Durante años, el doctorado se ha asociado en España a la carrera académica: investigar, publicar, dar clase y progresar dentro de la universidad. Ese imaginario empieza a cambiar, aunque despacio. En sectores intensivos en conocimiento —ingeniería, tecnología, energía, química, biotecnología o inteligencia artificial— algunas empresas comienzan a ver al doctor no solo como un especialista, sino como un perfil capaz de resolver problemas complejos, diseñar métodos, validar hipótesis y convertir conocimiento en innovación aplicada. La pregunta ya no es únicamente para qué sirve un doctorado, sino qué puede aportar un doctor dentro de una compañía. Y ahí aparece una realidad desigual: mientras unas empresas lo incorporan a sus equipos de I+D, desarrollo tecnológico o innovación, muchas otras siguen sin entender bien qué hace, cómo encaja o qué retorno puede generar.Joan Guàrdia, presidente de CRUE Profesorado y rector de la Universitat de Barcelona, resume bien esa ambivalencia. A su juicio, la valoración del título de doctor por parte de la empresa privada española está cambiando, pero «no con la suficiente velocidad». El doctorado, sostiene, continúa siendo «un nivel académico muy desconocido por el sector productivo privado». En su diagnóstico pesa una idea de fondo: muchas empresas siguen pensando que la investigación no les implica directamente. Es decir, que innovar es algo que ocurre fuera de su día a día o que queda reservado a grandes compañías, universidades o centros tecnológicos.Indicador de excelenciaLa realidad, sin embargo, es más compleja. La necesidad de innovar, automatizar, incorporar IA, desarrollar nuevos materiales, avanzar en transición energética o competir en salud y biotecnología está acercando a ciertos sectores a perfiles investigadores. Según Guàrdia, la mayor demanda se observa básicamente en el ámbito de las ingenierías, donde la innovación tecnológica ha mantenido un contacto más estrecho con la universidad y con los entornos de investigación. En esos espacios, el doctorado empieza a reconocerse como un indicador de excelencia, capacidad técnica y calidad.Noticia relacionada general No No De Arqueología a Computación Las carreras mejor pagadas y por qué los españoles eligen mal Xavier VilaltellaLa Real Academia de Doctores de España también percibe esa evolución, aunque mantiene el matiz. Desde la institución señalan que las empresas españolas «con frecuencia no entienden bien» qué puede hacer un doctor, una situación que contrasta con la de otros países. Aun así, apuntan que empiezan a abundar casos de valoración especial de la formación doctoral, tanto desde departamentos de recursos humanos como desde áreas de desarrollo e innovación. Para la RADE, el valor diferencial de un doctor está en su conocimiento profundo de un tema específico y en el entrenamiento adquirido para entender las claves de desarrollo y las oportunidades de una determinada tecnología. Ese entrenamiento no se limita a saber mucho de algo. Un doctor ha pasado años formulando preguntas, descartando caminos, sosteniendo hipótesis, enfrentándose al error y construyendo respuestas propias. En lenguaje empresarial, eso puede traducirse en autonomía, rigor analítico, resistencia ante la incertidumbre y capacidad para abordar problemas complejos. Guàrdia lo concreta en todas aquellas competencias relacionadas con el diseño, organización y realización de un plan completo de investigación, incluidos los análisis y, sobre todo, su aplicación efectiva.La Universidad Politécnica de Madrid ofrece un ejemplo claro de esta traslación al terreno de la ingeniería y la tecnología. Patricia Giraldo Carbajo, directora de su Escuela Internacional de Doctorado, explica que en la UPM se está experimentando un creciente interés por los doctorados industriales. Hace cinco años eran prácticamente inexistentes; en el curso 2024-2025, un 5% de las tesis defendidas, 14 en total, obtuvieron la mención industrial. Además, los convenios firmados para realizar tesis aumentan año tras año (11 solo el curso pasado). En la UPM, las áreas de ingeniería industrial y telecomunicaciones son las más destacadas, aunque existen convenios también en aeroespacial, energía y otros campos. La motivación empresarial varía según el tipo de compañía. Una startup puede buscar acelerar innovación o captar talento especializado; una empresa consolidada puede estar más interesada en reforzar su I+D o resolver un problema técnico concreto. En todos los casos, el doctorando