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Al Sevilla FC lo mataron hace tiempo. Quizás demasiado. Las alarmas que resonaban en el Sánchez-Pizjuán años atrás no llegaban del todo nítidas a una grada que ha apoyado, y lo sigue haciendo, pese a saber la desazón que duerme detrás de la puerta de una temporada que va a terminar como todos saben: con el amor de sus vidas desterrado en la Segunda división. El heptacampeón de la Europa League se apresura a perder una categoría que lo acercará por una vez (y sin que sirva de precedente) a sus mediocres dirigentes, unos directivos directamente culpables (y quienes los apoyan desde la comodidad de sus casas) de una situación que sólo con decisiones malas por encima de otras peores, que ni el peor enemigo a los mandos de tus intereses sería capaz de cometer, han sido capaces de llevar a un club de envidiado a ser el hazmerreír de España. O el que más lástima suscita, que es incluso peor. Las soluciones a tanto esperpento no son conocidas o, mejor dicho, viables. Pedirle al aficionado que haga más de lo que hace carece de sentido. Anima cuando le dan ganas de romperlo todo. Viaja en masa cuando debería estar gastando su dinero en algo que de verdad le hiciese disfrutar. Pierde parte de vida por un sentimiento que no abandonará, pero que le está desgarrando por dentro, amargándole otros momentos de su vida cotidiana que deberían estar llenos de felicidad.Porque es el Sevilla FC y tu mirada nace desde el pecho, no desde los ojos. A tus hijos le ves los defectos más tarde que cualquiera. No quieres pensar que sean egoístas, traicioneros o que sean capaces de mentirte a la cara. El mejor de ellos, algún día, terminará pecando. Por mucho que el Sevilla lleve años bordeando lo inevitable, la venda nunca termina de caerse. Mucha culpa tiene esa maravillosa Europa League , la séptima, que dio brillo de palacio versallesco a lo que ya se había convertido en un auténtico solar. Detenernos en los culpables también sobra en estos momentos. Las historias (y quien sabe si los juzgados) terminarán por ponerlos en su lugar. Los nombres y apellidos están encima de la mesa. Responsables hay muchos, e incluso ídolos que ahora picotean sobre la cabeza del presidente. Pero los únicos culpables con mayúsculas son los gestores. Los que deciden como si esto fuese un Monopoly en el que puedes reiniciar la partida si la tarde se alarga demasiado.Las ochos jornadas que restan serán de una agonía insoportable. De creer que es posible cuando el descenso parece estar escrito. Hay quien se resiste a verlo y cree en uno de esos milagros que esta época nos trae siempre al recuerdo. Sólo la intervención divina sería capaz de hacer que el Sevilla ganase los tres partidos que necesita; o que Carmona tomase una decisión inteligente; que Gudelj diese un pase hacia adelante a uno que vista como él; incluso que Akor controlase un balón como si su profesión fuese ser futbolista. Un despropósito de plantilla que el otrora alegre Antonio Cordón, ahora experto en velatorios, no fue capaz de mejorar salvo en la portería, donde a Vlachodimos se le terminaron hace semanas esos mismos milagros que posibilitaron que el Sevilla no estuviese descendido en marzo. Pese a todo, el momento de atizar a los culpables ya llegará, por mucho que salgan públicamente, tras pasar por la casa de Dios, para decir cuantas sandeces se le ocurriesen a ese presidente que, poco a poco, va entrando en un estado onírico, como de una realidad paralela donde alguien le ha dicho que lo está haciendo de lujo. Que cada error que ha cometido en verdad era inevitable y que en su haber tiene una dedicación intachable. Supongo que ahora echará de menos a ese valido que, en su momento catapultó a CEO, y se deshizo de él cuando quiso darle carnaza a la gente. Por aquel entonces ya había prescindido de ese ídolo que necesitaba otro reformateo mental antes de provocar su enésima revolución victoriosa. Mejor era decir que esto navegaba solo. Qué mala suerte debe ser aprender poco de tu progenitor. Pero peor suerte es copiar solo lo malo.Porque esas