Aquella Córdoba provinciana y preconstitucional abría un hospital cerca de donde se cuenta que llegaron sus primeros moradores. La Seguridad Social de entonces reclutó a un ‘ejército’ de jóvenes profesionales recién salidos de las pocas facultades que había en los setenta por España y con el doble empuje de los nuevos tiempos que llegaban y la motivación de la primera tarea laboral. La medicina miraba a Estados Unidos y algunos focos europeos mientras en nuestro país se preparaba para profundos cambios de gestión y ciencia con recursos todavía escasos. Ese era el ‘campo de batalla’ en el que este grupo de médicos transformó con rapidez inusitada el traje de un hospital de provincias para elevar sus miras sanitarias a las cotas que ayer y hoy, cincuenta años después, ha logrado el Reina Sofía . Aquellos ‘soldados’ llegaron a ‘coroneles’ y tras ellos, un regimiento de profesionales anónimos a miles y otra infantería de trabajadores que forjaron su espíritu identitario, la referencia de un complejo hospitalario y universitario que hoy emplea a más de siete mil personas en diez edificios, impacta en más de 750 millones de euros en la economía cordobesa y nos sorprende cada día con un afán científico de vanguardia que salva vidas. Un hospital que quiso ser grande…y también pequeño, porque sigue estando en la distancia corta, como bien hacen los cordobeses en reclamarle y, orgullosamente, defenderlo como pocos casos hay en España de relación entre un hospital y sus vecinos. Por mucho que nos quejemos. Tal vez el secreto de tantos éxitos (y de fracasos de los que se han ido aprendiendo) esté en ese equilibrio invisible y pujante entre las aspiraciones de grandeza de sus batas blancas y la humildad de la cercanía más doméstica de su factor humano. Un mágico lugar que intenta echarle años a la vida y vida a los años, porque cura y a la vez, a pocos metros, investiga cómo hacerlo mejor con savia renovada. Un soberbio ejercicio de dignidad que no queremos que pare. Enhorabuena. Aquella Córdoba provinciana y preconstitucional abría un hospital cerca de donde se cuenta que llegaron sus primeros moradores. La Seguridad Social de entonces reclutó a un ‘ejército’ de jóvenes profesionales recién salidos de las pocas facultades que había en los setenta por España y con el doble empuje de los nuevos tiempos que llegaban y la motivación de la primera tarea laboral. La medicina miraba a Estados Unidos y algunos focos europeos mientras en nuestro país se preparaba para profundos cambios de gestión y ciencia con recursos todavía escasos. Ese era el ‘campo de batalla’ en el que este grupo de médicos transformó con rapidez inusitada el traje de un hospital de provincias para elevar sus miras sanitarias a las cotas que ayer y hoy, cincuenta años después, ha logrado el Reina Sofía . Aquellos ‘soldados’ llegaron a ‘coroneles’ y tras ellos, un regimiento de profesionales anónimos a miles y otra infantería de trabajadores que forjaron su espíritu identitario, la referencia de un complejo hospitalario y universitario que hoy emplea a más de siete mil personas en diez edificios, impacta en más de 750 millones de euros en la economía cordobesa y nos sorprende cada día con un afán científico de vanguardia que salva vidas. Un hospital que quiso ser grande…y también pequeño, porque sigue estando en la distancia corta, como bien hacen los cordobeses en reclamarle y, orgullosamente, defenderlo como pocos casos hay en España de relación entre un hospital y sus vecinos. Por mucho que nos quejemos. Tal vez el secreto de tantos éxitos (y de fracasos de los que se han ido aprendiendo) esté en ese equilibrio invisible y pujante entre las aspiraciones de grandeza de sus batas blancas y la humildad de la cercanía más doméstica de su factor humano. Un mágico lugar que intenta echarle años a la vida y vida a los años, porque cura y a la vez, a pocos metros, investiga cómo hacerlo mejor con savia renovada. Un soberbio ejercicio de dignidad que no queremos que pare. Enhorabuena. Aquella Córdoba provinciana y preconstitucional abría un hospital cerca de donde se cuenta que llegaron sus primeros moradores. La Seguridad Social de entonces reclutó a un ‘ejército’ de jóvenes profesionales recién salidos de las pocas facultades que había en los setenta por España y con el doble empuje de los nuevos tiempos que llegaban y la motivación de la primera tarea laboral. La medicina miraba a Estados Unidos y algunos focos europeos mientras en nuestro país se preparaba para profundos cambios de gestión y ciencia con recursos todavía escasos. Ese era el ‘campo de batalla’ en el que este grupo de médicos transformó con rapidez inusitada el traje de un hospital de provincias para elevar sus miras sanitarias a las cotas que ayer y hoy, cincuenta años después, ha logrado el Reina Sofía . Aquellos ‘soldados’ llegaron a ‘coroneles’ y tras ellos, un regimiento de profesionales anónimos a miles y otra infantería de trabajadores que forjaron su espíritu identitario, la referencia de un complejo hospitalario y universitario que hoy emplea a más de siete mil personas en diez edificios, impacta en más de 750 millones de euros en la economía cordobesa y nos sorprende cada día con un afán científico de vanguardia que salva vidas. Un hospital que quiso ser grande…y también pequeño, porque sigue estando en la distancia corta, como bien hacen los cordobeses en reclamarle y, orgullosamente, defenderlo como pocos casos hay en España de relación entre un hospital y sus vecinos. Por mucho que nos quejemos. Tal vez el secreto de tantos éxitos (y de fracasos de los que se han ido aprendiendo) esté en ese equilibrio invisible y pujante entre las aspiraciones de grandeza de sus batas blancas y la humildad de la cercanía más doméstica de su factor humano. Un mágico lugar que intenta echarle años a la vida y vida a los años, porque cura y a la vez, a pocos metros, investiga cómo hacerlo mejor con savia renovada. Un soberbio ejercicio de dignidad que no queremos que pare. Enhorabuena. RSS de noticias de espana/andalucia
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