Hace tres años, en la jornada inaugural del Congreso de la Lengua de Cádiz, los gaditanos recibieron a los Reyes con un concierto en plena calle. Había allí decenas de músicos tocando el cajón, y dos sitios libres. Don Felipe y Doña Letizia bajaron del coche, se sentaron en ellos y el Monarca se arrancó a sacarle ritmo a su cajón. Fue la imagen del congreso que reúne a todas las academias del español del mundo, el principal foro dedicado al idioma. ¡El primer rey cajonero! Y entonces alguien cayó en la cuenta: la palabra ‘cajón’ no figuraba en el diccionario, no con la acepción de instrumento musical. El cajón sí que había entrado en el folclore español, a finales de los setenta, gracias a Paco de Lucía . El guitarrista lo descubrió durante una fiesta en la Embajada peruana, lo incorporó a su música y contribuyó así a introducirlo en el flamenco. También Mario Vargas Llosa lo menciona en su novela ‘Le dedico mi silencio’: «Lo siguió una noche hasta Bajo el Puente, a una peña, creyendo que lo encontraría borracho y perdido, tocando una guitarra o, peor, golpeando un cajón o una quijada de burro». La prensa estaba utilizando el término a diario, pero el diccionario seguía sin recoger ese significado. Nadie había reparado en ello hasta que alguien llegó al Pleno de la Real Academia Española (RAE) y propuso incluirla. Los académicos acordaron una definición y la enviaron a la Academia Peruana de la Lengua, por ser un término típico del país andino. En los americanismos, la última palabra corresponde a la academia del país de origen. Dieron su visto bueno y, aunque en España se use en la música flamenca, la voz ha quedado marcada como peruanismo. La nueva acepción de ‘cajón’ es solo uno de los cambios de la vigesimocuarta edición del ‘Diccionario de la lengua española’. Si la anterior edición, la publicada en 2014, tenía 93.000 entradas, esta alcanza las 99.990 y reúne cerca de 209.000 acepciones. Es, además, la primera concebida desde su origen como una obra digital. «La hemos hecho pensando en la edición digital, no en la impresa», explica Santiago Muñoz Machado , director de la Docta Casa. Es el primer paso hacia el diccionario del futuro.La vigesimocuarta edición del diccionario, fotografiada en el Salón de plenos de la RAE«El papel es ahora una derivación de la versión digital. Eso permite ampliar el diccionario sin limitaciones de espacio y enriquecer cada entrada con más etimologías, sinónimos, antónimos y ejemplos de uso». En cifras: el ‘Diccionario’ incluye 54.829 etimologías, 23.255 acepciones con marca de alguna especialidad técnica, 24.708 formas complejas o pluriverbales y 85.201 ejemplos. La edición impresa se mantiene como homenaje a la tradición. «Nos gusta el papel, nos gusta cómo huele la tinta y cómo huele un libro nuevo. Pero hemos preparado una edición ajustada a los nuevos tiempos. La edición anterior tal vez se hizo con la ilusión de que no había cambiado la aceptación de una edición de ese tipo, pero las cosas han cambiado mucho desde el punto de vista de la distribución y venta», dice Muñoz Machado.«Es frecuente que algunos colectivos pidan incorporar términos que creen importantes» Santiago Muñoz Machado Director de la RAECuando elaboramos este reportaje, faltan unos días para que el diccionario sea presentado, pero los académicos que acudan al Pleno ya podrán ojear la nueva edición. Sobre la mesa ovalada donde se reúnen, junto a ediciones antiguas del diccionario de la RAE, del ‘María Moliner’, gramáticas y ejemplares del ‘Zingarelli’ italiano y del ‘Oxford’ británico, lucen ya los dos tomos de la vigesimocuarta edición. Son dos volúmenes en tapa dura, con 3.606 páginas en total. Publicada por Espasa, la obra gana en legibilidad respecto a las ediciones anteriores gracias a un cuerpo de letra mayor y un interlineado más generoso.***Es jueves en la Real Academia Española, día de Pleno, el máximo órgano de representación y decisión de la institución. Pero las puertas del Salón de plenos no se cerrarán hasta por la tarde. Aún son las doce y no hay abrigos, bastones ni sombreros en los percheros de madera que saludan a los académicos en la entrada. Hay poca actividad, todavía. Santiago Muñoz Machado cruza el vestíbulo camino de su despacho, donde me espera para hablar de las novedades del diccionario. «Desde que soy director se han renovado todas las grandes obras académicas», se felicita. Su despacho es amplio, ordenado y está rodeado de libros. La RAE ocupa esta sede de la calle Felipe IV, mirando al Museo del Prado, desde 1894, cuando la Corona cedió el solar para su construcción. «Esta es la primera edición del diccionario que publicamos bajo mi dirección y será también la última: dentro de doce años, con toda seguridad, ya no estaré al frente. Es un orgullo y una alegría que me haya sucedido algo tan importante». Es la culminación de un trabajo que se prolonga semana tras semana. «Cada jueves se reúnen primero las comisiones y después el Pleno. Cada comisión se ocupa de un ámbito concreto y cuenta con el apoyo de un lexicógrafo. En una pantalla estudiamos las palabras y consultamos los corpus. Los asesores del Instituto de Lexicografía analizan previamente las propuestas de modificación, que pueden proceder de los académicos, de cualquier academia del mundo o de un ciudadano que nos advierta de una definición incorrecta».Entrada del Salón de plenos—O sea, no son peleas sangrientas. —El asunto no da de sí como para matarse. Discutimos, con más o menos razones, pero de un modo civilizado. —¿Se reciben muchas presiones para introducir nuevas palabras? —Presión quizá sea una palabra excesiva. Es frecuente que algunos colectivos nos pidan que incorporemos términos que consideran importantes. Todas las peticiones llegan al Instituto de Lexicografía, donde filólogos y lingüistas verifican en qué medida su uso está generalizado y miden su intensidad y difusión. Así comprobamos que se trata de usos generalizados. De modo que, cuando se nos plantean cosas, miramos nuestros corpus y vemos quién lo ha usado, en qué contexto… Es la manera de hacerlo.***A medida que avanza el día, la RAE va cobrando vida. Paz Battaner, que ha dirigido la nueva edición del diccionario, posa disciplinadamente para las fotografías. «Estas fotos también las quiero yo», dice. Dolores Corbella acaba de llegar desde Canarias, todavía sin comer, pero se detiene antes para hablarme de su trabajo con las academias americanas y de las posibilidades del diccionario digital. José María Bermúdez de Castro llega con un maletín. A Álvaro Pombo, fiel a su cita de los jueves, lo llevan en silla de ruedas a la Comisión de Ciencias Humanas. «No se pierde una», comentan. Vemos a Guillermo Rojo bajando las escaleras. Las comisiones comienzan a las cinco. En la planta baja se saludan Muñoz Machado, Javier Cercas, José María Merino, Soledad Puértolas e Ignacio Bosque. También están Juan Luis Cebrián y Luis Mateo Díez. Todos ellos forman parte de la Comisión de Ciencias Sociales. Cuando se cierra la puerta de una comisión, nadie puede entrar ni saber qué se debate dentro, pero hoy hacen una excepción y nos dejan asomarnos mientras sus integrantes se sientan y firman la hoja de asistencia. Nunca se había fotografiado así a los académicos.De izquierda a derecha: Ignacio Bosque, Javier Cercas, Santiago Muñoz Machado, José María Merino y Soledad Puértolas«Firmamos la hoja para que se sepa que hemos venido», bromea Soledad Puértolas. También integran esta comisión Víctor García de la Concha, Carmen Iglesias y Antonio Muñoz Molina. Por sus nombres, podría decirse que es la Champions League de la RAE. Hay premios nacionales, un premio Cervantes… Dentro de unas semanas se renovará la dirección de la entidad y en la misma mesa coinciden quien la dirige desde 2019 y quien, según los mentideros, aspira a sucederlo: Juan Luis Cebrián. Los académicos se sientan alrededor de una mesa rectangular, con diccionarios y algunos cafés en el centro. Cada uno tiene una carpeta con los temas del día. Los asiste un lexicógrafo, que maneja un ordenador en cuya pantalla solo se lee ‘Comisión de Ciencias Sociales’. Los hombres visten traje y corbata. Tras los saludos y algunas bromas, la puerta se cierra