Cincuenta minutos bastaron para agotar las entradas del cartel de más luminosa expectación del verano taurino. Menos de una hora para abarrotar con diez almas la plaza que consagró Joselito con una frase de azulejo de Mensaque. Era el segundo de los cuatro paseíllos de «¡Jo-sé-An-to-nio!», esta vez al lado de Roca Rey. Y se palpaba en el ambiente. Un ‘No hay billetes’ verdadero, de esos en los que no cabe ni la punta de un alfiler. Desbordados los tendidos y las calles, los bares y los aparcamientos. Más cerca de Jerez que de la localidad portuense dejó alguno el coche. Y allí donde se comen las papas enteras retumban aún los oles con la faena de locos de Pablo Aguado. ‘Locos esbarataos’, que canta Selu del Puerto.Eran las nueve y pico de la noche cuando el torero de la naturalidad abría una ventana a otro mundo con el capote. Si lentas fueron las verónicas, más aún esas chicuelinas al paso en las que flotaba. Y más despacito todavía las tafalleras que acabaron tornándose tijerillas. Motivadísimo Pablo, torerísimo Aguado, mientras nos trasladaba a ese lugar donde las agujas no punzaban, donde las retinas peregrinaban en busca de su mágica torería. Y entonces, como en su inolvidable tarde en Aranjuez, sorprendió con los palos, fallido el primero, pero arrebatadísimo en los cuatro pares que colocó, con un tercero de exposición en los medios, con el castaño arreando, y otro al quiebro por los adentros que desató un clamor. Con las zapatillas ancladitas a la arena, sin esos horribles saltos. ¡Torero, torero! Poseído por el dios del arte andaba el sevillano mientras sublimaba el toreo. Canela en rama su faena, de una belleza cautivadora desde la inmensa apertura, exquisita de principio a fin. Hubo una serie en la que giró como gira esa tierra que, de vez en cuando, merecería ser abrochada con un pase de pecho. De escándalo los aguadistas. A cámara lenta. De bordado artesanal. Todo vertical, por caricias, andándole con galanura y sin perder nunca su veta natural. Crecido, agigantado en un acontecimiento en el que no se podía fallar: todas las miradas del toreo apuntaban al Puerto de San Morante. En el sitio indicado su faena, en la hora precisa, con los dos mandamases de la Fiesta. ¡Y con el toro ideal! Cómo maravillaría su obra que alguno pidió el indulto -qué cosas-. Con una vuelta al ruedo distinguieron a Galiano, de estupenda condición, pero sin las notas altas del Rescoldito del día anterior; puestos a comparar, a aquel tenían que haberlo premiado entonces con dos. Enterró Aguado una buena estocada y sonaron palmas por bulerías mientras asomaban los pañuelos que convertían los tendidos en un anuncio de detergente. Blancos por norte y sur, por este y oeste, rendidos a las hermosísimas coordenadas del toreo aguadista. Suya fue la única faena de dos orejas. Qué delicia, torero.Con la plaza aún extasiada por ‘lo de Aguado’, Morante dictó una lección de valentía total. Otra más. Observen las fotos, miren la taleguilla del maestro, más ensangrentada que un peto. Trabajito tiene el mozo de espadas, su primo, al que asustó -como a todos- con su aplomo. Si Tristón no lo cogió fue puro milagro. Porque el cigarrero ni si inmutaba cuando al cuvillo le costaba pasar, cuando se quedaba debajo, cuando le lanzó un gañafón. Después del manicomio en el que el díscípulo había convertido la Plaza Real, José Antonio se estiró y se ciñó en un trébol de faroles, cosidos a chicuelinas. Un prodigio. Y exponiendo una barbaridad. No pocos capotazos se llevó en la lidia Tristón, con el que el genio desplegó el cartucho de pescao desde primera hora, con la izquierda presentada por derecho. A ese lado cambió para llevárselo a los medios. Silencio de misa, solo roto por los oles en redondo. Interrumpidos, de pronto, por el ¡ay! cuando soltó un arreón. Completamente roja la taleguilla mientras una melancólica melodía sonaba. Una versión del ‘Voilà’ de Bárbara Pradi, según chivaron en el palco. Y allí seguía el sevillano, ofreciendo el pecho, con la muleta muerta, abandonado y desnudo. ¿De dónde nace tanto valor en un maestro con treinta años de alternativa y rozando el medio siglo? Qué desmedida afición. Qué entrega. Nada dentro se guardó. ¿O sí? Vuelvan el día 8. Morante es el rayo que no cesa, el torero que no para de sorprender. ¡Y cómo lo mató con la mano herida! Menudo sopapo. Con una rácana oreja premiaron la obra. De Tristón se pasó a Contento, bravo y encastado, con el hocico a rastras y tremendamente