La Semana Santa de Antequera guarda uno de sus momentos más sobrecogedores en la recta final de la procesión, cuando el cansancio ya aprieta y los tronos afrontan las cuestas más duras casi corriendo. Es el rito de Correr la Vega , una tradición de raíz al menos quinientista que convierte el regreso a los templos en una prueba de fuerza, coordinación y fe . No es un simple alarde: su origen se vincula a la costumbre de llevar las imágenes hasta lo más alto de la ciudad para bendecir las tierras fértiles de la Vega de Antequera.Ese sentido simbólico sigue vivo en una escena que cada año atrae a más visitantes y que distingue a la Semana Santa antequerana de otros modelos andaluces. Aquí no se habla propiamente de costaleros, sino de hermanacos , los hombres de trono que cargan las andas al hombro y se ayudan de las horquillas, usadas a modo de bastón para tomar impulso y también como apoyo cuando el trono se detiene. En esa combinación de pendiente , peso y cansancio acumulado está la verdadera dimensión de la tradición.La tradición la mantienen hoy cuatro cofradías de la Semana Santa antequerana . El Jueves Santo la protagonizan la Hermandad del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora del Consuelo y los Servitas de María Santísima de los Dolores Coronada; el Viernes Santo, la Hermandad de la Paz, conocida como la “cofradía de abajo”, y la Hermandad del Socorro, la “cofradía de arriba”. Entre todas sostienen un rito que, más allá de su espectacularidad, resume una forma propia de entender la Semana Santa en Antequera .La emoción no se concentra solo en la subida. Otro de los momentos más señalados del Viernes Santo es el encuentro de los tronos , cuando las andas de las hermandades se sitúan frente a frente en una escena de gran carga simbólica. Pero es en la cuesta donde la ciudad alcanza una de sus estampas más potentes: los tronos avanzan con una mezcla de impulso, equilibrio y resistencia que convierte el cierre del recorrido en una especie de desafío final.La tradición conserva además detalles que enlazan con la memoria popular de Antequera. Uno de los más conocidos rodea a la Virgen de los Dolores, a la que se apoda “ La esparraguera ” porque en su palio luce un manojo de espárragos, recuerdo de los tiempos en que, cuando no había dinero para flores, se ofrecía a la imagen lo primero que daba el campo.La fuerza ritual de Correr la Vega ha desbordado hace tiempo el ámbito local. La tradición, convertida en una de las estampas más reconocibles de la Semana Santa antequerana, cuenta con el reconocimiento de Fiesta de Singularidad Turística Provincial otorgado por la Diputación de Málaga y figura desde hace años entre los grandes reclamos promocionales de la ciudad. No es casual: pocas celebraciones condensan con tanta intensidad el paisaje urbano de Antequera, su memoria agrícola, la rivalidad histórica entre hermandades y una exigencia física llevada al límit e.Cuando los tronos afrontan la cuesta final y el paso se rompe hasta casi convertirse en carrera, Antequera no se limita a ofrecer una imagen espectacular, pone en escena una forma propia de vivir la Semana Santa , de leer su pasado y de afirmar, entre esfuerzo, fe y memoria, una identidad inconfundible en Andalucía. La Semana Santa de Antequera guarda uno de sus momentos más sobrecogedores en la recta final de la procesión, cuando el cansancio ya aprieta y los tronos afrontan las cuestas más duras casi corriendo. Es el rito de Correr la Vega , una tradición de raíz al menos quinientista que convierte el regreso a los templos en una prueba de fuerza, coordinación y fe . No es un simple alarde: su origen se vincula a la costumbre de llevar las imágenes hasta lo más alto de la ciudad para bendecir las tierras fértiles de la Vega de Antequera.Ese sentido simbólico sigue vivo en una escena que cada año atrae a más visitantes y que distingue a la Semana Santa antequerana de otros modelos andaluces. Aquí no se habla propiamente de costaleros, sino de hermanacos , los hombres de trono que cargan las andas al hombro y se ayudan de las horquillas, usadas a modo de bastón para tomar impulso y también como apoyo cuando el trono se detiene. En esa combinación de pendiente , peso y cansancio acumulado está la verdadera dimensión de la tradición.La tradición la mantienen hoy cuatro cofradías de la Semana Santa antequerana . El Jueves Santo la protagonizan la Hermandad del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora del Consuelo y los Servitas de María Santísima de los Dolores Coronada; el Viernes Santo, la Hermandad de la Paz, conocida como la “cofradía de abajo”, y la Hermandad del Socorro, la “cofradía de arriba”. Entre todas sostienen un rito que, más allá de su espectacularidad, resume una forma propia de entender la Semana Santa en Antequera .La emoción no se concentra solo en la subida. Otro de los momentos más señalados del Viernes Santo es el