y debemos salir. Las comisiones suelen durar una hora y cuarto. «Dependiendo de la dificultad de la palabra, podemos dedicarle entre media hora y tres cuartos de hora a cada una. Y a veces ni siquiera las resolvemos. En ocasiones tardamos dos semanas en resolver una sola palabra», me explica Bermúdez de Castro, de la Comisión del Vocabulario Científico y Técnico. «Luego las propuestas tienen que ir a todas las academias americanas, que tienen seis meses para examinarlas y opinar. Finalmente regresan al Instituto de Lexicografía, donde se rematan los aspectos más técnicos, como las abreviaturas y otros elementos propios del diccionario». Esta es otra de las novedades que introduce la vigesimocuarta edición del ‘Diccionario’. Las palabras con moción de género se presentan ahora con la forma femenina desarrollada. Esto es, ya no se dice ‘maestro, tra’, sino ‘maestro, maestra’. Lo mismo ocurre con las expresiones o formas complejas: ‘delantero centro, delantera centro’, y no ‘delantero, ra centro’. Del mismo modo, por primera vez en la historia las acepciones se agrupan y ordenan de manera jerarquizada atendiendo a su frecuencia de uso y a la relación de significado entre ellas. A todo esto se dedican los lexicógrafos.***En los pasillos de la planta noble de la RAE se conservan aún algunas gavetas de madera que guardan parte de los ficheros con los que históricamente se documentó el uso de las palabras. El Fichero General está formado por más de diez millones de papeletas, léxicas y lexicográficas, ordenadas alfabéticamente: ‘binza’, ‘cedria’, ‘daza’, ‘enigmato’, ‘garabo’… En el sótano del edificio de la calle Felipe IV, cientos de cajones de aluminio custodian el resto: ‘deseo’, ‘despotricar’, ‘diente’, ‘distinguir’… Cada papeleta recogía la palabra o el lema estudiado, una cita textual donde aparecía el autor de la cita, la obra de procedencia, datos bibliográficos y observaciones sobre su significado, variante gráfica o uso. «La nueva manera de trabajar se implantó fundamentalmente a partir de la edición de 2001, porque en los años noventa ya se disponía de herramientas informáticas. Entonces se empezó a observar el uso de las palabras no según lo que los académicos creían, sino según el uso real de los hablantes. Al principio había muchas reticencias. Antes, los académicos decían cómo pensaban que debían ser las palabras. Hoy se contrasta. Los académicos tienen su criterio, pero también se analizan los datos que tenemos sobre cómo se usan esas palabras, dónde, cómo y cuándo. Es una diferencia muy importante», explica Paz Battaner.«Antes, los académicos decían cómo debían ser las palabras. Hoy se contrasta» Paz Battaner«El diccionario va a ser completamente diferente en el futuro. Esto es solo un anticipo de lo que se puede hacer», amplía la académica Dolores Corbella . «El punto de partida fue crear una base de datos en HTML tan sofisticada como la que tenemos hoy. Había que aprender a trabajar con ella, y esto fue lo primero que hicimos. Ahora, desde la concepción digital, contamos con una estructura que permitirá crear el diccionario que necesitemos. Si queremos un diccionario de una determinada especialidad, lo podremos hacer: un diccionario de todas las Antillas, o solo del español de España… Esa estructura todavía no está terminada y por eso aún no puede verse». El futuro es un diccionario de diccionarios. Seguirá existiendo uno genérico de uso común, como el de la vigesimocuarta edición, pero con la idea de que «dentro de poco, en los próximos años», todo esté en una única base de datos. «Si yo quiero un diccionario de vulcanología, podré sacar todo lo relacionado con esa terminología. Es por ahí donde estamos trabajando», desarrolla Corbella. «Queremos que quien quiera profundizar pueda consultar ejemplos y acceder a múltiples niveles de información. Ese va a ser el diccionario del futuro, y además va a ser nativo digital».El Fichero General, en el archivo de la RAE—En ese futuro, ¿sigue siendo necesario el diccionario en papel? —le pregunto a Paz Battaner. —La RAE tiene una tradición de trescientos años y persiste la sensación de que, si no se tiene un diccionario en papel, no existe. He oído a académicos decir que les parecía imposible que la Academia no lo tuviera. Pero eso no quiere decir que sea lo fundamental –titular de la silla ‘s’ de la RAE–. La vigesimotercera edición se actualizó en 2017, en 2019… y esos cambios ya no quedaron recogidos en el libro. Pronto el usuario podrá pedir el diccionario que quiera.***José Antonio Pascual, académico desde 2002, me atiende por teléfono. Es especialista en etimología. «Nos sirve para relacionar las palabras, y eso es lo que se pretende con el diccionario. Hemos añadido etimologías a voces cuyo origen antes desconocíamos. Llegará un momento en que, al buscar una palabra, aparecerán todas las relacionadas etimológicamente con ella», dice. «Parecía que el español había recibido muy pocos préstamos, pero hemos comprobado que muchas voces procedentes del griego y del latín nos llegaron a través del inglés, el francés o el alemán». El nuevo diccionario es también el más panhispánico. Hasta 20.672 acepciones llevan alguna marca correspondiente a un país americano y, de las casi 7.000 entradas nuevas, la mitad proceden de América. «El diccionario lo firman tanto la RAE como ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua Española», dice Corbella. Es, por tanto, una obra común de todas las academias. Las marcas geográficas supranacionales de la anterior edición –América, América Meridional, América Central y Antillas– se han sustituido por las de cada país.«El diccionario será completamente diferente en el futuro. Esto es solo un anticipo» Dolores Corbella«Los corpus hoy en día tienen en cuenta a América. El CORPES XXI está compuesto por un 70 por ciento de textos americanos. Aparte, estamos trabajando en un corpus específico para América», explica la filóloga. La RAE también ha puesto a disposición de las academias americanas una gran base de datos: «Se ha diseñado aquí, pero ellas tienen acceso y pueden introducir palabras en ella». En 1925, cuando se incorporó plenamente el componente americano, el ‘Diccionario’ dejó de llamarse ‘de la lengua castellana’ y pasó a denominarse ‘de la lengua española’. «Las mejores ediciones del diccionario académico han sido aquellas en las que América ha entrado», defiende Corbella. Es un camino de ida y vuelta. La nueva acepción de ‘cajón’ se propuso en España y fue validada por la academia peruana. Con ‘cayuco’ ocurrió lo contrario: a su acepción americana se añadió la empleada en España para designar la embarcación utilizada por migrantes en situación irregular.***A la RAE se viene a trabajar. Entre quienes más plenos han acumulado figuran Víctor García de la Concha, Emilio Lledó, Luis María Anson, José Antonio Pascual, José Manuel Sánchez Ron, Luis Mateo Díez, Carmen Iglesias y Juan Luis Cebrián, aunque su veteranía en la institución también influye en el recuento. La Academia cuenta con cuarenta y seis sillas: cuarenta y dos están ocupadas, Sergio Ramírez y Álex Grijelmo tomarán posesión próximamente y otras dos siguen vacantes. Bermúdez de Castro se incorporó en 2022. Se encontró con que la terminología científica estaba «un poco descuidada». En zoología, explica, había definiciones elaboradas con criterios muy dispares. Por eso se ha propuesto revisar entre dos mil y tres mil voces del diccionario: «Si tengo suerte y puedo vivir varios años, podré terminar este proyecto». El objetivo es aplicar un mismo patrón a todas las definiciones. «Me lo he traído escrito a mano, porque no tenía impresora, para que lo vieras». Del maletín saca un folio cubierto de tinta azul. Su propuesta consiste en indicar, en este orden, la clase del animal –un ave, un anfibio, un reptil…, su orden zoológico –rapaziforme, estrigiforme, lo que sea–, tamaño, características fundamentales, dieta –si se alimentan de insectos, de semillas…–, distribución geográfica y, por último, la denominación latina del género y la especie. En esta edición se han incluido los anfibios y reptiles. «Ahora estoy con las aves. Luego vendrán los mamíferos, los peces, los insectos… Para la botánica estamos trabajando con el Jardín Botánico». Bermúdez de Castro dedica al proyecto un par de días por semana y calcula que la zoología y la botánica representan entre el 4 y el 5 por ciento del diccionario. A un ritmo de unas 250 voces aprobadas por curso, revisar unos dos mil nombres zoológicos podría llevarle entre cuatro y ocho años: «Tengo que vivir ocho años».