exigente, con mucho que torear. Roca, estoico con el capote en los dos de su lote, planteó una faena por abajo, que era lo que demandaba el de Cuvillo. Dominador y rotundo a derechas, pero algo encimista y sin terminar de cogerle el aire por la zurda, abusando de la ayuda y de la voz. Con raza remontó con la mano de la cuchara en una soberbia y poderosa tanda de tela a rastras en su trabajada faena, premiada con una oreja tras la contundente espada. A los bajos viajó en el anterior después de que el huido animal perdiera las manos, pero ahí sumó su primera oreja con su puesta y dispuesta muleta para imantar al de Cuvillo. A Morante brindó aquel toro, con los tendidos en pie y el abrazo de las dos figuras tras el pique del año anterior.El Puerto Plaza Real Domingo, 2 de agosto de 2026. Tercera de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Núñez del Cuvillo, cuatreños, bien presentados y de variado juego; destacaron 3º, por su clase, y el exigente y encastado 5º Morante de la Puebla, de caldera e hilo blanco: estocada corta tendida (saludos); estocada (oreja). Roca Rey, de sangre de toro y oro: estocada baja (oreja); estocada (oreja). Pablo Aguado, de tabaco y oro: estocada algo caída (dos orejas); dos pinchazos y estocada (silencio). Fue el cigarrero el único en marcharse a pie. Quien quiera más que vuelva el sábado. Feliz se marchó el gentío con la doble puerta grande de Roca y Aguado, que lo bordó con su faena caviar. Cumbre. Cincuenta minutos bastaron para agotar las entradas del cartel de más luminosa expectación del verano taurino. Menos de una hora para abarrotar con diez almas la plaza que consagró Joselito con una frase de azulejo de Mensaque. Era el segundo de los cuatro paseíllos de «¡Jo-sé-An-to-nio!», esta vez al lado de Roca Rey. Y se palpaba en el ambiente. Un ‘No hay billetes’ verdadero, de esos en los que no cabe ni la punta de un alfiler. Desbordados los tendidos y las calles, los bares y los aparcamientos. Más cerca de Jerez que de la localidad portuense dejó alguno el coche. Y allí donde se comen las papas enteras retumban aún los oles con la faena de locos de Pablo Aguado. ‘Locos esbarataos’, que canta Selu del Puerto.Eran las nueve y pico de la noche cuando el torero de la naturalidad abría una ventana a otro mundo con el capote. Si lentas fueron las verónicas, más aún esas chicuelinas al paso en las que flotaba. Y más despacito todavía las tafalleras que acabaron tornándose tijerillas. Motivadísimo Pablo, torerísimo Aguado, mientras nos trasladaba a ese lugar donde las agujas no punzaban, donde las retinas peregrinaban en busca de su mágica torería. Y entonces, como en su inolvidable tarde en Aranjuez, sorprendió con los palos, fallido el primero, pero arrebatadísimo en los cuatro pares que colocó, con un tercero de exposición en los medios, con el castaño arreando, y otro al quiebro por los adentros que desató un clamor. Con las zapatillas ancladitas a la arena, sin esos horribles saltos. ¡Torero, torero! Poseído por el dios del arte andaba el sevillano mientras sublimaba el toreo. Canela en rama su faena, de una belleza cautivadora desde la inmensa apertura, exquisita de principio a fin. Hubo una serie en la que giró como gira esa tierra que, de vez en cuando, merecería ser abrochada con un pase de pecho. De escándalo los aguadistas. A cámara lenta. De bordado artesanal. Todo vertical, por caricias, andándole con galanura y sin perder nunca su veta natural. Crecido, agigantado en un acontecimiento en el que no se podía fallar: todas las miradas del toreo apuntaban al Puerto de San Morante. En el sitio indicado su faena, en la hora precisa, con los dos mandamases de la Fiesta. ¡Y con el toro ideal! Cómo maravillaría su obra que alguno pidió el indulto -qué cosas-. Con una vuelta al ruedo distinguieron a Galiano, de estupenda condición, pero sin las notas altas del Rescoldito del día anterior; puestos a comparar, a aquel tenían que haberlo premiado entonces con dos. Enterró Aguado una buena estocada y sonaron palmas por bulerías mientras asomaban los pañuelos que convertían los tendidos en un anuncio de detergente. Blancos por norte y sur, por este y oeste, rendidos a las hermosísimas coordenadas del toreo aguadista. Suya fue la única faena de dos orejas. Qué delicia, torero.Con la plaza aún extasiada por ‘lo de Aguado’, Morante dictó una lección de valentía total. Otra más. Observen las fotos, miren la taleguilla del maestro, más ensangrentada que