manos en el bolsillo arbitral serían de otro cariz con un máximo dirigente con las narices suficientes (por no decir lo que todo el mundo piensa) de plantarse realmente frente a este atraco. Que conseguiría convertir Nervión en un verdadero hervidero abriendo las puertas si hiciese falta media hora antes del final del encuentro para que no se acabase el encuentro hasta que llegase la victoria. Que de verdad fuese capaz de comprender todo lo que se está jugando el Sevilla en este mes y medio y no hubiese que explicárselo en una pizarra de preescolar. El Sevilla necesita la unión que molesta a su palco. No ahora contra ellos, sino a favor de un equipo malo hasta decir basta, pero que mientras defiendan el escudo del Sevilla deben ser llevados en volandas hacia ese milagro que tras caer en casa del colista se ve peor que imposible, pero donde las matemáticas dictaminan que mientras haya vida todavía queda hueco al sueño. A la esperanza. A la resurrección. El Sevilla lo mataron hace tiempo. Hasta que sus asesinos sean juzgados no podrá renacer para recuperar su esencia torera. Esa idiosincrasia de club que no se pone límites ni fronteras. Que es atrevido y osado. Que abraza la dificultad con la certeza de que podrá superarla. Que ansía los retos imposibles para engrandecer su leyenda. La que ha escrito durante más de 130 años de historia y que seguirá escribiendo pese a los rufianes que los despedazan en su peor momento. El Sevilla de las familias ha muerto. Otro se levantará. Por el bien de sus seguidores, que la tortura no se alargue más en el tiempo. El fútbol, látigo de la monotonía, agitador de emociones y sentimientos, volverá a elevar a un sevillismo que, de largo, es lo mejor que tiene y tendrá el Sevilla en su historia. Al Sevilla FC lo mataron hace tiempo. Quizás demasiado. Las alarmas que resonaban en el Sánchez-Pizjuán años atrás no llegaban del todo nítidas a una grada que ha apoyado, y lo sigue haciendo, pese a saber la desazón que duerme detrás de la puerta de una temporada que va a terminar como todos saben: con el amor de sus vidas desterrado en la Segunda división. El heptacampeón de la Europa League se apresura a perder una categoría que lo acercará por una vez (y sin que sirva de precedente) a sus mediocres dirigentes, unos directivos directamente culpables (y quienes los apoyan desde la comodidad de sus casas) de una situación que sólo con decisiones malas por encima de otras peores, que ni el peor enemigo a los mandos de tus intereses sería capaz de cometer, han sido capaces de llevar a un club de envidiado a ser el hazmerreír de España. O el que más lástima suscita, que es incluso peor. Las soluciones a tanto esperpento no son conocidas o, mejor dicho, viables. Pedirle al aficionado que haga más de lo que hace carece de sentido. Anima cuando le dan ganas de romperlo todo. Viaja en masa cuando debería estar gastando su dinero en algo que de verdad le hiciese disfrutar. Pierde parte de vida por un sentimiento que no abandonará, pero que le está desgarrando por dentro, amargándole otros momentos de su vida cotidiana que deberían estar llenos de felicidad.Porque es el Sevilla FC y tu mirada nace desde el pecho, no desde los ojos. A tus hijos le ves los defectos más tarde que cualquiera. No quieres pensar que sean egoístas, traicioneros o que sean capaces de mentirte a la cara. El mejor de ellos, algún día, terminará pecando. Por mucho que el Sevilla lleve años bordeando lo inevitable, la venda nunca termina de caerse. Mucha culpa tiene esa maravillosa Europa League , la séptima, que dio brillo de palacio versallesco a lo que ya se había convertido en un auténtico solar. Detenernos en los culpables también sobra en estos momentos. Las historias (y quien sabe si los juzgados) terminarán por ponerlos en su lugar. Los nombres y apellidos están encima de la mesa. Responsables hay muchos, e incluso ídolos que ahora picotean sobre la cabeza del presidente. Pero los únicos culpables con mayúsculas son los gestores. Los que deciden como si esto fuese un Monopoly en el que puedes reiniciar la partida si la tarde