***El proceso de inclusión de palabras nuevas suele ser lento. Primero debe proponerse; después, acreditarse su uso y debatirse. «Como es un diccionario con historia –en 2026 se cumplen trescientos años de la aparición del primer volumen del ‘Diccionario de autoridades’–, ha habido momentos en que los académicos eran muy conservadores y otros en los que han sido más abiertos, en que están más en el mundo», dice Paz Battaner. «Hoy el purismo es muy difícil de mantener». —Con todo, ¿se precipita a veces la RAE al aceptar palabras? —Pocas, pero alguna vez sí. —¿Algún ejemplo? —’Casoplón’. Se usaba en Madrid y entró muy deprisa en la edición anterior. Soy salmantina y llevo sesenta años viviendo en Barcelona, pero nunca la había oído. En aquel momento cobró relevancia por una polémica política. O la palabra ‘santo’. Tiene una acepción que es ‘esposo’. Santa, esposa. Yo esto se lo achaco a una escritora, pero no la veo muy usual. Otro caso condicionado por la actualidad tecnológica es ‘tuitear’, formado a partir del nombre comercial Twitter, hoy sustituido por X. «Cuando incorporemos la etimología habría que decir ‘enviar algo por medio de la vieja plataforma llamada Twitter, que ahora se llama de otra manera’, ¿no?», responde Muñoz Machado. El jurista considera que la palabra puede sobrevivir a la plataforma que la originó: «Un tuit es un mensaje corto. Expresa algo muy concreto. Se aceptó porque era muy utilizada». La RAE no tiene por costumbre eliminar palabras. «Se suprimen cuando se trata de erratas», explica Inés Fernández Ordóñez, titular de la silla ‘P’. «Teniendo un diccionario digital, cuantas más palabras tengas y más textos de la lengua española de cualquier época y procedencia geográfica, mucho mejor», reflexiona.Luis Mateo Díez y Javier Cercas, en la Comisión de Ciencias SocialesUn caso práctico. Bermúdez de Castro descubrió que el diccionario incluía la palabra ‘bipedalismo’, que «es una traducción literal del inglés ‘bipedalism’», dice el académico. «Teóricamente significa caminar a pedales, a dos pedales. La palabra correcta es ‘bipedismo’, es la que usamos en ciencia y se ha incorporado con una propuesta de definición que hice yo. Yo habría quitado ‘bipedalismo’, pero la han dejado. Yo opino, pero no decido». Fernández-Ordóñez explica que, cuando existen sinónimos absolutos, el diccionario remite a la forma recomendada por razones ortográficas, de uso o de modernidad. «Es una obra con profundidad histórica: conserva voces medievales y del Siglo de Oro porque se espera que uno pueda utilizarlo para leer los clásicos de nuestra literatura. Son términos que aparecen en Lope, Alfonso X o ‘La Celestina’ y que suelen llevar la marca de ‘desusado’». Una ley no escrita establece que el diccionario debe permitir al lector comprender el ‘Quijote’. «Tiene sentido que esas palabras sigan ahí. Debemos aspirar a un diccionario global», zanja la académica.***Ya son casi las seis y media y los percheros del Salón de Plenos, vacíos esta mañana, empiezan a llenarse de chaquetas. En Madrid ha empezado a refrescar. Dentro de unos minutos, la censora de la RAE, cargo que ocupa Clara Sánchez, llamará a los académicos a golpe de campana y volverán a cerrarse las puertas para las deliberaciones, ajenos a todo. La reserva forma parte de la tradición académica: en tiempos de la Inquisición, la institución ya disponía de una licencia especial para consultar libros prohibidos. La Academia reivindica su independencia de criterio frente a las presiones políticas. Uno de los debates más visibles de los últimos años, salvando la reciente acometida de Luis García Montero, surgió hace seis años, cuando la entonces vicepresidenta Carmen Calvo le encargó un informe sobre la posibilidad de adaptar la Constitución al lenguaje inclusivo.Álvaro Pombo, en los pasillos de la RAEDesde entonces se ha extendido el empleo de la ‘x’ y la ‘e’ como alternativas al masculino genérico. «Solemos decir que no es incorrecto desdoblar los masculinos y femeninos. Usar ‘señoras, señores’ no es incorrecto, pero es poco económico», responde Muñoz Machado. «No nos consta que el uso de la ‘e’ o la ‘x’ esté generalizado hasta el extremo de incorporarlo. Pero los usuarios son quienes mandan en el idioma. El día que se hayan cambiado los masculinos por una ‘x’ la Academia lo tendrá en cuenta, naturalmente». «Esto se está utilizando bastante en Argentina –acota Paz Battaner–. Pero aquí todavía no. Eso no es inclusión, es cambiar la morfología del español. No es inclusión; al revés, es exclusión. Se marca otra cosa diferente. O sea, hay dos marcas, y una tercera, o una cuarta, o una quinta. La inclusión para nosotros es que no haya diferencia, que todo esté en el mismo paquete». Tenemos que irnos. El Pleno va a comenzar. En la calle, a unos doscientos metros, se rueda una serie de época, quizá una película, con carruajes y sombreros de copa. Un poco más allá, miles de profesores gritan y silban en el Paseo del Prado en defensa de la educación pública. Visten camisetas verdes con el lema ‘Escuela pública: de tod@s y para tod@s’. Hace tres años, en la jornada inaugural del Congreso de la Lengua de Cádiz, los gaditanos recibieron a los Reyes con un concierto en plena calle. Había allí decenas de músicos tocando el cajón, y dos sitios libres. Don Felipe y Doña Letizia bajaron del coche, se sentaron en ellos y el Monarca se arrancó a sacarle ritmo a su cajón. Fue la imagen del congreso que reúne a todas las academias del español del mundo, el principal foro dedicado al idioma. ¡El primer rey cajonero! Y entonces alguien cayó en la cuenta: la palabra ‘cajón’ no figuraba en el diccionario, no con la acepción de instrumento musical. El cajón sí que había entrado en el folclore español, a finales de los setenta, gracias a Paco de Lucía . El guitarrista lo descubrió durante una fiesta en la Embajada peruana, lo incorporó a su música y contribuyó así a introducirlo en el flamenco. También Mario Vargas Llosa lo menciona en su novela ‘Le dedico mi silencio’: «Lo siguió una noche hasta Bajo el Puente, a una peña, creyendo que lo encontraría borracho y perdido, tocando una guitarra o, peor, golpeando un cajón o una quijada de burro». La prensa estaba utilizando el término a diario, pero el diccionario seguía sin recoger ese significado. Nadie había reparado en ello hasta que alguien llegó al Pleno de la Real Academia Española (RAE) y propuso incluirla. Los académicos acordaron una definición y la enviaron a la Academia Peruana de la Lengua, por ser un término típico del país andino. En los americanismos, la última palabra corresponde a la academia del país de origen. Dieron su visto bueno y, aunque en España se use en la música flamenca, la voz ha quedado marcada como peruanismo. La nueva acepción de ‘cajón’ es solo uno de los cambios de la vigesimocuarta edición del ‘Diccionario de la lengua española’. Si la anterior edición, la publicada en 2014, tenía 93.000 entradas, esta alcanza las 99.990 y reúne cerca de 209.000 acepciones. Es, además, la primera concebida desde su origen como una obra digital. «La hemos hecho pensando en la edición digital, no en la impresa», explica Santiago Muñoz Machado , director de la Docta Casa. Es el primer paso hacia el diccionario del futuro.La vigesimocuarta edición del diccionario, fotografiada en el Salón de plenos de la RAE«El papel es ahora una derivación de la versión digital. Eso permite ampliar el diccionario sin limitaciones de espacio y enriquecer cada entrada con más etimologías, sinónimos, antónimos y ejemplos de uso». En cifras: el ‘Diccionario’ incluye 54.829 etimologías, 23.255 acepciones con marca de alguna especialidad técnica, 24.708 formas complejas o pluriverbales y 85.201 ejemplos. La edición impresa se mantiene como homenaje a la tradición. «Nos gusta el papel, nos gusta cómo huele la tinta y cómo huele un libro nuevo. Pero hemos preparado una edición ajustada a los nuevos tiempos. La edición anterior tal vez se hizo con la ilusión de que no había cambiado la aceptación de una edición de ese tipo, pero las cosas han cambiado mucho desde el punto de vista de la distribución y venta», dice Muñoz Machado.