Cualquiera que se haya enterado de la historia de Pepe, el anciano de 92 años que sobrevivió cuatro días tras caerse por un barranco y quedar atrapado en unos zarzales cerca del Albaicín, en Granada, tenderá a pensar que eso fue una especie de milagro, que esas cosas ocurren una vez en la vida. Pues resulta que no. Otro hombre, más joven que él, también cayó por un barranco y vive para contarlo. Y da la casualidad de que también reside en Granada. Se llama José Luis Garrido Sánchez, es biólogo, trabaja en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y su historia es de las que ponen los vellos de punta. Para comenzarla, hay que situarse en el día 3 de julio de 2005 y en la Sierra de La Aquiana, en la comarca del Bierzo, en León. Como investigador postgrado de la Universidad de Santiago de Compostela, José Luis Garrido, nacido en Jaén en 1975, estaba realizando allí un trabajo sobre polinizadores de plantas. Acudió solo a la zona y en un momento dado, paró para almorzar. «Un bocadillo de salchichón», precisa. Lo hace porque lo que ocurrió seguidamente no lo recuerda del todo. Se sentó, puso a su lado la riñonera donde guardaba el teléfono móvil y el agua, fue a sacar el bocadillo, metió un pie en una grieta entre dos piedras y cayó al vacío . Rodó como un peso muerto hasta el fondo del barranco, unos treinta metros más abajo. De los detalles de la caída no se acuerda porque estaba inconsciente. Volvió en sí horas más tarde, ya abajo, y notó al instante que el panorama era aterrador. Se había roto las dos piernas y había sufrido decenas de contusiones por todo el cuerpo. No podía andar, sólo era capaz de arrastrarse. En sus momentos de lucidez, que no eran continuos porque desde entonces tan pronto estaba despierto como dormido, escuchaba cómo llamaban a su móvil «hasta que se quedó sin batería».Sierra de la Aquiana, en la comarca del Bierzo, donde se produjo el accidente abcNaturalmente, no pudo atender ninguna llamada. Sus gritos tampoco fueron escuchados y empezó a darse cuenta de que su única forma de sobrevivir era comportándose «como un animal». Reptando, intentó llegar hasta un camino que sabía que existía más adelante, pero sólo pudo avanzar unos 300 metros y no llegó. «Por la mañana me metía debajo de unos arbustos para protegerme del calor, y por la noche me refugiaba entre unas piedras porque estaba a 1.700 metros de altitud y hacía frío. Mi camiseta se había hecho jirones y sólo llevaba unos pantalones y los calzoncillos debajo. Me los saqué como pude e hice con ellos una especie de braga para protegerme el cuello», cuenta. Encontró en esa especie de cubículo algo más o menos comestible, como brotes de hinojo «y otras cosas que estaban a ras de suelo, porque no podía ponerme en pie». Para beber tiró del único recurso que tenía a mano: ingirió su propia orina. Y mientras luchaba por seguir unas horas más con vida, notaba cómo una pierna le sangraba. Por suerte no mucho, porque entonces no lo habría contado. «No recuerdo haber pasado mucho dolor, sino quedarme en un estado de semiinconsciencia y en el que eran frecuentes las alucinaciones». En una de ellas vio a uno de sus futbolistas favoritos de entonces, Samuel Eto’o: «Le pedí que me trajera una Coca-Cola fresquita y una copa de Danone». También acudió, en sueños, una familia y uno de sus componentes le dijo: «Voy a rescatarte, pero más tarde. Luego vengo a por ti».«Mi jefe sabía dónde estaba y no hizo nada»Había gente que sabía que estaba en esa sierra trabajando. Por ejemplo su jefe directo: «De hecho, él me pidió que fuera a hacer esa investigación. Yo estaba liado con una mudanza y la dejé precisamente para ir a eso. Cuando acabó todo y lo denuncié, el hombre se desentendió y dijo que yo fui allí por mi cuenta». Perdió ese juicio, no se llevó ninguna indemnización y ahora sufre una discapacidad del 43%. Tiene los tobillos rígidos y dificultad para mover una pierna, pero al menos la salvó. En el último segundo, como quien dice, porque ya preveían amputarla. Acudió al prestigioso doctor Pedro Cavadas y dio con la