La obra teatral Carmen, nada de nadie , cuya dramaturgia firman Francisco M. Tallón y Miguel Pérez García , ofrece un impactante retrato de Carmen Díez de Rivera, la llamada ‘musa de la Transición ‘, una mujer que decidió abrirse paso en un país que aún olía a naftalina y a despacho cerrado. Su biografía, tan novelesca como trágica, se despliega en escena con la contundencia de un drama político y la intimidad de una confesión. La pieza recorre su ascenso hasta convertirse en jefa del Gabinete de la Presidencia del Gobierno durante el mandato de Adolfo Suárez, su lucha solitaria contra las inercias patriarcales y su empeño casi quijotesco por empujar a España hacia la democracia.La trama gira en torno a su vinculación con figuras determinantes de la época, como el propio Suárez, el rey Juan Carlos o el dirigente del PCE Santiago Carrillo , centrándose de manera especial en los tensos movimientos que desembocaron en la histórica legalización del Partido Comunista en 1977. Todo ello se entrelaza con el drama íntimo de su vida privada, marcado por un secreto familiar devastador que forjó su carácter indomable y solitario.En el texto no faltan guiños a diversas situaciones conocidas de la época y a diferentes personas en los que se atisba un punto de ironía, teñido de un más que correcto sentido del humor.Noticia relacionada general No No American Buffalo: un ring de chatarra y testosterona en el Teatro de Rojas Antonio Illán/Teresa OrtizCarmen Díez de Rivera aparece en la obra como una mujer adelantada a su tiempo , una figura irrepetible cuyo coraje político en un ecosistema dominado por hombres se combina con la renuncia consciente a los privilegios de cuna para forjar su propio camino profesional y ético. En un entorno donde las mujeres estaban relegadas a roles secundarios, ella decidió ponerse al servicio del país con libertad de criterio y de expresión. Dotada de una visión democrática en una época en la que la propia palabra democracia provocaba urticaria en más de uno, y pese a que su vida privada le jugaba sus peores cartas, mantuvo siempre una determinación y una lucidez férreas. Fue una visionaria que no estuvo dispuesta a conformarse con ser testigo de la historia: su propósito, desde el principio, fue convertirse en motor de ella.Una puesta en escena realista y sin maquillajeEl montaje dirigido por Fernando Soto apuesta por un realismo político que no se esconde tras florituras. La escenografía, sobria y precisa, se centra en los espacios de poder y en los reductos de intimidad de la protagonista. El sonido que matiza el ambiente y la situación, y las videoescenas que contextualizan asuntos que ocurren o de los que se habla enmarcan perfectamente el aspecto más documental de la obra. La iluminación, evocadora y milimétrica, delimita las transiciones temporales y guía al espectador entre los recuerdos personales y los salones donde se decidía el futuro de España.La acción se desarrolla con un ritmo ágil que alterna la tensión institucional con los silencios íntimos de una mujer que carga con un impactante secreto familiar, logrando un equilibrio entre lo documental histórico y el sentir emocional. Las escenas se suceden casi alternativamente entre las que ocurren en el presente, las políticas, y las que evocan el pasado de la protagonista, las personales y las familiares.Noticia relacionada reportaje No No DíA MUNDIAL DEL TEATRO Gramática en carne viva: Querejeta y Millás ponen orden al desorden en el Teatro de Rojas Antonio Illán El resultado es un teatro que describe una realidad con diálogos y situaciones que reflejan con fidelidad las tensiones de los convulsos años setenta, utilizando el escenario como espejo de las negociaciones a puerta cerrada. Es un teatro profundamente político, que expone hechos históricos y reflexiona sobre el coste personal del ejercicio del poder y la búsqueda incesante del consenso democrático. Y es también un teatro contemporáneo que, aunque hable del pasado, conecta directamente con el presente al abordar temas de absoluta vigencia como la polarización ideológica, la ética pública y el papel transformador de la voluntad individual frente a las estructuras anquilosadas.Estamos ante una propuesta que no teme señalar las grietas del poder ni la soledad de quienes lo ostentan o lo desafían. Nada de artificios en la obra: aquí se viene a mirar de frente.El director trabaja desde un realismo sin concesiones , pero no ese realismo plano que se limita a reproducir la vida tal cual, sino