Tengo la buena costumbre de llamar cada quince días al jefe de la sección de Cultura de este periódico para pedirle opciones de temas a tratar en esta columna que están leyendo. Lo hago porque así no me repito como un loro y no acabo hablando siempre de lo mismo. Además es más gratificante, al menos para mí, escribir acerca de cuestiones que a priori no me había planteado. Me pasa con las entrevistas también, cuando a través de preguntas de terceros acabo reflexionando sobre temas que en el día a día no me había parado a pensar en ellos.
Aunque estoy en contra, reconozco que en más de una ocasión he recurrido a ella para verificar algún que otro dato del que no estaba seguro. Y eso es muy peligroso.
Tengo la buena costumbre de llamar cada quince días al jefe de la sección de Cultura de este periódico para pedirle opciones de temas a tratar en esta columna que están leyendo. Lo hago porque así no me repito como un loro y no acabo hablando siempre de lo mismo. Además es más gratificante, al menos para mí, escribir acerca de cuestiones que a priori no me había planteado. Me pasa con las entrevistas también, cuando a través de preguntas de terceros acabo reflexionando sobre temas que en el día a día no me había parado a pensar en ellos.
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