solución: implantar el peroné de una pierna en la tibia de la otra. Pero antes de eso hay que contar cómo se salvó. Su familia, alertada por su ausencia, se puso en contacto con la Guardia Civil, que le dijo que había que esperar un tiempo antes de ponerse en la búsqueda. Sus padres y su hermano no se rindieron y acudieron al servicio de montaña de la Policía Local de Ponferrada, que sí se puso manos a la obra. Tres días y medio después del percance, José Luis, que asegura que ya estaba «seguro» de que se iba a morir y se preparaba para que llegara el momento, entre el sueño y la vigilia, vio aparecer de pronto la figura de un antiguo compañero de facultad y, detrás, la de sus familiares más cercanos. «Luego ya lo que recuerdo es que me bajaron en helicóptero, me estabilizaron y me enviaron al hospital». Su tortura había terminado. Aunque no del todo, porque después tuvo que pasar por ocho años repletos de intervenciones, y cuando ya pudo andar persistieron los daños psicológicos. «Allí arriba no sufrí ningún ataque de pánico, pero después sí, muchas veces». Ahora hace vida normal –salvo por las limitaciones derivadas de llevar una órtesis- ve crecer sano, listo y feliz a su hijo Mario, que tiene diez años, y ha vuelto a esa sierra leonesa: «Lo hice para exorcizar fantasmas, pero no lo pasé bien», concluye. Cualquiera que se haya enterado de la historia de Pepe, el anciano de 92 años que sobrevivió cuatro días tras caerse por un barranco y quedar atrapado en unos zarzales cerca del Albaicín, en Granada, tenderá a pensar que eso fue una especie de milagro, que esas cosas ocurren una vez en la vida. Pues resulta que no. Otro hombre, más joven que él, también cayó por un barranco y vive para contarlo. Y da la casualidad de que también reside en Granada. Se llama José Luis Garrido Sánchez, es biólogo, trabaja en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y su historia es de las que ponen los vellos de punta. Para comenzarla, hay que situarse en el día 3 de julio de 2005 y en la Sierra de La Aquiana, en la comarca del Bierzo, en León. Como investigador postgrado de la Universidad de Santiago de Compostela, José Luis Garrido, nacido en Jaén en 1975, estaba realizando allí un trabajo sobre polinizadores de plantas. Acudió solo a la zona y en un momento dado, paró para almorzar. «Un bocadillo de salchichón», precisa. Lo hace porque lo que ocurrió seguidamente no lo recuerda del todo. Se sentó, puso a su lado la riñonera donde guardaba el teléfono móvil y el agua, fue a sacar el bocadillo, metió un pie en una grieta entre dos piedras y cayó al vacío . Rodó como un peso muerto hasta el fondo del barranco, unos treinta metros más abajo. De los detalles de la caída no se acuerda porque estaba inconsciente. Volvió en sí horas más tarde, ya abajo, y notó al instante que el panorama era aterrador. Se había roto las dos piernas y había sufrido decenas de contusiones por todo el cuerpo. No podía andar, sólo era capaz de arrastrarse. En sus momentos de lucidez, que no eran continuos porque desde entonces tan pronto estaba despierto como dormido, escuchaba cómo llamaban a su móvil «hasta que se quedó sin batería».Sierra de la Aquiana, en la comarca del Bierzo, donde se produjo el accidente abcNaturalmente, no pudo atender ninguna llamada. Sus gritos tampoco fueron escuchados y empezó a darse cuenta de que su única forma de sobrevivir era comportándose «como un animal». Reptando, intentó llegar hasta un camino que sabía que existía más adelante, pero sólo pudo avanzar unos 300 metros y no llegó. «Por la mañana me metía debajo de unos arbustos para protegerme del calor, y por la noche me refugiaba entre unas piedras porque estaba a 1.700 metros de altitud y hacía frío. Mi camiseta se había hecho jirones y sólo llevaba unos pantalones y los calzoncillos debajo. Me los saqué como pude e hice con ellos una especie de braga para protegerme el cuello», cuenta. Encontró en esa especie de cubículo algo más o menos comestible, como brotes de hinojo «y otras cosas que estaban a ras de suelo, porque no podía ponerme