No fue una introducción, fue una reintroducción. Y esa diferencia es esencial: la cabra montés no llegó a Guadarrama como una especie extraña, sino que regresó a unas montañas de las que había desaparecido. Detrás de aquel regreso hubo Administración, técnicos y, una vez más, un cazador dispuesto a poner sus medios al servicio de la conservación: José María Blanc.El programa comenzó en 1989 en el Hueco de San Blas y se prolongó hasta 1992. Los documentos públicos actuales contabilizan 67 ejemplares reintroducidos en varias fases. Dentro del proyecto tuvo especial importancia la colaboración con la Fundación José María Blanc, cuyos testimonios recuerdan un primer núcleo de 25 cabras preparado y controlado antes de su liberación.El Hueco de San Blas, próximo a Miraflores de la Sierra y La Pedriza, reunía las condiciones adecuadas. Aquella iniciativa demuestra cómo se conserva de verdad: con conocimiento, colaboración y voluntad de actuar.José María Blanc era cazador y conservacionista. Había creado una fundación dedicada a la protección de la fauna y puso sus medios, instalaciones, conocimientos y animales al servicio de un proyecto de recuperación. Aquellos ejemplares procedentes del ámbito de Gredos representaban una apuesta por devolver a la montaña una especie desaparecida.Treinta y cinco años después podemos medir aquella decisión. Las primeras cabras se adaptaron y se expandieron hasta convertirse en miles de ejemplares. El macho montés volvió a formar parte del paisaje de Guadarrama. Fue para la Sierra un regalo de valor incalculable.La mejor demostración del éxito es paradójica: hoy el problema ya no es que falten cabras, sino que su densidad obliga en algunas zonas a intervenir para evitar daños sobre la vegetación y problemas sanitarios. Hace 35 años había que conseguir que la cabra volviera; hoy hay que decidir cómo mantenerla en equilibrio. No es un fracaso: es el éxito de una reintroducción que ahora necesita gestión.Durante demasiado tiempo se ha presentado al cazador como alguien enfrentado a la conservación, pero la historia no encaja en esa caricatura. Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, gran impulsor de la Ley de Parques Nacionales de 1916, era cazador. Alfonso XIII, decisivo para proteger la cabra montés de Gredos cuando atravesaba una situación crítica, también lo era.Algo parecido ocurrió en Guadarrama: un cazador colaboró para que una especie regresara. No para hacerla desaparecer, sino para recuperarla. No lo han hecho tan mal los cazadores.Arturo GonzálezUna población silvestre necesita equilibrio. Si supera la capacidad del medio, aparecen daños sobre el hábitat y riesgos sanitarios. Cuando los técnicos determinan que hay que extraer ejemplares, debemos preguntarnos cuál es la forma más razonable de hacerlo.La legislación vigente de parques nacionales no permite la caza deportiva y comercial en su interior y debe respetarse. Pero eso no impide debatir el mejor modelo de futuro. Allí donde exista una necesidad técnica de extracción, defiendo estudiar mecanismos de aprovechamiento cinegético rigurosamente regulado: censos, cupos, criterios sanitarios, precintos, vigilancia y seguimiento científico.«Ellos tuvieron la valentía de reintroducir. Nosotros debemos tener la inteligencia de gestionar»Si hay que extraer animales, esa actuación puede ser un gasto público o puede, dentro de un marco legal adecuado, generar recursos para la conservación y los pueblos de la Sierra. ¿Por qué renunciar a ello?Gredos demuestra que la cabra montés puede ser patrimonio natural y, al mismo tiempo, generar actividad económica. En Extremadura ocurre algo parecido en sus reservas de caza. Los recechos generan ingresos para guardas, guías, alojamientos, restaurantes, comercios, propietarios y municipios. También Sonsaz demuestra el valor que una población bien gestionada aporta al territorio.De Guadarrama a IruelasTras los incendios que han castigado Ávila este verano cobra fuerza una historia pendiente. El 11 de octubre de 2018, la Comunidad de Madrid y la Mancomunidad Municipal Asocio de la Extinguida Universidad y Tierra de Ávila firmaron un convenio para trasladar cabras monteses de Guadarrama a montes de El Barraco, Navaluenga y El Tiemblo, en el entorno del Valle de Iruelas. El acuerdo contemplaba 126 ejemplares —110 hembras reproductoras y 16 machos jóvenes— entre 2018 y 2020.La idea era aprovechar la elevada densidad madrileña para crear en Ávila un reservorio genético y sanitario de ‘Capra pyrenaica victoriae’. Guadarrama podía así devolver parte de aquel éxito a otra zona del Sistema Central.Hoy aquella iniciativa merece ser rescatada. No se trata de liberar animales de inmediato en un territorio quemado, sino de que los técnicos determinen cuándo y dónde sería viable. Propongo