Tiene esta plaza de Madrid una prisa extraña. De un lado, Tetuán de las Victorias, que los gatos decimos Tetuán porque no recordamos la historia por mucho que nos haya traído hasta aquí. Se cuenta que este barrio de Madrid, de columna vertebral torcida con Bravo Murillo , se originó con traperos, comerciantes y soldados que arribaron tras la victoria de la campaña en Marruecos allá por 1860. De un primer momento, se instalaron en la Dehesa de Amaniel. Poco a poco, fueron construyendo casas bajas, tabernas y hasta una plaza de toros que funcionó hasta primeros del siglo veinte. No dejó el barrio su esencia nómada que, incluso hoy, es destino y hogar de tantos acentos distintos. Este lado de la plaza, que termina en Plaza Castilla, es también escaparate de electrodomésticos y zapatos. Se suceden las calles como arterias silenciosas donde pasan cosas, como en la calle Topete, donde le hampa se confunde cuando llega la noche, o Tablada, un trozo de la historia musical desde la movida con sus locales de ensayo y que fue, entre otros, el primer hogar de Los Rodríguez cuando comenzaron a ser banda sonora de una generación. Mirando al este se adivina el pasado financiero de Madrid. Es la calle Raimundo Fernández Villaverde, que parece un río de paso hasta desembocar en la Castellana. El Corte Inglés sigue siendo el referente comercial y casi un termómetro del país. El desaparecido Windsor es ahora un edificio acristalado donde todo tiene un precio. Aún recuerdo la noche de su incendio y el paseo que dimos desde Chamberí para ver esa noche de Guy Fox en la que las llamas provocados por unas sombras detuvieron el tiempo hasta convertir el cielo en cenizas. Las personas no pasean Raimundo Fernández Villaverde porque lo hacen los coches, con sus túneles sembrados de radares y ese Hospital de Jornaleros que parece una fortaleza de piedra vigilante al paso de los oficinistas que la recorren a diario. Aquí Madrid se abre al horizonte y su calle principal se convierte en una arteria que rodea la ciudad como lo hace el bus Circular. Al oeste cambia el nombre por avenida de la Reina Victoria, que le cambió su nombre al camino de los Aceiteros a finales del siglo XIX. Fueron los hermanos Otamendi y su Compañía Madrileña Urbanizadora, los que diseñaron los edificios que unen Cuatro Caminos con el viejo Hospital de la Cruz Roja, que fue creado con el nombre de Casa de Salud San José y Santa Adela, en honor a Dña. Adela Balboa y Gómez, que dejó en su testamento, en 1890, la voluntad de «construcción de una casa de salud para las enfermedades contagiosas o variolosas en la que se admita criados y criadas de servir en esta Corte». Hace un codo cuando se cruza con la avenida de Pablo Iglesias, justo antes de Guzmán el Bueno y donde se deja de ver Cuatro Caminos con el bar Manolo de frontera natural.Noticia Relacionada estandar Si 443 familias podrán levantar sus pisos en las cocheras de Cuatro Caminos: «Esta vez avanzamos de verdad» Gonzalo Garrido Tras una década de atrasos y litigios, el pleno ha ratificado el planeamiento del ámbito, con los votos a favor de PP y Vox Volviendo a la plaza, solo nos queda mirar al sur, donde Santa Engracia termina su recorrido que inició en Alonso Martínez atravesando todo el barrio de Chamberí. Son casas de parné, pisos buenos y restaurantes de moda que también buscan hacerse un hueco entre tanto escaparate de cerveza bien tirada. Es una zona con menos paseantes, mucha sucursal bancaria y algunos aparcamientos que facilitan que esta zona no esté repleta de ruido y coches. Por la noche duerme como lo hacen los vecinos, aunque solo con llegar a Maudes, uno empieza a vislumbrar el runrún de pasos y sombras, de mucho trapicheo que sigue hacia Santero, Hernani y la calle Guipúzcoa. Por la calle Esquilache uno se topa con las Antiguas Cocheras del Metro de Madrid y uno piensa que no sería mal lugar para construir viviendas y seguir haciendo de esta zona de Madrid, un lugar donde quedarse, vivir y convertirse en gato. Me gusta andar esta plaza de Cuatro Caminos. Ya sin ‘scalextric’, con la costumbre de seguir adelante, de madrugar, prosperar, engañar o lo que vengan a hacer todas estas personas con las que me cruzo. Personas que van a paso ligero y que no terminan de calmar esta zona de Madrid que lleva haciéndose doscientos años con esta misma prisa. Tiene esta plaza de Madrid