encuentro de los tronos , cuando las andas de las hermandades se sitúan frente a frente en una escena de gran carga simbólica. Pero es en la cuesta donde la ciudad alcanza una de sus estampas más potentes: los tronos avanzan con una mezcla de impulso, equilibrio y resistencia que convierte el cierre del recorrido en una especie de desafío final.La tradición conserva además detalles que enlazan con la memoria popular de Antequera. Uno de los más conocidos rodea a la Virgen de los Dolores, a la que se apoda “ La esparraguera ” porque en su palio luce un manojo de espárragos, recuerdo de los tiempos en que, cuando no había dinero para flores, se ofrecía a la imagen lo primero que daba el campo.La fuerza ritual de Correr la Vega ha desbordado hace tiempo el ámbito local. La tradición, convertida en una de las estampas más reconocibles de la Semana Santa antequerana, cuenta con el reconocimiento de Fiesta de Singularidad Turística Provincial otorgado por la Diputación de Málaga y figura desde hace años entre los grandes reclamos promocionales de la ciudad. No es casual: pocas celebraciones condensan con tanta intensidad el paisaje urbano de Antequera, su memoria agrícola, la rivalidad histórica entre hermandades y una exigencia física llevada al límit e.Cuando los tronos afrontan la cuesta final y el paso se rompe hasta casi convertirse en carrera, Antequera no se limita a ofrecer una imagen espectacular, pone en escena una forma propia de vivir la Semana Santa , de leer su pasado y de afirmar, entre esfuerzo, fe y memoria, una identidad inconfundible en Andalucía. La Semana Santa de Antequera guarda uno de sus momentos más sobrecogedores en la recta final de la procesión, cuando el cansancio ya aprieta y los tronos afrontan las cuestas más duras casi corriendo. Es el rito de Correr la Vega , una tradición de raíz al menos quinientista que convierte el regreso a los templos en una prueba de fuerza, coordinación y fe . No es un simple alarde: su origen se vincula a la costumbre de llevar las imágenes hasta lo más alto de la ciudad para bendecir las tierras fértiles de la Vega de Antequera.Ese sentido simbólico sigue vivo en una escena que cada año atrae a más visitantes y que distingue a la Semana Santa antequerana de otros modelos andaluces. Aquí no se habla propiamente de costaleros, sino de hermanacos , los hombres de trono que cargan las andas al hombro y se ayudan de las horquillas, usadas a modo de bastón para tomar impulso y también como apoyo cuando el trono se detiene. En esa combinación de pendiente , peso y cansancio acumulado está la verdadera dimensión de la tradición.La tradición la mantienen hoy cuatro cofradías de la Semana Santa antequerana . El Jueves Santo la protagonizan la Hermandad del Santísimo Cristo de la Misericordia y Nuestra Señora del Consuelo y los Servitas de María Santísima de los Dolores Coronada; el Viernes Santo, la Hermandad de la Paz, conocida como la “cofradía de abajo”, y la Hermandad del Socorro, la “cofradía de arriba”. Entre todas sostienen un rito que, más allá de su espectacularidad, resume una forma propia de entender la Semana Santa en Antequera .La emoción no se concentra solo en la subida. Otro de los momentos más señalados del Viernes Santo es el encuentro de los tronos , cuando las andas de las hermandades se sitúan frente a frente en una escena de gran carga simbólica. Pero es en la cuesta donde la ciudad alcanza una de sus estampas más potentes: los tronos avanzan con una mezcla de impulso, equilibrio y resistencia que convierte el cierre del recorrido en una especie de desafío final.La tradición conserva además detalles que enlazan con la memoria popular de Antequera. Uno de los más conocidos rodea a la Virgen de los Dolores, a la que se apoda “ La esparraguera ” porque en su palio luce un manojo de espárragos, recuerdo de los tiempos en que, cuando no había dinero para flores, se ofrecía a la imagen lo primero que daba el campo.La fuerza ritual de Correr la Vega ha desbordado hace tiempo el ámbito local. La tradición, convertida en una de las estampas más reconocibles de la Semana Santa antequerana, cuenta con el reconocimiento de Fiesta de Singularidad Turística Provincial otorgado por la Diputación de Málaga y figura desde hace años entre los grandes reclamos promocionales de la ciudad. No es casual: pocas celebraciones condensan con tanta intensidad el paisaje urbano de Antequera, su memoria agrícola, la rivalidad histórica entre hermandades y una exigencia física llevada al límit e.Cuando los tronos afrontan la cuesta final y el paso se rompe hasta casi convertirse en carrera, Antequera no se limita a ofrecer una imagen espectacular, pone en escena una forma propia de vivir la Semana Santa , de leer su pasado y de afirmar, entre esfuerzo, fe y memoria, una identidad inconfundible en Andalucía. RSS de noticias de espana/andalucia
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