o doctor aporta algo más que conocimiento acumulado. «Al acabar la tesis, los investigadores son capaces de generar conocimiento nuevo y abordar problemas complejos, diseñando modelos, algoritmos o sistemas desde cero o adaptando herramientas ya desarrolladas en contextos nuevos», explica Giraldo.El sector productivo no siempre sabe qué es un doctorado, pero muchos doctores tampoco conocen la realidad de la empresaLa universidad cita, entre otros, el caso de la colaboración entre el Centro de Materiales y Dispositivos Avanzados para Tecnologías de la Información y Comunicaciones y la empresa Lasing S.A., a través de un doctorado industrial financiado por la Comunidad de Madrid. El resultado fue el desarrollo de un sistema de polimerización de dos fotones para fabricar micro y nanoestructuras fotónicas. Es un ejemplo de cómo una tesis puede acabar vinculada a una solución tecnológica aplicada. No se trata solo de producir conocimiento, sino de llevarlo hacia un proceso, un producto, una patente o una mejora.También la Universidad Autónoma de Madrid detecta una tendencia al alza, aunque todavía moderada. Lourdes Ruiz, directora de su Escuela de Doctorado, explica que la UAM promueve la realización de doctorados con el sector privado y la administración pública para formar investigadores capaces de desarrollar tareas de I+D en un entorno empresarial y, al mismo tiempo, mejorar la relación de la universidad con las empresas. En su caso, hay en torno a 50 doctorados industriales y se defienden unas 10 o 15 tesis con mención industrial al año. La cifra aún no es muy alta, pero la tendencia es creciente.Ruiz señala algunas dificultades muy prácticas: cerrar acuerdos con las empresas, identificar a la persona responsable en la compañía —preferiblemente doctora— que supervise al doctorando o articular bien la colaboración. También apunta que se ha notado un incremento tras la puesta en marcha del programa de ayudas a doctorados industriales de la Comunidad de Madrid. Para la UAM, cuando una empresa colabora en un proyecto doctoral busca, sobre todo, impulsar innovación. Y la competencia diferencial que aporta un doctor es la capacidad de investigación, que incluye autonomía, pensamiento crítico, análisis de datos y gestión de proyectos complejos.Ahí aparece una de las claves del cambio: el doctorado industrial. Esta figura busca que una tesis doctoral se desarrolle en colaboración con una empresa, entidad o administración, alrededor de un proyecto de interés industrial, comercial, social o cultural. La lógica es sencilla: el doctorando no investiga al margen del tejido productivo, sino conectado con un reto real. Para la RADE, cuando está bien diseñado, el doctorado industrial funciona como puente entre universidad y empresa porque se ajusta a necesidades reales de las compañías. Guàrdia va más allá y hace un balance «extraordinariamente positivo», porque demuestra que la relación universidad-empresa es posible, más allá de la repetida letanía sobre el divorcio entre ambos mundos.Pero que el puente exista no significa que esté masivamente transitado. Las barreras siguen siendo importantes. CRUE identifica dos grandes obstáculos: el desconocimiento del sector productivo y la burocratización del proceso. A ello suma un aspecto nada menor: las empresas deben contribuir al sueldo del personal doctoral en formación. En un país de pymes, esa obligación pesa. Para Guàrdia, el coste y las necesidades cotidianas frenan muchas iniciativas, hasta el punto de que el doctorado industrial puede parecer reservado a grandes empresas. Y eso, en España, limita su alcance.La RADE coincide en que el doctorado español sigue, con carácter general, demasiado orientado a la carrera universitaria. También considera que España no aprovecha bien el talento doctoral que forma cada año, salvo en las carreras académicas. Su receta pasa por orientar más tesis hacia áreas de crecimiento y valor industrial. Desde la Fundación Universidad-Empresa consideran que el desconocimiento es mutuo: el sector productivo no siempre sabe qué es un doctorado ni cuáles son sus posibilidades, pero muchos doctores tampoco conocen la realidad de la empresa ni saben transmitir sus competencias en términos de valor añadido.En zona de nadieEse desajuste explica que el doctorado esté en una zona intermedia. Para unas compañías, especialmente en tecnología, ingeniería, energía, química, electrónica o informática aplicada, es una señal de capacidad para innovar. Para otras, aún es