Son las seis de la tarde, y el paseo marítimo en el que finalizan las playas de Benítez y el Trampolín , en Ceuta, está lleno de inmigrantes que caminan a buen paso con bolsas cargadas de alimentos. Todas proceden del reparto que, cada día a estas horas, realiza la Cruz Roja en la lengua de tierra que divide las dos playas. Al borde de las tiendas de campaña que abarrotan la zona, varios jóvenes se disponen a vender la ‘mercancía’, como llevan haciendo desde días después de que a finales de julio decenas de miles lograron cruzar a nado la frontera. Uno de ellos es Hakim. «Un cigarro 20 céntimos», explica en dariya -variedad del árabe que se habla en Marruecos- mientras abre una caja roja de American Legend, la marca que todos fuman por aquí.Dice que tiene 19 años, pero a primera vista parece mucho más joven, y que hace unos 11 euros al día con lo que vende. A continuación, ofrece galletas de chocolate y hasta un cargador portátil para el móvil. Intenta comunicarse lo mejor que puede y sonríe mucho, hasta que ve a un policía asomar por el paseo marítimo y se pone nervioso. «Policía, policía», dice mientras pega un brinco para alejarse unos pasos de la mercancía. No quiere que nadie le pueda relacionar con ella; porque sabe que lo que está haciendo no está permitido. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado intentan controlar lo mejor que pueden la venta ambulante. El pasado martes el portavoz del Gobierno de Ceuta, Alejandro Ramírez, comunicó que la Policía iba a actuar para acabar con el problema, pero por el momento no parece que el mensaje esté teniendo mucho éxito. No hace falta moverse demasiado entre las caóticas hileras de este mar de lonas, bolsas de basura y cartones habitado por más de un millar de ilegales para encontrar decenas de puestos similares y mucho más grandes.«No me gusta nada que hagan esto, es ilegal. No van a morir de hambre, aquí todos tenemos comida», comenta Soufian, un veinteañero con estudios en Filología Hispánica que pasa por la zona y se ofrece a traducir. Llegó «de los primerso» a finales de julio después de que un amigo militar de Marruecos le avisara de que «la frontera estaba abierta». Primero se echó al monte, después pasó unas noches en una casa patera y, finalmente, llegó a la playa, de la que se queja constantemente. «Aquí hay gente que consume todo tipo de drogas, pastillas, cocaína y hachís, de todo», asegura. Según su relato, las consiguen en la barriada del Príncipe y las llevan hasta el asentamiento. Mientras dice esto, justo al lado de la pequeña tienda de campaña, un joven rompe un cigarro y se dispone a mezclar el tabaco con hachís.- ¿Y esto de dónde lo sacas?- Aquí lo puedes encontrar en muchos sitios.Sin embargo, cuando se le pregunta dónde se podría comprar, se niega a dar indicaciones. «La gente está intentando hacer negocio con lo que puede, y el problema más grave lo tenemos con el alcohol. No sé como los españoles se lo venden, no deberían permitirlo», apunta Jamal, el vecino de chabola de Soufyan, que se dispone a prepararse un bocadillo de sardinas para la cena. «Siéntate, siéntate», insiste mientras ofrece una silla de colegio a la que le falta medio asiento. «Ves ese chico de allí que va con una caja de cartón, lleva alcohol dentro», remata Soufyan.Hogueras por la orillaCuando va cayendo la noche, comienzan a aparecer hogueras por la orilla del Trampolín, donde se calcula que todavía quedan más de 1.000 inmigrantes. Algunos las usan para cocinar, otros para calentarse. Mientras unos jóvenes aprovechan para hacer un rondo de fútbol, otros muchos siguen tratando de colocar sus productos; entre los que ya se ve algún puesto con guisos y con ingredientes para preparar bocadillos. Uno de ellos está regentado por Adam y otros tres compañeros; que charlan animadamente mientras ven en directo el amistoso de fútbol que enfrentó a Alemania con Holanda este jueves. En una tienda cercana se ve a un grupo de chicos bebiendo alcohol; en la entrada hay un montón de botellas de plástico y latas vacías.