«Es frecuente que algunos colectivos pidan incorporar términos que creen importantes» Santiago Muñoz Machado Director de la RAECuando elaboramos este reportaje, faltan unos días para que el diccionario sea presentado, pero los académicos que acudan al Pleno ya podrán ojear la nueva edición. Sobre la mesa ovalada donde se reúnen, junto a ediciones antiguas del diccionario de la RAE, del ‘María Moliner’, gramáticas y ejemplares del ‘Zingarelli’ italiano y del ‘Oxford’ británico, lucen ya los dos tomos de la vigesimocuarta edición. Son dos volúmenes en tapa dura, con 3.606 páginas en total. Publicada por Espasa, la obra gana en legibilidad respecto a las ediciones anteriores gracias a un cuerpo de letra mayor y un interlineado más generoso.***Es jueves en la Real Academia Española, día de Pleno, el máximo órgano de representación y decisión de la institución. Pero las puertas del Salón de plenos no se cerrarán hasta por la tarde. Aún son las doce y no hay abrigos, bastones ni sombreros en los percheros de madera que saludan a los académicos en la entrada. Hay poca actividad, todavía. Santiago Muñoz Machado cruza el vestíbulo camino de su despacho, donde me espera para hablar de las novedades del diccionario. «Desde que soy director se han renovado todas las grandes obras académicas», se felicita. Su despacho es amplio, ordenado y está rodeado de libros. La RAE ocupa esta sede de la calle Felipe IV, mirando al Museo del Prado, desde 1894, cuando la Corona cedió el solar para su construcción. «Esta es la primera edición del diccionario que publicamos bajo mi dirección y será también la última: dentro de doce años, con toda seguridad, ya no estaré al frente. Es un orgullo y una alegría que me haya sucedido algo tan importante». Es la culminación de un trabajo que se prolonga semana tras semana. «Cada jueves se reúnen primero las comisiones y después el Pleno. Cada comisión se ocupa de un ámbito concreto y cuenta con el apoyo de un lexicógrafo. En una pantalla estudiamos las palabras y consultamos los corpus. Los asesores del Instituto de Lexicografía analizan previamente las propuestas de modificación, que pueden proceder de los académicos, de cualquier academia del mundo o de un ciudadano que nos advierta de una definición incorrecta».Entrada del Salón de plenos—O sea, no son peleas sangrientas. —El asunto no da de sí como para matarse. Discutimos, con más o menos razones, pero de un modo civilizado. —¿Se reciben muchas presiones para introducir nuevas palabras? —Presión quizá sea una palabra excesiva. Es frecuente que algunos colectivos nos pidan que incorporemos términos que consideran importantes. Todas las peticiones llegan al Instituto de Lexicografía, donde filólogos y lingüistas verifican en qué medida su uso está generalizado y miden su intensidad y difusión. Así comprobamos que se trata de usos generalizados. De modo que, cuando se nos plantean cosas, miramos nuestros corpus y vemos quién lo ha usado, en qué contexto… Es la manera de hacerlo.***A medida que avanza el día, la RAE va cobrando vida. Paz Battaner, que ha dirigido la nueva edición del diccionario, posa disciplinadamente para las fotografías. «Estas fotos también las quiero yo», dice. Dolores Corbella acaba de llegar desde Canarias, todavía sin comer, pero se detiene antes para hablarme de su trabajo con las academias americanas y de las posibilidades del diccionario digital. José María Bermúdez de Castro llega con un maletín. A Álvaro Pombo, fiel a su cita de los jueves, lo llevan en silla de ruedas a la Comisión de Ciencias Humanas. «No se pierde una», comentan. Vemos a Guillermo Rojo bajando las escaleras. Las comisiones comienzan a las cinco. En la planta baja se saludan Muñoz Machado, Javier Cercas, José María Merino, Soledad Puértolas e Ignacio Bosque. También están Juan Luis Cebrián y Luis Mateo Díez. Todos ellos forman parte de la Comisión de Ciencias Sociales. Cuando se cierra la puerta de una comisión, nadie puede entrar ni saber qué se debate dentro, pero hoy hacen una excepción y nos dejan asomarnos mientras sus integrantes se sientan y firman la hoja de asistencia. Nunca se había fotografiado así a los académicos.De izquierda a derecha: Ignacio Bosque, Javier Cercas, Santiago Muñoz Machado, José María Merino y Soledad Puértolas«Firmamos la hoja para que se sepa que hemos venido», bromea Soledad Puértolas. También integran esta comisión Víctor García de la Concha, Carmen Iglesias y Antonio Muñoz Molina. Por sus nombres, podría decirse que es la Champions League de la RAE. Hay premios nacionales, un premio Cervantes… Dentro de unas semanas se renovará la dirección de la entidad y en la misma mesa coinciden quien la dirige desde 2019 y quien, según los mentideros, aspira a sucederlo: Juan Luis Cebrián. Los académicos se sientan alrededor de una mesa rectangular, con diccionarios y algunos cafés en el centro. Cada uno tiene una carpeta con los temas del día. Los asiste un lexicógrafo, que maneja un ordenador en cuya pantalla solo se lee ‘Comisión de Ciencias Sociales’. Los hombres visten traje y corbata. Tras los saludos y algunas bromas, la puerta se cierra y debemos salir. Las comisiones suelen durar una hora y cuarto. «Dependiendo de la dificultad de la palabra, podemos dedicarle entre media hora y tres cuartos de hora a cada una. Y a veces ni siquiera las resolvemos. En ocasiones tardamos dos semanas en resolver una sola palabra», me explica Bermúdez de Castro, de la Comisión del Vocabulario Científico y Técnico. «Luego las propuestas tienen que ir a todas las academias americanas, que tienen seis meses para examinarlas y opinar. Finalmente regresan al Instituto de Lexicografía, donde se rematan los aspectos más técnicos, como las abreviaturas y otros elementos propios del diccionario». Esta es otra de las novedades que introduce la vigesimocuarta edición del ‘Diccionario’. Las palabras con moción de género se presentan ahora con la forma femenina desarrollada. Esto es, ya no se dice ‘maestro, tra’, sino ‘maestro, maestra’. Lo mismo ocurre con las expresiones o formas complejas: ‘delantero centro, delantera centro’, y no ‘delantero, ra centro’. Del mismo modo, por primera vez en la historia las acepciones se agrupan y ordenan de manera jerarquizada atendiendo a su frecuencia de uso y a la relación de significado entre ellas. A todo esto se dedican los lexicógrafos.***En los pasillos de la planta noble de la RAE se conservan aún algunas gavetas de madera que guardan parte de los ficheros con los que históricamente se documentó el uso de las palabras. El Fichero General está formado por más de diez millones de papeletas, léxicas y lexicográficas, ordenadas alfabéticamente: ‘binza’, ‘cedria’, ‘daza’, ‘enigmato’, ‘garabo’… En el sótano del edificio de la calle Felipe IV, cientos de cajones de aluminio custodian el resto: ‘deseo’, ‘despotricar’, ‘diente’, ‘distinguir’… Cada papeleta recogía la palabra o el lema estudiado, una cita textual donde aparecía el autor de la cita, la obra de procedencia, datos bibliográficos y observaciones sobre su significado, variante gráfica o uso. «La nueva manera de trabajar se implantó fundamentalmente a partir de la edición de 2001, porque en los años noventa ya se disponía de herramientas informáticas. Entonces se empezó a observar el uso de las palabras no según lo que los académicos creían, sino según el uso real de los hablantes. Al principio había muchas reticencias. Antes, los académicos decían cómo pensaban que debían ser las palabras. Hoy se contrasta. Los académicos tienen su criterio, pero también se analizan los datos que tenemos sobre cómo se usan esas palabras, dónde, cómo y cuándo. Es una diferencia muy importante», explica Paz Battaner.