un perfil difícil de encajar en estructuras donde manda la urgencia, la venta o la producción inmediata. A veces falta cultura de I+D. Otras, presupuesto. Y en ocasiones, simplemente, lenguaje común: la empresa pide resultados, plazos y mercado; el doctorado viene de un entorno donde priman método, profundidad y publicación.Las escuelas de doctorado tratan de adaptarse. Según CRUE, han incorporado habilidades vinculadas a transferencia, innovación, emprendimiento y salidas no académicas, pero la distribución no es homogénea. No todos los territorios tienen el mismo tejido productivo ni todas las áreas de conocimiento se conectan igual con la empresa. La ingeniería o la biotecnología lo tienen más fácil, aunque la transferencia también puede darse en otros ámbitos.El debate de fondo es si España necesita formar más doctores o, sobre todo, aprovechar mejor los que ya forma. Para lograrlo, CRUE propone más información al sector empresarial sobre las características del doctorado industrial, incentivos fiscales para las empresas que lo asuman, convocatorias específicas de apoyo a la investigación e innovación, promoción internacional y formación de quienes dirigen estos proyectos para impulsar la transferencia de resultados. Dicho de otro modo: no basta con esperar a que empresas y universidades se entiendan solas. Hace falta traducir mejor qué hace un doctor, cuánto cuesta incorporarlo, qué retorno puede generar y en qué condiciones puede aportar valor. Durante años, el doctorado se ha asociado en España a la carrera académica: investigar, publicar, dar clase y progresar dentro de la universidad. Ese imaginario empieza a cambiar, aunque despacio. En sectores intensivos en conocimiento —ingeniería, tecnología, energía, química, biotecnología o inteligencia artificial— algunas empresas comienzan a ver al doctor no solo como un especialista, sino como un perfil capaz de resolver problemas complejos, diseñar métodos, validar hipótesis y convertir conocimiento en innovación aplicada. La pregunta ya no es únicamente para qué sirve un doctorado, sino qué puede aportar un doctor dentro de una compañía. Y ahí aparece una realidad desigual: mientras unas empresas lo incorporan a sus equipos de I+D, desarrollo tecnológico o innovación, muchas otras siguen sin entender bien qué hace, cómo encaja o qué retorno puede generar.Joan Guàrdia, presidente de CRUE Profesorado y rector de la Universitat de Barcelona, resume bien esa ambivalencia. A su juicio, la valoración del título de doctor por parte de la empresa privada española está cambiando, pero «no con la suficiente velocidad». El doctorado, sostiene, continúa siendo «un nivel académico muy desconocido por el sector productivo privado». En su diagnóstico pesa una idea de fondo: muchas empresas siguen pensando que la investigación no les implica directamente. Es decir, que innovar es algo que ocurre fuera de su día a día o que queda reservado a grandes compañías, universidades o centros tecnológicos.Indicador de excelenciaLa realidad, sin embargo, es más compleja. La necesidad de innovar, automatizar, incorporar IA, desarrollar nuevos materiales, avanzar en transición energética o competir en salud y biotecnología está acercando a ciertos sectores a perfiles investigadores. Según Guàrdia, la mayor demanda se observa básicamente en el ámbito de las ingenierías, donde la innovación tecnológica ha mantenido un contacto más estrecho con la universidad y con los entornos de investigación. En esos espacios, el doctorado empieza a reconocerse como un indicador de excelencia, capacidad técnica y calidad.Noticia relacionada general No No De Arqueología a Computación Las carreras mejor pagadas y por qué los españoles eligen mal Xavier VilaltellaLa Real Academia de Doctores de España también percibe esa evolución, aunque mantiene el matiz. Desde la institución señalan que las empresas españolas «con frecuencia no entienden bien» qué puede hacer un doctor, una situación que contrasta con la de otros países. Aun así, apuntan que empiezan a abundar casos de valoración especial de la formación doctoral, tanto desde departamentos de recursos humanos como desde áreas de desarrollo e innovación. Para la RADE, el valor diferencial de un doctor está en su conocimiento profundo de un tema específico y en el entrenamiento adquirido para entender las claves de desarrollo y las oportunidades de una determinada tecnología. Ese entrenamiento no se limita a saber mucho de algo. Un doctor ha pasado años formulando