un peto. Trabajito tiene el mozo de espadas, su primo, al que asustó -como a todos- con su aplomo. Si Tristón no lo cogió fue puro milagro. Porque el cigarrero ni si inmutaba cuando al cuvillo le costaba pasar, cuando se quedaba debajo, cuando le lanzó un gañafón. Después del manicomio en el que el díscípulo había convertido la Plaza Real, José Antonio se estiró y se ciñó en un trébol de faroles, cosidos a chicuelinas. Un prodigio. Y exponiendo una barbaridad. No pocos capotazos se llevó en la lidia Tristón, con el que el genio desplegó el cartucho de pescao desde primera hora, con la izquierda presentada por derecho. A ese lado cambió para llevárselo a los medios. Silencio de misa, solo roto por los oles en redondo. Interrumpidos, de pronto, por el ¡ay! cuando soltó un arreón. Completamente roja la taleguilla mientras una melancólica melodía sonaba. Una versión del ‘Voilà’ de Bárbara Pradi, según chivaron en el palco. Y allí seguía el sevillano, ofreciendo el pecho, con la muleta muerta, abandonado y desnudo. ¿De dónde nace tanto valor en un maestro con treinta años de alternativa y rozando el medio siglo? Qué desmedida afición. Qué entrega. Nada dentro se guardó. ¿O sí? Vuelvan el día 8. Morante es el rayo que no cesa, el torero que no para de sorprender. ¡Y cómo lo mató con la mano herida! Menudo sopapo. Con una rácana oreja premiaron la obra. De Tristón se pasó a Contento, bravo y encastado, con el hocico a rastras y tremendamente exigente, con mucho que torear. Roca, estoico con el capote en los dos de su lote, planteó una faena por abajo, que era lo que demandaba el de Cuvillo. Dominador y rotundo a derechas, pero algo encimista y sin terminar de cogerle el aire por la zurda, abusando de la ayuda y de la voz. Con raza remontó con la mano de la cuchara en una soberbia y poderosa tanda de tela a rastras en su trabajada faena, premiada con una oreja tras la contundente espada. A los bajos viajó en el anterior después de que el huido animal perdiera las manos, pero ahí sumó su primera oreja con su puesta y dispuesta muleta para imantar al de Cuvillo. A Morante brindó aquel toro, con los tendidos en pie y el abrazo de las dos figuras tras el pique del año anterior.El Puerto Plaza Real Domingo, 2 de agosto de 2026. Tercera de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Núñez del Cuvillo, cuatreños, bien presentados y de variado juego; destacaron 3º, por su clase, y el exigente y encastado 5º Morante de la Puebla, de caldera e hilo blanco: estocada corta tendida (saludos); estocada (oreja). Roca Rey, de sangre de toro y oro: estocada baja (oreja); estocada (oreja). Pablo Aguado, de tabaco y oro: estocada algo caída (dos orejas); dos pinchazos y estocada (silencio). Fue el cigarrero el único en marcharse a pie. Quien quiera más que vuelva el sábado. Feliz se marchó el gentío con la doble puerta grande de Roca y Aguado, que lo bordó con su faena caviar. Cumbre. Cincuenta minutos bastaron para agotar las entradas del cartel de más luminosa expectación del verano taurino. Menos de una hora para abarrotar con diez almas la plaza que consagró Joselito con una frase de azulejo de Mensaque. Era el segundo de los cuatro paseíllos de «¡Jo-sé-An-to-nio!», esta vez al lado de Roca Rey. Y se palpaba en el ambiente. Un ‘No hay billetes’ verdadero, de esos en los que no cabe ni la punta de un alfiler. Desbordados los tendidos y las calles, los bares y los aparcamientos. Más cerca de Jerez que de la localidad portuense dejó alguno el coche. Y allí donde se comen las papas enteras retumban aún los oles con la faena de locos de Pablo Aguado. ‘Locos esbarataos’, que canta Selu del Puerto.Eran las nueve y pico de la noche cuando el torero de la naturalidad abría una ventana a otro mundo con el capote. Si lentas fueron las verónicas, más aún esas chicuelinas al paso en las que flotaba. Y más despacito todavía las tafalleras que acabaron tornándose tijerillas. Motivadísimo Pablo, torerísimo Aguado, mientras nos trasladaba a ese lugar donde las agujas no punzaban, donde las retinas peregrinaban en busca de su mágica torería. Y entonces, como en su inolvidable tarde en Aranjuez, sorprendió con los palos, fallido el primero, pero arrebatadísimo en los cuatro pares que colocó, con un tercero de exposición en los medios, con el castaño arreando, y otro al quiebro por los adentros que desató un clamor. Con las zapatillas ancladitas a la arena, sin esos horribles saltos. ¡Torero, torero! Poseído