«Antes, los académicos decían cómo debían ser las palabras. Hoy se contrasta» Paz Battaner«El diccionario va a ser completamente diferente en el futuro. Esto es solo un anticipo de lo que se puede hacer», amplía la académica Dolores Corbella . «El punto de partida fue crear una base de datos en HTML tan sofisticada como la que tenemos hoy. Había que aprender a trabajar con ella, y esto fue lo primero que hicimos. Ahora, desde la concepción digital, contamos con una estructura que permitirá crear el diccionario que necesitemos. Si queremos un diccionario de una determinada especialidad, lo podremos hacer: un diccionario de todas las Antillas, o solo del español de España… Esa estructura todavía no está terminada y por eso aún no puede verse». El futuro es un diccionario de diccionarios. Seguirá existiendo uno genérico de uso común, como el de la vigesimocuarta edición, pero con la idea de que «dentro de poco, en los próximos años», todo esté en una única base de datos. «Si yo quiero un diccionario de vulcanología, podré sacar todo lo relacionado con esa terminología. Es por ahí donde estamos trabajando», desarrolla Corbella. «Queremos que quien quiera profundizar pueda consultar ejemplos y acceder a múltiples niveles de información. Ese va a ser el diccionario del futuro, y además va a ser nativo digital».El Fichero General, en el archivo de la RAE—En ese futuro, ¿sigue siendo necesario el diccionario en papel? —le pregunto a Paz Battaner. —La RAE tiene una tradición de trescientos años y persiste la sensación de que, si no se tiene un diccionario en papel, no existe. He oído a académicos decir que les parecía imposible que la Academia no lo tuviera. Pero eso no quiere decir que sea lo fundamental –titular de la silla ‘s’ de la RAE–. La vigesimotercera edición se actualizó en 2017, en 2019… y esos cambios ya no quedaron recogidos en el libro. Pronto el usuario podrá pedir el diccionario que quiera.***José Antonio Pascual, académico desde 2002, me atiende por teléfono. Es especialista en etimología. «Nos sirve para relacionar las palabras, y eso es lo que se pretende con el diccionario. Hemos añadido etimologías a voces cuyo origen antes desconocíamos. Llegará un momento en que, al buscar una palabra, aparecerán todas las relacionadas etimológicamente con ella», dice. «Parecía que el español había recibido muy pocos préstamos, pero hemos comprobado que muchas voces procedentes del griego y del latín nos llegaron a través del inglés, el francés o el alemán». El nuevo diccionario es también el más panhispánico. Hasta 20.672 acepciones llevan alguna marca correspondiente a un país americano y, de las casi 7.000 entradas nuevas, la mitad proceden de América. «El diccionario lo firman tanto la RAE como ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua Española», dice Corbella. Es, por tanto, una obra común de todas las academias. Las marcas geográficas supranacionales de la anterior edición –América, América Meridional, América Central y Antillas– se han sustituido por las de cada país.«El diccionario será completamente diferente en el futuro. Esto es solo un anticipo» Dolores Corbella«Los corpus hoy en día tienen en cuenta a América. El CORPES XXI está compuesto por un 70 por ciento de textos americanos. Aparte, estamos trabajando en un corpus específico para América», explica la filóloga. La RAE también ha puesto a disposición de las academias americanas una gran base de datos: «Se ha diseñado aquí, pero ellas tienen acceso y pueden introducir palabras en ella». En 1925, cuando se incorporó plenamente el componente americano, el ‘Diccionario’ dejó de llamarse ‘de la lengua castellana’ y pasó a denominarse ‘de la lengua española’. «Las mejores ediciones del diccionario académico han sido aquellas en las que América ha entrado», defiende Corbella. Es un camino de ida y vuelta. La nueva acepción de ‘cajón’ se propuso en España y fue validada por la academia peruana. Con ‘cayuco’ ocurrió lo contrario: a su acepción americana se añadió la empleada en España para designar la embarcación utilizada por migrantes en situación irregular.***A la RAE se viene a trabajar. Entre quienes más plenos han acumulado figuran Víctor García de la Concha, Emilio Lledó, Luis María Anson, José Antonio Pascual, José Manuel Sánchez Ron, Luis Mateo Díez, Carmen Iglesias y Juan Luis Cebrián, aunque su veteranía en la institución también influye en el recuento. La Academia cuenta con cuarenta y seis sillas: cuarenta y dos están ocupadas, Sergio Ramírez y Álex Grijelmo tomarán posesión próximamente y otras dos siguen vacantes. Bermúdez de Castro se incorporó en 2022. Se encontró con que la terminología científica estaba «un poco descuidada». En zoología, explica, había definiciones elaboradas con criterios muy dispares. Por eso se ha propuesto revisar entre dos mil y tres mil voces del diccionario: «Si tengo suerte y puedo vivir varios años, podré terminar este proyecto». El objetivo es aplicar un mismo patrón a todas las definiciones. «Me lo he traído escrito a mano, porque no tenía impresora, para que lo vieras». Del maletín saca un folio cubierto de tinta azul. Su propuesta consiste en indicar, en este orden, la clase del animal –un ave, un anfibio, un reptil…, su orden zoológico –rapaziforme, estrigiforme, lo que sea–, tamaño, características fundamentales, dieta –si se alimentan de insectos, de semillas…–, distribución geográfica y, por último, la denominación latina del género y la especie. En esta edición se han incluido los anfibios y reptiles. «Ahora estoy con las aves. Luego vendrán los mamíferos, los peces, los insectos… Para la botánica estamos trabajando con el Jardín Botánico». Bermúdez de Castro dedica al proyecto un par de días por semana y calcula que la zoología y la botánica representan entre el 4 y el 5 por ciento del diccionario. A un ritmo de unas 250 voces aprobadas por curso, revisar unos dos mil nombres zoológicos podría llevarle entre cuatro y ocho años: «Tengo que vivir ocho años».***El proceso de inclusión de palabras nuevas suele ser lento. Primero debe proponerse; después, acreditarse su uso y debatirse. «Como es un diccionario con historia –en 2026 se cumplen trescientos años de la aparición del primer volumen del ‘Diccionario de autoridades’–, ha habido momentos en que los académicos eran muy conservadores y otros en los que han sido más abiertos, en que están más en el mundo», dice Paz Battaner. «Hoy el purismo es muy difícil de mantener». —Con todo, ¿se precipita a veces la RAE al aceptar palabras? —Pocas, pero alguna vez sí. —¿Algún ejemplo? —’Casoplón’. Se usaba en Madrid y entró muy deprisa en la edición anterior. Soy salmantina y llevo sesenta años viviendo en Barcelona, pero nunca la había oído. En aquel momento cobró relevancia por una polémica política. O la palabra ‘santo’. Tiene una acepción que es ‘esposo’. Santa, esposa. Yo esto se lo achaco a una escritora, pero no la veo muy usual. Otro caso condicionado por la actualidad tecnológica es ‘tuitear’, formado a partir del nombre comercial Twitter, hoy sustituido por X. «Cuando incorporemos la etimología habría que decir ‘enviar algo por medio de la vieja plataforma llamada Twitter, que ahora se llama de otra manera’, ¿no?», responde Muñoz Machado. El jurista considera que la palabra puede sobrevivir a la plataforma que la originó: «Un tuit es un mensaje corto. Expresa algo muy concreto. Se aceptó porque era muy utilizada». La RAE no tiene por costumbre eliminar palabras. «Se suprimen cuando se trata de erratas», explica Inés Fernández Ordóñez, titular de la silla ‘P’. «Teniendo un diccionario digital, cuantas más palabras tengas y más textos de la lengua española de cualquier época y procedencia geográfica, mucho mejor», reflexiona.Luis Mateo Díez y Javier Cercas, en la Comisión de Ciencias SocialesUn caso práctico. Bermúdez de Castro descubrió que el diccionario incluía la palabra ‘bipedalismo’, que «es una traducción literal del inglés ‘bipedalism’», dice el académico. «Teóricamente significa caminar a pedales, a dos pedales. La palabra correcta es ‘bipedismo’, es la que usamos en ciencia y se ha incorporado con una propuesta de definición que hice yo. Yo habría quitado ‘bipedalismo’, pero la han dejado. Yo opino, pero no decido». Fernández-Ordóñez explica que, cuando existen sinónimos absolutos, el diccionario remite a la forma recomendada por razones ortográficas, de uso o de modernidad. «Es una obra con profundidad histórica: conserva voces medievales y del Siglo de Oro porque se espera que uno pueda utilizarlo para leer los clásicos de nuestra literatura. Son términos que aparecen en Lope, Alfonso X o ‘La Celestina’ y que suelen llevar la marca de ‘desusado’». Una ley no escrita establece que el diccionario debe permitir al lector comprender el ‘Quijote’. «Tiene sentido que esas palabras sigan ahí. Debemos aspirar a un diccionario global», zanja la académica.