preguntas, descartando caminos, sosteniendo hipótesis, enfrentándose al error y construyendo respuestas propias. En lenguaje empresarial, eso puede traducirse en autonomía, rigor analítico, resistencia ante la incertidumbre y capacidad para abordar problemas complejos. Guàrdia lo concreta en todas aquellas competencias relacionadas con el diseño, organización y realización de un plan completo de investigación, incluidos los análisis y, sobre todo, su aplicación efectiva.La Universidad Politécnica de Madrid ofrece un ejemplo claro de esta traslación al terreno de la ingeniería y la tecnología. Patricia Giraldo Carbajo, directora de su Escuela Internacional de Doctorado, explica que en la UPM se está experimentando un creciente interés por los doctorados industriales. Hace cinco años eran prácticamente inexistentes; en el curso 2024-2025, un 5% de las tesis defendidas, 14 en total, obtuvieron la mención industrial. Además, los convenios firmados para realizar tesis aumentan año tras año (11 solo el curso pasado). En la UPM, las áreas de ingeniería industrial y telecomunicaciones son las más destacadas, aunque existen convenios también en aeroespacial, energía y otros campos. La motivación empresarial varía según el tipo de compañía. Una startup puede buscar acelerar innovación o captar talento especializado; una empresa consolidada puede estar más interesada en reforzar su I+D o resolver un problema técnico concreto. En todos los casos, el doctorando o doctor aporta algo más que conocimiento acumulado. «Al acabar la tesis, los investigadores son capaces de generar conocimiento nuevo y abordar problemas complejos, diseñando modelos, algoritmos o sistemas desde cero o adaptando herramientas ya desarrolladas en contextos nuevos», explica Giraldo.El sector productivo no siempre sabe qué es un doctorado, pero muchos doctores tampoco conocen la realidad de la empresaLa universidad cita, entre otros, el caso de la colaboración entre el Centro de Materiales y Dispositivos Avanzados para Tecnologías de la Información y Comunicaciones y la empresa Lasing S.A., a través de un doctorado industrial financiado por la Comunidad de Madrid. El resultado fue el desarrollo de un sistema de polimerización de dos fotones para fabricar micro y nanoestructuras fotónicas. Es un ejemplo de cómo una tesis puede acabar vinculada a una solución tecnológica aplicada. No se trata solo de producir conocimiento, sino de llevarlo hacia un proceso, un producto, una patente o una mejora.También la Universidad Autónoma de Madrid detecta una tendencia al alza, aunque todavía moderada. Lourdes Ruiz, directora de su Escuela de Doctorado, explica que la UAM promueve la realización de doctorados con el sector privado y la administración pública para formar investigadores capaces de desarrollar tareas de I+D en un entorno empresarial y, al mismo tiempo, mejorar la relación de la universidad con las empresas. En su caso, hay en torno a 50 doctorados industriales y se defienden unas 10 o 15 tesis con mención industrial al año. La cifra aún no es muy alta, pero la tendencia es creciente.Ruiz señala algunas dificultades muy prácticas: cerrar acuerdos con las empresas, identificar a la persona responsable en la compañía —preferiblemente doctora— que supervise al doctorando o articular bien la colaboración. También apunta que se ha notado un incremento tras la puesta en marcha del programa de ayudas a doctorados industriales de la Comunidad de Madrid. Para la UAM, cuando una empresa colabora en un proyecto doctoral busca, sobre todo, impulsar innovación. Y la competencia diferencial que aporta un doctor es la capacidad de investigación, que incluye autonomía, pensamiento crítico, análisis de datos y gestión de proyectos complejos.Ahí aparece una de las claves del cambio: el doctorado industrial. Esta figura busca que una tesis doctoral se desarrolle en colaboración con una empresa, entidad o administración, alrededor de un proyecto de interés industrial, comercial, social o cultural. La lógica es sencilla: el doctorando no investiga al margen del tejido productivo, sino conectado con un reto real. Para la RADE, cuando está bien diseñado, el doctorado industrial funciona como puente entre universidad y empresa porque se ajusta a necesidades reales de las compañías. Guàrdia va más allá y hace un balance «extraordinariamente positivo», porque demuestra que la relación universidad-empresa es posible, más allá de la repetida letanía sobre el divorcio entre ambos mundos.Pero