uno que la interpreta, la tensa y la vuelve teatral sin perder verdad. Su mano se percibe en la precisión con la que cada actor sostiene el pulso político de la obra sin caer en el panfleto, y en cómo equilibra la intensidad dramática con una naturalidad que parece fácil… aunque no lo es en absoluto.Noticia relacionada general No No Canadá: teatro de humor ácido para tiempos que arden Teresa Ortiz / Antonio IllánLa dirección de actores en Carmen, nada de nadie también merece un comentario, pues Fernando Soto cincela a sus intérpretes como si afinara un mecanismo de relojería emocional. Y eso se nota. Aunque el personaje de Carmen sea el eje de la obra, el resto del elenco no orbita a su alrededor: gravita con peso propio. El mismo equilibrio se consigue en los momentos en los que la obra podría deslizarse hacia el melodrama, que el director frena, ajusta y hace respirar la historia de forma modulada. La dirección ha entendido muy bien que contar la vida de Carmen Díez de Rivera exigía rigor, valentía y una sensibilidad política y un tono de humanidad que no todos los montajes se atreven a manejar, evitando tanto el discurso sectario como el cotilleo grosero.Interpretaciones que sostienen el pulso de la obraEl elenco que da vida a este drama político en el Teatro de Rojas de Toledo borda un trabajo de altísimo nivel: Beatriz Argüello encarna a Carmen con una mezcla de firmeza y ese temblor de cristal que sostiene toda la arquitectura emocional del espectáculo. Asume el titánico reto interpretativo con una brillantez arrolladora que trasciende la mera imitación física y captura la esencia poliédrica del personaje: su fragilidad herida, su elegancia innata, su mirada afilada y, sobre todo, esa determinación inquebrantable que la mantenía firme en las tormentas políticas. Es el corazón y el motor incansable de la obra. Un ejercicio de oficio: palabra y gesto. Esta interpretación me recuerda a aquella que ofreció en Kafka enamorado hace más de una década. Oriol Tarrasón efectúa una interpretación versátil de Adolfo Suárez y sostiene una tensión dramática que equilibra la intensidad de Argüello. Dota a sus personajes de una presencia escénica imponente, alternando firmeza dialéctica con dudas y contradicciones humanas que aportan enorme credibilidad a los careos políticos y personales con la protagonista. Sus figuras -ecos del poder, sombras del pasado- funcionan como contrapunto y catalizador, siempre con una presencia sólida. Ana Fernández , como la madre de Carmen, despliega una interpretación afilada y llena de matices, que proporciona la humanidad hipócrita de la aristocracia y dota de tensión a los episodios más íntimos del relato sin que se le mueva un pelo. Su trabajo sostiene la dimensión emocional de la obra y no cae en sentimentalismos. Con su solvencia y veteranía, enriquece las transiciones y aporta una calidez y un peso dramático que arraiga la ficción en la piel del espectador. Víctor Massán trabaja con energía, ritmo y una fisicidad que dinamiza la escena. Su capacidad imitativa del rey Juan Carlos la consigue sin necesidad de exageraciones y su tránsito entre registros lo convierte en una pieza clave del engranaje dramático. Su versatilidad es encomiable: con precisión gestual y un fantástico control de los tiempos escénicos, redondea el cuadro actoral y garantiza que cada réplica mantenga la tensión en su punto exacto.Carmen, nada de nadie es un espectáculo teatral que, si bien homenajea a una mujer de bandera, es también una verdadera sacudida a un tiempo histórico y a unos valores determinados. Y lo que uno termina extrayendo -como hecho entonces y como esperanza para hoy- es que la historia la escriben quienes se atreven a desafiarla. En el escenario del Teatro de Rojas, esa sacudida, ese recuerdo y esa esperanza han resonado con contundencia, ironía y verdad, aunque esta a veces resulte incómoda.Hoy todavía necesitamos muchas Carmen para terminar de ser el país que ella imaginó y que quienes miramos hacia el futuro queremos que sea.Ficha técnica de la obraTítulo: Carmen, nada de nadie . Autores: Francisco M. Justo Tallón y Miguel Pérez García . Dirección: Fernando Soto . Intérpretes: Beatriz Argüello, Oriol Tarrasón, Ana Fernández y Víctor Massán . Escenografía: Beatriz Sanjuán. Diseño de sonido: Sergio Sánchez. Diseño de videoescena: Elvira Ruiz. Vestuario: Paola de Diego. Iluminación: Juanjo Llorens . Producción: Tablas y Más Tablas y Teatro Español . Escenario: Teatro de Rojas. La obra teatral Carmen, nada