***Ya son casi las seis y media y los percheros del Salón de Plenos, vacíos esta mañana, empiezan a llenarse de chaquetas. En Madrid ha empezado a refrescar. Dentro de unos minutos, la censora de la RAE, cargo que ocupa Clara Sánchez, llamará a los académicos a golpe de campana y volverán a cerrarse las puertas para las deliberaciones, ajenos a todo. La reserva forma parte de la tradición académica: en tiempos de la Inquisición, la institución ya disponía de una licencia especial para consultar libros prohibidos. La Academia reivindica su independencia de criterio frente a las presiones políticas. Uno de los debates más visibles de los últimos años, salvando la reciente acometida de Luis García Montero, surgió hace seis años, cuando la entonces vicepresidenta Carmen Calvo le encargó un informe sobre la posibilidad de adaptar la Constitución al lenguaje inclusivo.Álvaro Pombo, en los pasillos de la RAEDesde entonces se ha extendido el empleo de la ‘x’ y la ‘e’ como alternativas al masculino genérico. «Solemos decir que no es incorrecto desdoblar los masculinos y femeninos. Usar ‘señoras, señores’ no es incorrecto, pero es poco económico», responde Muñoz Machado. «No nos consta que el uso de la ‘e’ o la ‘x’ esté generalizado hasta el extremo de incorporarlo. Pero los usuarios son quienes mandan en el idioma. El día que se hayan cambiado los masculinos por una ‘x’ la Academia lo tendrá en cuenta, naturalmente». «Esto se está utilizando bastante en Argentina –acota Paz Battaner–. Pero aquí todavía no. Eso no es inclusión, es cambiar la morfología del español. No es inclusión; al revés, es exclusión. Se marca otra cosa diferente. O sea, hay dos marcas, y una tercera, o una cuarta, o una quinta. La inclusión para nosotros es que no haya diferencia, que todo esté en el mismo paquete». Tenemos que irnos. El Pleno va a comenzar. En la calle, a unos doscientos metros, se rueda una serie de época, quizá una película, con carruajes y sombreros de copa. Un poco más allá, miles de profesores gritan y silban en el Paseo del Prado en defensa de la educación pública. Visten camisetas verdes con el lema ‘Escuela pública: de tod@s y para tod@s’. Hace tres años, en la jornada inaugural del Congreso de la Lengua de Cádiz, los gaditanos recibieron a los Reyes con un concierto en plena calle. Había allí decenas de músicos tocando el cajón, y dos sitios libres. Don Felipe y Doña Letizia bajaron del coche, se sentaron en ellos y el Monarca se arrancó a sacarle ritmo a su cajón. Fue la imagen del congreso que reúne a todas las academias del español del mundo, el principal foro dedicado al idioma. ¡El primer rey cajonero! Y entonces alguien cayó en la cuenta: la palabra ‘cajón’ no figuraba en el diccionario, no con la acepción de instrumento musical. El cajón sí que había entrado en el folclore español, a finales de los setenta, gracias a Paco de Lucía . El guitarrista lo descubrió durante una fiesta en la Embajada peruana, lo incorporó a su música y contribuyó así a introducirlo en el flamenco. También Mario Vargas Llosa lo menciona en su novela ‘Le dedico mi silencio’: «Lo siguió una noche hasta Bajo el Puente, a una peña, creyendo que lo encontraría borracho y perdido, tocando una guitarra o, peor, golpeando un cajón o una quijada de burro». La prensa estaba utilizando el término a diario, pero el diccionario seguía sin recoger ese significado. Nadie había reparado en ello hasta que alguien llegó al Pleno de la Real Academia Española (RAE) y propuso incluirla. Los académicos acordaron una definición y la enviaron a la Academia Peruana de la Lengua, por ser un término típico del país andino. En los americanismos, la última palabra corresponde a la academia del país de origen. Dieron su visto bueno y, aunque en España se use en la música flamenca, la voz ha quedado marcada como peruanismo. La nueva acepción de ‘cajón’ es solo uno de los cambios de la vigesimocuarta edición del ‘Diccionario de la lengua española’. Si la anterior edición, la publicada en 2014, tenía 93.000 entradas, esta alcanza las 99.990 y reúne cerca de 209.000 acepciones. Es, además, la primera concebida desde su origen como una obra digital. «La hemos hecho pensando en la edición digital, no en la impresa», explica Santiago Muñoz Machado , director de la Docta Casa. Es el primer paso hacia el diccionario del futuro.La vigesimocuarta edición del diccionario, fotografiada en el Salón de plenos de la RAE«El papel es ahora una derivación de la versión digital. Eso permite ampliar el diccionario sin limitaciones de espacio y enriquecer cada entrada con más etimologías, sinónimos, antónimos y ejemplos de uso». En cifras: el ‘Diccionario’ incluye 54.829 etimologías, 23.255 acepciones con marca de alguna especialidad técnica, 24.708 formas complejas o pluriverbales y 85.201 ejemplos. La edición impresa se mantiene como homenaje a la tradición. «Nos gusta el papel, nos gusta cómo huele la tinta y cómo huele un libro nuevo. Pero hemos preparado una edición ajustada a los nuevos tiempos. La edición anterior tal vez se hizo con la ilusión de que no había cambiado la aceptación de una edición de ese tipo, pero las cosas han cambiado mucho desde el punto de vista de la distribución y venta», dice Muñoz Machado.«Es frecuente que algunos colectivos pidan incorporar términos que creen importantes» Santiago Muñoz Machado Director de la RAECuando elaboramos este reportaje, faltan unos días para que el diccionario sea presentado, pero los académicos que acudan al Pleno ya podrán ojear la nueva edición. Sobre la mesa ovalada donde se reúnen, junto a ediciones antiguas del diccionario de la RAE, del ‘María Moliner’, gramáticas y ejemplares del ‘Zingarelli’ italiano y del ‘Oxford’ británico, lucen ya los dos tomos de la vigesimocuarta edición. Son dos volúmenes en tapa dura, con 3.606 páginas en total. Publicada por Espasa, la obra gana en legibilidad respecto a las ediciones anteriores gracias a un cuerpo de letra mayor y un interlineado más generoso.***Es jueves en la Real Academia Española, día de Pleno, el máximo órgano de representación y decisión de la institución. Pero las puertas del Salón de plenos no se cerrarán hasta por la tarde. Aún son las doce y no hay abrigos, bastones ni sombreros en los percheros de madera que saludan a los académicos en la entrada. Hay poca actividad, todavía. Santiago Muñoz Machado cruza el vestíbulo camino de su despacho, donde me espera para hablar de las novedades del diccionario. «Desde que soy director se han renovado todas las grandes obras académicas», se felicita. Su despacho es amplio, ordenado y está rodeado de libros. La RAE ocupa esta sede de la calle Felipe IV, mirando al Museo del Prado, desde 1894, cuando la Corona cedió el solar para su construcción. «Esta es la primera edición del diccionario que publicamos bajo mi dirección y será también la última: dentro de doce años, con toda seguridad, ya no estaré al frente. Es un orgullo y una alegría que me haya sucedido algo tan importante». Es la culminación de un trabajo que se prolonga semana tras semana. «Cada jueves se reúnen primero las comisiones y después el Pleno. Cada comisión se ocupa de un ámbito concreto y cuenta con el apoyo de un lexicógrafo. En una pantalla estudiamos las palabras y consultamos los corpus. Los asesores del Instituto de Lexicografía analizan previamente las propuestas de modificación, que pueden proceder de los académicos, de cualquier academia del mundo o de un ciudadano que nos advierta de una definición incorrecta».Entrada del Salón de plenos—O sea, no son peleas sangrientas. —El asunto no da de sí como para matarse. Discutimos, con más o menos razones, pero de un modo civilizado. —¿Se reciben muchas presiones para introducir nuevas palabras? —Presión quizá sea una palabra excesiva. Es frecuente que algunos colectivos nos pidan que incorporemos términos que consideran importantes. Todas las peticiones llegan al Instituto de Lexicografía, donde filólogos y lingüistas verifican en qué medida su uso está generalizado y miden su intensidad y difusión. Así comprobamos que se trata de usos generalizados. De modo que, cuando se nos plantean cosas, miramos nuestros corpus y vemos quién lo ha usado, en qué contexto… Es la manera de hacerlo.