«Es un asco, mejor no te acerques por ahí», apunta Adam. «Se emborrachan y por la noche arman lío, se nos tiran encima de la tienda de campaña y se lanzan pedradas», prosigue. A continuación, él y sus compañeros empiezan a comentar cómo, alguna noche, se han despertado porque han notado que les estaban manoseando para quitarles las pertenencias que tienen, que en la mayoría de los casos caben en una mochila. «Hay que ser muy malo para robar a alguien que está en tu misma situación. A mí uno me robó el cable del cargador del iPhone, que era el oficial y cuesta 40 euros. Otra vez me quitaron la tarjeta de crédito», apunta otro.Un inmigrantes, con un puesto ambulante; otro, contándole el pelo a un compatriota, y un joven con la bolsa que reciben todos los días con alimentos Europa PressDentro del grupo que se arremolina en torno al puesto se encuentra Omar. Habla perfecto castellano, porque se en crio «entre las chabolas de Majadahonda y el barrio de Aluche», donde traficaba con droga hasta 2008, cuando la Policía lo detuvo y se le mandó de vuelta a Marruecos. «El arrepentimiento no sirve de nada. Ahora creo que he aprendido», explica. «Aquí tenemos peleas todos los días, el problema es que los malos están mezclados con los buenos. Pero tú eres español, así que a ti no te tocarían, porque saben que si les pillan se les cae el pelo. Les devuelven a Marruecos rápido y no pueden volver a entrar. Es lo mismo que en Marruecos, allí si te eres turista y te hacen algo te muelen a palos y te mandan a prisión, porque el país está pensado para los turistas», prosigue.La Policía, sin órdenes para controlar la situaciónA pesar de que la venta ambulante está prohibida, la Policía que patrulla la zona no puede hacer mucho para controlar la situación. «Han dejado que crezca. Si cuando se montó el primer puesto lo hubieran quitado pues eso no hubiera generado un efecto llamada», explica a ABC Laura García , portavoz del sindicato policial JUPOL. Destaca, además, que «a esas personas no se las puede sancionar, porque van indocumentadas. La sensación es de impunidad y hacen lo que les da la gana».Respecto al problema del tráfico de drogas, García reconoce el problema, que sigue sin solución: «No hay ningún dispositivo al respecto. Los compañeros de la UIP están por los alrededores, pero no tienen ordenes de estar paseando por dentro para ver si hay trapicheo de drogas y hacer algo al respecto, aunque se sabe lo que se está haciendo allí».-¿No hay órdenes desde Interior, quiere decir?-Efectivamente. Son las seis de la tarde, y el paseo marítimo en el que finalizan las playas de Benítez y el Trampolín , en Ceuta, está lleno de inmigrantes que caminan a buen paso con bolsas cargadas de alimentos. Todas proceden del reparto que, cada día a estas horas, realiza la Cruz Roja en la lengua de tierra que divide las dos playas. Al borde de las tiendas de campaña que abarrotan la zona, varios jóvenes se disponen a vender la ‘mercancía’, como llevan haciendo desde días después de que a finales de julio decenas de miles lograron cruzar a nado la frontera. Uno de ellos es Hakim. «Un cigarro 20 céntimos», explica en dariya -variedad del árabe que se habla en Marruecos- mientras abre una caja roja de American Legend, la marca que todos fuman por aquí.Dice que tiene 19 años, pero a primera vista parece mucho más joven, y que hace unos 11 euros al día con lo que vende. A continuación, ofrece galletas de chocolate y hasta un cargador portátil para el móvil. Intenta comunicarse lo mejor que puede y sonríe mucho, hasta que ve a un policía asomar por el paseo marítimo y se pone nervioso. «Policía, policía», dice mientras pega un brinco para alejarse unos pasos de la mercancía. No quiere que nadie le pueda relacionar con ella; porque sabe que lo que está haciendo no está permitido. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado intentan controlar lo mejor que pueden la venta ambulante. El pasado martes el portavoz del Gobierno de Ceuta, Alejandro Ramírez, comunicó que la Policía iba a actuar para acabar con el problema, pero por el momento no parece que el mensaje esté teniendo mucho éxito. No hace falta moverse demasiado entre las caóticas hileras de este mar de lonas, bolsas de basura y cartones habitado por más de un millar de ilegales para encontrar decenas de puestos similares y mucho más grandes.«No me gusta nada que hagan esto, es ilegal. No van a morir de hambre, aquí todos tenemos comida», comenta Soufian, un veinteañero con estudios en Filología Hispánica que pasa por la zona y se ofrece a traducir. Llegó «de los primerso» a finales de julio después de que un amigo militar de Marruecos le avisara de que «la frontera estaba abierta». Primero se echó al monte, después pasó unas noches en una casa patera y, finalmente, llegó a la playa, de la que se queja constantemente. «Aquí hay gente que consume todo tipo de drogas, pastillas, cocaína y hachís, de todo», asegura. Según su relato, las consiguen en la barriada del Príncipe y las llevan hasta el asentamiento. Mientras dice esto, justo al lado de la pequeña tienda de campaña, un joven rompe un cigarro y se dispone a mezclar el tabaco con hachís.- ¿Y esto de dónde lo sacas?- Aquí lo puedes encontrar en muchos sitios.Sin embargo, cuando se le pregunta dónde se podría comprar, se niega a dar indicaciones. «La gente está intentando hacer negocio con lo que puede, y el problema más grave lo tenemos con el alcohol. No sé como los españoles se lo venden, no deberían permitirlo», apunta Jamal, el vecino de chabola de Soufyan, que se dispone a prepararse un bocadillo de sardinas para la cena. «Siéntate, siéntate», insiste mientras ofrece una silla de colegio a la que le falta medio asiento. «Ves ese chico de allí que va con una caja de cartón, lleva alcohol dentro», remata Soufyan.Hogueras por la orillaCuando va cayendo la noche, comienzan a aparecer hogueras por la orilla del Trampolín, donde se calcula que todavía quedan más de 1.000 inmigrantes. Algunos las usan para cocinar, otros para calentarse. Mientras unos jóvenes aprovechan para hacer un rondo de fútbol, otros muchos siguen tratando de colocar sus productos; entre los que ya se ve algún puesto con guisos y con ingredientes para preparar bocadillos. Uno de ellos está regentado por Adam y otros tres compañeros; que charlan animadamente mientras ven en directo el amistoso de fútbol que enfrentó a Alemania con Holanda este jueves. En una tienda cercana se ve a un grupo de chicos bebiendo alcohol; en la entrada hay un montón de botellas de plástico y latas vacías.«Es un asco, mejor no te acerques por ahí», apunta Adam. «Se emborrachan y por la noche arman lío, se nos tiran encima de la tienda de campaña y se lanzan pedradas», prosigue. A continuación, él y sus compañeros empiezan a comentar cómo, alguna noche, se han despertado porque han notado que les estaban manoseando para quitarles las pertenencias que tienen, que en la mayoría de los casos caben en una mochila. «Hay que ser muy malo para robar a alguien que está en tu misma situación. A mí uno me robó el cable del cargador del iPhone, que era el oficial y cuesta 40 euros. Otra vez me quitaron la tarjeta de crédito», apunta otro.Un inmigrantes, con un puesto ambulante; otro, contándole el pelo a un compatriota, y un joven con la bolsa que reciben todos los días con alimentos Europa PressDentro del grupo que se arremolina en torno al puesto se encuentra Omar. Habla perfecto castellano, porque se en crio «entre las chabolas de Majadahonda y el barrio de Aluche», donde traficaba con droga hasta 2008, cuando la Policía lo detuvo y se le mandó de vuelta a Marruecos. «El arrepentimiento no sirve de nada. Ahora creo que he aprendido», explica. «Aquí tenemos peleas todos los días, el problema es que los malos están mezclados con los buenos. Pero tú