O no somos los que éramos o el mundo blandengue y pueril se ha adueñado del presente, una realidad de nenazas vestidas de adultos. En la vieja cultura de la manifestación y la protesta, en las revueltas estudiantiles, tirábamos auténticos pedrolos contra la poli, y ésta cargaba de verdad; nos daba con las porras una somanta de leches de muy señor mío, produciendo fracturas e internamientos de hospital a mansalva, más veraces grietas que sangraban de veras. Nosotros nos quejábamos, claro, pero nada de lloriquear ante las cámaras, y eso que éramos unos críos allá por la década de los ochenta. Nuestros mayores, en las marchas obreras, lanzaban con tirachinas rodamientos y fabricaban cohetes, y los antidisturbios cargaban con la misma intensidad que si fueran unos chavalitos. Entonces el que te machacasen estaba a la orden del día y ni una sola lágrima perlaba las mejillas de jóvenes y adultos. Ahora, sin embargo, todo dios lloriquea ante la mínima agresión. Es algo que comento a menudo con Cándido Méndez, exsecretario general de la UGT. Y es que los sindicalistas de ahora, comparados con los de antaño, son delicados a más no poder; mejor que se dedicasen al noble oficio de floristeros, porque en este, donde forma parte del tajo que pateen, hay que tener los mínimos redaños. Los dos grandes sindicatos, hoy por hoy, están a mamar de la teta pública y a organizar la huelga general a la voz de su amo.Qué tiempos aquellos en los que volvía a casa con la cara hinchada a tortas y sangrando como un cochino en San Martín. Y lo que se ligaba luego en las escuelas y las plazas, porque las chavalucas también recibían lo suyo, las trataban a torta limpia y porrazos.A un tal Pablo, secretario de organización de Podemos, la policía le hizo, se ve en la tele, una caricia. Y va el chico y se pone a llorar como si estuviera en el funeral de un familiar, bua bua bua, y a quejarse de los violentos que son nuestros antidisturbios. Este tipo es un blandito de manual. Y así no vas. O no somos los que éramos o el mundo blandengue y pueril se ha adueñado del presente, una realidad de nenazas vestidas de adultos. En la vieja cultura de la manifestación y la protesta, en las revueltas estudiantiles, tirábamos auténticos pedrolos contra la poli, y ésta cargaba de verdad; nos daba con las porras una somanta de leches de muy señor mío, produciendo fracturas e internamientos de hospital a mansalva, más veraces grietas que sangraban de veras. Nosotros nos quejábamos, claro, pero nada de lloriquear ante las cámaras, y eso que éramos unos críos allá por la década de los ochenta. Nuestros mayores, en las marchas obreras, lanzaban con tirachinas rodamientos y fabricaban cohetes, y los antidisturbios cargaban con la misma intensidad que si fueran unos chavalitos. Entonces el que te machacasen estaba a la orden del día y ni una sola lágrima perlaba las mejillas de jóvenes y adultos. Ahora, sin embargo, todo dios lloriquea ante la mínima agresión. Es algo que comento a menudo con Cándido Méndez, exsecretario general de la UGT. Y es que los sindicalistas de ahora, comparados con los de antaño, son delicados a más no poder; mejor que se dedicasen al noble oficio de floristeros, porque en este, donde forma parte del tajo que pateen, hay que tener los mínimos redaños. Los dos grandes sindicatos, hoy por hoy, están a mamar de la teta pública y a organizar la huelga general a la voz de su amo.Qué tiempos aquellos en los que volvía a casa con la cara hinchada a tortas y sangrando como un cochino en San Martín. Y lo que se ligaba luego en las escuelas y las plazas, porque las chavalucas también recibían lo suyo, las trataban a torta limpia y porrazos.A un tal Pablo, secretario de organización de Podemos, la policía le hizo, se ve en la tele, una caricia. Y va el chico y se pone a llorar como si estuviera en el funeral de un familiar, bua bua bua, y a quejarse de los violentos que son nuestros antidisturbios. Este tipo es un blandito de manual. Y así no vas. O no somos los que éramos o el mundo blandengue y pueril se ha adueñado del presente, una realidad de nenazas vestidas de adultos. En la vieja cultura de la manifestación y la protesta, en las revueltas estudiantiles, tirábamos auténticos pedrolos contra la poli, y ésta cargaba de verdad; nos daba con las porras una somanta de leches de muy señor mío, produciendo fracturas e internamientos de hospital a mansalva, más veraces grietas que sangraban de veras. Nosotros nos quejábamos, claro, pero nada de lloriquear ante las cámaras, y eso que éramos unos críos allá por la década de los ochenta. Nuestros mayores, en las marchas obreras, lanzaban con tirachinas rodamientos y fabricaban cohetes, y los antidisturbios cargaban con la misma intensidad que si fueran unos chavalitos. Entonces el que te machacasen estaba a la orden del día y ni una sola lágrima perlaba las mejillas de jóvenes y adultos. Ahora, sin embargo, todo dios lloriquea ante la mínima agresión. Es algo que comento a menudo con Cándido Méndez, exsecretario general de la UGT. Y es que los sindicalistas de ahora, comparados con los de antaño, son delicados a más no poder; mejor que se dedicasen al noble oficio de floristeros, porque en este, donde forma parte del tajo que pateen, hay que tener los mínimos redaños. Los dos grandes sindicatos, hoy por hoy, están a mamar de la teta pública y a organizar la huelga general a la voz de su amo.Qué tiempos aquellos en los que volvía a casa con la cara hinchada a tortas y sangrando como un cochino en San Martín. Y lo que se ligaba luego en las escuelas y las plazas, porque las chavalucas también recibían lo suyo, las trataban a torta limpia y porrazos.A un tal Pablo, secretario de organización de Podemos, la policía le hizo, se ve en la tele, una caricia. Y va el chico y se pone a llorar como si estuviera en el funeral de un familiar, bua bua bua, y a quejarse de los violentos que son nuestros antidisturbios. Este tipo es un blandito de manual. Y así no vas. RSS de noticias de cultura
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