidio, la violencia de género o el acoso escolar tienen que tratarse no como meras exclusivas sino como claves de bóveda sobre las que asentar lo que somos y lo que pretendemos ser. Si de nosotros, los periodistas, depende que la política haga autocrítica es de justicia que nosotros también la hagamos con nuestro trabajo. RSS de noticias de espana
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