de nadie , cuya dramaturgia firman Francisco M. Tallón y Miguel Pérez García , ofrece un impactante retrato de Carmen Díez de Rivera, la llamada ‘musa de la Transición ‘, una mujer que decidió abrirse paso en un país que aún olía a naftalina y a despacho cerrado. Su biografía, tan novelesca como trágica, se despliega en escena con la contundencia de un drama político y la intimidad de una confesión. La pieza recorre su ascenso hasta convertirse en jefa del Gabinete de la Presidencia del Gobierno durante el mandato de Adolfo Suárez, su lucha solitaria contra las inercias patriarcales y su empeño casi quijotesco por empujar a España hacia la democracia.La trama gira en torno a su vinculación con figuras determinantes de la época, como el propio Suárez, el rey Juan Carlos o el dirigente del PCE Santiago Carrillo , centrándose de manera especial en los tensos movimientos que desembocaron en la histórica legalización del Partido Comunista en 1977. Todo ello se entrelaza con el drama íntimo de su vida privada, marcado por un secreto familiar devastador que forjó su carácter indomable y solitario.En el texto no faltan guiños a diversas situaciones conocidas de la época y a diferentes personas en los que se atisba un punto de ironía, teñido de un más que correcto sentido del humor.Noticia relacionada general No No American Buffalo: un ring de chatarra y testosterona en el Teatro de Rojas Antonio Illán/Teresa OrtizCarmen Díez de Rivera aparece en la obra como una mujer adelantada a su tiempo , una figura irrepetible cuyo coraje político en un ecosistema dominado por hombres se combina con la renuncia consciente a los privilegios de cuna para forjar su propio camino profesional y ético. En un entorno donde las mujeres estaban relegadas a roles secundarios, ella decidió ponerse al servicio del país con libertad de criterio y de expresión. Dotada de una visión democrática en una época en la que la propia palabra democracia provocaba urticaria en más de uno, y pese a que su vida privada le jugaba sus peores cartas, mantuvo siempre una determinación y una lucidez férreas. Fue una visionaria que no estuvo dispuesta a conformarse con ser testigo de la historia: su propósito, desde el principio, fue convertirse en motor de ella.Una puesta en escena realista y sin maquillajeEl montaje dirigido por Fernando Soto apuesta por un realismo político que no se esconde tras florituras. La escenografía, sobria y precisa, se centra en los espacios de poder y en los reductos de intimidad de la protagonista. El sonido que matiza el ambiente y la situación, y las videoescenas que contextualizan asuntos que ocurren o de los que se habla enmarcan perfectamente el aspecto más documental de la obra. La iluminación, evocadora y milimétrica, delimita las transiciones temporales y guía al espectador entre los recuerdos personales y los salones donde se decidía el futuro de España.La acción se desarrolla con un ritmo ágil que alterna la tensión institucional con los silencios íntimos de una mujer que carga con un impactante secreto familiar, logrando un equilibrio entre lo documental histórico y el sentir emocional. Las escenas se suceden casi alternativamente entre las que ocurren en el presente, las políticas, y las que evocan el pasado de la protagonista, las personales y las familiares.Noticia relacionada reportaje No No DíA MUNDIAL DEL TEATRO Gramática en carne viva: Querejeta y Millás ponen orden al desorden en el Teatro de Rojas Antonio Illán El resultado es un teatro que describe una realidad con diálogos y situaciones que reflejan con fidelidad las tensiones de los convulsos años setenta, utilizando el escenario como espejo de las negociaciones a puerta cerrada. Es un teatro profundamente político, que expone hechos históricos y reflexiona sobre el coste personal del ejercicio del poder y la búsqueda incesante del consenso democrático. Y es también un teatro contemporáneo que, aunque hable del pasado, conecta directamente con el presente al abordar temas de absoluta vigencia como la polarización ideológica, la ética pública y el papel transformador de la voluntad individual frente a las estructuras anquilosadas.Estamos ante una propuesta que no teme señalar las grietas del poder ni la soledad de quienes lo ostentan o lo desafían. Nada de artificios en la obra: aquí se viene a mirar de frente.El director trabaja desde un realismo sin concesiones , pero no ese realismo plano que se limita a reproducir la vida tal cual, sino uno que la interpreta, la