sentar de nuevo a la Comunidad de Madrid, la Junta de Castilla y León y la Mancomunidad Asocio para estudiar la recuperación del convenio. Sería otra reintroducción, porque la cabra ya pobló esos montes, y un símbolo extraordinario: descendientes de una población recuperada podrían contribuir a devolver vida a unas sierras heridas por el fuego.También merece reconocerse el papel de las fundaciones privadas. La Fundación José María Blanc demostró que desde la sociedad civil podían impulsarse actuaciones de enorme trascendencia. Aunque hoy ya no mantiene actividad, su legado permanece. Ese testigo lo recoge Fundación Artemisan con su trabajo de investigación, mejora de hábitats y gestión cinegética sostenible. Ambas demuestran el valor de la colaboración entre sociedad civil y Administraciones.El futuro de los montesDebemos decidir si queremos montes únicamente contemplativos o espacios naturales vivos, gestionados, capaces de generar recursos y vinculados a los pueblos que los rodean. Nuestros pueblos necesitan actividad: guardas, ganaderos, trabajadores forestales, guías, hosteleros y empresas relacionadas con el medio natural. La conservación no puede construirse de espaldas a quienes viven en el territorio.La caza sostenible no es la única herramienta, pero puede ser una más: una herramienta de gestión, financiación de la conservación y creación de empleo rural.José María Blanc comprendió algo sencillo: conservar no consiste solamente en prohibir. Conservar significa actuar, recuperar, cuidar, vigilar y, cuando una población lo exige, gestionar. No fue una introducción, fue una reintroducción. Y esa diferencia es esencial: la cabra montés no llegó a Guadarrama como una especie extraña, sino que regresó a unas montañas de las que había desaparecido. Detrás de aquel regreso hubo Administración, técnicos y, una vez más, un cazador dispuesto a poner sus medios al servicio de la conservación: José María Blanc.El programa comenzó en 1989 en el Hueco de San Blas y se prolongó hasta 1992. Los documentos públicos actuales contabilizan 67 ejemplares reintroducidos en varias fases. Dentro del proyecto tuvo especial importancia la colaboración con la Fundación José María Blanc, cuyos testimonios recuerdan un primer núcleo de 25 cabras preparado y controlado antes de su liberación.El Hueco de San Blas, próximo a Miraflores de la Sierra y La Pedriza, reunía las condiciones adecuadas. Aquella iniciativa demuestra cómo se conserva de verdad: con conocimiento, colaboración y voluntad de actuar.José María Blanc era cazador y conservacionista. Había creado una fundación dedicada a la protección de la fauna y puso sus medios, instalaciones, conocimientos y animales al servicio de un proyecto de recuperación. Aquellos ejemplares procedentes del ámbito de Gredos representaban una apuesta por devolver a la montaña una especie desaparecida.Treinta y cinco años después podemos medir aquella decisión. Las primeras cabras se adaptaron y se expandieron hasta convertirse en miles de ejemplares. El macho montés volvió a formar parte del paisaje de Guadarrama. Fue para la Sierra un regalo de valor incalculable.La mejor demostración del éxito es paradójica: hoy el problema ya no es que falten cabras, sino que su densidad obliga en algunas zonas a intervenir para evitar daños sobre la vegetación y problemas sanitarios. Hace 35 años había que conseguir que la cabra volviera; hoy hay que decidir cómo mantenerla en equilibrio. No es un fracaso: es el éxito de una reintroducción que ahora necesita gestión.Durante demasiado tiempo se ha presentado al cazador como alguien enfrentado a la conservación, pero la historia no encaja en esa caricatura. Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, gran impulsor de la Ley de Parques Nacionales de 1916, era cazador. Alfonso XIII, decisivo para proteger la cabra montés de Gredos cuando atravesaba una situación crítica, también lo era.Algo parecido ocurrió en Guadarrama: un cazador colaboró para que una especie regresara. No para hacerla desaparecer, sino para recuperarla. No lo han hecho tan mal los cazadores.Arturo GonzálezUna población silvestre necesita equilibrio. Si supera la capacidad del medio, aparecen daños sobre el hábitat y riesgos sanitarios. Cuando los técnicos determinan que hay que extraer ejemplares, debemos preguntarnos cuál es la forma más razonable de hacerlo.La legislación vigente de parques nacionales no permite la caza deportiva y comercial en su interior y debe respetarse. Pero eso no impide debatir el mejor modelo de futuro. Allí donde exista una necesidad técnica de extracción, defiendo estudiar mecanismos de aprovechamiento cinegético rigurosamente regulado: censos, cupos, criterios sanitarios, precintos, vigilancia y seguimiento científico.