en pie». Para beber tiró del único recurso que tenía a mano: ingirió su propia orina. Y mientras luchaba por seguir unas horas más con vida, notaba cómo una pierna le sangraba. Por suerte no mucho, porque entonces no lo habría contado. «No recuerdo haber pasado mucho dolor, sino quedarme en un estado de semiinconsciencia y en el que eran frecuentes las alucinaciones». En una de ellas vio a uno de sus futbolistas favoritos de entonces, Samuel Eto’o: «Le pedí que me trajera una Coca-Cola fresquita y una copa de Danone». También acudió, en sueños, una familia y uno de sus componentes le dijo: «Voy a rescatarte, pero más tarde. Luego vengo a por ti».«Mi jefe sabía dónde estaba y no hizo nada»Había gente que sabía que estaba en esa sierra trabajando. Por ejemplo su jefe directo: «De hecho, él me pidió que fuera a hacer esa investigación. Yo estaba liado con una mudanza y la dejé precisamente para ir a eso. Cuando acabó todo y lo denuncié, el hombre se desentendió y dijo que yo fui allí por mi cuenta». Perdió ese juicio, no se llevó ninguna indemnización y ahora sufre una discapacidad del 43%. Tiene los tobillos rígidos y dificultad para mover una pierna, pero al menos la salvó. En el último segundo, como quien dice, porque ya preveían amputarla. Acudió al prestigioso doctor Pedro Cavadas y dio con la solución: implantar el peroné de una pierna en la tibia de la otra. Pero antes de eso hay que contar cómo se salvó. Su familia, alertada por su ausencia, se puso en contacto con la Guardia Civil, que le dijo que había que esperar un tiempo antes de ponerse en la búsqueda. Sus padres y su hermano no se rindieron y acudieron al servicio de montaña de la Policía Local de Ponferrada, que sí se puso manos a la obra. Tres días y medio después del percance, José Luis, que asegura que ya estaba «seguro» de que se iba a morir y se preparaba para que llegara el momento, entre el sueño y la vigilia, vio aparecer de pronto la figura de un antiguo compañero de facultad y, detrás, la de sus familiares más cercanos. «Luego ya lo que recuerdo es que me bajaron en helicóptero, me estabilizaron y me enviaron al hospital». Su tortura había terminado. Aunque no del todo, porque después tuvo que pasar por ocho años repletos de intervenciones, y cuando ya pudo andar persistieron los daños psicológicos. «Allí arriba no sufrí ningún ataque de pánico, pero después sí, muchas veces». Ahora hace vida normal –salvo por las limitaciones derivadas de llevar una órtesis- ve crecer sano, listo y feliz a su hijo Mario, que tiene diez años, y ha vuelto a esa sierra leonesa: «Lo hice para exorcizar fantasmas, pero no lo pasé bien», concluye. Cualquiera que se haya enterado de la historia de Pepe, el anciano de 92 años que sobrevivió cuatro días tras caerse por un barranco y quedar atrapado en unos zarzales cerca del Albaicín, en Granada, tenderá a pensar que eso fue una especie de milagro, que esas cosas ocurren una vez en la vida. Pues resulta que no. Otro hombre, más joven que él, también cayó por un barranco y vive para contarlo. Y da la casualidad de que también reside en Granada. Se llama José Luis Garrido Sánchez, es biólogo, trabaja en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y su historia es de las que ponen los vellos de punta. Para comenzarla, hay que situarse en el día 3 de julio de 2005 y en la Sierra de La Aquiana, en la comarca del Bierzo, en León. Como investigador postgrado de la Universidad de Santiago de Compostela, José Luis Garrido, nacido en Jaén en 1975, estaba realizando allí un trabajo sobre polinizadores de plantas. Acudió solo a la zona y en un momento dado, paró para almorzar. «Un bocadillo de salchichón», precisa. Lo hace porque lo que ocurrió seguidamente no lo recuerda del todo. Se sentó, puso a su lado la riñonera donde guardaba el teléfono móvil y el agua, fue a sacar el bocadillo, metió un pie en una grieta entre dos piedras y cayó al vacío . Rodó como un peso muerto hasta el fondo del barranco, unos treinta metros más abajo. De los detalles de la caída no se acuerda porque estaba