***A medida que avanza el día, la RAE va cobrando vida. Paz Battaner, que ha dirigido la nueva edición del diccionario, posa disciplinadamente para las fotografías. «Estas fotos también las quiero yo», dice. Dolores Corbella acaba de llegar desde Canarias, todavía sin comer, pero se detiene antes para hablarme de su trabajo con las academias americanas y de las posibilidades del diccionario digital. José María Bermúdez de Castro llega con un maletín. A Álvaro Pombo, fiel a su cita de los jueves, lo llevan en silla de ruedas a la Comisión de Ciencias Humanas. «No se pierde una», comentan. Vemos a Guillermo Rojo bajando las escaleras. Las comisiones comienzan a las cinco. En la planta baja se saludan Muñoz Machado, Javier Cercas, José María Merino, Soledad Puértolas e Ignacio Bosque. También están Juan Luis Cebrián y Luis Mateo Díez. Todos ellos forman parte de la Comisión de Ciencias Sociales. Cuando se cierra la puerta de una comisión, nadie puede entrar ni saber qué se debate dentro, pero hoy hacen una excepción y nos dejan asomarnos mientras sus integrantes se sientan y firman la hoja de asistencia. Nunca se había fotografiado así a los académicos.De izquierda a derecha: Ignacio Bosque, Javier Cercas, Santiago Muñoz Machado, José María Merino y Soledad Puértolas«Firmamos la hoja para que se sepa que hemos venido», bromea Soledad Puértolas. También integran esta comisión Víctor García de la Concha, Carmen Iglesias y Antonio Muñoz Molina. Por sus nombres, podría decirse que es la Champions League de la RAE. Hay premios nacionales, un premio Cervantes… Dentro de unas semanas se renovará la dirección de la entidad y en la misma mesa coinciden quien la dirige desde 2019 y quien, según los mentideros, aspira a sucederlo: Juan Luis Cebrián. Los académicos se sientan alrededor de una mesa rectangular, con diccionarios y algunos cafés en el centro. Cada uno tiene una carpeta con los temas del día. Los asiste un lexicógrafo, que maneja un ordenador en cuya pantalla solo se lee ‘Comisión de Ciencias Sociales’. Los hombres visten traje y corbata. Tras los saludos y algunas bromas, la puerta se cierra y debemos salir. Las comisiones suelen durar una hora y cuarto. «Dependiendo de la dificultad de la palabra, podemos dedicarle entre media hora y tres cuartos de hora a cada una. Y a veces ni siquiera las resolvemos. En ocasiones tardamos dos semanas en resolver una sola palabra», me explica Bermúdez de Castro, de la Comisión del Vocabulario Científico y Técnico. «Luego las propuestas tienen que ir a todas las academias americanas, que tienen seis meses para examinarlas y opinar. Finalmente regresan al Instituto de Lexicografía, donde se rematan los aspectos más técnicos, como las abreviaturas y otros elementos propios del diccionario». Esta es otra de las novedades que introduce la vigesimocuarta edición del ‘Diccionario’. Las palabras con moción de género se presentan ahora con la forma femenina desarrollada. Esto es, ya no se dice ‘maestro, tra’, sino ‘maestro, maestra’. Lo mismo ocurre con las expresiones o formas complejas: ‘delantero centro, delantera centro’, y no ‘delantero, ra centro’. Del mismo modo, por primera vez en la historia las acepciones se agrupan y ordenan de manera jerarquizada atendiendo a su frecuencia de uso y a la relación de significado entre ellas. A todo esto se dedican los lexicógrafos.***En los pasillos de la planta noble de la RAE se conservan aún algunas gavetas de madera que guardan parte de los ficheros con los que históricamente se documentó el uso de las palabras. El Fichero General está formado por más de diez millones de papeletas, léxicas y lexicográficas, ordenadas alfabéticamente: ‘binza’, ‘cedria’, ‘daza’, ‘enigmato’, ‘garabo’… En el sótano del edificio de la calle Felipe IV, cientos de cajones de aluminio custodian el resto: ‘deseo’, ‘despotricar’, ‘diente’, ‘distinguir’… Cada papeleta recogía la palabra o el lema estudiado, una cita textual donde aparecía el autor de la cita, la obra de procedencia, datos bibliográficos y observaciones sobre su significado, variante gráfica o uso. «La nueva manera de trabajar se implantó fundamentalmente a partir de la edición de 2001, porque en los años noventa ya se disponía de herramientas informáticas. Entonces se empezó a observar el uso de las palabras no según lo que los académicos creían, sino según el uso real de los hablantes. Al principio había muchas reticencias. Antes, los académicos decían cómo pensaban que debían ser las palabras. Hoy se contrasta. Los académicos tienen su criterio, pero también se analizan los datos que tenemos sobre cómo se usan esas palabras, dónde, cómo y cuándo. Es una diferencia muy importante», explica Paz Battaner.«Antes, los académicos decían cómo debían ser las palabras. Hoy se contrasta» Paz Battaner«El diccionario va a ser completamente diferente en el futuro. Esto es solo un anticipo de lo que se puede hacer», amplía la académica Dolores Corbella . «El punto de partida fue crear una base de datos en HTML tan sofisticada como la que tenemos hoy. Había que aprender a trabajar con ella, y esto fue lo primero que hicimos. Ahora, desde la concepción digital, contamos con una estructura que permitirá crear el diccionario que necesitemos. Si queremos un diccionario de una determinada especialidad, lo podremos hacer: un diccionario de todas las Antillas, o solo del español de España… Esa estructura todavía no está terminada y por eso aún no puede verse». El futuro es un diccionario de diccionarios. Seguirá existiendo uno genérico de uso común, como el de la vigesimocuarta edición, pero con la idea de que «dentro de poco, en los próximos años», todo esté en una única base de datos. «Si yo quiero un diccionario de vulcanología, podré sacar todo lo relacionado con esa terminología. Es por ahí donde estamos trabajando», desarrolla Corbella. «Queremos que quien quiera profundizar pueda consultar ejemplos y acceder a múltiples niveles de información. Ese va a ser el diccionario del futuro, y además va a ser nativo digital».El Fichero General, en el archivo de la RAE—En ese futuro, ¿sigue siendo necesario el diccionario en papel? —le pregunto a Paz Battaner. —La RAE tiene una tradición de trescientos años y persiste la sensación de que, si no se tiene un diccionario en papel, no existe. He oído a académicos decir que les parecía imposible que la Academia no lo tuviera. Pero eso no quiere decir que sea lo fundamental –titular de la silla ‘s’ de la RAE–. La vigesimotercera edición se actualizó en 2017, en 2019… y esos cambios ya no quedaron recogidos en el libro. Pronto el usuario podrá pedir el diccionario que quiera.***José Antonio Pascual, académico desde 2002, me atiende por teléfono. Es especialista en etimología. «Nos sirve para relacionar las palabras, y eso es lo que se pretende con el diccionario. Hemos añadido etimologías a voces cuyo origen antes desconocíamos. Llegará un momento en que, al buscar una palabra, aparecerán todas las relacionadas etimológicamente con ella», dice. «Parecía que el español había recibido muy pocos préstamos, pero hemos comprobado que muchas voces procedentes del griego y del latín nos llegaron a través del inglés, el francés o el alemán». El nuevo diccionario es también el más panhispánico. Hasta 20.672 acepciones llevan alguna marca correspondiente a un país americano y, de las casi 7.000 entradas nuevas, la mitad proceden de América. «El diccionario lo firman tanto la RAE como ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua Española», dice Corbella. Es, por tanto, una obra común de todas las academias. Las marcas geográficas supranacionales de la anterior edición –América, América Meridional, América Central y Antillas– se han sustituido por las de cada país.