que el puente exista no significa que esté masivamente transitado. Las barreras siguen siendo importantes. CRUE identifica dos grandes obstáculos: el desconocimiento del sector productivo y la burocratización del proceso. A ello suma un aspecto nada menor: las empresas deben contribuir al sueldo del personal doctoral en formación. En un país de pymes, esa obligación pesa. Para Guàrdia, el coste y las necesidades cotidianas frenan muchas iniciativas, hasta el punto de que el doctorado industrial puede parecer reservado a grandes empresas. Y eso, en España, limita su alcance.La RADE coincide en que el doctorado español sigue, con carácter general, demasiado orientado a la carrera universitaria. También considera que España no aprovecha bien el talento doctoral que forma cada año, salvo en las carreras académicas. Su receta pasa por orientar más tesis hacia áreas de crecimiento y valor industrial. Desde la Fundación Universidad-Empresa consideran que el desconocimiento es mutuo: el sector productivo no siempre sabe qué es un doctorado ni cuáles son sus posibilidades, pero muchos doctores tampoco conocen la realidad de la empresa ni saben transmitir sus competencias en términos de valor añadido.En zona de nadieEse desajuste explica que el doctorado esté en una zona intermedia. Para unas compañías, especialmente en tecnología, ingeniería, energía, química, electrónica o informática aplicada, es una señal de capacidad para innovar. Para otras, aún es un perfil difícil de encajar en estructuras donde manda la urgencia, la venta o la producción inmediata. A veces falta cultura de I+D. Otras, presupuesto. Y en ocasiones, simplemente, lenguaje común: la empresa pide resultados, plazos y mercado; el doctorado viene de un entorno donde priman método, profundidad y publicación.Las escuelas de doctorado tratan de adaptarse. Según CRUE, han incorporado habilidades vinculadas a transferencia, innovación, emprendimiento y salidas no académicas, pero la distribución no es homogénea. No todos los territorios tienen el mismo tejido productivo ni todas las áreas de conocimiento se conectan igual con la empresa. La ingeniería o la biotecnología lo tienen más fácil, aunque la transferencia también puede darse en otros ámbitos.El debate de fondo es si España necesita formar más doctores o, sobre todo, aprovechar mejor los que ya forma. Para lograrlo, CRUE propone más información al sector empresarial sobre las características del doctorado industrial, incentivos fiscales para las empresas que lo asuman, convocatorias específicas de apoyo a la investigación e innovación, promoción internacional y formación de quienes dirigen estos proyectos para impulsar la transferencia de resultados. Dicho de otro modo: no basta con esperar a que empresas y universidades se entiendan solas. Hace falta traducir mejor qué hace un doctor, cuánto cuesta incorporarlo, qué retorno puede generar y en qué condiciones puede aportar valor. Durante años, el doctorado se ha asociado en España a la carrera académica: investigar, publicar, dar clase y progresar dentro de la universidad. Ese imaginario empieza a cambiar, aunque despacio. En sectores intensivos en conocimiento —ingeniería, tecnología, energía, química, biotecnología o inteligencia artificial— algunas empresas comienzan a ver al doctor no solo como un especialista, sino como un perfil capaz de resolver problemas complejos, diseñar métodos, validar hipótesis y convertir conocimiento en innovación aplicada. La pregunta ya no es únicamente para qué sirve un doctorado, sino qué puede aportar un doctor dentro de una compañía. Y ahí aparece una realidad desigual: mientras unas empresas lo incorporan a sus equipos de I+D, desarrollo tecnológico o innovación, muchas otras siguen sin entender bien qué hace, cómo encaja o qué retorno puede generar.Joan Guàrdia, presidente de CRUE Profesorado y rector de la Universitat de Barcelona, resume bien esa ambivalencia. A su juicio, la valoración del título de doctor por parte de la empresa privada española está cambiando, pero «no con la suficiente velocidad». El doctorado, sostiene, continúa siendo «un nivel académico muy desconocido por el sector productivo privado». En su diagnóstico pesa una idea de fondo: muchas empresas siguen pensando que la investigación no les implica directamente. Es decir, que innovar es algo que ocurre fuera de su día a día o que queda reservado a grandes compañías, universidades o centros tecnológicos.Indicador de excelenciaLa realidad, sin