Seguro que usted lo ha oído: ese chapoteo en la ciénaga podrida, ese carraspeo cavernoso, esa prospección minera en la garganta en busca de una gema de pura flema. Entonces se da la vuelta y lo ve: el señor —siempre es un señor o un señorito— que, después de haber recopilado materia mocosa en lo más profundo de su ser, la expulsa con desprecio al suelo público. Con suerte, el gargajo es poderoso y explosiona con fuerza contra la baldosa haciendo ¡splasssh! Qué asco.
Los señores practicantes del salivazo callejero, de masculinidad literalmente tóxica, parecen no controlar su fisiología o pensar que el mundo es suyo: que desaparezcan con sus flemas por el sumidero de la historia
Seguro que usted lo ha oído: ese chapoteo en la ciénaga podrida, ese carraspeo cavernoso, esa prospección minera en la garganta en busca de una gema de pura flema. Entonces se da la vuelta y lo ve: el señor —siempre es un señor o un señorito— que, después de haber recopilado materia mocosa en lo más profundo de su ser, la expulsa con desprecio al suelo público. Con suerte, el gargajo es poderoso y explosiona con fuerza contra la baldosa haciendo ¡splasssh! Qué asco.
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