La guerra es el motor sanguinario de la historia. En cuanto arranca, todo se acelera, los cambios que ya estaban en marcha se convierten en súbitas rupturas y entran en crisis ideas recibidas que se creían sólidas y permanentes. La destrucción no se cierne únicamente sobre los ejércitos, sus instalaciones, buques y aviones, sino que tiene como diana privilegiada las ciudades con sus habitantes, los centros industriales y las infraestructuras del enemigo.
Ninguno de los habitantes de Dubái o de Doha, podría pensar en defenderlas, o las naciones que las albergan en caso de ser atacadas
La guerra es el motor sanguinario de la historia. En cuanto arranca, todo se acelera, los cambios que ya estaban en marcha se convierten en súbitas rupturas y entran en crisis ideas recibidas que se creían sólidas y permanentes. La destrucción no se cierne únicamente sobre los ejércitos, sus instalaciones, buques y aviones, sino que tiene como diana privilegiada las ciudades con sus habitantes, los centros industriales y las infraestructuras del enemigo.
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