Amanece y en el horizonte puedes adivinar los primeros perfiles de tierra después de toda una difícil noche, con el mar revuelto, y el nerviosismo típico del que quiere hacer muchas cosas, pero tiene poco tiempo. A las siete de la mañana, ya ves el puerto y sales a cubierta curioso por descubrir cómo un inmenso barco como en el que viajas atraca. Estás en una línea de cruceros que tiene escala en los principales puertos del Mediterráneo. Ayer estabas en Marsella. Hoy estás en Barcelona . Mañana viajarás a Túnez. Da estrés sólo pensarlo. Pero esta excitación es la que alimenta las ganas de experiencias que sienten todos los cruceristas del mundo.Estamos hablando, por supuesto, de cruceros en tránsito. Es decir, aquellos que hacen una parada de un día en el puerto y no pernoctan. El 42 por ciento de las visitas a Barcelona son de esta clase. El resto, pasan la noche en la ciudad, a veces hasta dos. El ritmo de estos últimos, por supuesto, es diferente. «Nos hacía mucha ilusión poder navegar por el Mediterráneo. Queríamos tener esa experiencia. La verdad es que era un sueño desde hace mucho tiempo. Por fin recolectamos unos ahorrillos y no lo dudamos. Claro que nos gustaría pasar más días en Barcelona, pero no era esto lo que queríamos hacer», asegura Florence, una mujer inglesa de 62 años acompañada por su marido, que parece no molestarle lo más mínimo las prisas. «Él ni siquiera quería salir del barco, prefería quedarse vete tú a saber haciendo qué. Le he tenido que obligar a venir, ja ja ja», ríe mientras su marido lo mira con cara resignada. No se ríe.Así son estos viajes. Llegas al amanecer al puerto. Te preparas, desayunas, y detrás de los cientos de personas que te acompañan de todos los lugares del mundo, abandonas el crucero, llegas a la zona de embarque y te diriges a coger unos autobuses lanzadera azules hasta la estatua de Colón. Allí hay gente que te va indicando dónde ir como si fueras un rebaño. Empiezan así las primeras colas, con los mil y un colores que pueden tener un colectivo que cada uno es de su padre y de su madre. «Queremos ver el parque Güell. Eso es lo principal. ¡Y la Sagrada Familia! Dios, me olvidaba de la Sagrada Familia», comenta Claire, una despistada mujer francesa de 49 años con dos niños.Esos son los destinos preferidos, los gaudinianos. También las Ramblas y el barrio gótico , con la catedral. ¿Da tiempo a ver todo esto en menos de seis horas? En teoría, han de estar de vuelta antes de las seis de la tarde, momento en que dicen que todo el mundo ha de estar de vuelta en el barco para zarpar hacia el siguiente destino. Ni siquiera son las nueve de la mañana y ya han empezado las carreras. Verlos salir del bus lanzadera medio perdidos es todo un espectáculo de cómo los seres humanos se adaptan a cualquier circunstancia. Giran la cabeza sin parar, buscan referencias, aclaran sus ideas, toman una decisión, y, ¡zas! van a por ello. Vamos, chicos, lo conseguiréis. Un grupo grande, de dos familias con un montón de hijos, empieza a hacer fotos a todo lo que se mueve. Los adultos discuten todavía dónde ir. Deciden, por votación, o al menos eso parece, meterse por las callejuelas que van a dar al barrio del Born y dirigirse después desde allí a la catedral. ¿Esto significa que descartan la Sagrada Familia? Los cruceristas son como las partículas, pueden estar en dos sitios al mismo tiempo.Inés BaucellsLa temporada alta de los cruceros se extiende de mayo a octubre. Esta larga temporada concentra el 80 por ciento de todos los pasajeros del año. Se calcula que más de 400.000 personas pueden llegar de alta mar cada mes. 15.000 al día. 25.000 en las puntas de visitas. Como vemos, el puerto se percibe como saturado en muchos aspectos. Pero la maquinaria de mover a los cruceristas y sacarlos de allí funciona con sólo pequeñas congestiones. Claro que el tiempo es oro.Las cifras son mareantes: 894 cruceros al año y muy cerca de cuatro millones de movimientos de pasajeros, un crecimiento que superó el nueve por ciento. Hay que tener en cuenta que el Puerto cuenta la llegada y el desembarque