embargo, es más compleja. La necesidad de innovar, automatizar, incorporar IA, desarrollar nuevos materiales, avanzar en transición energética o competir en salud y biotecnología está acercando a ciertos sectores a perfiles investigadores. Según Guàrdia, la mayor demanda se observa básicamente en el ámbito de las ingenierías, donde la innovación tecnológica ha mantenido un contacto más estrecho con la universidad y con los entornos de investigación. En esos espacios, el doctorado empieza a reconocerse como un indicador de excelencia, capacidad técnica y calidad.Noticia relacionada general No No De Arqueología a Computación Las carreras mejor pagadas y por qué los españoles eligen mal Xavier VilaltellaLa Real Academia de Doctores de España también percibe esa evolución, aunque mantiene el matiz. Desde la institución señalan que las empresas españolas «con frecuencia no entienden bien» qué puede hacer un doctor, una situación que contrasta con la de otros países. Aun así, apuntan que empiezan a abundar casos de valoración especial de la formación doctoral, tanto desde departamentos de recursos humanos como desde áreas de desarrollo e innovación. Para la RADE, el valor diferencial de un doctor está en su conocimiento profundo de un tema específico y en el entrenamiento adquirido para entender las claves de desarrollo y las oportunidades de una determinada tecnología. Ese entrenamiento no se limita a saber mucho de algo. Un doctor ha pasado años formulando preguntas, descartando caminos, sosteniendo hipótesis, enfrentándose al error y construyendo respuestas propias. En lenguaje empresarial, eso puede traducirse en autonomía, rigor analítico, resistencia ante la incertidumbre y capacidad para abordar problemas complejos. Guàrdia lo concreta en todas aquellas competencias relacionadas con el diseño, organización y realización de un plan completo de investigación, incluidos los análisis y, sobre todo, su aplicación efectiva.La Universidad Politécnica de Madrid ofrece un ejemplo claro de esta traslación al terreno de la ingeniería y la tecnología. Patricia Giraldo Carbajo, directora de su Escuela Internacional de Doctorado, explica que en la UPM se está experimentando un creciente interés por los doctorados industriales. Hace cinco años eran prácticamente inexistentes; en el curso 2024-2025, un 5% de las tesis defendidas, 14 en total, obtuvieron la mención industrial. Además, los convenios firmados para realizar tesis aumentan año tras año (11 solo el curso pasado). En la UPM, las áreas de ingeniería industrial y telecomunicaciones son las más destacadas, aunque existen convenios también en aeroespacial, energía y otros campos. La motivación empresarial varía según el tipo de compañía. Una startup puede buscar acelerar innovación o captar talento especializado; una empresa consolidada puede estar más interesada en reforzar su I+D o resolver un problema técnico concreto. En todos los casos, el doctorando o doctor aporta algo más que conocimiento acumulado. «Al acabar la tesis, los investigadores son capaces de generar conocimiento nuevo y abordar problemas complejos, diseñando modelos, algoritmos o sistemas desde cero o adaptando herramientas ya desarrolladas en contextos nuevos», explica Giraldo.El sector productivo no siempre sabe qué es un doctorado, pero muchos doctores tampoco conocen la realidad de la empresaLa universidad cita, entre otros, el caso de la colaboración entre el Centro de Materiales y Dispositivos Avanzados para Tecnologías de la Información y Comunicaciones y la empresa Lasing S.A., a través de un doctorado industrial financiado por la Comunidad de Madrid. El resultado fue el desarrollo de un sistema de polimerización de dos fotones para fabricar micro y nanoestructuras fotónicas. Es un ejemplo de cómo una tesis puede acabar vinculada a una solución tecnológica aplicada. No se trata solo de producir conocimiento, sino de llevarlo hacia un proceso, un producto, una patente o una mejora.También la Universidad Autónoma de Madrid detecta una tendencia al alza, aunque todavía moderada. Lourdes Ruiz, directora de su Escuela de Doctorado, explica que la UAM promueve la realización de doctorados con el sector privado y la administración pública para formar investigadores capaces de desarrollar tareas de I+D en un entorno empresarial y, al mismo tiempo, mejorar la relación de la universidad con las empresas. En su caso, hay en torno a 50 doctorados industriales y se defienden unas 10 o 15 tesis con mención industrial