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En el número 11 del Paseo Marqués de Zafra hoy no hay barullo. A las venezolanas del barrio nadie les gana en risas. Pero ahora, justo ahora, están apagadas. Les han bajado el volumen de golpe. «¿Cómo está tu familia?» . «¿Están bien los tuyos?», preguntan los clientes. También los que se asoman al local solo para interesarse por ellas. A Luisa, a Mayerlin y a Jennifer no hay quien les borre la arruga del entrecejo. Tienen la cabeza en San Bernardino , donde se desplomó el edificio de una; en Los Corales , de donde es la suegra de una, o en Maracay, adonde mandaron a la familia de la otra después del desalojo. Como ellas, cientos y miles de ciudadanos de la diáspora lucen una grieta en el semblante. Vivan en Madrid, Málaga, Barcelona, París, Londres o en Berlín, comparten el mismo gesto: la mirada se les queda pegada a la pantalla del móvil. A los venezolanos se les cayó el mundo, dentro y fuera de Venezuela. Acostumbrados a la demolición, este terremoto los sorprende con la mano en el corazón. A los que están dentro —reporteando, llevando agua y comida o tan solo sobreviviendo— la vida los agarra por la pechera y les recuerda qué aspecto tiene el mundo cuando se pone del revés. Sus vidas se nos aparecen en conversaciones, los grupos de Whastapp y las peticiones de ayuda. La reportera Goizeder Azúa no se ha movido de Barajas, desde donde sigue el minuto a minuto de quienes intentan ir a ayudar. En la Terminal 4 entrevistó a un padre venezolano que intentaba viajar de urgencia a Venezuela tras enterarse de que su hijo había quedado atrapado bajo los escombros del terremoto. El hombre relató que llevaba horas intentando conseguir un asiento en un vuelo. Como él, decenas de personas se organizan, pegan carteles con la dirección de centros de acopio o intentan ser útiles, aunque no tengan ni idea cómo. En Venezuela, de Catia La Mar hacia adentro, quedan a la vista las grietas de la casa grande. El futbolista argentino Lucas Trejo, del Sport Marítimo La Guaira , pasó 74 horas removiendo escombros con sus propias manos con la esperanza de encontrar con vida a su esposa, Yanina Maranella, y a sus hijos, Aarón y Ainhoa; finalmente, los tres fueron recuperados sin vida. Mabel Hernández permanece frente al edificio donde quedaron sepultados su hermano, su cuñada, sus dos sobrinos y sus padres, mientras denuncia la falta de maquinaria para acelerar las labores de rescate y observa cómo vecinos y familiares excavan con las manos. En la pantalla del móvil, también en los informativos, un padre remueve escombros con el peluche favorito de su hijo fallecido. En el conjunto residencial Oppe33, en La Guaira, otros familiares permanecen día y noche. El tiempo corre en dirección contraria a la vida y hay quienes intentan sacarle ventaja para ganarle unos pasos a la muerte. Desde que ocurrieron los terremotos, todos los días un joven acude a un refugio en La Guaira para repartir zumos a los niños afectados. Cuando regresó en su siguiente visita, varios pequeños corrieron hacia él y uno le dijo emocionado: «¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!». La vida parece normal cuando la gente sonríe. De momento a esos más de quinientos niños que se han quedado sin padres ni madres les urge un simulacro de alegría venga de donde venga y lo ofrezca quien lo ofrezca. En el número 11 del Paseo Marqués de Zafra hoy no hay barullo. A las venezolanas del barrio nadie les gana en risas. Pero ahora, justo ahora, están apagadas. Les han bajado el volumen de golpe. «¿Cómo está tu familia?» . «¿Están bien los tuyos?», preguntan los clientes. También los que se asoman al local solo para interesarse por ellas. A Luisa, a Mayerlin y a Jennifer no hay quien les borre la arruga del entrecejo. Tienen la cabeza en San Bernardino , donde se desplomó el edificio de una; en Los Corales , de donde es la suegra de una, o en Maracay, adonde mandaron a la familia de la otra después del desalojo. Como ellas, cientos y miles de ciudadanos de la diáspora lucen una grieta en el semblante. Vivan en Madrid, Málaga, Barcelona, París, Londres o en Berlín, comparten el mismo gesto: la mirada se les queda pegada a la