como dos movimientos diferentes, así que el Ayuntamiento de Barcelona cifra el total en unos 2,5 millones de pasajeros. El plan del consistorio es incrementar la tasa turística a las personas que estén menos de 12 horas en la ciudad. El impuesto, ya aprobado, subiría a los 30 euros a principios de 2027 o finales de este año. «No, no tengo tiempo, lo siento», dice un hombre y me señala con la mano a otros que van detrás de él. Lleva los zapatos descubiertos más feos que se han visto nunca, con un dedo gordo morado del tamaño de un globo. Cojea, pero va rápido y no quiere pararse ni para contestar un par de preguntas. Las prisas, ah, las prisas.La maratón que han de hacer estos cruceristas convierte la visita a la ciudad casi en una yincana Los grupos ya se han dispersado. A estas alturas, las mil personas que bajaron del barco están repartidas por los diferentes focos turísticos de la ciudad. En los cruceros en tránsito, de un 10 a un 15 por ciento del pasaje decide quedarse en el barco y seguir disfrutando de sus comodidades. Ellos se lo pierden. Porque después de visitar la Sagrada Familia llega otra decisión fundamental, dónde comer. «Nos dejamos recomendar por las guías. Luego miras en el móvil si tiene una buena puntuación. Por último, antes de entrar, miras si hay mucha gente autóctona. Eso siempre es buena señal de que es bueno», afirma Ander, un vasco francés que es la tercera vez que coge un crucero, tras uno por el Caribe y otro por el Báltico.El gasto de los cruceristasEsta es otra característica del crucerista, que deja mucho más dinero en la ciudad que el turista normal. El gasto medio para un pasajero en tránsito es entre 45 y 75 euros por día o, en este caso, por el medio día que pasan en la ciudad. Si pernoctan, la cifra sube a los 202 y más de 300 si son norteamericanos. Desde el Ayuntamiento quieren limitar al máximo el crucero de escala. Jaume Collboni, alcalde de la ciudad, llegó a afirmar que este tipo de turismo «no aporta valor a la ciudad» y abogó por reducir a cero los cruceristas de paso. Los turistas, por supuesto, viven ajenos a este tipo de propuestas y apenas notan la turismofobia creciente. Después de comer, lo único que pueden pensar es en cómo acabar bien la jornada. Ahora dominan los nervios de la vuelta. Aún tienen dos o tres horas, pero es difícil disfrutarlas con ese péndulo sobre la cabeza. Siempre está la idea de que el barco se marche sin ti. No suele esperar a nadie. Los costes del amarre no dejan que se espere mucho más que unos minutos de cortesía. Una vez en el barco, habrá todo el tiempo para rememorar el loco día que acaban de vivir. «Tenemos que volver», dicen la mayoría… Si Collboni los deja. Amanece y en el horizonte puedes adivinar los primeros perfiles de tierra después de toda una difícil noche, con el mar revuelto, y el nerviosismo típico del que quiere hacer muchas cosas, pero tiene poco tiempo. A las siete de la mañana, ya ves el puerto y sales a cubierta curioso por descubrir cómo un inmenso barco como en el que viajas atraca. Estás en una línea de cruceros que tiene escala en los principales puertos del Mediterráneo. Ayer estabas en Marsella. Hoy estás en Barcelona . Mañana viajarás a Túnez. Da estrés sólo pensarlo. Pero esta excitación es la que alimenta las ganas de experiencias que sienten todos los cruceristas del mundo.Estamos hablando, por supuesto, de cruceros en tránsito. Es decir, aquellos que hacen una parada de un día en el puerto y no pernoctan. El 42 por ciento de las visitas a Barcelona son de esta clase. El resto, pasan la noche en la ciudad, a veces hasta dos. El ritmo de estos últimos, por supuesto, es diferente. «Nos hacía mucha ilusión poder navegar por el Mediterráneo. Queríamos tener esa experiencia. La verdad es que era un sueño desde hace mucho tiempo. Por fin recolectamos unos ahorrillos y no lo dudamos. Claro que nos gustaría pasar más días en Barcelona, pero no era esto lo que queríamos hacer», asegura Florence, una mujer inglesa de 62 años acompañada por su marido, que parece no molestarle lo más mínimo las prisas. «Él