se alarga demasiado.Las ochos jornadas que restan serán de una agonía insoportable. De creer que es posible cuando el descenso parece estar escrito. Hay quien se resiste a verlo y cree en uno de esos milagros que esta época nos trae siempre al recuerdo. Sólo la intervención divina sería capaz de hacer que el Sevilla ganase los tres partidos que necesita; o que Carmona tomase una decisión inteligente; que Gudelj diese un pase hacia adelante a uno que vista como él; incluso que Akor controlase un balón como si su profesión fuese ser futbolista. Un despropósito de plantilla que el otrora alegre Antonio Cordón, ahora experto en velatorios, no fue capaz de mejorar salvo en la portería, donde a Vlachodimos se le terminaron hace semanas esos mismos milagros que posibilitaron que el Sevilla no estuviese descendido en marzo. Pese a todo, el momento de atizar a los culpables ya llegará, por mucho que salgan públicamente, tras pasar por la casa de Dios, para decir cuantas sandeces se le ocurriesen a ese presidente que, poco a poco, va entrando en un estado onírico, como de una realidad paralela donde alguien le ha dicho que lo está haciendo de lujo. Que cada error que ha cometido en verdad era inevitable y que en su haber tiene una dedicación intachable. Supongo que ahora echará de menos a ese valido que, en su momento catapultó a CEO, y se deshizo de él cuando quiso darle carnaza a la gente. Por aquel entonces ya había prescindido de ese ídolo que necesitaba otro reformateo mental antes de provocar su enésima revolución victoriosa. Mejor era decir que esto navegaba solo. Qué mala suerte debe ser aprender poco de tu progenitor. Pero peor suerte es copiar solo lo malo.Porque esas manos en el bolsillo arbitral serían de otro cariz con un máximo dirigente con las narices suficientes (por no decir lo que todo el mundo piensa) de plantarse realmente frente a este atraco. Que conseguiría convertir Nervión en un verdadero hervidero abriendo las puertas si hiciese falta media hora antes del final del encuentro para que no se acabase el encuentro hasta que llegase la victoria. Que de verdad fuese capaz de comprender todo lo que se está jugando el Sevilla en este mes y medio y no hubiese que explicárselo en una pizarra de preescolar. El Sevilla necesita la unión que molesta a su palco. No ahora contra ellos, sino a favor de un equipo malo hasta decir basta, pero que mientras defiendan el escudo del Sevilla deben ser llevados en volandas hacia ese milagro que tras caer en casa del colista se ve peor que imposible, pero donde las matemáticas dictaminan que mientras haya vida todavía queda hueco al sueño. A la esperanza. A la resurrección. El Sevilla lo mataron hace tiempo. Hasta que sus asesinos sean juzgados no podrá renacer para recuperar su esencia torera. Esa idiosincrasia de club que no se pone límites ni fronteras. Que es atrevido y osado. Que abraza la dificultad con la certeza de que podrá superarla. Que ansía los retos imposibles para engrandecer su leyenda. La que ha escrito durante más de 130 años de historia y que seguirá escribiendo pese a los rufianes que los despedazan en su peor momento. El Sevilla de las familias ha muerto. Otro se levantará. Por el bien de sus seguidores, que la tortura no se alargue más en el tiempo. El fútbol, látigo de la monotonía, agitador de emociones y sentimientos, volverá a elevar a un sevillismo que, de largo, es lo mejor que tiene y tendrá el Sevilla en su historia.  Al Sevilla FC lo mataron hace tiempo. Quizás demasiado. 