El triunfo encierra su propia ruina. El ascenso imparable aboca al vacío. Y es bello que así sea. Es hermoso que la épica de Carolina Marín escape a su final más plano y previsible, ese final aburrido de las historias redondas como las de Jordan, Federer o Messi. Es sublime –porque es trágico, y solo lo trágico es sublime en el deporte– que la épica no dependa de algo tan vulgar y poco humano como ganar o perder. Y ahí está la grandeza del final de este cuento, su extraordinaria potencia narrativa.
Es hermoso que la épica de la jugadora española escape a su final más plano y previsible, ese final aburrido de las historias redondas como las de Jordan, Federer o Messi
El triunfo encierra su propia ruina. El ascenso imparable aboca al vacío. Y es bello que así sea. Es hermoso que la épica de Carolina Marín escape a su final más plano y previsible, ese final aburrido de las historias redondas como las de Jordan, Federer o Messi. Es sublime –porque es trágico, y solo lo trágico es sublime en el deporte– que la épica no dependa de algo tan vulgar y poco humano como ganar o perder. Y ahí está la grandeza del final de este cuento, su extraordinaria potencia narrativa.
Feed MRSS-S Noticias