eres español, así que a ti no te tocarían, porque saben que si les pillan se les cae el pelo. Les devuelven a Marruecos rápido y no pueden volver a entrar. Es lo mismo que en Marruecos, allí si te eres turista y te hacen algo te muelen a palos y te mandan a prisión, porque el país está pensado para los turistas», prosigue.La Policía, sin órdenes para controlar la situaciónA pesar de que la venta ambulante está prohibida, la Policía que patrulla la zona no puede hacer mucho para controlar la situación. «Han dejado que crezca. Si cuando se montó el primer puesto lo hubieran quitado pues eso no hubiera generado un efecto llamada», explica a ABC Laura García , portavoz del sindicato policial JUPOL. Destaca, además, que «a esas personas no se las puede sancionar, porque van indocumentadas. La sensación es de impunidad y hacen lo que les da la gana».Respecto al problema del tráfico de drogas, García reconoce el problema, que sigue sin solución: «No hay ningún dispositivo al respecto. Los compañeros de la UIP están por los alrededores, pero no tienen ordenes de estar paseando por dentro para ver si hay trapicheo de drogas y hacer algo al respecto, aunque se sabe lo que se está haciendo allí».-¿No hay órdenes desde Interior, quiere decir?-Efectivamente. Son las seis de la tarde, y el paseo marítimo en el que finalizan las playas de Benítez y el Trampolín , en Ceuta, está lleno de inmigrantes que caminan a buen paso con bolsas cargadas de alimentos. Todas proceden del reparto que, cada día a estas horas, realiza la Cruz Roja en la lengua de tierra que divide las dos playas. Al borde de las tiendas de campaña que abarrotan la zona, varios jóvenes se disponen a vender la ‘mercancía’, como llevan haciendo desde días después de que a finales de julio decenas de miles lograron cruzar a nado la frontera. Uno de ellos es Hakim. «Un cigarro 20 céntimos», explica en dariya -variedad del árabe que se habla en Marruecos- mientras abre una caja roja de American Legend, la marca que todos fuman por aquí.Dice que tiene 19 años, pero a primera vista parece mucho más joven, y que hace unos 11 euros al día con lo que vende. A continuación, ofrece galletas de chocolate y hasta un cargador portátil para el móvil. Intenta comunicarse lo mejor que puede y sonríe mucho, hasta que ve a un policía asomar por el paseo marítimo y se pone nervioso. «Policía, policía», dice mientras pega un brinco para alejarse unos pasos de la mercancía. No quiere que nadie le pueda relacionar con ella; porque sabe que lo que está haciendo no está permitido. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado intentan controlar lo mejor que pueden la venta ambulante. El pasado martes el portavoz del Gobierno de Ceuta, Alejandro Ramírez, comunicó que la Policía iba a actuar para acabar con el problema, pero por el momento no parece que el mensaje esté teniendo mucho éxito. No hace falta moverse demasiado entre las caóticas hileras de este mar de lonas, bolsas de basura y cartones habitado por más de un millar de ilegales para encontrar decenas de puestos similares y mucho más grandes.«No me gusta nada que hagan esto, es ilegal. No van a morir de hambre, aquí todos tenemos comida», comenta Soufian, un veinteañero con estudios en Filología Hispánica que pasa por la zona y se ofrece a traducir. Llegó «de los primerso» a finales de julio después de que un amigo militar de Marruecos le avisara de que «la frontera estaba abierta». Primero se echó al monte, después pasó unas noches en una casa patera y, finalmente, llegó a la playa, de la que se queja constantemente. «Aquí hay gente que consume todo tipo de drogas, pastillas, cocaína y hachís, de todo», asegura. Según su relato, las consiguen en la barriada del Príncipe y las llevan hasta el asentamiento. Mientras dice esto, justo al lado de la pequeña tienda de campaña, un joven rompe un cigarro y se dispone a mezclar el tabaco con hachís.- ¿Y esto de dónde lo sacas?