una prisa extraña. De un lado, Tetuán de las Victorias, que los gatos decimos Tetuán porque no recordamos la historia por mucho que nos haya traído hasta aquí. Se cuenta que este barrio de Madrid, de columna vertebral torcida con Bravo Murillo , se originó con traperos, comerciantes y soldados que arribaron tras la victoria de la campaña en Marruecos allá por 1860. De un primer momento, se instalaron en la Dehesa de Amaniel. Poco a poco, fueron construyendo casas bajas, tabernas y hasta una plaza de toros que funcionó hasta primeros del siglo veinte. No dejó el barrio su esencia nómada que, incluso hoy, es destino y hogar de tantos acentos distintos. Este lado de la plaza, que termina en Plaza Castilla, es también escaparate de electrodomésticos y zapatos. Se suceden las calles como arterias silenciosas donde pasan cosas, como en la calle Topete, donde le hampa se confunde cuando llega la noche, o Tablada, un trozo de la historia musical desde la movida con sus locales de ensayo y que fue, entre otros, el primer hogar de Los Rodríguez cuando comenzaron a ser banda sonora de una generación. Mirando al este se adivina el pasado financiero de Madrid. Es la calle Raimundo Fernández Villaverde, que parece un río de paso hasta desembocar en la Castellana. El Corte Inglés sigue siendo el referente comercial y casi un termómetro del país. El desaparecido Windsor es ahora un edificio acristalado donde todo tiene un precio. Aún recuerdo la noche de su incendio y el paseo que dimos desde Chamberí para ver esa noche de Guy Fox en la que las llamas provocados por unas sombras detuvieron el tiempo hasta convertir el cielo en cenizas. Las personas no pasean Raimundo Fernández Villaverde porque lo hacen los coches, con sus túneles sembrados de radares y ese Hospital de Jornaleros que parece una fortaleza de piedra vigilante al paso de los oficinistas que la recorren a diario. Aquí Madrid se abre al horizonte y su calle principal se convierte en una arteria que rodea la ciudad como lo hace el bus Circular. Al oeste cambia el nombre por avenida de la Reina Victoria, que le cambió su nombre al camino de los Aceiteros a finales del siglo XIX. Fueron los hermanos Otamendi y su Compañía Madrileña Urbanizadora, los que diseñaron los edificios que unen Cuatro Caminos con el viejo Hospital de la Cruz Roja, que fue creado con el nombre de Casa de Salud San José y Santa Adela, en honor a Dña. Adela Balboa y Gómez, que dejó en su testamento, en 1890, la voluntad de «construcción de una casa de salud para las enfermedades contagiosas o variolosas en la que se admita criados y criadas de servir en esta Corte». Hace un codo cuando se cruza con la avenida de Pablo Iglesias, justo antes de Guzmán el Bueno y donde se deja de ver Cuatro Caminos con el bar Manolo de frontera natural.Noticia Relacionada estandar Si 443 familias podrán levantar sus pisos en las cocheras de Cuatro Caminos: «Esta vez avanzamos de verdad» Gonzalo Garrido Tras una década de atrasos y litigios, el pleno ha ratificado el planeamiento del ámbito, con los votos a favor de PP y Vox Volviendo a la plaza, solo nos queda mirar al sur, donde Santa Engracia termina su recorrido que inició en Alonso Martínez atravesando todo el barrio de Chamberí. Son casas de parné, pisos buenos y restaurantes de moda que también buscan hacerse un hueco entre tanto escaparate de cerveza bien tirada. Es una zona con menos paseantes, mucha sucursal bancaria y algunos aparcamientos que facilitan que esta zona no esté repleta de ruido y coches. Por la noche duerme como lo hacen los vecinos, aunque solo con llegar a Maudes, uno empieza a vislumbrar el runrún de pasos y sombras, de mucho trapicheo que sigue hacia Santero, Hernani y la calle Guipúzcoa. Por la calle Esquilache uno se topa con las Antiguas Cocheras del Metro de Madrid y uno piensa que no sería mal lugar para construir viviendas y seguir haciendo de esta zona de Madrid, un lugar donde quedarse, vivir y convertirse en gato. Me gusta andar esta plaza de Cuatro Caminos. Ya sin ‘scalextric’, con la costumbre de seguir adelante, de madrugar, prosperar, engañar o lo que vengan a hacer todas estas personas con las que me cruzo. Personas que van a paso ligero y que no terminan de calmar esta zona de Madrid que lleva haciéndose doscientos años con esta misma prisa. Tiene esta plaza de Madrid una prisa extraña. De un