<p>Hace unos meses tomaba café en casa de un amigo cuando su hijo, de 18 años, salió de su habitación. «¿A dónde vas?». Y el joven, con esa despreocupación letárgica del adolescente, respondió: «He quedado en la Fnac para blanquear el bono». Mi amigo debió detectar la perplejidad en mi cara y, tímidamente avergonzado, me explicó: «Se ponen en la cola de la Fnac y ofrecen pagar la compra a quien vaya a llevarse un libro o un disco: ellos pasan el bono y se quedan con el dinero». Me pareció un buen ejemplo de política pública mal diseñada: a nadie se le ocurrió que los chicos buscarían la forma de convertir el bono cultural en gin-tonics.</p>
Hace unos meses tomaba café en casa de un amigo cuando su hijo, de 18 años, salió de su habitación. «¿A dónde vas?». Y el joven, con esa despreocupación letárgica del adolescent
<p>Hace unos meses tomaba café en casa de un amigo cuando su hijo, de 18 años, salió de su habitación. «¿A dónde vas?». Y el joven, con esa despreocupación letárgica del adolescente, respondió: «He quedado en la Fnac para blanquear el bono». Mi amigo debió detectar la perplejidad en mi cara y, tímidamente avergonzado, me explicó: «Se ponen en la cola de la Fnac y ofrecen pagar la compra a quien vaya a llevarse un libro o un disco: ellos pasan el bono y se quedan con el dinero». Me pareció un buen ejemplo de política pública mal diseñada: a nadie se le ocurrió que los chicos buscarían la forma de convertir el bono cultural en gin-tonics.</p>
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