al año. La cifra aún no es muy alta, pero la tendencia es creciente.Ruiz señala algunas dificultades muy prácticas: cerrar acuerdos con las empresas, identificar a la persona responsable en la compañía —preferiblemente doctora— que supervise al doctorando o articular bien la colaboración. También apunta que se ha notado un incremento tras la puesta en marcha del programa de ayudas a doctorados industriales de la Comunidad de Madrid. Para la UAM, cuando una empresa colabora en un proyecto doctoral busca, sobre todo, impulsar innovación. Y la competencia diferencial que aporta un doctor es la capacidad de investigación, que incluye autonomía, pensamiento crítico, análisis de datos y gestión de proyectos complejos.Ahí aparece una de las claves del cambio: el doctorado industrial. Esta figura busca que una tesis doctoral se desarrolle en colaboración con una empresa, entidad o administración, alrededor de un proyecto de interés industrial, comercial, social o cultural. La lógica es sencilla: el doctorando no investiga al margen del tejido productivo, sino conectado con un reto real. Para la RADE, cuando está bien diseñado, el doctorado industrial funciona como puente entre universidad y empresa porque se ajusta a necesidades reales de las compañías. Guàrdia va más allá y hace un balance «extraordinariamente positivo», porque demuestra que la relación universidad-empresa es posible, más allá de la repetida letanía sobre el divorcio entre ambos mundos.Pero que el puente exista no significa que esté masivamente transitado. Las barreras siguen siendo importantes. CRUE identifica dos grandes obstáculos: el desconocimiento del sector productivo y la burocratización del proceso. A ello suma un aspecto nada menor: las empresas deben contribuir al sueldo del personal doctoral en formación. En un país de pymes, esa obligación pesa. Para Guàrdia, el coste y las necesidades cotidianas frenan muchas iniciativas, hasta el punto de que el doctorado industrial puede parecer reservado a grandes empresas. Y eso, en España, limita su alcance.La RADE coincide en que el doctorado español sigue, con carácter general, demasiado orientado a la carrera universitaria. También considera que España no aprovecha bien el talento doctoral que forma cada año, salvo en las carreras académicas. Su receta pasa por orientar más tesis hacia áreas de crecimiento y valor industrial. Desde la Fundación Universidad-Empresa consideran que el desconocimiento es mutuo: el sector productivo no siempre sabe qué es un doctorado ni cuáles son sus posibilidades, pero muchos doctores tampoco conocen la realidad de la empresa ni saben transmitir sus competencias en términos de valor añadido.En zona de nadieEse desajuste explica que el doctorado esté en una zona intermedia. Para unas compañías, especialmente en tecnología, ingeniería, energía, química, electrónica o informática aplicada, es una señal de capacidad para innovar. Para otras, aún es un perfil difícil de encajar en estructuras donde manda la urgencia, la venta o la producción inmediata. A veces falta cultura de I+D. Otras, presupuesto. Y en ocasiones, simplemente, lenguaje común: la empresa pide resultados, plazos y mercado; el doctorado viene de un entorno donde priman método, profundidad y publicación.Las escuelas de doctorado tratan de adaptarse. Según CRUE, han incorporado habilidades vinculadas a transferencia, innovación, emprendimiento y salidas no académicas, pero la distribución no es homogénea. No todos los territorios tienen el mismo tejido productivo ni todas las áreas de conocimiento se conectan igual con la empresa. La ingeniería o la biotecnología lo tienen más fácil, aunque la transferencia también puede darse en otros ámbitos.El debate de fondo es si España necesita formar más doctores o, sobre todo, aprovechar mejor los que ya forma. Para lograrlo, CRUE propone más información al sector empresarial sobre las características del doctorado industrial, incentivos fiscales para las empresas que lo asuman, convocatorias específicas de apoyo a la investigación e innovación, promoción internacional y formación de quienes dirigen estos proyectos para impulsar la transferencia de resultados. Dicho de otro modo: no basta con esperar a que empresas y universidades se entiendan solas. Hace falta traducir mejor qué hace un doctor, cuánto cuesta incorporarlo, qué retorno puede generar y en qué condiciones puede aportar valor. RSS de noticias de economia
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