- Aquí lo puedes encontrar en muchos sitios.Sin embargo, cuando se le pregunta dónde se podría comprar, se niega a dar indicaciones. «La gente está intentando hacer negocio con lo que puede, y el problema más grave lo tenemos con el alcohol. No sé como los españoles se lo venden, no deberían permitirlo», apunta Jamal, el vecino de chabola de Soufyan, que se dispone a prepararse un bocadillo de sardinas para la cena. «Siéntate, siéntate», insiste mientras ofrece una silla de colegio a la que le falta medio asiento. «Ves ese chico de allí que va con una caja de cartón, lleva alcohol dentro», remata Soufyan.Hogueras por la orillaCuando va cayendo la noche, comienzan a aparecer hogueras por la orilla del Trampolín, donde se calcula que todavía quedan más de 1.000 inmigrantes. Algunos las usan para cocinar, otros para calentarse. Mientras unos jóvenes aprovechan para hacer un rondo de fútbol, otros muchos siguen tratando de colocar sus productos; entre los que ya se ve algún puesto con guisos y con ingredientes para preparar bocadillos. Uno de ellos está regentado por Adam y otros tres compañeros; que charlan animadamente mientras ven en directo el amistoso de fútbol que enfrentó a Alemania con Holanda este jueves. En una tienda cercana se ve a un grupo de chicos bebiendo alcohol; en la entrada hay un montón de botellas de plástico y latas vacías.«Es un asco, mejor no te acerques por ahí», apunta Adam. «Se emborrachan y por la noche arman lío, se nos tiran encima de la tienda de campaña y se lanzan pedradas», prosigue. A continuación, él y sus compañeros empiezan a comentar cómo, alguna noche, se han despertado porque han notado que les estaban manoseando para quitarles las pertenencias que tienen, que en la mayoría de los casos caben en una mochila. «Hay que ser muy malo para robar a alguien que está en tu misma situación. A mí uno me robó el cable del cargador del iPhone, que era el oficial y cuesta 40 euros. Otra vez me quitaron la tarjeta de crédito», apunta otro.Un inmigrantes, con un puesto ambulante; otro, contándole el pelo a un compatriota, y un joven con la bolsa que reciben todos los días con alimentos Europa PressDentro del grupo que se arremolina en torno al puesto se encuentra Omar. Habla perfecto castellano, porque se en crio «entre las chabolas de Majadahonda y el barrio de Aluche», donde traficaba con droga hasta 2008, cuando la Policía lo detuvo y se le mandó de vuelta a Marruecos. «El arrepentimiento no sirve de nada. Ahora creo que he aprendido», explica. «Aquí tenemos peleas todos los días, el problema es que los malos están mezclados con los buenos. Pero tú eres español, así que a ti no te tocarían, porque saben que si les pillan se les cae el pelo. Les devuelven a Marruecos rápido y no pueden volver a entrar. Es lo mismo que en Marruecos, allí si te eres turista y te hacen algo te muelen a palos y te mandan a prisión, porque el país está pensado para los turistas», prosigue.La Policía, sin órdenes para controlar la situaciónA pesar de que la venta ambulante está prohibida, la Policía que patrulla la zona no puede hacer mucho para controlar la situación. «Han dejado que crezca. Si cuando se montó el primer puesto lo hubieran quitado pues eso no hubiera generado un efecto llamada», explica a ABC Laura García , portavoz del sindicato policial JUPOL. Destaca, además, que «a esas personas no se las puede sancionar, porque van indocumentadas. La sensación es de impunidad y hacen lo que les da la gana».Respecto al problema del tráfico de drogas, García reconoce el problema, que sigue sin solución: «No hay ningún dispositivo al respecto. Los compañeros de la UIP están por los alrededores, pero no tienen ordenes de estar paseando por dentro para ver si hay trapicheo de drogas y hacer algo al respecto, aunque se sabe lo que se está haciendo allí».-¿No hay órdenes desde Interior, quiere decir?-Efectivamente. RSS de noticias de espana
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