ni siquiera quería salir del barco, prefería quedarse vete tú a saber haciendo qué. Le he tenido que obligar a venir, ja ja ja», ríe mientras su marido lo mira con cara resignada. No se ríe.Así son estos viajes. Llegas al amanecer al puerto. Te preparas, desayunas, y detrás de los cientos de personas que te acompañan de todos los lugares del mundo, abandonas el crucero, llegas a la zona de embarque y te diriges a coger unos autobuses lanzadera azules hasta la estatua de Colón. Allí hay gente que te va indicando dónde ir como si fueras un rebaño. Empiezan así las primeras colas, con los mil y un colores que pueden tener un colectivo que cada uno es de su padre y de su madre. «Queremos ver el parque Güell. Eso es lo principal. ¡Y la Sagrada Familia! Dios, me olvidaba de la Sagrada Familia», comenta Claire, una despistada mujer francesa de 49 años con dos niños.Esos son los destinos preferidos, los gaudinianos. También las Ramblas y el barrio gótico , con la catedral. ¿Da tiempo a ver todo esto en menos de seis horas? En teoría, han de estar de vuelta antes de las seis de la tarde, momento en que dicen que todo el mundo ha de estar de vuelta en el barco para zarpar hacia el siguiente destino. Ni siquiera son las nueve de la mañana y ya han empezado las carreras. Verlos salir del bus lanzadera medio perdidos es todo un espectáculo de cómo los seres humanos se adaptan a cualquier circunstancia. Giran la cabeza sin parar, buscan referencias, aclaran sus ideas, toman una decisión, y, ¡zas! van a por ello. Vamos, chicos, lo conseguiréis. Un grupo grande, de dos familias con un montón de hijos, empieza a hacer fotos a todo lo que se mueve. Los adultos discuten todavía dónde ir. Deciden, por votación, o al menos eso parece, meterse por las callejuelas que van a dar al barrio del Born y dirigirse después desde allí a la catedral. ¿Esto significa que descartan la Sagrada Familia? Los cruceristas son como las partículas, pueden estar en dos sitios al mismo tiempo.Inés BaucellsLa temporada alta de los cruceros se extiende de mayo a octubre. Esta larga temporada concentra el 80 por ciento de todos los pasajeros del año. Se calcula que más de 400.000 personas pueden llegar de alta mar cada mes. 15.000 al día. 25.000 en las puntas de visitas. Como vemos, el puerto se percibe como saturado en muchos aspectos. Pero la maquinaria de mover a los cruceristas y sacarlos de allí funciona con sólo pequeñas congestiones. Claro que el tiempo es oro.Las cifras son mareantes: 894 cruceros al año y muy cerca de cuatro millones de movimientos de pasajeros, un crecimiento que superó el nueve por ciento. Hay que tener en cuenta que el Puerto cuenta la llegada y el desembarque como dos movimientos diferentes, así que el Ayuntamiento de Barcelona cifra el total en unos 2,5 millones de pasajeros. El plan del consistorio es incrementar la tasa turística a las personas que estén menos de 12 horas en la ciudad. El impuesto, ya aprobado, subiría a los 30 euros a principios de 2027 o finales de este año. «No, no tengo tiempo, lo siento», dice un hombre y me señala con la mano a otros que van detrás de él. Lleva los zapatos descubiertos más feos que se han visto nunca, con un dedo gordo morado del tamaño de un globo. Cojea, pero va rápido y no quiere pararse ni para contestar un par de preguntas. Las prisas, ah, las prisas.La maratón que han de hacer estos cruceristas convierte la visita a la ciudad casi en una yincana Los grupos ya se han dispersado. A estas alturas, las mil personas que bajaron del barco están repartidas por los diferentes focos turísticos de la ciudad. En los cruceros en tránsito, de un 10 a un 15 por ciento del pasaje decide quedarse en el barco y seguir disfrutando de sus comodidades. Ellos se lo pierden. Porque después de visitar la Sagrada Familia llega otra decisión fundamental, dónde comer. «Nos dejamos recomendar por las guías. Luego miras en el móvil si tiene una buena puntuación. Por último, antes de entrar, miras si hay mucha gente autóctona. Eso siempre es buena señal de que es bueno», afirma Ander, un vasco