«El diccionario será completamente diferente en el futuro. Esto es solo un anticipo» Dolores Corbella«Los corpus hoy en día tienen en cuenta a América. El CORPES XXI está compuesto por un 70 por ciento de textos americanos. Aparte, estamos trabajando en un corpus específico para América», explica la filóloga. La RAE también ha puesto a disposición de las academias americanas una gran base de datos: «Se ha diseñado aquí, pero ellas tienen acceso y pueden introducir palabras en ella». En 1925, cuando se incorporó plenamente el componente americano, el ‘Diccionario’ dejó de llamarse ‘de la lengua castellana’ y pasó a denominarse ‘de la lengua española’. «Las mejores ediciones del diccionario académico han sido aquellas en las que América ha entrado», defiende Corbella. Es un camino de ida y vuelta. La nueva acepción de ‘cajón’ se propuso en España y fue validada por la academia peruana. Con ‘cayuco’ ocurrió lo contrario: a su acepción americana se añadió la empleada en España para designar la embarcación utilizada por migrantes en situación irregular.***A la RAE se viene a trabajar. Entre quienes más plenos han acumulado figuran Víctor García de la Concha, Emilio Lledó, Luis María Anson, José Antonio Pascual, José Manuel Sánchez Ron, Luis Mateo Díez, Carmen Iglesias y Juan Luis Cebrián, aunque su veteranía en la institución también influye en el recuento. La Academia cuenta con cuarenta y seis sillas: cuarenta y dos están ocupadas, Sergio Ramírez y Álex Grijelmo tomarán posesión próximamente y otras dos siguen vacantes. Bermúdez de Castro se incorporó en 2022. Se encontró con que la terminología científica estaba «un poco descuidada». En zoología, explica, había definiciones elaboradas con criterios muy dispares. Por eso se ha propuesto revisar entre dos mil y tres mil voces del diccionario: «Si tengo suerte y puedo vivir varios años, podré terminar este proyecto». El objetivo es aplicar un mismo patrón a todas las definiciones. «Me lo he traído escrito a mano, porque no tenía impresora, para que lo vieras». Del maletín saca un folio cubierto de tinta azul. Su propuesta consiste en indicar, en este orden, la clase del animal –un ave, un anfibio, un reptil…, su orden zoológico –rapaziforme, estrigiforme, lo que sea–, tamaño, características fundamentales, dieta –si se alimentan de insectos, de semillas…–, distribución geográfica y, por último, la denominación latina del género y la especie. En esta edición se han incluido los anfibios y reptiles. «Ahora estoy con las aves. Luego vendrán los mamíferos, los peces, los insectos… Para la botánica estamos trabajando con el Jardín Botánico». Bermúdez de Castro dedica al proyecto un par de días por semana y calcula que la zoología y la botánica representan entre el 4 y el 5 por ciento del diccionario. A un ritmo de unas 250 voces aprobadas por curso, revisar unos dos mil nombres zoológicos podría llevarle entre cuatro y ocho años: «Tengo que vivir ocho años».***El proceso de inclusión de palabras nuevas suele ser lento. Primero debe proponerse; después, acreditarse su uso y debatirse. «Como es un diccionario con historia –en 2026 se cumplen trescientos años de la aparición del primer volumen del ‘Diccionario de autoridades’–, ha habido momentos en que los académicos eran muy conservadores y otros en los que han sido más abiertos, en que están más en el mundo», dice Paz Battaner. «Hoy el purismo es muy difícil de mantener». —Con todo, ¿se precipita a veces la RAE al aceptar palabras? —Pocas, pero alguna vez sí. —¿Algún ejemplo? —’Casoplón’. Se usaba en Madrid y entró muy deprisa en la edición anterior. Soy salmantina y llevo sesenta años viviendo en Barcelona, pero nunca la había oído. En aquel momento cobró relevancia por una polémica política. O la palabra ‘santo’. Tiene una acepción que es ‘esposo’. Santa, esposa. Yo esto se lo achaco a una escritora, pero no la veo muy usual. Otro caso condicionado por la actualidad tecnológica es ‘tuitear’, formado a partir del nombre comercial Twitter, hoy sustituido por X. «Cuando incorporemos la etimología habría que decir ‘enviar algo por medio de la vieja plataforma llamada Twitter, que ahora se llama de otra manera’, ¿no?», responde Muñoz Machado. El jurista considera que la palabra puede sobrevivir a la plataforma que la originó: «Un tuit es un mensaje corto. Expresa algo muy concreto. Se aceptó porque era muy utilizada». La RAE no tiene por costumbre eliminar palabras. «Se suprimen cuando se trata de erratas», explica Inés Fernández Ordóñez, titular de la silla ‘P’. «Teniendo un diccionario digital, cuantas más palabras tengas y más textos de la lengua española de cualquier época y procedencia geográfica, mucho mejor», reflexiona.Luis Mateo Díez y Javier Cercas, en la Comisión de Ciencias SocialesUn caso práctico. Bermúdez de Castro descubrió que el diccionario incluía la palabra ‘bipedalismo’, que «es una traducción literal del inglés ‘bipedalism’», dice el académico. «Teóricamente significa caminar a pedales, a dos pedales. La palabra correcta es ‘bipedismo’, es la que usamos en ciencia y se ha incorporado con una propuesta de definición que hice yo. Yo habría quitado ‘bipedalismo’, pero la han dejado. Yo opino, pero no decido». Fernández-Ordóñez explica que, cuando existen sinónimos absolutos, el diccionario remite a la forma recomendada por razones ortográficas, de uso o de modernidad. «Es una obra con profundidad histórica: conserva voces medievales y del Siglo de Oro porque se espera que uno pueda utilizarlo para leer los clásicos de nuestra literatura. Son términos que aparecen en Lope, Alfonso X o ‘La Celestina’ y que suelen llevar la marca de ‘desusado’». Una ley no escrita establece que el diccionario debe permitir al lector comprender el ‘Quijote’. «Tiene sentido que esas palabras sigan ahí. Debemos aspirar a un diccionario global», zanja la académica.***Ya son casi las seis y media y los percheros del Salón de Plenos, vacíos esta mañana, empiezan a llenarse de chaquetas. En Madrid ha empezado a refrescar. Dentro de unos minutos, la censora de la RAE, cargo que ocupa Clara Sánchez, llamará a los académicos a golpe de campana y volverán a cerrarse las puertas para las deliberaciones, ajenos a todo. La reserva forma parte de la tradición académica: en tiempos de la Inquisición, la institución ya disponía de una licencia especial para consultar libros prohibidos. La Academia reivindica su independencia de criterio frente a las presiones políticas. Uno de los debates más visibles de los últimos años, salvando la reciente acometida de Luis García Montero, surgió hace seis años, cuando la entonces vicepresidenta Carmen Calvo le encargó un informe sobre la posibilidad de adaptar la Constitución al lenguaje inclusivo.Álvaro Pombo, en los pasillos de la RAEDesde entonces se ha extendido el empleo de la ‘x’ y la ‘e’ como alternativas al masculino genérico. «Solemos decir que no es incorrecto desdoblar los masculinos y femeninos. Usar ‘señoras, señores’ no es incorrecto, pero es poco económico», responde Muñoz Machado. «No nos consta que el uso de la ‘e’ o la ‘x’ esté generalizado hasta el extremo de incorporarlo. Pero los usuarios son quienes mandan en el idioma. El día que se hayan cambiado los masculinos por una ‘x’ la Academia lo tendrá en cuenta, naturalmente». «Esto se está utilizando bastante en Argentina –acota Paz Battaner–. Pero aquí todavía no. Eso no es inclusión, es cambiar la morfología del español. No es inclusión; al revés, es exclusión. Se marca otra cosa diferente. O sea, hay dos marcas, y una tercera, o una cuarta, o una quinta. La inclusión para nosotros es que no haya diferencia, que todo esté en el mismo paquete». Tenemos que irnos. El Pleno va a comenzar. En la calle, a unos doscientos metros, se rueda una serie de época, quizá una película, con carruajes y sombreros de copa. Un poco más allá, miles de profesores gritan y silban en el Paseo del Prado en defensa de la educación pública. Visten camisetas verdes con el lema ‘Escuela pública: de tod@s y para tod@s’. RSS de noticias de cultura
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