tensa y la vuelve teatral sin perder verdad. Su mano se percibe en la precisión con la que cada actor sostiene el pulso político de la obra sin caer en el panfleto, y en cómo equilibra la intensidad dramática con una naturalidad que parece fácil… aunque no lo es en absoluto.Noticia relacionada general No No Canadá: teatro de humor ácido para tiempos que arden Teresa Ortiz / Antonio IllánLa dirección de actores en Carmen, nada de nadie también merece un comentario, pues Fernando Soto cincela a sus intérpretes como si afinara un mecanismo de relojería emocional. Y eso se nota. Aunque el personaje de Carmen sea el eje de la obra, el resto del elenco no orbita a su alrededor: gravita con peso propio. El mismo equilibrio se consigue en los momentos en los que la obra podría deslizarse hacia el melodrama, que el director frena, ajusta y hace respirar la historia de forma modulada. La dirección ha entendido muy bien que contar la vida de Carmen Díez de Rivera exigía rigor, valentía y una sensibilidad política y un tono de humanidad que no todos los montajes se atreven a manejar, evitando tanto el discurso sectario como el cotilleo grosero.Interpretaciones que sostienen el pulso de la obraEl elenco que da vida a este drama político en el Teatro de Rojas de Toledo borda un trabajo de altísimo nivel: Beatriz Argüello encarna a Carmen con una mezcla de firmeza y ese temblor de cristal que sostiene toda la arquitectura emocional del espectáculo. Asume el titánico reto interpretativo con una brillantez arrolladora que trasciende la mera imitación física y captura la esencia poliédrica del personaje: su fragilidad herida, su elegancia innata, su mirada afilada y, sobre todo, esa determinación inquebrantable que la mantenía firme en las tormentas políticas. Es el corazón y el motor incansable de la obra. Un ejercicio de oficio: palabra y gesto. Esta interpretación me recuerda a aquella que ofreció en Kafka enamorado hace más de una década. Oriol Tarrasón efectúa una interpretación versátil de Adolfo Suárez y sostiene una tensión dramática que equilibra la intensidad de Argüello. Dota a sus personajes de una presencia escénica imponente, alternando firmeza dialéctica con dudas y contradicciones humanas que aportan enorme credibilidad a los careos políticos y personales con la protagonista. Sus figuras -ecos del poder, sombras del pasado- funcionan como contrapunto y catalizador, siempre con una presencia sólida. Ana Fernández , como la madre de Carmen, despliega una interpretación afilada y llena de matices, que proporciona la humanidad hipócrita de la aristocracia y dota de tensión a los episodios más íntimos del relato sin que se le mueva un pelo. Su trabajo sostiene la dimensión emocional de la obra y no cae en sentimentalismos. Con su solvencia y veteranía, enriquece las transiciones y aporta una calidez y un peso dramático que arraiga la ficción en la piel del espectador. Víctor Massán trabaja con energía, ritmo y una fisicidad que dinamiza la escena. Su capacidad imitativa del rey Juan Carlos la consigue sin necesidad de exageraciones y su tránsito entre registros lo convierte en una pieza clave del engranaje dramático. Su versatilidad es encomiable: con precisión gestual y un fantástico control de los tiempos escénicos, redondea el cuadro actoral y garantiza que cada réplica mantenga la tensión en su punto exacto.Carmen, nada de nadie es un espectáculo teatral que, si bien homenajea a una mujer de bandera, es también una verdadera sacudida a un tiempo histórico y a unos valores determinados. Y lo que uno termina extrayendo -como hecho entonces y como esperanza para hoy- es que la historia la escriben quienes se atreven a desafiarla. En el escenario del Teatro de Rojas, esa sacudida, ese recuerdo y esa esperanza han resonado con contundencia, ironía y verdad, aunque esta a veces resulte incómoda.Hoy todavía necesitamos muchas Carmen para terminar de ser el país que ella imaginó y que quienes miramos hacia el futuro queremos que sea.Ficha técnica de la obraTítulo: Carmen, nada de nadie . Autores: Francisco M. Justo Tallón y Miguel Pérez García . Dirección: Fernando Soto . Intérpretes: Beatriz Argüello, Oriol Tarrasón, Ana Fernández y Víctor Massán . Escenografía: Beatriz Sanjuán. Diseño de sonido: Sergio Sánchez. Diseño de videoescena: Elvira Ruiz. Vestuario: Paola de Diego. Iluminación: Juanjo Llorens . Producción: Tablas y Más Tablas y Teatro Español . Escenario: Teatro de Rojas. La obra teatral Carmen, nada de nadie , cuya dramaturgia