francés que es la tercera vez que coge un crucero, tras uno por el Caribe y otro por el Báltico.El gasto de los cruceristasEsta es otra característica del crucerista, que deja mucho más dinero en la ciudad que el turista normal. El gasto medio para un pasajero en tránsito es entre 45 y 75 euros por día o, en este caso, por el medio día que pasan en la ciudad. Si pernoctan, la cifra sube a los 202 y más de 300 si son norteamericanos. Desde el Ayuntamiento quieren limitar al máximo el crucero de escala. Jaume Collboni, alcalde de la ciudad, llegó a afirmar que este tipo de turismo «no aporta valor a la ciudad» y abogó por reducir a cero los cruceristas de paso. Los turistas, por supuesto, viven ajenos a este tipo de propuestas y apenas notan la turismofobia creciente. Después de comer, lo único que pueden pensar es en cómo acabar bien la jornada. Ahora dominan los nervios de la vuelta. Aún tienen dos o tres horas, pero es difícil disfrutarlas con ese péndulo sobre la cabeza. Siempre está la idea de que el barco se marche sin ti. No suele esperar a nadie. Los costes del amarre no dejan que se espere mucho más que unos minutos de cortesía. Una vez en el barco, habrá todo el tiempo para rememorar el loco día que acaban de vivir. «Tenemos que volver», dicen la mayoría… Si Collboni los deja. Amanece y en el horizonte puedes adivinar los primeros perfiles de tierra después de toda una difícil noche, con el mar revuelto, y el nerviosismo típico del que quiere hacer muchas cosas, pero tiene poco tiempo. A las siete de la mañana, ya ves el puerto y sales a cubierta curioso por descubrir cómo un inmenso barco como en el que viajas atraca. Estás en una línea de cruceros que tiene escala en los principales puertos del Mediterráneo. Ayer estabas en Marsella. Hoy estás en Barcelona . Mañana viajarás a Túnez. Da estrés sólo pensarlo. Pero esta excitación es la que alimenta las ganas de experiencias que sienten todos los cruceristas del mundo.Estamos hablando, por supuesto, de cruceros en tránsito. Es decir, aquellos que hacen una parada de un día en el puerto y no pernoctan. El 42 por ciento de las visitas a Barcelona son de esta clase. El resto, pasan la noche en la ciudad, a veces hasta dos. El ritmo de estos últimos, por supuesto, es diferente. «Nos hacía mucha ilusión poder navegar por el Mediterráneo. Queríamos tener esa experiencia. La verdad es que era un sueño desde hace mucho tiempo. Por fin recolectamos unos ahorrillos y no lo dudamos. Claro que nos gustaría pasar más días en Barcelona, pero no era esto lo que queríamos hacer», asegura Florence, una mujer inglesa de 62 años acompañada por su marido, que parece no molestarle lo más mínimo las prisas. «Él ni siquiera quería salir del barco, prefería quedarse vete tú a saber haciendo qué. Le he tenido que obligar a venir, ja ja ja», ríe mientras su marido lo mira con cara resignada. No se ríe.Así son estos viajes. Llegas al amanecer al puerto. Te preparas, desayunas, y detrás de los cientos de personas que te acompañan de todos los lugares del mundo, abandonas el crucero, llegas a la zona de embarque y te diriges a coger unos autobuses lanzadera azules hasta la estatua de Colón. Allí hay gente que te va indicando dónde ir como si fueras un rebaño. Empiezan así las primeras colas, con los mil y un colores que pueden tener un colectivo que cada uno es de su padre y de su madre. «Queremos ver el parque Güell. Eso es lo principal. ¡Y la Sagrada Familia! Dios, me olvidaba de la Sagrada Familia», comenta Claire, una despistada mujer francesa de 49 años con dos niños.Esos son los destinos preferidos, los gaudinianos. También las Ramblas y el barrio gótico , con la catedral. ¿Da tiempo a ver todo esto en menos de seis horas? En teoría, han de estar de vuelta antes de las seis de la tarde, momento en que dicen que todo el mundo ha de estar de vuelta en el barco para zarpar hacia el siguiente destino. Ni siquiera son las nueve de la mañana y ya han empezado las carreras. Verlos salir del bus lanzadera medio perdidos es todo un espectáculo de cómo los seres humanos se adaptan