por el dios del arte andaba el sevillano mientras sublimaba el toreo. Canela en rama su faena, de una belleza cautivadora desde la inmensa apertura, exquisita de principio a fin. Hubo una serie en la que giró como gira esa tierra que, de vez en cuando, merecería ser abrochada con un pase de pecho. De escándalo los aguadistas. A cámara lenta. De bordado artesanal. Todo vertical, por caricias, andándole con galanura y sin perder nunca su veta natural. Crecido, agigantado en un acontecimiento en el que no se podía fallar: todas las miradas del toreo apuntaban al Puerto de San Morante. En el sitio indicado su faena, en la hora precisa, con los dos mandamases de la Fiesta. ¡Y con el toro ideal! Cómo maravillaría su obra que alguno pidió el indulto -qué cosas-. Con una vuelta al ruedo distinguieron a Galiano, de estupenda condición, pero sin las notas altas del Rescoldito del día anterior; puestos a comparar, a aquel tenían que haberlo premiado entonces con dos. Enterró Aguado una buena estocada y sonaron palmas por bulerías mientras asomaban los pañuelos que convertían los tendidos en un anuncio de detergente. Blancos por norte y sur, por este y oeste, rendidos a las hermosísimas coordenadas del toreo aguadista. Suya fue la única faena de dos orejas. Qué delicia, torero.Con la plaza aún extasiada por ‘lo de Aguado’, Morante dictó una lección de valentía total. Otra más. Observen las fotos, miren la taleguilla del maestro, más ensangrentada que un peto. Trabajito tiene el mozo de espadas, su primo, al que asustó -como a todos- con su aplomo. Si Tristón no lo cogió fue puro milagro. Porque el cigarrero ni si inmutaba cuando al cuvillo le costaba pasar, cuando se quedaba debajo, cuando le lanzó un gañafón. Después del manicomio en el que el díscípulo había convertido la Plaza Real, José Antonio se estiró y se ciñó en un trébol de faroles, cosidos a chicuelinas. Un prodigio. Y exponiendo una barbaridad. No pocos capotazos se llevó en la lidia Tristón, con el que el genio desplegó el cartucho de pescao desde primera hora, con la izquierda presentada por derecho. A ese lado cambió para llevárselo a los medios. Silencio de misa, solo roto por los oles en redondo. Interrumpidos, de pronto, por el ¡ay! cuando soltó un arreón. Completamente roja la taleguilla mientras una melancólica melodía sonaba. Una versión del ‘Voilà’ de Bárbara Pradi, según chivaron en el palco. Y allí seguía el sevillano, ofreciendo el pecho, con la muleta muerta, abandonado y desnudo. ¿De dónde nace tanto valor en un maestro con treinta años de alternativa y rozando el medio siglo? Qué desmedida afición. Qué entrega. Nada dentro se guardó. ¿O sí? Vuelvan el día 8. Morante es el rayo que no cesa, el torero que no para de sorprender. ¡Y cómo lo mató con la mano herida! Menudo sopapo. Con una rácana oreja premiaron la obra. De Tristón se pasó a Contento, bravo y encastado, con el hocico a rastras y tremendamente exigente, con mucho que torear. Roca, estoico con el capote en los dos de su lote, planteó una faena por abajo, que era lo que demandaba el de Cuvillo. Dominador y rotundo a derechas, pero algo encimista y sin terminar de cogerle el aire por la zurda, abusando de la ayuda y de la voz. Con raza remontó con la mano de la cuchara en una soberbia y poderosa tanda de tela a rastras en su trabajada faena, premiada con una oreja tras la contundente espada. A los bajos viajó en el anterior después de que el huido animal perdiera las manos, pero ahí sumó su primera oreja con su puesta y dispuesta muleta para imantar al de Cuvillo. A Morante brindó aquel toro, con los tendidos en pie y el abrazo de las dos figuras tras el pique del año anterior.El Puerto Plaza Real Domingo, 2 de agosto de 2026. Tercera de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Núñez del Cuvillo, cuatreños, bien presentados y de variado juego; destacaron 3º, por su clase, y el exigente y encastado 5º Morante de la Puebla, de caldera e hilo blanco: estocada corta tendida (saludos); estocada (oreja). Roca Rey, de sangre de toro y oro: estocada baja (oreja); estocada (oreja). Pablo Aguado, de tabaco y oro: estocada algo caída (dos orejas); dos pinchazos y estocada (silencio). Fue el cigarrero el único en marcharse a pie. Quien quiera más que vuelva el sábado. Feliz se marchó el gentío con la doble puerta grande de Roca y Aguado, que lo bordó con su faena caviar. Cumbre. RSS de noticias de cultura
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