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Anima cuando le dan ganas de romperlo todo. Viaja en masa cuando debería estar gastando su dinero en algo que de verdad le hiciese disfrutar. Pierde parte de vida por un sentimiento que no abandonará, pero que le está desgarrando por dentro, amargándole otros momentos de su vida cotidiana que deberían estar llenos de felicidad.Porque es el Sevilla FC y tu mirada nace desde el pecho, no desde los ojos. A tus hijos le ves los defectos más tarde que cualquiera. No quieres pensar que sean egoístas, traicioneros o que sean capaces de mentirte a la cara. El mejor de ellos, algún día, terminará pecando. Por mucho que el Sevilla lleve años bordeando lo inevitable, la venda nunca termina de caerse. Mucha culpa tiene esa maravillosa Europa League , la séptima, que dio brillo de palacio versallesco a lo que ya se había convertido en un auténtico solar. Detenernos en los culpables también sobra en estos momentos. Las historias (y quien sabe si los juzgados) terminarán por ponerlos en su lugar. Los nombres y apellidos están encima de la mesa. Responsables hay muchos, e incluso ídolos que ahora picotean sobre la cabeza del presidente. Pero los únicos culpables con mayúsculas son los gestores. Los que deciden como si esto fuese un Monopoly en el que puedes reiniciar la partida si la tarde se alarga demasiado.Las ochos jornadas que restan serán de una agonía insoportable. De creer que es posible cuando el descenso parece estar escrito. Hay quien se resiste a verlo y cree en uno de esos milagros que esta época nos trae siempre al recuerdo. Sólo la intervención divina sería capaz de hacer que el Sevilla ganase los tres partidos que necesita; o que Carmona tomase una decisión inteligente; que Gudelj diese un pase hacia adelante a uno que vista como él; incluso que Akor controlase un balón como si su profesión fuese ser futbolista. Un despropósito de plantilla que el otrora alegre Antonio Cordón, ahora experto en velatorios, no fue capaz de mejorar salvo en la portería, donde a Vlachodimos se le terminaron hace semanas esos mismos milagros que posibilitaron que el Sevilla no estuviese descendido en marzo. Pese a todo, el momento de atizar a los culpables ya llegará, por mucho que salgan públicamente, tras pasar por la casa de Dios, para decir cuantas sandeces se le ocurriesen a ese presidente que, poco a poco, va entrando en un estado onírico, como de una realidad paralela donde alguien le ha dicho que lo está haciendo de lujo. Que cada error que ha cometido en verdad era inevitable y que en su haber tiene una dedicación intachable. Supongo que ahora echará de menos a ese valido que, en su momento catapultó a CEO, y se deshizo de él cuando quiso darle carnaza a la gente. Por aquel entonces ya había prescindido de ese ídolo que necesitaba otro reformateo mental antes de provocar su enésima revolución victoriosa. Mejor era decir que esto navegaba solo. Qué mala suerte debe ser aprender poco de tu progenitor. Pero peor suerte es copiar solo lo malo.Porque esas manos en el bolsillo arbitral serían de otro cariz con un máximo dirigente con las narices suficientes (por no decir lo que todo el mundo piensa) de plantarse realmente frente a este atraco. Que conseguiría convertir Nervión en un verdadero hervidero abriendo las puertas si hiciese falta media hora antes del final del encuentro para que no se acabase el encuentro hasta que llegase la victoria. Que de verdad fuese capaz de comprender todo lo que se está jugando el Sevilla en este mes y medio y no hubiese que explicárselo en una pizarra de preescolar. El Sevilla necesita la unión que molesta a su palco. No ahora contra ellos, sino a favor de un equipo malo hasta decir basta, pero que mientras defiendan el escudo del Sevilla deben ser llevados en volandas hacia ese milagro que tras caer en casa del colista se ve peor que imposible, pero donde las matemáticas dictaminan que mientras haya vida todavía queda hueco al sueño. A la esperanza. A la resurrección. El Sevilla lo mataron hace tiempo. Hasta que sus asesinos sean juzgados no podrá renacer para recuperar su esencia torera. Esa idiosincrasia de club que no se pone límites ni fronteras. Que es atrevido y osado. Que abraza la dificultad con la certeza de que podrá superarla. Que ansía los retos imposibles para engrandecer su leyenda. La que ha escrito durante más de 130 años de historia y que seguirá escribiendo pese a los rufianes que los despedazan en su peor momento. El Sevilla de las familias ha muerto. Otro se levantará. Por el bien de sus seguidores, que la tortura no se alargue más en el tiempo. 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