inconsciente. Volvió en sí horas más tarde, ya abajo, y notó al instante que el panorama era aterrador. Se había roto las dos piernas y había sufrido decenas de contusiones por todo el cuerpo. No podía andar, sólo era capaz de arrastrarse. En sus momentos de lucidez, que no eran continuos porque desde entonces tan pronto estaba despierto como dormido, escuchaba cómo llamaban a su móvil «hasta que se quedó sin batería».Sierra de la Aquiana, en la comarca del Bierzo, donde se produjo el accidente abcNaturalmente, no pudo atender ninguna llamada. Sus gritos tampoco fueron escuchados y empezó a darse cuenta de que su única forma de sobrevivir era comportándose «como un animal». Reptando, intentó llegar hasta un camino que sabía que existía más adelante, pero sólo pudo avanzar unos 300 metros y no llegó. «Por la mañana me metía debajo de unos arbustos para protegerme del calor, y por la noche me refugiaba entre unas piedras porque estaba a 1.700 metros de altitud y hacía frío. Mi camiseta se había hecho jirones y sólo llevaba unos pantalones y los calzoncillos debajo. Me los saqué como pude e hice con ellos una especie de braga para protegerme el cuello», cuenta. Encontró en esa especie de cubículo algo más o menos comestible, como brotes de hinojo «y otras cosas que estaban a ras de suelo, porque no podía ponerme en pie». Para beber tiró del único recurso que tenía a mano: ingirió su propia orina. Y mientras luchaba por seguir unas horas más con vida, notaba cómo una pierna le sangraba. Por suerte no mucho, porque entonces no lo habría contado. «No recuerdo haber pasado mucho dolor, sino quedarme en un estado de semiinconsciencia y en el que eran frecuentes las alucinaciones». En una de ellas vio a uno de sus futbolistas favoritos de entonces, Samuel Eto’o: «Le pedí que me trajera una Coca-Cola fresquita y una copa de Danone». También acudió, en sueños, una familia y uno de sus componentes le dijo: «Voy a rescatarte, pero más tarde. Luego vengo a por ti».«Mi jefe sabía dónde estaba y no hizo nada»Había gente que sabía que estaba en esa sierra trabajando. Por ejemplo su jefe directo: «De hecho, él me pidió que fuera a hacer esa investigación. Yo estaba liado con una mudanza y la dejé precisamente para ir a eso. Cuando acabó todo y lo denuncié, el hombre se desentendió y dijo que yo fui allí por mi cuenta». Perdió ese juicio, no se llevó ninguna indemnización y ahora sufre una discapacidad del 43%. Tiene los tobillos rígidos y dificultad para mover una pierna, pero al menos la salvó. En el último segundo, como quien dice, porque ya preveían amputarla. Acudió al prestigioso doctor Pedro Cavadas y dio con la solución: implantar el peroné de una pierna en la tibia de la otra. Pero antes de eso hay que contar cómo se salvó. Su familia, alertada por su ausencia, se puso en contacto con la Guardia Civil, que le dijo que había que esperar un tiempo antes de ponerse en la búsqueda. Sus padres y su hermano no se rindieron y acudieron al servicio de montaña de la Policía Local de Ponferrada, que sí se puso manos a la obra. Tres días y medio después del percance, José Luis, que asegura que ya estaba «seguro» de que se iba a morir y se preparaba para que llegara el momento, entre el sueño y la vigilia, vio aparecer de pronto la figura de un antiguo compañero de facultad y, detrás, la de sus familiares más cercanos. «Luego ya lo que recuerdo es que me bajaron en helicóptero, me estabilizaron y me enviaron al hospital». Su tortura había terminado. Aunque no del todo, porque después tuvo que pasar por ocho años repletos de intervenciones, y cuando ya pudo andar persistieron los daños psicológicos. «Allí arriba no sufrí ningún ataque de pánico, pero después sí, muchas veces». Ahora hace vida normal –salvo por las limitaciones derivadas de llevar una órtesis- ve crecer sano, listo y feliz a su hijo Mario, que tiene diez años, y ha vuelto a esa sierra leonesa: «Lo hice para exorcizar fantasmas, pero no lo pasé bien», concluye. RSS de noticias de espana/andalucia
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