«Ellos tuvieron la valentía de reintroducir. Nosotros debemos tener la inteligencia de gestionar»Si hay que extraer animales, esa actuación puede ser un gasto público o puede, dentro de un marco legal adecuado, generar recursos para la conservación y los pueblos de la Sierra. ¿Por qué renunciar a ello?Gredos demuestra que la cabra montés puede ser patrimonio natural y, al mismo tiempo, generar actividad económica. En Extremadura ocurre algo parecido en sus reservas de caza. Los recechos generan ingresos para guardas, guías, alojamientos, restaurantes, comercios, propietarios y municipios. También Sonsaz demuestra el valor que una población bien gestionada aporta al territorio.De Guadarrama a IruelasTras los incendios que han castigado Ávila este verano cobra fuerza una historia pendiente. El 11 de octubre de 2018, la Comunidad de Madrid y la Mancomunidad Municipal Asocio de la Extinguida Universidad y Tierra de Ávila firmaron un convenio para trasladar cabras monteses de Guadarrama a montes de El Barraco, Navaluenga y El Tiemblo, en el entorno del Valle de Iruelas. El acuerdo contemplaba 126 ejemplares —110 hembras reproductoras y 16 machos jóvenes— entre 2018 y 2020.La idea era aprovechar la elevada densidad madrileña para crear en Ávila un reservorio genético y sanitario de ‘Capra pyrenaica victoriae’. Guadarrama podía así devolver parte de aquel éxito a otra zona del Sistema Central.Hoy aquella iniciativa merece ser rescatada. No se trata de liberar animales de inmediato en un territorio quemado, sino de que los técnicos determinen cuándo y dónde sería viable. Propongo sentar de nuevo a la Comunidad de Madrid, la Junta de Castilla y León y la Mancomunidad Asocio para estudiar la recuperación del convenio. Sería otra reintroducción, porque la cabra ya pobló esos montes, y un símbolo extraordinario: descendientes de una población recuperada podrían contribuir a devolver vida a unas sierras heridas por el fuego.También merece reconocerse el papel de las fundaciones privadas. La Fundación José María Blanc demostró que desde la sociedad civil podían impulsarse actuaciones de enorme trascendencia. Aunque hoy ya no mantiene actividad, su legado permanece. Ese testigo lo recoge Fundación Artemisan con su trabajo de investigación, mejora de hábitats y gestión cinegética sostenible. Ambas demuestran el valor de la colaboración entre sociedad civil y Administraciones.El futuro de los montesDebemos decidir si queremos montes únicamente contemplativos o espacios naturales vivos, gestionados, capaces de generar recursos y vinculados a los pueblos que los rodean. Nuestros pueblos necesitan actividad: guardas, ganaderos, trabajadores forestales, guías, hosteleros y empresas relacionadas con el medio natural. La conservación no puede construirse de espaldas a quienes viven en el territorio.La caza sostenible no es la única herramienta, pero puede ser una más: una herramienta de gestión, financiación de la conservación y creación de empleo rural.José María Blanc comprendió algo sencillo: conservar no consiste solamente en prohibir. Conservar significa actuar, recuperar, cuidar, vigilar y, cuando una población lo exige, gestionar. No fue una introducción, fue una reintroducción. Y esa diferencia es esencial: la cabra montés no llegó a Guadarrama como una especie extraña, sino que regresó a unas montañas de las que había desaparecido. Detrás de aquel regreso hubo Administración, técnicos y, una vez más, un cazador dispuesto a poner sus medios al servicio de la conservación: José María Blanc.El programa comenzó en 1989 en el Hueco de San Blas y se prolongó hasta 1992. Los documentos públicos actuales contabilizan 67 ejemplares reintroducidos en varias fases. Dentro del proyecto tuvo especial importancia la colaboración con la Fundación José María Blanc, cuyos testimonios recuerdan un primer núcleo de 25 cabras preparado y controlado antes de su liberación.El Hueco de San Blas, próximo a Miraflores de la Sierra y La Pedriza, reunía las condiciones adecuadas. Aquella iniciativa demuestra cómo se conserva de verdad: con conocimiento, colaboración y voluntad de actuar.José María Blanc era cazador y conservacionista. Había creado una fundación dedicada a la protección de la fauna y puso sus medios, instalaciones, conocimientos y animales al servicio de un proyecto de recuperación. Aquellos ejemplares procedentes del ámbito de Gredos representaban una apuesta por devolver a la montaña una especie desaparecida.Treinta y cinco años después podemos medir aquella decisión. Las primeras cabras se adaptaron y se expandieron hasta convertirse en miles de ejemplares. El macho montés volvió a formar parte del paisaje de Guadarrama. Fue para la Sierra un regalo de valor incalculable.La mejor demostración del éxito es paradójica: hoy el problema ya no es que falten cabras, sino que su densidad obliga en algunas zonas a intervenir para evitar daños sobre la vegetación y problemas sanitarios. Hace 35 años había que conseguir que la cabra volviera; hoy hay que decidir cómo mantenerla en equilibrio. No es un fracaso: es el éxito de una reintroducción que ahora necesita gestión.Durante demasiado tiempo se ha presentado al cazador como alguien enfrentado a la conservación, pero la historia no encaja en esa caricatura. Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, gran impulsor de la Ley de Parques Nacionales de 1916, era cazador. Alfonso XIII, decisivo para proteger la cabra montés de Gredos cuando atravesaba una situación crítica, también lo era.Algo parecido ocurrió en Guadarrama: un cazador colaboró para que una especie regresara. No para hacerla desaparecer, sino para recuperarla. No lo han hecho tan mal los cazadores.Arturo GonzálezUna población silvestre necesita equilibrio. Si supera la capacidad del medio, aparecen daños sobre el hábitat y riesgos sanitarios. Cuando los técnicos determinan que hay que extraer ejemplares, debemos preguntarnos cuál es la forma más razonable de hacerlo.La legislación vigente de parques nacionales no permite la caza deportiva y comercial en su interior y debe respetarse. Pero eso no impide debatir el mejor modelo de futuro. Allí donde exista una necesidad técnica de extracción, defiendo estudiar mecanismos de aprovechamiento cinegético rigurosamente regulado: censos, cupos, criterios sanitarios, precintos, vigilancia y seguimiento científico.«Ellos tuvieron la valentía de reintroducir. Nosotros debemos tener la inteligencia de gestionar»Si hay que extraer animales, esa actuación puede ser un gasto público o puede, dentro de un marco legal adecuado, generar recursos para la conservación y los pueblos de la Sierra. ¿Por qué renunciar a ello?Gredos demuestra que la cabra montés puede ser patrimonio natural y, al mismo tiempo, generar actividad económica. En Extremadura ocurre algo parecido en sus reservas de caza. Los recechos generan ingresos para guardas, guías, alojamientos, restaurantes, comercios, propietarios y municipios. También Sonsaz demuestra el valor que una población bien gestionada aporta al territorio.De Guadarrama a IruelasTras los incendios que han castigado Ávila este verano cobra fuerza una historia pendiente. El 11 de octubre de 2018, la Comunidad de Madrid y la Mancomunidad Municipal Asocio de la Extinguida Universidad y Tierra de Ávila firmaron un convenio para trasladar cabras monteses de Guadarrama a montes de El Barraco, Navaluenga y El Tiemblo, en el entorno del Valle de Iruelas. El acuerdo contemplaba 126 ejemplares —110 hembras reproductoras y 16 machos jóvenes— entre 2018 y 2020.La idea era aprovechar la elevada densidad madrileña para crear en Ávila un reservorio genético y sanitario de ‘Capra pyrenaica victoriae’. Guadarrama podía así devolver parte de aquel éxito a otra zona del Sistema Central.Hoy aquella iniciativa merece ser rescatada. No se trata de liberar animales de inmediato en un territorio quemado, sino de que los técnicos determinen cuándo y dónde sería viable. Propongo sentar de nuevo a la Comunidad de Madrid, la Junta de Castilla y León y la Mancomunidad Asocio para estudiar la recuperación del convenio. Sería otra reintroducción, porque la cabra ya pobló esos montes, y un símbolo extraordinario: descendientes de una población recuperada podrían contribuir a devolver vida a unas sierras heridas por el fuego.También merece reconocerse el papel de las fundaciones privadas. La Fundación José María Blanc demostró que desde la sociedad civil podían impulsarse actuaciones de enorme trascendencia. Aunque hoy ya no mantiene actividad, su legado permanece. Ese testigo lo recoge Fundación Artemisan con su trabajo de investigación, mejora de hábitats y gestión cinegética sostenible. Ambas demuestran el valor de la colaboración entre sociedad civil y Administraciones.El futuro de los montesDebemos decidir si queremos montes únicamente contemplativos o espacios naturales vivos, gestionados, capaces de generar recursos y vinculados a los pueblos que los rodean. Nuestros pueblos necesitan actividad: guardas, ganaderos, trabajadores forestales, guías, hosteleros y empresas relacionadas con el medio natural. La conservación no puede construirse de espaldas a quienes viven en el territorio.La caza sostenible no es la única herramienta, pero puede ser una más: una herramienta de gestión, financiación de la conservación y creación de empleo rural.José María Blanc comprendió algo sencillo: conservar no consiste solamente en prohibir. Conservar significa actuar, recuperar, cuidar, vigilar y, cuando una población lo exige, gestionar. RSS de noticias de deportes
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