pantalla del móvil. A los venezolanos se les cayó el mundo, dentro y fuera de Venezuela. Acostumbrados a la demolición, este terremoto los sorprende con la mano en el corazón. A los que están dentro —reporteando, llevando agua y comida o tan solo sobreviviendo— la vida los agarra por la pechera y les recuerda qué aspecto tiene el mundo cuando se pone del revés. Sus vidas se nos aparecen en conversaciones, los grupos de Whastapp y las peticiones de ayuda. La reportera Goizeder Azúa no se ha movido de Barajas, desde donde sigue el minuto a minuto de quienes intentan ir a ayudar. En la Terminal 4 entrevistó a un padre venezolano que intentaba viajar de urgencia a Venezuela tras enterarse de que su hijo había quedado atrapado bajo los escombros del terremoto. El hombre relató que llevaba horas intentando conseguir un asiento en un vuelo. Como él, decenas de personas se organizan, pegan carteles con la dirección de centros de acopio o intentan ser útiles, aunque no tengan ni idea cómo. En Venezuela, de Catia La Mar hacia adentro, quedan a la vista las grietas de la casa grande. El futbolista argentino Lucas Trejo, del Sport Marítimo La Guaira , pasó 74 horas removiendo escombros con sus propias manos con la esperanza de encontrar con vida a su esposa, Yanina Maranella, y a sus hijos, Aarón y Ainhoa; finalmente, los tres fueron recuperados sin vida. Mabel Hernández permanece frente al edificio donde quedaron sepultados su hermano, su cuñada, sus dos sobrinos y sus padres, mientras denuncia la falta de maquinaria para acelerar las labores de rescate y observa cómo vecinos y familiares excavan con las manos. En la pantalla del móvil, también en los informativos, un padre remueve escombros con el peluche favorito de su hijo fallecido. En el conjunto residencial Oppe33, en La Guaira, otros familiares permanecen día y noche. El tiempo corre en dirección contraria a la vida y hay quienes intentan sacarle ventaja para ganarle unos pasos a la muerte. Desde que ocurrieron los terremotos, todos los días un joven acude a un refugio en La Guaira para repartir zumos a los niños afectados. Cuando regresó en su siguiente visita, varios pequeños corrieron hacia él y uno le dijo emocionado: «¡Ayer no viniste! ¡Qué bueno verte otra vez!». La vida parece normal cuando la gente sonríe. De momento a esos más de quinientos niños que se han quedado sin padres ni madres les urge un simulacro de alegría venga de donde venga y lo ofrezca quien lo ofrezca.  En el número 11 del Paseo Marqués de Zafra hoy no hay barullo. A las venezolanas del barrio nadie les gana en risas. Pero ahora, justo ahora, están apagadas. Les han bajado el volumen de golpe. «¿Cómo está tu familia?» . «¿Están bien los tuyos?», preguntan los clientes. También los que se asoman al local solo para interesarse por ellas. A Luisa, a Mayerlin y a Jennifer no hay quien les borre la arruga del entrecejo. Tienen la cabeza en San Bernardino , donde se desplomó el edificio de una; en Los Corales , de donde es la suegra de una, o en Maracay, adonde mandaron a la familia de la otra después del desalojo. Como ellas, cientos y miles de ciudadanos de la diáspora lucen una grieta en el semblante. Vivan en Madrid, Málaga, Barcelona, París, Londres o en Berlín, comparten el mismo gesto: la mirada se les queda pegada a la pantalla del móvil. A los venezolanos se les cayó el mundo, dentro y fuera de Venezuela. Acostumbrados a la demolición, este terremoto los sorprende con la mano en el corazón. A los que están dentro —reporteando, llevando agua y comida o tan solo sobreviviendo— la vida los agarra por la pechera y les recuerda qué aspecto tiene el mundo cuando se pone del revés. Sus vidas se nos aparecen en conversaciones, los grupos de Whastapp y las peticiones de ayuda. La reportera Goizeder Azúa no se ha movido de Barajas, desde donde sigue el minuto a minuto de quienes intentan ir a ayudar. En la Terminal 4 entrevistó a un padre venezolano que intentaba viajar de urgencia a Venezuela tras enterarse de que su hijo había quedado atrapado bajo los escombros del terremoto. El hombre relató que llevaba horas intentando conseguir un asiento en un vuelo. 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