firman Francisco M. Tallón y Miguel Pérez García , ofrece un impactante retrato de Carmen Díez de Rivera, la llamada ‘musa de la Transición ‘, una mujer que decidió abrirse paso en un país que aún olía a naftalina y a despacho cerrado. Su biografía, tan novelesca como trágica, se despliega en escena con la contundencia de un drama político y la intimidad de una confesión. La pieza recorre su ascenso hasta convertirse en jefa del Gabinete de la Presidencia del Gobierno durante el mandato de Adolfo Suárez, su lucha solitaria contra las inercias patriarcales y su empeño casi quijotesco por empujar a España hacia la democracia.La trama gira en torno a su vinculación con figuras determinantes de la época, como el propio Suárez, el rey Juan Carlos o el dirigente del PCE Santiago Carrillo , centrándose de manera especial en los tensos movimientos que desembocaron en la histórica legalización del Partido Comunista en 1977. Todo ello se entrelaza con el drama íntimo de su vida privada, marcado por un secreto familiar devastador que forjó su carácter indomable y solitario.En el texto no faltan guiños a diversas situaciones conocidas de la época y a diferentes personas en los que se atisba un punto de ironía, teñido de un más que correcto sentido del humor.Noticia relacionada general No No American Buffalo: un ring de chatarra y testosterona en el Teatro de Rojas Antonio Illán/Teresa OrtizCarmen Díez de Rivera aparece en la obra como una mujer adelantada a su tiempo , una figura irrepetible cuyo coraje político en un ecosistema dominado por hombres se combina con la renuncia consciente a los privilegios de cuna para forjar su propio camino profesional y ético. En un entorno donde las mujeres estaban relegadas a roles secundarios, ella decidió ponerse al servicio del país con libertad de criterio y de expresión. Dotada de una visión democrática en una época en la que la propia palabra democracia provocaba urticaria en más de uno, y pese a que su vida privada le jugaba sus peores cartas, mantuvo siempre una determinación y una lucidez férreas. Fue una visionaria que no estuvo dispuesta a conformarse con ser testigo de la historia: su propósito, desde el principio, fue convertirse en motor de ella.Una puesta en escena realista y sin maquillajeEl montaje dirigido por Fernando Soto apuesta por un realismo político que no se esconde tras florituras. La escenografía, sobria y precisa, se centra en los espacios de poder y en los reductos de intimidad de la protagonista. El sonido que matiza el ambiente y la situación, y las videoescenas que contextualizan asuntos que ocurren o de los que se habla enmarcan perfectamente el aspecto más documental de la obra. La iluminación, evocadora y milimétrica, delimita las transiciones temporales y guía al espectador entre los recuerdos personales y los salones donde se decidía el futuro de España.La acción se desarrolla con un ritmo ágil que alterna la tensión institucional con los silencios íntimos de una mujer que carga con un impactante secreto familiar, logrando un equilibrio entre lo documental histórico y el sentir emocional. Las escenas se suceden casi alternativamente entre las que ocurren en el presente, las políticas, y las que evocan el pasado de la protagonista, las personales y las familiares.Noticia relacionada reportaje No No DíA MUNDIAL DEL TEATRO Gramática en carne viva: Querejeta y Millás ponen orden al desorden en el Teatro de Rojas Antonio Illán El resultado es un teatro que describe una realidad con diálogos y situaciones que reflejan con fidelidad las tensiones de los convulsos años setenta, utilizando el escenario como espejo de las negociaciones a puerta cerrada. Es un teatro profundamente político, que expone hechos históricos y reflexiona sobre el coste personal del ejercicio del poder y la búsqueda incesante del consenso democrático. Y es también un teatro contemporáneo que, aunque hable del pasado, conecta directamente con el presente al abordar temas de absoluta vigencia como la polarización ideológica, la ética pública y el papel transformador de la voluntad individual frente a las estructuras anquilosadas.Estamos ante una propuesta que no teme señalar las grietas del poder ni la soledad de quienes lo ostentan o lo desafían. Nada de artificios en la obra: aquí se viene a mirar de frente.El director trabaja desde un realismo sin concesiones , pero no ese realismo plano que se limita a reproducir la vida tal cual, sino uno que la interpreta, la tensa y la vuelve teatral