a cualquier circunstancia. Giran la cabeza sin parar, buscan referencias, aclaran sus ideas, toman una decisión, y, ¡zas! van a por ello. Vamos, chicos, lo conseguiréis. Un grupo grande, de dos familias con un montón de hijos, empieza a hacer fotos a todo lo que se mueve. Los adultos discuten todavía dónde ir. Deciden, por votación, o al menos eso parece, meterse por las callejuelas que van a dar al barrio del Born y dirigirse después desde allí a la catedral. ¿Esto significa que descartan la Sagrada Familia? Los cruceristas son como las partículas, pueden estar en dos sitios al mismo tiempo.Inés BaucellsLa temporada alta de los cruceros se extiende de mayo a octubre. Esta larga temporada concentra el 80 por ciento de todos los pasajeros del año. Se calcula que más de 400.000 personas pueden llegar de alta mar cada mes. 15.000 al día. 25.000 en las puntas de visitas. Como vemos, el puerto se percibe como saturado en muchos aspectos. Pero la maquinaria de mover a los cruceristas y sacarlos de allí funciona con sólo pequeñas congestiones. Claro que el tiempo es oro.Las cifras son mareantes: 894 cruceros al año y muy cerca de cuatro millones de movimientos de pasajeros, un crecimiento que superó el nueve por ciento. Hay que tener en cuenta que el Puerto cuenta la llegada y el desembarque como dos movimientos diferentes, así que el Ayuntamiento de Barcelona cifra el total en unos 2,5 millones de pasajeros. El plan del consistorio es incrementar la tasa turística a las personas que estén menos de 12 horas en la ciudad. El impuesto, ya aprobado, subiría a los 30 euros a principios de 2027 o finales de este año. «No, no tengo tiempo, lo siento», dice un hombre y me señala con la mano a otros que van detrás de él. Lleva los zapatos descubiertos más feos que se han visto nunca, con un dedo gordo morado del tamaño de un globo. Cojea, pero va rápido y no quiere pararse ni para contestar un par de preguntas. Las prisas, ah, las prisas.La maratón que han de hacer estos cruceristas convierte la visita a la ciudad casi en una yincana Los grupos ya se han dispersado. A estas alturas, las mil personas que bajaron del barco están repartidas por los diferentes focos turísticos de la ciudad. En los cruceros en tránsito, de un 10 a un 15 por ciento del pasaje decide quedarse en el barco y seguir disfrutando de sus comodidades. Ellos se lo pierden. Porque después de visitar la Sagrada Familia llega otra decisión fundamental, dónde comer. «Nos dejamos recomendar por las guías. Luego miras en el móvil si tiene una buena puntuación. Por último, antes de entrar, miras si hay mucha gente autóctona. Eso siempre es buena señal de que es bueno», afirma Ander, un vasco francés que es la tercera vez que coge un crucero, tras uno por el Caribe y otro por el Báltico.El gasto de los cruceristasEsta es otra característica del crucerista, que deja mucho más dinero en la ciudad que el turista normal. El gasto medio para un pasajero en tránsito es entre 45 y 75 euros por día o, en este caso, por el medio día que pasan en la ciudad. Si pernoctan, la cifra sube a los 202 y más de 300 si son norteamericanos. Desde el Ayuntamiento quieren limitar al máximo el crucero de escala. Jaume Collboni, alcalde de la ciudad, llegó a afirmar que este tipo de turismo «no aporta valor a la ciudad» y abogó por reducir a cero los cruceristas de paso. Los turistas, por supuesto, viven ajenos a este tipo de propuestas y apenas notan la turismofobia creciente. Después de comer, lo único que pueden pensar es en cómo acabar bien la jornada. Ahora dominan los nervios de la vuelta. Aún tienen dos o tres horas, pero es difícil disfrutarlas con ese péndulo sobre la cabeza. Siempre está la idea de que el barco se marche sin ti. No suele esperar a nadie. Los costes del amarre no dejan que se espere mucho más que unos minutos de cortesía. Una vez en el barco, habrá todo el tiempo para rememorar el loco día que acaban de vivir. «Tenemos que volver», dicen la mayoría… Si Collboni los deja. RSS de noticias de cultura
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