lado, Tetuán de las Victorias, que los gatos decimos Tetuán porque no recordamos la historia por mucho que nos haya traído hasta aquí. Se cuenta que este barrio de Madrid, de columna vertebral torcida con Bravo Murillo , se originó con traperos, comerciantes y soldados que arribaron tras la victoria de la campaña en Marruecos allá por 1860. De un primer momento, se instalaron en la Dehesa de Amaniel. Poco a poco, fueron construyendo casas bajas, tabernas y hasta una plaza de toros que funcionó hasta primeros del siglo veinte. No dejó el barrio su esencia nómada que, incluso hoy, es destino y hogar de tantos acentos distintos. Este lado de la plaza, que termina en Plaza Castilla, es también escaparate de electrodomésticos y zapatos. Se suceden las calles como arterias silenciosas donde pasan cosas, como en la calle Topete, donde le hampa se confunde cuando llega la noche, o Tablada, un trozo de la historia musical desde la movida con sus locales de ensayo y que fue, entre otros, el primer hogar de Los Rodríguez cuando comenzaron a ser banda sonora de una generación. Mirando al este se adivina el pasado financiero de Madrid. Es la calle Raimundo Fernández Villaverde, que parece un río de paso hasta desembocar en la Castellana. El Corte Inglés sigue siendo el referente comercial y casi un termómetro del país. El desaparecido Windsor es ahora un edificio acristalado donde todo tiene un precio. Aún recuerdo la noche de su incendio y el paseo que dimos desde Chamberí para ver esa noche de Guy Fox en la que las llamas provocados por unas sombras detuvieron el tiempo hasta convertir el cielo en cenizas. Las personas no pasean Raimundo Fernández Villaverde porque lo hacen los coches, con sus túneles sembrados de radares y ese Hospital de Jornaleros que parece una fortaleza de piedra vigilante al paso de los oficinistas que la recorren a diario. Aquí Madrid se abre al horizonte y su calle principal se convierte en una arteria que rodea la ciudad como lo hace el bus Circular. Al oeste cambia el nombre por avenida de la Reina Victoria, que le cambió su nombre al camino de los Aceiteros a finales del siglo XIX. Fueron los hermanos Otamendi y su Compañía Madrileña Urbanizadora, los que diseñaron los edificios que unen Cuatro Caminos con el viejo Hospital de la Cruz Roja, que fue creado con el nombre de Casa de Salud San José y Santa Adela, en honor a Dña. Adela Balboa y Gómez, que dejó en su testamento, en 1890, la voluntad de «construcción de una casa de salud para las enfermedades contagiosas o variolosas en la que se admita criados y criadas de servir en esta Corte». Hace un codo cuando se cruza con la avenida de Pablo Iglesias, justo antes de Guzmán el Bueno y donde se deja de ver Cuatro Caminos con el bar Manolo de frontera natural.Noticia Relacionada estandar Si 443 familias podrán levantar sus pisos en las cocheras de Cuatro Caminos: «Esta vez avanzamos de verdad» Gonzalo Garrido Tras una década de atrasos y litigios, el pleno ha ratificado el planeamiento del ámbito, con los votos a favor de PP y Vox Volviendo a la plaza, solo nos queda mirar al sur, donde Santa Engracia termina su recorrido que inició en Alonso Martínez atravesando todo el barrio de Chamberí. Son casas de parné, pisos buenos y restaurantes de moda que también buscan hacerse un hueco entre tanto escaparate de cerveza bien tirada. Es una zona con menos paseantes, mucha sucursal bancaria y algunos aparcamientos que facilitan que esta zona no esté repleta de ruido y coches. Por la noche duerme como lo hacen los vecinos, aunque solo con llegar a Maudes, uno empieza a vislumbrar el runrún de pasos y sombras, de mucho trapicheo que sigue hacia Santero, Hernani y la calle Guipúzcoa. Por la calle Esquilache uno se topa con las Antiguas Cocheras del Metro de Madrid y uno piensa que no sería mal lugar para construir viviendas y seguir haciendo de esta zona de Madrid, un lugar donde quedarse, vivir y convertirse en gato. Me gusta andar esta plaza de Cuatro Caminos. Ya sin ‘scalextric’, con la costumbre de seguir adelante, de madrugar, prosperar, engañar o lo que vengan a hacer todas estas personas con las que me cruzo. Personas que van a paso ligero y que no terminan de calmar esta zona de Madrid que lleva haciéndose doscientos años con esta misma prisa. RSS de noticias de espana
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