sin perder verdad. Su mano se percibe en la precisión con la que cada actor sostiene el pulso político de la obra sin caer en el panfleto, y en cómo equilibra la intensidad dramática con una naturalidad que parece fácil… aunque no lo es en absoluto.Noticia relacionada general No No Canadá: teatro de humor ácido para tiempos que arden Teresa Ortiz / Antonio IllánLa dirección de actores en Carmen, nada de nadie también merece un comentario, pues Fernando Soto cincela a sus intérpretes como si afinara un mecanismo de relojería emocional. Y eso se nota. Aunque el personaje de Carmen sea el eje de la obra, el resto del elenco no orbita a su alrededor: gravita con peso propio. El mismo equilibrio se consigue en los momentos en los que la obra podría deslizarse hacia el melodrama, que el director frena, ajusta y hace respirar la historia de forma modulada. La dirección ha entendido muy bien que contar la vida de Carmen Díez de Rivera exigía rigor, valentía y una sensibilidad política y un tono de humanidad que no todos los montajes se atreven a manejar, evitando tanto el discurso sectario como el cotilleo grosero.Interpretaciones que sostienen el pulso de la obraEl elenco que da vida a este drama político en el Teatro de Rojas de Toledo borda un trabajo de altísimo nivel: Beatriz Argüello encarna a Carmen con una mezcla de firmeza y ese temblor de cristal que sostiene toda la arquitectura emocional del espectáculo. Asume el titánico reto interpretativo con una brillantez arrolladora que trasciende la mera imitación física y captura la esencia poliédrica del personaje: su fragilidad herida, su elegancia innata, su mirada afilada y, sobre todo, esa determinación inquebrantable que la mantenía firme en las tormentas políticas. Es el corazón y el motor incansable de la obra. Un ejercicio de oficio: palabra y gesto. Esta interpretación me recuerda a aquella que ofreció en Kafka enamorado hace más de una década. Oriol Tarrasón efectúa una interpretación versátil de Adolfo Suárez y sostiene una tensión dramática que equilibra la intensidad de Argüello. Dota a sus personajes de una presencia escénica imponente, alternando firmeza dialéctica con dudas y contradicciones humanas que aportan enorme credibilidad a los careos políticos y personales con la protagonista. Sus figuras -ecos del poder, sombras del pasado- funcionan como contrapunto y catalizador, siempre con una presencia sólida. Ana Fernández , como la madre de Carmen, despliega una interpretación afilada y llena de matices, que proporciona la humanidad hipócrita de la aristocracia y dota de tensión a los episodios más íntimos del relato sin que se le mueva un pelo. Su trabajo sostiene la dimensión emocional de la obra y no cae en sentimentalismos. Con su solvencia y veteranía, enriquece las transiciones y aporta una calidez y un peso dramático que arraiga la ficción en la piel del espectador. Víctor Massán trabaja con energía, ritmo y una fisicidad que dinamiza la escena. Su capacidad imitativa del rey Juan Carlos la consigue sin necesidad de exageraciones y su tránsito entre registros lo convierte en una pieza clave del engranaje dramático. Su versatilidad es encomiable: con precisión gestual y un fantástico control de los tiempos escénicos, redondea el cuadro actoral y garantiza que cada réplica mantenga la tensión en su punto exacto.Carmen, nada de nadie es un espectáculo teatral que, si bien homenajea a una mujer de bandera, es también una verdadera sacudida a un tiempo histórico y a unos valores determinados. Y lo que uno termina extrayendo -como hecho entonces y como esperanza para hoy- es que la historia la escriben quienes se atreven a desafiarla. En el escenario del Teatro de Rojas, esa sacudida, ese recuerdo y esa esperanza han resonado con contundencia, ironía y verdad, aunque esta a veces resulte incómoda.Hoy todavía necesitamos muchas Carmen para terminar de ser el país que ella imaginó y que quienes miramos hacia el futuro queremos que sea.Ficha técnica de la obraTítulo: Carmen, nada de nadie . Autores: Francisco M. Justo Tallón y Miguel Pérez García . Dirección: Fernando Soto . Intérpretes: Beatriz Argüello, Oriol Tarrasón, Ana Fernández y Víctor Massán . Escenografía: Beatriz Sanjuán. Diseño de sonido: Sergio Sánchez. Diseño de videoescena: Elvira Ruiz. Vestuario: Paola de Diego. Iluminación: Juanjo Llorens . Producción: Tablas y Más Tablas y Teatro Español . Escenario: Teatro de Rojas. RSS de noticias de espana
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