Desde hace décadas, Cataluña exporta humoristas de éxito al sistema mediático cultural español, como Buenafuente, Évole y el ahora de moda Marc Giró, cada uno con su estilo, virtudes, obsesiones y más o menos defectos. Es por tanto una tierra de graciosos profesionales, pero cuyo establishment nacionalista, que todavía controla el debate público y fija el canon de la corrección política en Cataluña, es ajeno paradójicamente al mínimo sentido del humor. Siempre y cuando, claro, la burla y comentario toque sus patrióticas narices y no haga escarnio -como debería ser- de la «fascista España».
El nacionalismo no perdona al escritor su fina ironía y que ponga en duda algunos de los sacrosantos símbolos de la Cataluña pujolista
Desde hace décadas, Cataluña exporta humoristas de éxito al sistema mediático cultural español, como Buenafuente, Évole y el ahora de moda Marc Giró, cada uno con su estilo, virtudes, obsesiones y más o menos defectos. Es por tanto una tierra de graciosos profesionales, pero cuyo establishment nacionalista, que todavía controla el debate público y fija el canon de la corrección política en Cataluña, es ajeno paradójicamente al mínimo sentido del humor. Siempre y cuando, claro, la burla y comentario toque sus patrióticas narices y no haga escarnio -como debería ser- de la «fascista España».
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